En cautiverio Follow story

dianarivers Diana Rivers

En un pueblo a las afueras de Rusia, Nikole es arrastrada de la vida que antes conocía para llevarla hasta un infierno que nadie debería conocer. Sus tranquilos días pasan a ser una pesadilla donde la violencia, las agresiones y la agonía están presentes. ¿Podrá salir de ese bucle sin fin o se quedará atrapada en ese infierno al que la han arrastrado? ----------- Este relato corto va sobre la trata de blancas. Cuenta lo que pueden pasar las víctimas en estos casos, pues hay mucha gente que no entiende lo que pasan y por ello puede herir la sensibilidad de algunas personas.


Non-fiction Not for children under 13.

#drama #miedo #violencia #realidad #no-ficción #relato-corto #trata-de-blancas
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En Cautiverio

Las manillas del reloj marcaban las ocho y cuarto y la luz apenas entraba por la ventana, pues estaba anocheciendo.
Recuerdo que me encontraba leyendo en el amplio sofá burdeos del salón cuando mi padre me dijo que me vistiera, que íbamos a ir a cenar. Temerosa de que volviera a pegarme si me negaba a obedecer, hice caso a sus palabras y salí con él de casa, pero para mi sorpresa no era un restaurante a donde me llevaba.

Paró en un aparcamiento del centro del pueblo, en ese momento, intransitado y bastante oscuro y me hizo salir del coche tras él. En el lugar había un par de vehículos aparcados a unos metros de nosotros y una furgoneta azul oscuro justo a nuestro lado. De ella salió un hombre fornido, de aspecto riguroso y gesto siniestro. No me gustaba nada aquello.

Me empecé a poner nerviosa, aunque por fuera no lo aparentara.

Aquel hombre, de unos cuarenta años, se acercó a mi padre y del interior de su chaqueta de cuero sacó un sobre bastante grueso para dárselo. Yo simplemente observaba extrañada. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué iba a pasar? ¿Qué había en ese sobre? ¿Estaría mi padre metido en algún grupo mafioso? En Rusia era lo más corriente, pero cómo iba a estar mi padre metido en alguna de esas cosas. La situación en casa estaba bastante mal, eso era cierto, había días que no había ni para comer, pero jamás imaginé a mi padre de ese tipo de personas, por muchas veces que me hubiera puesto la mano encima.

En ese momento el hombre miró hacia la furgoneta, que tenía la puerta abierta, y asintió. De ella salieron dos hombres más, ambos de complexión fuerte, y se acercaron a mí sin más demora.

Retrocedí mientras ellos avanzaban, pero choqué con el coche. Miré rápidamente a mi padre y él solo observaba el húmedo suelo del aparcamiento.

En ese momento entendí lo que estaba pasando. Me había vendido. Como otras tantas veces había oído hablar a los vecinos, pero esta vez era yo.

El corazón me iba a cien y la cabeza a mil pensamientos por segundos. No entendía nada, solo quería estar en el sofá con mi libro. ¿Por qué había hecho eso? ¿Qué había hecho yo para que hiciera tal cosa? No lo entendía.

Me giré y comencé a correr, sin rumbo, sin pensar. Lo único que retumbaba en mi mente era un “esto no puede estar pasando”. Pero poco pude avanzar cuando unos fuertes brazos rodearon mi cuerpo. Yo pataleaba, gritaba, llamaba a mi padre, y tonta de mí por hacerlo, porque era él quien me había llevado allí.

Pese a ello seguía gritando con la esperanza de que alguien me escuchara, pero lo único que recuerdo de ese momento es un pañuelo sobre mi rostro y un olor bastante fuerte. Luego todo se volvió negro.

Desperté en una habitación escasamente iluminada y no se podía apreciar mucho pero, si hablábamos de limpieza, ese lugar se llevaba el premio al menos pulcro.
Me incorporé y noté una presión bastante grande en la cabeza, jamás me había dolido de tal forma. Estaba confusa, aturdida, y no comprendía nada de lo que acababa de pasar. ¿Dónde estaba? ¿Cuánto tiempo había pasado?
Lo único que se escuchaba era el murmullo de algunas voces fuera de la habitación. Pero solo eso… murmullos.
Fui hacia la puerta con cierta desconfianza, no sabía qué era lo que iba a encontrarme al abrirla, o lo que era peor; quién. Aunque, para mi sorpresa, al acercarme a la vieja puerta de madera y girar el pomo pude comprobar que estaba cerrada.

Maldije para mis adentros todo aquello, y los ojos se me llenaron de lágrimas sin apenas darme cuenta. Era una mezcla de rabia, impotencia y tristeza lo que me recorría el cuerpo. Una sacudida de sentimientos que había conseguido derribarme en menos de lo que hubiera esperado.

Con un paso pesado me volví a acercar a la cama y me dejé caer en ella aún con las lágrimas brotando de mis ojos, en silencio. Me sentía agotada, exhausta. Pero a su vez estaba nerviosa, ansiosa y el temor recorría cada recóndito lugar de mi cuerpo.

Apoyada con la espalda en la pared, y las piernas pegadas a mi torso, escondí el rostro entre ellas hasta que, quién sabe cuánto tiempo pasó, escuché unas llaves tintinear. Estaban abriendo la puerta.

Tras ella apareció una mujer de talante tranquilo, yo solo me limité a observarla.

¿Quién era? ¿Y por qué estaba tan serena?

Se acercó a mí y me agarró del brazo con sumo cuidado, cosa que me sorprendió.

Sin decir nada, me arrastró fuera de ese cuartucho para ir a una sala enorme. Había una pista de baile, sillones pegados en algunas paredes, una barra con sus respectivos asientos y enfrente toda una pared llena de botellas de alcohol.

El lugar brillaba con luces de neón azules, rosas, rojas… de todo tipo.

— ¿Cómo te llamas, chica?

Desvié la mirada del lugar y la fijé en la mujer, no aparentaba tener más de treinta años.

—Ni… –comencé a decir, pero tuve que carraspear para que se me entendiera—. Nikole…

—Muy bien, Nikole, yo soy Yvanna. Ahora tienes que prepararte, esta noche harás tu primer servicio.

Congelada. Así fue como me quedé tras esa contestación. Perpleja y sin palabras.

Yo no quería eso. No quería tener que hacer esas cosas.

—¿Ser-servicio? –pregunté apenas con un hilo de voz.

—Eso es, querida. Así que procura ponerte guapa y hacer lo que toca, si no quieres salir mal parada –contestó la mujer mientras abría otra puerta. En el interior de esa segunda sala había más chicas. Por sus rostros, supuse que estaban en la misma situación que yo.

Miré a todas y cada una de ellas. Ojos tristes, ojeras muy marcadas. En las caras de algunas se veía el dolor y la desesperación por aquella situación. Pese a ello, todas permanecían en silencio. ¿Cómo era posible?

Yvanna nos dejó allí a todas y cada una comenzó a prepararse. En la sala había un reloj, y di gracias por ello, pero al ver la hora que era, quise echar el tiempo atrás.

Las agujas del reloj de pared marcaban las 19:46. Prácticamente se había hecho de noche, cada vez estaba más cerca la hora.

Yo solo miraba lo que hacían, sin saber qué hacer, hasta que se me acercó una joven mostrándome una sonrisa tranquilizadora. Parecía de mi edad, y eso me impactó bastante. Dasha dijo que se llamaba.

Comenzó a explicarme lo que estaban haciendo, lo que hacían y lo que debía y no hacer. Y, a decir verdad, hizo bastante ahínco en lo que no debía llevar a cabo.

Mientras ella hablaba, intentaba apuntar todo mentalmente, pero eran demasiadas cosas. La más importante, obedecer y no resistirse.

Aunque, pese lo que dijo, lo mejor de todo fue que conseguimos congeniar.

Anocheció, aunque allí dentro poca noción del tiempo teníamos, y la puerta de la sala se volvió a abrir. Era Yvanna de nuevo, diciéndonos que habían llegado los primeros clientes. Yo no sabía dónde meterme, solo quería salir de ahí, escapar.

Nos llevó a todas, éramos once chicas, a la habitación del primer cliente. Estábamos prácticamente desnudas. Ropa que enseñaba más de lo que yo había enseñado en lo que llevaba de mis 17 años de vida.

El hombre eligió a una joven algo mayor que yo, de tez pálida pero de pelo negro como el azabache. Se la veía tranquila, así que deduje que llevaba bastante tiempo ahí.

Yvanna nos dirigía hacia las habitaciones, una a una, y yo no me separaba del lado de Dasha, junto a ella me sentía menos indefensa. Y, aunque solo fuera una sensación, hacía mucho.

Pasamos por tres habitaciones más, y el grupo de chicas disminuía notoriamente.

En la quinta habitación había un hombre bastante joven, podría decir que si llegaba a tener los 23 años, mucho era.

En ese momento pasó lo que tanto temía. Era yo. Me tocó a mí.

Un intenso escozor, casi rozando el dolor, me subió por la nariz. Eran las ganas reprimidas de llorar que amenazaban con salir.

Tras eso me quedé en shock, traspuesta, inmersa en mis pensamientos. Creo que no era del todo consciente de lo estaba a punto de pasar.

Me sacaron de la habitación, y me dijeron un par de cosas pero yo no prestaba atención, tenía la mirada perdida y los pensamientos en otra parte. La mujer que nos había estado guiando hasta entonces, me llevó de nuevo al cuarto donde se encontraba el chico, dejándome allí dentro y cerrando tras de sí.

Inmóvil, completamente estática frente a la puerta, me quedé mirando al contrario. ¿Cómo podía alguien tan joven hacer esas cosas?

Se quitó la chaqueta vaquera que llevaba puesta, para dejarla sobre una silla, y se acercó a mí con un paso lento pero firme.

—¿Cómo te llamas, morena? –tragué saliva sin decir nada. Eso no podía estar pasando–. Te he hecho una pregunta.

—M-me llamo Nikole –contesté con la voz rota. Él se limitó a sonreír mientras alargaba su brazo para agarrar el mío. Arrastrándome hacia la cama–. No… no, por favor.

En ese momento, haciendo caso omiso a mis palabras, me lanzó sobre el colchón, cubierto con una sábana roja, y comenzó a quitarse el cinturón y a desabrocharse los pantalones.

Eso era una pesadilla, una broma de mal gusto. Un chiste que no tenían gracia.

Cuando se deshizo de la prenda, se subió en la cama y se acercó a mí, pero yo retrocedía. Acabó por tumbarme completamente, poniéndose encima, con ambas manos a los lados de mi cabeza. Intenté apartarle, pero comenzó a besar mi cuello. Los ojos se me humedecieron una vez más, no me creía lo que estaba pasando.

Me resistí. Volví a colocar las manos en su pecho y le empujé.

—¡Por favor, para!

El joven se incorporó y me abofeteó el rostro. Noté cómo mi mejilla se encendía tras ello, y la rabia comenzó a brotar en mí. Una rabia casi irrefrenable.

Entre lágrimas que no cesaban, le escupí en la cara y luego le empujé con todas mis fuerzas a un lado para poder saltar al suelo y salir de la habitación pero, para mi desgracia, la puerta estaba cerrada. ¿Qué iba a hacer ahora?

Él se acercó a mí. Vi ira en su rostro, desprecio, e incluso podría decir que asco, pero podría asegurar que no más que el que yo le tenía en ese momento.

Grité, intenté tirarle cosas, y seguir resistiéndome, pero me agarró con tal fuerza que incluso me hacía daño.

Con el cinturón me ató las manos al cabecero y con una servilleta de tela que había en la mesilla de noche, me amordazó, y ahí fue cuando no pude moverme más. Hizo conmigo todo cuanto quiso.

Estaba perdida, mi dignidad había rozado ya el subsuelo y había una tapa de acero macizo tapando la salida.

Ya no era una mujer libre, había pasado a ser un animal en cautiverio. Aunque tal vez fuera más acertado decir que era un animal de circo.

Tras acabar aquella tortura, el joven salió tan campante de la habitación y yo me quedé en la cama, encogida y resguardada en mí misma. Me sentía sucia, un trapo, algo de usar y tirar.

Una muñeca, un títere.

Tenía las marcas del cinturón en las muñecas, de haber forcejeado, y la boca me dolía de la servilleta de tela.

Salí del cuarto con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo, no quería saber nada de nadie de ese lugar. A los pocos minutos llegué a la sala donde estaban las demás chicas, pero no solo estaban ellas. También había un hombre bastante corpulento, al igual que los que me llevaron allí, aunque no lograba recordar si era él o no.

Se acercó a mí y, sin más preámbulos, me agarró del pelo y me sacó fuera del local. Una vez en la calle me pegó en la cara y caí al suelo. Noté en la boca un sabor a metal, tenía sangre. Aquel gorila empezó a darme con un bate en el cuerpo, como si fuera un saco de arena que no siente ni padece. Pero yo sí. Sentía, y en ese instante demasiado dolor incluso como para quejarme. Ya había perdido todas las fuerzas intentando forcejear con el otro chico.

Ahí fue cuando volví a entender lo que pasaba. Entendí por qué todas guardaban silencio. Por qué no rechistaban ante lo que hacían con ellas, ni oponían resistencia. Entendí las palabras de Dasha.

Guardaban silencio porque era lo único que las mantenía con vida. Porque era mejor callar que sufrir. Porque revelarse sería el fin.

Al acabar de ensañarse conmigo, me llevó a rastras dentro, a una habitación en la que estaba sola. En ella había una simple cama y poco más. Me dejó ahí, casi inconsciente, pues ya no sentía ni el dolor. Solo estaba cansada, quería dormir, que me dejaran tranquila, y eso fue lo que hicieron.

Perdí la consciencia y cuando abrí los ojos había una persona poniéndome unas vendas y curando las heridas de mi cara. Era Yvanna.

—Te dije que hicieras caso, Nikole –comenzó a decir con gesto sereno, pero en su tono había cierta preocupación–. Te advertí por algo.

Me volvía a doler muchísimo la cabeza, y no quería ni mirarme a la cara, pues la sentía muy hinchada y seguramente la tendría como un globo, además de llena de magulladuras.

—Yo no quiero esto… –contesté a duras penas. Hasta ese momento no había hablado, y maldije haberlo hecho, pues con cada palabra que salía de mis labios sentía uno de los golpes que me habían dado.

—Ninguna queremos esto, pero es lo que nos ha tocado.

La mujer terminó de curarme y me dejó unos días en reposo, pero qué días…

Los meses siguientes transcurrieron muy lentamente. Vi y sentí tantas cosas que sería incapaz de contar.

Pude ver a hombres que parecían de buen porte viniendo después del trabajo, engañando a sus mujeres, las cuales los esperaban con sus hijos. Algún que otro cliente que venía casi cada día, u otros que venían por primera vez por una despedida de solteros.

Estos últimos a veces no llegaban a entender qué era lo que hacían con nosotras los dueños de esos locales y, a causa de su consciencia se iban por donde habían venido.

El problema de eso era que si un día no ganabas el dinero suficiente como para pagar la tasa impuesta por el dueño del burdel, se te iba acumulando.

Algunas de las chicas que llegaban nuevas, no soportaban el peso de la situación, y acababan suicidándose, o las terminaban por matar de una paliza al resistirse a obedecer.

A las que teníamos familia, nos amenazaban con abusar de ellos, mutilarlos o incluso matarlos si nos hacíamos de rogar.

A mí, eso, ya me daba igual. Mi madre se fue de casa cuando apenas tenía tres años y mis hermanos se fueron con ella. Y qué decir de mi padre, si me había vendido y por su culpa estaba en esa situación. ¿Qué iba a perder?

Pese a haberme obligado a mí misma a guardar silencio, yo seguía intentando librarme de todo aquello. Había pasado ocho meses encerrada y no quería seguir haciéndolo. Así que un día, después de haberle dado tantas vueltas, y haber estudiado minuciosamente las salidas, las entradas y la vigilancia que el lugar tenía, decidí escapar, ser libre.

Agarré ropa para ponerme, una chaqueta, algo de dinero que había conseguido ahorrar –que tampoco era mucho, pero un apaño podía hacer– y burlé a todo el que había en mi camino. O eso creí yo.

Al llegar a la puerta salió uno de los matones del burdel, corriendo detrás de mí, pero esta vez no. Esta vez iba a ser yo más rápida que él.

Corrí y corrí por las calles de aquel barrio ruso que no conocía, tenía claro que iba a perderme y más empezando a anochecer, pero me daba igual. Me limité a correr hasta que perdí de vista a esa masa de músculos que me perseguía. ¿De verdad había conseguido escapar? Ni me lo creía.

Una explosión de pensamientos y sentimiento me invadió. Alegría, libertad, rebeldía, felicidad. Aunque no debía cantar victoria tan rápido. Debía buscar un transporte para poder desplazarme y salir de allí, por lo que comencé a buscar.

No muy lejos de donde estaba, había una carretera con una parada de bus, pero como el último autobús había pasado media hora antes, tuve que hacer autoestop.

Después de haber estado corriendo, no había notado mucho el gélido tiempo, pero al estar parada comencé a congelarme. Apenas sentía las manos, y me sentía entumecida. A pesar de la chaqueta que llevaba, el frío me calaba los huesos.

Por suerte, paró un coche, en él iba una madre con sus dos hijos, y me dejaron en la comisaría más cercana. Le estuve muy agradecida por ello, e incluso quise darles algo de dinero por el viaje, pero no me lo aceptaron.

Llegué a la comisaría temblando, pero allí me dejaron una manta y me dieron un café caliente. Aunque me daba vergüenza todo lo que había hecho, conté lo que me había pasado, todo lo que había sucedido y que había más chicas como yo en ese lugar.

Ellos me ayudaron, me dejaron en manos de una asistenta social y conseguí trabajo, pero no hay día que no piense en las demás chicas. Pues, después de todo, seguía teniendo pesadillas con ello. Y es que, a día de hoy me sigo preguntando, ¿cómo se recompone una persona a que le han robado la vida?

Oct. 14, 2019, 10:26 a.m. 0 Report Embed 2
The End

Meet the author

Diana Rivers Aficionada a todo cuanto tiene que ver con el arte, a sonreír incluso en los malos momentos, y a hacer que todos sonrían si hace falta. Me resguardo entre las páginas de un bloc de dibujos, entre las letras de un buen libro, entre cámaras. Intento capturar la belleza de las cosas que nadie ve, porque incluso en el lugar más oscuro y recóndito, ahí también hay luz.

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