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VIVIR PARA SIEMPRE

El viejo y el joven, exhaustos, descansaban en la playa. Más de una hora le había costado a Andrés rescatar de las turbulentas aguas al pobre viejo luego del naufragio del Amanda, un desvencijado ferry en el que hacían su trasbordo.
Luego de un largo rato el anciano despertó, y comenzó a mirar a su salvador en una forma extraña, como si sintiera pena por él. No era la mirada de un agradecido, sino la de alguien que sentía compasión. Andrés, a pesar de sus jóvenes veinte años, advirtió esa mirada singular, pero sin decir nada clavó sus ojos en su rescatado tratando de comprender.
-Has arriesgado tu vida para salvarme, muchacho... Pero ha sido en vano: yo no puedo morir, y tu podrías haber dejado la tuya en el intento.
-Eso no pasó por mi cabeza, pensé en que usted solo no podría haber llegado a la playa sin mi ayuda. No veo que tenga fuerzas suficiente para... Pero ¿Por qué me dice qué “no puede" morir?
-Es una historia tan larga que me llevaría muchísimo tiempo relatar, pero te aseguro que desde hace un poco más de treinta años soy inmortal, tanto como lo es el que me concedió esa gracia, y quien se la concedió a él, y así hasta el año de1427. Yo también arriesgué mi vida para salvarlo, y también tengo el don de dar la gracia de la inmortalidad al primero que pretenda salvar la mía a costa de la suya. Y ese has sido tú...
-Andrés.
-Tú, Andrés. Desde este momento, y a partir de cuando lo decidas, serás inmortal; nada ni nadie conseguirá que mueras jamás. Podrás ver todo lo que el futuro depara a la humanidad. Lo que siempre ha soñado todo hombre desde el principio de los tiempos. Lo conseguirás cuando lo decidas.
-Pues lo quiero ahora ¡Ya mismo!..
-No hijo, no es tan sencillo... Sigue mi consejo, y verás. El día en que te sientas preparado pronunciarás una palabra que luego te enseñaré, a la que deberás depositar en forma indeleble en tu memoria, ya que si alguna vez la escribes por temor a olvidarla el hechizo desaparecerá para siempre, como también desaparecerá si se la enseñas a alguien antes de haber decidido tu inmortalidad, o si habiéndolo decidido ese alguien no es quien pretendió salvarte la vida arriesgando la de él, como lo has hecho tu conmigo. Eres muy joven, y el precio de mantenerte inmortal es, préstame atención, no aprender nada más que lo que sabes en el momento de pronunciar el conjuro. La vida aún no te ha enseñado nada, no es conveniente decidir ser, para siempre, un inexperto joven. Déjate madurar, y cuando sientas que lo estás habrá llegado el día.
El anciano se sentó, acercó su boca al oído de Andrés y le repitió tres veces la mágica palabra.
-Repítela en tu mente mil veces, y otras mil, hasta que te sea familiar, tanto como lo es el nombre de tu madre, pero jamás la pronuncies hasta que consideres que es el momento oportuno.
El viejo se levantó con mucha dificultad, Andrés no se sentía con fuerzas para ayudarlo, y se fue caminando muy lentamente con pasos temblorosos.
El muchacho siguió tirado en la arena por mucho tiempo. Su cerebro bullía, no sabía porqué pero había creído a pie juntillas las recomendaciones. Estaba seguro: cuando la vida lo preparara para vivir eternamente, recién entonces, pronunciaría la palabra que jamás debía olvidar, y a la que comenzó a repetir en su mente según le recomendara el anciano.

Estaba cursando el segundo año de ingeniería, y era lógico que pronunciaría la palabra mágica mucho tiempo después de obtener su título, ya que necesitaba experiencias para vivir en una eternidad en donde jamás adquiriría nuevas. Nunca jamás.

Cuando estaba en cuarto año conoció a la mujer más hermosa del mundo (para todos, la mujer más hermosa del mundo es aquella de la que estamos perdidamente enamorados), y, por la misma razón, la más buena y noble de todas las que han existido y existen. Estaba seguro.
Su amor fue correspondido, y cinco años más tarde, ya ingenieros ambos, se casaron; justo en el día más feliz de sus vidas.
Se sentían vivir en la gloria, y más aún cuando comenzaron a venir los hijos. Que fueron tres: un varón, una preciosa muñequita y otro varón, en ese orden.
El día en que Julio, el tercero de sus hijos, recibió su título de Bachiller, comenzó a asaltarlo la idea de pronunciar la palabra, aquella que lo haría vivir para siempre. Pero ¡No! Aún le faltaba verlos profesionales. A Luciano, abogado; a Andrea, médica pediatra; y a Julio, ingeniero, como él; y quería ver todo eso desde su adultez, no de la contemporaneidad que le daría su actual, y luego eterno, estado.

Pasaron los años. Sus hijos ya eran buenos profesionales, él ya no más un licenciado para ejercer la ingeniería, ahora se sentía un auténtico ingeniero, y Lucía (¡Oh la bella y noble Lucía!) una gran esposa y mucho mejor madre. Ése sería el momento de pronunciar la famosa y hermética palabra. Aunque, pensándolo bien, tampoco lo era: habían convenido envejecer juntos, y si él dejaba de hacerlo comenzaría a verla cambiar con el transcurrir de los años, por lo que dentro de algunas décadas ella sería una anciana y el un lozano hombre relativamente joven. Eso se le antojó horrible, por lo que decidió esperar a que fuera Dios quien fijara el momento de pronunciarla.

Cuando tenían setenta años, ya gozando de una muy buena jubilación, de sus amantes hijos siempre a su alrededor, de sus siete nietos alegrando todas las horas, y de sus nueras y yerno haciéndoles ver su sincero cariño, sobrevino aquel accidente que se llevó a su amada para siempre.
Se sintió insoportablemente solo sin su Lucía. Pensó que ése era el momento en que Dios había decidido que pronunciara la palabra de la eternidad. Cenó lentamente, bebió un vaso del mejor vino que pudo encontrar, y se dispuso a decir en voz alta lo que hacía más de cincuenta años daba vueltas en su memoria.
Entonces una idea horrible lo asaltó: asistiría a la muerte de sus hijos, de sus nueras, de su querido yerno, de sus nietos, y de todos los que les descendieran ¿Soportaría, otra y otra vez, volver a pasar por el calvario como por el que pasó cuando murió quien fuera el amor de su vida?...Debería esperar para cuando llegara su senectud.

El día de su cumpleaños número noventa, la fiesta fue maravillosa. Estuvo toda la noche mirando, arrobado, el bailar de sus ya adultos nietos. Sintiendo los cariñosos e interminables abrazos y besos de sus hijos. Fue entonces cuando se dijo -Cuando a la madrugada regrese al hogar geriátrico, pronunciaré, por fin, la palabra.

Eran las tres de la mañana cuando se encontró nuevamente solo, aún aturdido por el bullicio de la fiesta. Ése era el momento...
Pero ¡Maldita sea! No la recordaba ¿Cómo era?... Pensó y pensó, hasta que decidió que aquella palabra que su mente había pronunciado miles de veces ya no existía.

-Después de todo es mejor- se dijo como consuelo. -Aquel viejo que salvé del naufragio tenía la cara muy triste.

FIN

Jan. 20, 2020, 12:01 a.m. 2 Report Embed 3
The End

Meet the author

Cesáreo Rodríguez Casado con Marita, Padre de tres hijos (Marcelo, Pablo y María Lelis, por orden de aparición). Siete nietos. Setenta y cuatro años de edad. Medico generalista desde hace 45 años, y geriatra desde 1981.

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John Bart John Bart
Muy bueno
January 26, 2020, 06:42

~