oveja-gris Oveja Gris

Un niño intenta hacer una travesura, pero las cosas no salen como él esperaba.


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#magia-drama
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Solo existo cuando él se mira

Un domingo como todos, a las tres de la tarde, Tobías se encontraba muy cercano al límite de aburrimiento que podía tolerar. Sus padres se hallaban en el living con Vicki, su hermanita de seis meses, viendo una película romántica a la cual él no tenía acceso. Y mientras oía el sonido de besos y promesas de amor eterno al otro lado de la puerta, pensaba en lo fácil que les resultaba a los grandes divertirse. “Ya sé, voy a pedirles plata para comprarme un chocolate”, pensó. Se acercó a la puerta y la golpeó suavemente.

—¿Se puede saber que querés ahora? —preguntó su padre al borde de perder la paciencia.

—¿Me das treinta pesos para comprar un chocolate? —preguntó.

—Ya me imaginaba —buscó en su bolsillo y le dio los billetes—. Y que sea la última vez que interrumpís, ¿está claro?

—Como el agua —contestó Tobías con una sonrisa pícara. Su padre le devolvió otra y volvió a instalarse en el sofá junto a su mujer.

Cinco minutos después, el niño corría feliz hacia el kiosco de la esquina. Después de elegir el chocolate que cumplía los requisitos adecuados, o sea, el mayor tamaño al menor precio, volvió contento a su casa.

Se dirigió al dormitorio de sus padres y subió de un salto a la gran cama matrimonial. Mientras se disponía a disfrutar del delicioso chocolate se fijó por casualidad en el espejo que colgaba de la pared opuesta a la cabecera de la cama. Allí, vio a un niño igual a él con un chocolate igual al suyo. Su propia imagen. Se quedó mirándolo un rato mientras pensaba en lo bueno que sería poder traer cosas del otro lado del espejo. “Si pudiera traer ese chocolate tendría dos y después traería esos dos y tendría cuatro, y después...”

“Pero es inútil, yo me voy a comer este chocolate y el del espejo se va a comer el suyo...

A menos que...”

Entonces recordó algo y salió corriendo a toda prisa escaleras abajo. El sótano. Allí se guardaban todas las cosas viejas. Si había alguien que tenía muchas cosas viejas, ése era el abuelo. Cosas viejas y misteriosas. ¿Y porque no mágicas? El abuelo siempre había sido un poco raro, la mayoría de la gente lo evitaba porque decía que no estaba cuerdo, aunque a esa edad todo el mundo desvariaba un poco, decía su padre. En realidad era bastante normal, lo único que llamaba la atención era ese extraño interés por la magia, el ocultismo y esas cosas esotéricas. Tobías lo encontraba fascinante, y fue el que más sufrió por su partida el año anterior. Pero todavía estaban sus libros. Aunque sus padres opinaban que sólo eran cuentos de hadas para niños, Toby creía firmemente en lo que su abuelo le había dicho: “La magia sólo existe si alguien cree en ella, como todo, ¿acaso alguien ha visto a Dios?”. Y Toby creía. Después de todo apenas tenía diez años y la magia era una de las tantas cosas que hacían al mundo de los chicos mucho más interesante que el de los adultos. Después de revolver más de media hora entre las cajas llenas de polvo, encontró lo que buscaba. Tomo el libro entre sus manos y volvió arriba. Se dirigió al cuarto de sus padres y se paró frente al espejo. Observó el chocolate que descansaba plácidamente en el borde de la otra cama y se deleitó. Luego se sentó en la cama y comenzó a hojear el libro. Más o menos por la mitad encontró lo que buscaba. Hechizos sobre espejos. Pasó varias hojas prestándoles muy poca atención, hasta que llegó a lo que realmente le interesaba: “Cómo sacar objetos del espejo”. Leyó las palabras mágicas y las instrucciones pero descuidado como todo niño, no reparó en las advertencias. Una vez que hubo memorizado todo, se paró frente al espejo por segunda vez y mirando la imagen del chocolate dijo en voz alta:

“¡Art at i pra ecnio!”.

Toby esperó unos segundos. Aparentemente todo seguía igual. Ahora faltaba la prueba decisiva. Se acercó al espejo y con desconfianza estiró la mano hacia él muy lentamente. La mano avanzó centímetro a centímetro rozando el aire sin detenerse hasta que la punta de los dedos desapareció. De inmediato retiró la mano con brusquedad. No lo podía creer. No había notado ninguna sensación extraña en los dedos cuando estos habían penetrado a ese mundo paralelo. Se los miró y los vio como siempre. Decidió intentarlo otra vez. Introdujo la mano nuevamente con más confianza y observó como aparecía del otro lado, mientras que desaparecía la mano de la imagen. Cuando quiso agarrar el chocolate se dio cuenta de su error, situado en el borde de la cama, estaba fuera de su alcance. “Qué estúpido”, pensó. Retiró la mano, tomó la golosina y la puso en el mueble que se encontraba bajo el espejo. Esta vez cuando introdujo la mano por tercera vez logró su objetivo. Cuando tuvo ambos chocolates dio un salto de alegría. “Esto es genial”, pensó. Y empezó a quitarle el envoltorio a uno, pero entones se detuvo rápidamente. “¿Por que conformarme con dos si puedo tener cuatro?” reflexionó. Repitió la prueba con los dos chocolates y así obtuvo cuatro. Con sus recientes trofeos en las manos dio saltos de felicidad por toda la habitación. Cuando se calmó, decidió que ya era suficiente por el día de hoy y salió a la calle a disfrutar las golosinas. Iba tan contento que no notó que uno de los desodorantes que se encontraba en el mueble junto al espejo había desaparecido.

Se comió tres chocolates y guardo uno para multiplicarlo al día siguiente, así no tendría que pedirle plata a su padre nuevamente.

Pasó la tarde y llegó la noche silenciosa y tranquila. La cena transcurrió sin mayores inconvenientes, a excepción de la falta de apetito de Toby.

—Eso es por dejarlo comer golosinas antes de la cena —dijo su madre mirando a su padre con enojo.

—¡Pero si fue un solo chocolate de morondanga! —se excusó él.

De cualquier modo, Toby se fue a dormir sin terminar la sopa y al otro día se levantó con el estómago revuelto. Después de tomar un medicamento por orden de su madre se sintió mejor y a la tarde ya se encontraba frente al espejo pensando que podía reproducir esta vez.

“Basta de golosinas, ahora voy a duplicar un juguete”. Tomo la bolsa de ladrillitos de plástico y la colocó muy cerca del espejo. Enseguida tomó su gemela introduciendo ambas manos a través del mismo. Cuando tuvo las dos en su poder, se sintió el mago Gandalf de “The lord of the rings”. “Ahora sí voy a poder construir un super puente”, pensó orgulloso y se fue a jugar al patio.

Mientras construía su puente muy contentó se acercó su madre con Vicki en los brazos y le preguntó:

—Toby, ¿vos estuviste en mi pieza?

—Si, ¿por?

—¿No agarraste por casualidad un desodorante de tu padre y un perfume mío?

—No, mami, no agarré nada yo.

—¡Pero si ayer estaban arriba del cajonero!, las cosas no desaparecen solas.

—Pero yo no las agarré, las habrás puesto en otro lugar y te olvidaste.

—No sé, voy a seguir buscando, pero si te acordás de algo avisame. No creo que anden fantasmas por acá —dijo y se dirigió hacia la casa.

—Quien sabe —contestó Toby y se sintió algo raro. De pronto un pensamiento extraño se le cruzó por la mente. “¿Y si…? no, no puede ser”. Y siguió jugando.

Al otro día otro objeto se sumo a la lista de desaparecidos, esta vez el interrogatorio fue más exhaustivo y el pensamiento que había empezado a insinuarse el día anterior en la cabeza de Toby iba tomando cada vez más forma. Después de que hubo contestado mil veces que no tenía idea del paradero del peine nuevo de su madre decidió resolver el misterio. Entró al cuarto de sus padres aprovechando un momento de distracción de los mismos, ya que le habían prohibido la entrada hasta nuevo aviso y se paró frente al espejo.

Lo miró con la desconfianza del primer día.

“Acá está pasando algo muy raro”, se dijo, “y yo tengo que averiguar que es”. Introdujo una mano lentamente. Primero las uñas. Después los dedos. Luego las manos. Más tarde las muñecas. Y el antebrazo y…

Fue entonces cuando lo sintió. Una mano helada que le apretaba la muñeca con fuerza. Toby quiso retirarla, pero no pudo contra esa fuerza extraña del otro lado. El pánico se apoderó de él cuando sintió que era arrastrado hacia ese mundo desconocido. Cuando su cara casi tocaba el vidrio se fijó por casualidad en su propia imagen y lo que vio lo desesperó aún más. Aunque estaba seguro que su expresión era de terror absoluto, la imagen del espejo sonreía. Pero era una sonrisa burlona y maliciosa. Estaba tan cerca que podía sentir el aliento frío que brotaba a través del espejo. Instintivamente apartó la vista de los ojos de esa imagen carente de alma y se concentró en la boca. Casi esperaba ver unos colmillos amarillos, chorreando sangre que crecían con rapidez. Pero eso no fue lo que ocurrió. En cambio los labios empezaron a moverse articulando palabras sin emitir sonido alguno. Entonces Tobías gritó. Cuando se escucharon los pasos de los padres que acudían asustados a ver que le sucedía, el niño del espejo lo soltó tan rápidamente que hizo que cayera de espaldas al suelo.

Los padres entraron al dormitorio alarmados y al verlo en el piso creyeron que se había desmayado. Empezaron a sacudirlo. Cuando Toby se recuperó del susto y pudo hablar les dijo:

—Tranquilos, estoy bien.

—¿Pero por qué gritaste así? —preguntó su padre casi gritando

—Es que me asusté.

—¿De qué?

—Vi una… ¡araña!, re-grande y toda peluda y como que levantó las patas de adelante y me quiso atacar, ¡era horrible!

—¿¡Arañaaaaa!?, ¿¡dónde!? —gritó su madre dando un salto hacia la cama.

—Estaba en aquel rincón, pero ya se debe haber ido —contestó Toby

—¡Que horror, revisá bien Marcos, porque yo con esa araña acá no duermo!

Mientras su padre rastreaba en cuatro patas como un sabueso a una araña inexistente, Tobías salió al patio a pensar. Ya se había recuperado del susto, pero visto y considerando que él indirectamente era el responsable de las desapariciones, él directamente debía solucionar el problema.

El cielo se pintaba de violeta y las nubes se volvían rosadas a medida que el sol se ocultaba en el horizonte y las reflexiones de Tobías daban forma a una idea. “Hoy es muy tarde, pero mañana cuando papá y mamá se distraigan agarro el libro del abuelo, entró a su cuarto y termino con todo esto.”

Entró a la casa y cenaron en silencio. A las once de la noche se fue a su cuarto. Trató de buscar algo en el libro que le fuera de utilidad, pero lo venció el sueño antes de que encontrara alguna pista. Soñó con el abuelo. Ambos se encontraban en el parque leyendo el libro de hechizos, entonces Toby le preguntaba:

—¿Por qué desaparecieron cosas de nuestro mundo?

—Supongo que si vos te robás imágenes, entonces las imágenes se roban cosas, ¿no?

—¡Las advertencias!, me olvidé de leerlas.

—Eso fue un error de tu parte, pero no sirve de nada lamentarse.

—Pero y ahora, ¿qué hago?

—Tenés que cerrar la puerta antes de que se robe algo importante, algo irreemplazable, ¿entendés?

—Si, si, ahora mismo lo voy a hacer —dijo y casi sale corriendo, pero su abuelo lo tomo del brazo antes de que pudiera hacerlo y le dijo:

—Tené mucho cuidado con las cosas irreemplazables.

Y lo dejó ir.

Al otro día lo despertó el llanto de su hermanita. Cuando recordó lo que tenía que hacer se levantó de inmediato. Comenzó a buscar en el libro y cuando encontró lo que necesitaba lo repasó una y mil veces.

“Primero hay que equilibrar las cosas, yo saqué cuatro cosas y el se llevó tres. Tengo que esperar a que agarre la cuarta, y recién entonces voy a poder cerrar el portal”.

Entró sin ser visto en el cuarto de sus padres y echó una rápida mirada a los objetos que se hallaban cerca del espejo. “Bien, nada irreemplazable”. Agregó un par de juguetes que ya no utilizaba, y salió rápidamente.

Se quedó en su cuarto repasando el plan por enésima vez. Cuando se sintió seguro se puso a pensar en su abuelo y en eso que había dicho de las cosas irreemplazables. De pronto comprendió el significado de la frase. Se dirigió hacia la puerta de su habitación, pero antes de que la alcanzara, un grito agudo lo sobresaltó. Siguió escuchando, y supo que lo que más temía que sucediera había pasado.

—¡Mi bebé!, ¡mi bebé!. ¿¡Dónde está!? —gritaba su madre desesperada. Su padre acudió inmediatamente a ver que ocurría. Cuando está se calmó un poco y pudo entender lo que le decía, la miró incrédulo. “¿Qué estás diciendo?, ¿cómo va a desaparecer?, ¿estás loca?”. “¡Te juro que estaba ahí, en el bebesit, lo dejé en el mueble y cuando miré ya no estaba más!” contestó rompiendo a llorar. Siguieron discutiendo casi media hora más, hasta que finalmente su padre se dejó arrastrar por la locura de su esposa y comenzó a buscar a la niña por toda la habitación y luego por las otras. También le preguntaron a Toby y aunque este sabía exactamente que había pasado no pudo decir nada.

A la noche, su madre yacía en la cama semi-inconciente, después de tomar una dosis de calmantes. Toby se acercó sigilosamente y le acarició el cabello. Su madre giró la cabeza, casi dormida y le dijo en un susurro apenas audible:

—Mi bebé.

—Quedate tranquila mami, yo voy a traerla de vuelta —le prometió.

Y se fue. No pudo dormir en toda la noche. Al otro día esperó con impaciencia a que sus padres abandonaran el dormitorio. Al parecer su madre se encontraba muy alterada aún y se negaba a levantarse. A medida que pasaban las horas, la espera se hacía cada vez más insoportable. Hasta que sucedió. Su madre se levantó para ir al baño, y Toby aprovechó ese momento para entrar en el dormitorio y cerrar la puerta con llave. Luego se enfrentó al espejo con el libro en sus brazos. Miró su propia imagen esperando una señal. Fuera se escuchaban los pasos de su madre que regresaba del baño. Pero por alguna razón no intentó entrar en el dormitorio, sino que se dirigió al living y Tobías se quedó solo con su imagen.

—¿¡Qué querés!? —le preguntó a su propio reflejo y éste le hizo burla—. Yo sé que me entendés, asi que contestame, ¿qué hiciste con mi hermana?

Los labios de la imagen se movieron, pero no se oyó sonido alguno, sin embargo, Toby entendió lo que le dijo: “está bien”.

—¿Por qué te la llevaste?

“Para negociar”, leyó Toby en sus propios labios.

—¿Negociar qué? —preguntó incrédulo

“Mi salida a tu mundo”.

Toby estaba confundido.

—O sea, que para que me devuelvas a mi hermana, tengo que dejarte salir —lo meditó unos segundos—. Eso es imposible —contestó finalmente—. No puede haber dos como yo.

“Por supuesto, NO TIENE que haberlo, ¿no te acordás cómo empezó todo?”.

—Si, yo saqué tres chocolates de tu mundo…

“No. Fue un intercambio, así es como tiene que ser”.

Entonces comprendió finalmente a donde quería llegar. Con profunda tristeza le dijo:

—Si es la única forma de salvar a mi hermanita, acepto.

La imagen asintió con la cabeza y sonrió. “Ya sabes el procedimiento”, formaron sus labios.

—¡Esperá! ¿Cómo se que me vas a devolver a mi hermana? Traela a ella primero y después nos cambiamos.

“No soy estúpido. Es mi garantía. No la voy a dejar acá. Quiero que todo sea lo más normal posible”

—Está bien, supongo que tengo que confiar en vos. No me queda otra.

“Terminemos con esto. Una vez que esté afuera, cambio algo por tu hermana y listo”

—Si, pero antes necesito saber otra cosa.

El otro lo miró con actitud expectante y Tobías prosiguió:

—¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo pudo una imagen hacer todo lo que hiciste cuando lo único que hacen es reflejar el mundo real?

“Por supuesto. Tenés todo la razón. El problema es que yo ya no soy una simple imagen. Las imágenes no pueden comerse y no se pueden construir puentes con ellas, ¿entendés? Tu hechizo volvió la imagen del chocolate un poco más real, para que pudieras agarrarla, sacarla y comerla. Lo mismo pasó con los bloques y conmigo y con todo. Es como un mundo paralelo, del cual podés tomar cosas, y para mi es una nueva libertad que nunca antes había experimentado. Pero no fue suficiente. Quiero tener toda la libertad posible. Todavía no puedo hablar y mientras esté de este lado tengo que actuar como tu imagen. Pero eso se termina ahora. No pude salir por mi propia voluntad, porque tu consigna fue, sacar cosas del espejo, lo cual evita que las cosas salgan solas. Asi que, espero con ansias a que realices tu último acto de magia antes de abandonar para siempre el mundo real”.

El movimiento de los labios cesó. Y las últimas palabras que formaron le hicieron darse cuenta del paso importante que iba a dar. Todo iba a ser muy diferente a partir de ese momento. Pero no quiso seguir pensando. Sabía que si seguía haciéndolo se echaría atrás y eso no podía ocurrir. Tenía que cumplir con su obligación. Por sus padres.

Se acercó al espejo sintiendo una angustia que lo invadía y lo llenaba, le oprimía el corazón hasta hacerle doler el pecho, le hacía transpirar por todos lo poros, le retorcía las entrañas y le gritaba a su cerebro con todas sus fuerzas que no lo hiciera. Pero ya era tarde, estaba del otro lado. Sólo un breve contacto, seguido de un tirón y ya estaba. Nada había cambiado en apariencia. Todo era igual, una copia exacta de la realidad. Sólo que no era real. Antes de que pudiera reaccionar vio unas manos, sus propias manos, que se llevaban al bebé que descansaba en el mueble, debajo del espejo. Toby miró sorprendido a la que antes era su imagen y la vio con el bebé en sus manos. Quiso preguntarle algo, pero notó con horror que ya no tenía voz. Sin embargo el otro entendió y contestó la pregunta que no había llegado a formularse:

—Siempre estuvo ahí, no pudiste verla porque se había convertido en una imagen sin objeto real. Pero ahora que volvió, podés entretenerte con su imagen. Ahora llevate algo de acá y despedite para siempre de tu voluntad.

“ ¿Y si no quiero?”

El niño sonrió y respondió.

—Entonces, la mato.

Toby supo que estaba perdido, ya no había nada que hacer. Introdujo la mano en el mundo real sabiendo que era la última vez que lo hacía y tomó una hebilla de su madre.

El nuevo Tobías tomó el libro de hechizos y memorizo las palabras mágicas que cerraban el portal. Cuando se paró frente al espejo, vio como lágrimas de tristeza resbalaban por sus mejillas. Pero su cara estaba seca.

—Es lo último que hacés sin mi consentimiento… —le dijo—. Pero podés quedarte con tus lágrimas, consideralas mi regalo de despedida. Además no las necesito.

Entonces, cerró la puerta y el verdadero Tobías dejó de existir. Bueno, en el mundo real. Porque aún tenia una existencia esporádica en el espejo. “Sólo existo cuando él se mira”, solía pensar. Y no era tan malo. A veces se preguntaba por que había conservado sus pensamientos. No creía que las imágenes los tuvieran. Y sabía que era diferente de las imagénes de sus padres a quienes veía de vez en cuando. Estas eran más… vacías. Pero por otro lado tenía su lógica, ya que el niño del espejo no se parecía mucho a él. Siempre estaba de mal humor, era agresivo y no demostraba sentimientos. Sus padres ya no sabían que hacer con ese hijo que se había vuelto tan extraño.

Y así transcurrió el tiempo, hasta que un día, algo cambió. Tobías miraba a su padre sin rencor y la imagen lo imitaba, todo se veía exactamente igual excepto por una detalle. Los ojos de ambas imágenes, padre e hijo traducían todo el amor que puede expresarse a través de ellos. Mientras que las personas reales se miraban como si hubieran realizado un buen trabajo entre ambos, pero sin expresar sentimiento alguno. Entonces Tobías supo que de alguna manera era su padre el que estaba en el mundo de las imágenes junto a él. Y eso lo llenó de alegría. Una alegría que solo podía expresar con la mirada, pero eso bastaba para que su padre entendiera. Más tarde se les unió su madre y su alegría fue aún mayor. Porque aunque no pudieran moverse, ni hablar, y ni siquiera fueran reales, su amor si lo era. Y siguieron comunicándose con ese extraño lenguaje de las miradas que los reales no podían entender. Porque ellos no sentían. Después de todo, sólo eran imágenes.

Fin

Jan. 28, 2020, 2:50 a.m. 3 Report Embed Follow story
5
The End

Meet the author

Oveja Gris Médica psiquiatra

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Milton  Ceron Zamora Milton Ceron Zamora
¡Increíble!, el mundo de los espejos es algo que me fascina, me hace recordar el subespacio que hay en nuestra mente. Respecto a la historia, fue bastante cruda, pero muy real dentro de la propia ficción, pues Tomas se busco su encarcelamiento del otro lado del espejo. Saludos
April 04, 2020, 04:09
Jancev Jancev
¡Muy buena historia! Me encantan las historias en las que la realidad se establece sin importar la crudeza de ella. En este mundo siempre tienes que dar algo a cambio de lo que recibes, bien hecho.
March 04, 2020, 15:28

  • Oveja Gris Oveja Gris
    Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado. La escribí hace unos quince años, cuando aparentemente en Argentina podías comprar un chocolate por cincuenta centavos. Tuve que modificar esa parte, jeje! March 04, 2020, 21:44
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