Espectro Follow story

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Escuchas acerca de un reto que se volvió viral, uno que al ser completado obtienes algo imposible de conseguir por tus propios medios... El riesgo es grande, sin embargo te enfrentas a lo desconocido, la estación Adams, abandonada luego de un fatal incidente, se mantiene es la oscuridad desde hace años, ¿tendrás el valor de llegar al último vagón?


Horror Ghost stories All public.

#muerte #misterio #Lugar-Abandonado
Short tale
9
3.4k VIEWS
Completed
reading time
AA Share

El Último Vagón

I


Ingresas a un café frente a lo que fue la entrada principal de la estación Adams. Intentas no levantar sospecha de tus intenciones, compras un mocachino y simulas pasar el tiempo viendo las notificaciones de tu móvil, cosa que no es del todo mentira. Golpeas el talón del pie derecho contra el suelo, el nerviosismo en ti es latente, se puede notar en tus gestos las dudas y el miedo, haciendo que tu respiración sea superficial y agitada. Pese a la imagen que se podría hacer cualquiera al verte, con los piercing en tus labios y esos tatuajes en ambos brazos, en realidad, no eres el tipo de persona del cual se espera que ingrese a una estación abandonada a medianoche, como tienes planeado en este momento. Entre el moca y un capuchino más, ves el lento paso de las horas, hasta que oscurece.

Fue la mesera quien te recuerda tus planes al mencionar que están por cerrar, Faltan cuarenta y cinco minutos para las doce.

—Disculpe, perdí la noción del tiempo —dices sin muchas ganas, luego te levantas de la mesa.

—Tenemos un servicio de taxi, si le interesa...

—Oh, que buen servicio, pero no, un amigo pasará por mí en la plaza.

Tomas tus cosas y te diriges a la puerta, mientras te arrepientes de no haber aceptado el taxi.

Pese a ello, no das marcha atrás, si lo que comentan en redes es cierto, podrías al fin enfrentarte a algo sobrenatural, idea que te causa pánico, pero al mismo tiempo te anima: Hay una recompensa. Te encaminas hacia la plaza, los empleados del café no deben verte ingresar a la estación, así que decides dar la vuelta a la manzana para que se acerque la hora indicada. Los callejones oscuros lejos de asustarte, parecen llamar tu atención, es intrigante para ti la manera como cambia la ciudad cuando la noche llega.

Al regresar al punto de partida, el café de antes está cerrado. Son las doce en punto.

Respiras muy profundo un par de veces, sabes que no deberías estar ahí, sin embargo, estás. Te colocas los guantes que compraste el día anterior para la ocasión, son gruesos y resistentes, según las especificaciones del fabricante, podrían resistir hasta el corte de una navaja filosa. Con ello en mente, apoyas las manos en el borde de la reja principal de la estación, la cual esta cubierta de alambre de púas y, haciendo uso de tus piernas, saltas hacia dentro. Venciendo el primero de los obstáculos en tu camino.

Recobras el aliento y te diriges hacia las escaleras que, viejas y sucias, parecen ir directo al centro de algún abismo sin fondo. Dudas. Sacas de tu mochila una linterna e iluminas con ella el camino que se abre frente a ti, la luz te hace sentir valiente, dando un paso hacia el subterráneo.

Antes de darte cuenta, te encuentras en el primer nivel. Boletería a la izquierda y la estación Adams a la derecha, revisas tu móvil para revisar el mapa y emprendes viaje hacia el último vagón de tren Once-Cero-Nueve, lugar donde, hace ya diez años, murieron cientos de personas.


II


«Veamos, debo ir por el andén quince, hasta la salida norte... Luego bajar al segundo nivel», repasas en tu mente los pasos a seguir. El andén se extiende frente a ti, iluminado con la linterna que llevas contigo, puedes ver los escombros de lo que queda en ese lugar. Los trenes abandonados dan la impresión de encenderse en cualquier momento y echarse a andar. Te sorprende el aire cálido que llega hasta tu rostro, cosa que dista del frío de la calle.

Los cien metros del trayecto te parecen eternos, esquivas bancas inservibles, cristales rotos y una que otra rata, hasta que llegas a la salida norte. El acceso está restringido.

Un cúmulo de basura hacen la veces de barricada. Piensas un poco en tu siguiente paso, optando por la respuesta más viable, rodear la salida por las vías. Regresas por el andén y atraviesas uno de los trenes que viste antes, fuerzas la puerta para poder bajarte y, de un salto, llegas a las vías. El túnel se adentra en la tierra, aun con la linterna no eres capaz de iluminar por completo esa espesa oscuridad.

Caminas con sumo cuidado, pones mucha atención al suelo donde pisas, tropezar y lastimarte algo es una posibilidad. A medida que avanzas, encuentras vestigios de personas que debieron vivir ahí, aunque todo te indica que hacía mucho que abandonaron ese lugar. Varios metros adelante encuentras las escaleras de emergencia que van al segundo nivel.

Atas la linterna a una soga y la haces bajar por la escalera, no puedes bajar sin ocupar ambas manos. Una vez toca suelo, con la luz indirecta que te ofrece, pero, que es más que suficiente, desciendes hasta el punto dos de tu travesía.

Te diriges de forma directa a la boletería.

Al llegar, descubres que apenas si queda algo de pie en ese sitio, con una cautela inusitada para ti, sorteas todo aquello que pudiera hacerte daño y das con lo que buscas, un tiquete para el tren Once-Nueve-Cero.

—¡Lo tengo! —dices con alegría— Entré a la estación sin que nadie me viera y ahora tengo un boleto, las primeras dos partes están completas... Ahora bien.

Echas un ojo de nuevo a la pantalla del móvil, sabes lo que debes hacer, pero revisar el procedimiento te ayuda a concentrarte. Debes cruzar las vías y llegar al andén veinte, luego todo derecho hasta el tercer nivel.

El aire cambia de pronto al poner un pie en el andén, un olor metálico llega hasta tu nariz, es el olor de la sangre. Titubeas, no obstante, sigues caminando. Tropiezas en varias ocasiones con las ratas que corren por el suelo, cuando notas que en realidad huyen del tercer nivel. «Creo que las ratas tienen mejor instinto de supervivencia que yo...», reniegas, luego, levantas el rostro y en tus ojos puede observarse la determinación de avanzar.

Como decía en el relato que leíste la semana pasada, el tercer nivel debería estar inundado y, al terminar de bajar las escaleras, lo compruebas. El agua sucia, negra y maloliente, llega varios centímetros arriba de tus tobillos.

«Debí traer las botas de caucho», te lamentas.


III


Caminar con el suelo anegado de esa manera te resulta difícil, resbaladizo, húmedo y con ese olor pútrido, apenas si puedes pensar con claridad en el ambiente inhóspito donde te encuentras.

—Supongo que debe de ser complicado ver algo sobrenatural en estos días —dices a la nada—, pero ya me adentré demasiado como para regresar...

Te encuentras en el último andén del último nivel, es hora de ir por el último vagón.

Ves por el suelo carteras y abrigos, maletas pequeñas y portafolios; cuando el tren se descarriló, la estación se encontraba abarrotada de personas, era la hora de más afluencia.

—Trescientas veintitrés fallecidos, ¿eh? No puedo ni imaginarlo...

Un sonido te interrumpe, sin saber el lugar de origen de este, comienzas a iluminar en todas las direcciones. Sudas, hay peores escenarios donde los vivos son los protagonistas de cosas horrendas, lo sabes, el spray de pimienta en el bolsillo de tu chaqueta es prueba de ello. Luego de revisar cada rincón de los alrededores, no ves nada aparte de los escombros. Hierros retorcidos por todo el lugar.

Al fondo de todo aquello lo ves, el tren Once-Cero-Nueve.

El agua es mucha en la vía, caer ahí sería peligroso, así que accedes con mucho cuidado. Una vez dentro, el olor metálico de antes se intensifica, obligándote a usar un pañuelo para cubrirte la nariz. Los vagones están torcidos y caminar derecho ahí es imposible, pero de alguna manera te las arreglas. Los tres primeros no representan para ti mayor complicación, sin embargo, el cuarto es diferente.

Al saltar para llegar hasta él, escuchas justo detrás de ti un susurro, un lamento. Volteas de inmediato, «está demasiado cerca», piensas al retroceder. La luz de la linterna te ayuda a ver con claridad, no hay nadie. Cuando te giras para seguir avanzando, vuelves a escucharlo.

—Ayuda... —dice alguien a tu oído, es una voz femenina.

Ahora no hay dudas, lo escuchaste de una forma muy clara, pero, no reaccionas, sabías que algo así podía suceder y, siguiendo los pasos del reto, comenzaste a caminar sin prestar atención a esas voces.

Los lamentos aumentaban; unos piden perdón a sus familiares, otros se quejan de un dolor insoportable, son las voces de los involucrados en el accidente. Firme en tu actuar, ignoras todo aquello aunque eso te haga pedazos por dentro. «Lo siento, pero no puedo atenderlos en este momento...», piensas a modo de disculpa.

Luego de dos vagones, los lamentos disminuyen hasta convertirse en meros susurros, un barullo apenas perceptible, debido a lo cual sientes un gran alivio.

Cosa que duró poco. El agua desde ese punto subía de nivel, llegando hasta arriba de tu rodilla.

—Si esto empeora no sé lo que haré, maldición, solo espero no tener que sumergirme más de lo necesario...

Con el temor de herirte con algo oculto bajo el agua, das el primer paso, el último vagón está cerca. Ya ha pasado más de una hora y media desde que entraste a la estación, el reto debe completarse antes de las tres de la madrugada para que sea un éxito.


IV


El último vagón está frente a ti a varios metros de distancia, destruido casi en su totalidad y de igualmente casi sumergido. No ves nada sobre lo cual pararte, el agua que hay entre tú y el vagón podría ser de unos centímetros de profundidad o no tener fin. Sin más opción que saltar, retrocedes. Despejas el camino, apartas escombros que te harían tropezar y te preparas. Sostienes la linterna entre tus dientes, necesitas ver el camino, pero, al mismo tiempo tus manos deben estar disponibles. Mentalizas un par de veces lo que debes hacer.

Luego de recorrer el pasillo y calcular tus pasos, saltas.

Tu peso hace estremecer el vagón, con lo cual, este se cambia de posición, haciendo que el nivel del agua baje. El sudor corre por tu rostro, lograste alcanzar la meta por escasos centímetros. Recuperas el aliento pasados unos segundos.

De forma instintiva, mantienes el cuerpo agazapado, no deseas levantar la mirada, no obstante, es necesario. «Llegué hasta aquí, no es hora de ser cobarde», dices para ti y, en un arranque de valor, alzas la mirada.

Al fondo, siendo iluminado de forma indirecta, ves lo que semeja una figura humana, difuminada, etérea. Una sombra que parece deshacerse en el viento, sentada en la última fila. El corazón da un vuelco dentro de tu pecho, habías hecho una idea de lo que verías, pero, no imaginaste algo tan tangible. Tienes miedo.

Iluminarlo de forma directa queda descartado, no sabes como reaccionaría. Por lo cual te acercas, intentando mantener el cuerpo debajo de su rango de visión.

Te sientas a un lado de esta, el silencio es abrumador. Colocas la linterna a un lado y, tomando la mochila, sacas algo envuelto en un pañuelo y lo ofreces al espectro.

Lo que entregas es algo importante para ti, algo que resume tus deseos, algo que solo el espectro logra ver de lo que se trata. Cierras los ojos.

Luego de unos segundos, cuando piensas que el espectro no aceptará tu regalo, sientes que unas manos frías las toman, sientes el tacto húmedo de su piel rozando la tuya. Te estremeces.

Al no haber respuesta, mantienes el rostro abajo, solo eres capaz de imaginar lo que sucede gracias al sonido que hace el espectro con aquello que le diste. Debes esperar, debes ser paciente. Esperas hasta que sientes una mano que se apoya en tu hombro. Pese a que temes hacerlo, diriges tus ojos hacia el espectro.

Pensaste encontrar tu rostro, pero no fue así, en su lugar, diste con un agujero que empezó a brillar con un resplandor verdoso. El espectro te mostró aquello que deseabas saber, las respuestas que tanto habías anhelado escuchar. Sin embargo, las imágenes que inyecta en tu mente empiezan a trastornarse, retorcerse. Sientes punzadas en el pecho al tiempo que empiezas a llorar, el espectro toma tu rostro con ambas manos, evitando así que apartes la mirada. Las visiones que te obliga a ver destruyen poco a poco la cordura que te queda.

El agujero en el rostro del espectro se cierra, liberándote.

—Me has complacido —dice—, tu desesperación me resultó deliciosa...

El espectro desaparece, pero no terminas de entender lo que sucede.

Tu reloj marca las tres de la madrugada.

Sin saber cómo, despiertas en el primer nivel de la estación Adams. Ya ha amanecido. Tu ropa está sucia y rota, no recuerdas del todo el camino de regreso. Cuando terminas de espabilar, te das cuenta que en tu mano derecha hay un objeto.

Sonríes entre lágrimas, el espectro había respondido a tu petición.

No le das importancia al haber perdido la otra mano.

«Fue un precio justo», piensas, antes de regresar a casa.

Dec. 16, 2019, 7:51 p.m. 6 Report Embed 9
The End

Meet the author

Baltazar Ruiz ¡Hola! Soy Baltazar y este es mi espacio, acá encontrarán desde terror hasta ciencia ficción. Trato de dar lo mejor de mí en mis historia y me gusta ayudar a los demás, si puedo servirte en algo lo haré gustoso.

Comment something

Post!
Federico Pereyra Federico Pereyra
Excelente historia, y mas aún por usar la segunda, un recurso muy rara vez usado.
January 31, 2020, 04:04

Lisbeth Vargas Lisbeth Vargas
Vaya! Me gustó mucho esto. Hasta quedé con ganas de más. Manito arriba.
January 29, 2020, 21:08

Ana Jiménez Ana Jiménez
Oh, genial y queda en suspenso, esas pequeñas interrogantes al final de la historia me tienen con mucha curiosidad. El texto tiene una que otra cosa que corregir pero nada grave. Me encanto este relato, tú sabes de mi casi obsesión con la narración en segunda persona. 😂😅
January 14, 2020, 12:06
interesante, pero si detallaras un poco mas las escenas en tercera persona fuera un éxito, pero todo lo demás esta bien, sigue así
January 09, 2020, 13:17
~