Las mejores cosas pasan en secreto Follow story

benedictjm Benedict JM

"Quizás son nuestras imperfecciones las que nos hacen tan perfectos el uno para el otro." Jane Austen Año 1846, Reino de Lombardo-Veneto. Pietro D’agostino, perteneciente a una familia noble de Venecia, debe hacerse cargo de los negocios de Giacinto Grasso, su abuelo, quien ha caído enfermo. Sin embargo, deberá acceder a la petición de Giacinto respecto contratar a un ayudante, quien dará un nuevo color a su vida.


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Pietro: I

Era bien sabido que el joven Pietro D’agostino había sido enviado por su abuelo a Florencia para que se matriculara en una prestigiosa universidad, y así continuar con el legado de los Grasso.

Más cuando el muchacho, ya galardonado con su diploma, envió una carta a su madre con la noticia de que pronto estaría en casa, nadie hubiese imaginado que el abuelo Giacinto Grasso enfermase en esos días. Por lo que la llegada de Pietro era de suma importancia para continuar con los negocios familiares.

Pietro divisó la Punta della Dogana, cuyos techos estaban adornados por un velo blanco que recortaba el cielo plomizo.

Venecia le daba la bienvenida con una fuerte brisa que sacudía sus cabellos castaños ondulados, mientras se cubría con los pequeños copos de nieve que descendían con delicadeza.

Entonces Pietro D’agostino se sonrió al inclinarse sobre la toldilla del navío. Con el pecho lleno de orgullo y una mirada celeste bañada en emoción, aquel muchacho esperaba tocar de nuevo el suelo donde había crecido y el cual había visitado sólo un par de veces los últimos años, en descansos breves que le permitían sus estudios.

—Llegamos a casa—dijo un anciano parado a su derecha, tenía una voz polvorosa, pero no le había mirado.

Meraviglioso—musitó Pietro, parpadeó para aclarar la vista y se calentó las manos con su propio aliento.

Mientras que Pietro sentía que una sofocante alegría le impedía respirar. Las ansias de ver de nuevo a aquel joven le arrebataban el sueño, rostro que nunca se había alejado de su mente mientras estuvo en Florencia, quien además se había convertido en la segunda razón para escapar de vez en vez a Venecia.

Pronto el navío se detuvo en el muelle adornado con la nevada, los pasajeros comenzaron a bajar, mientras algunos mozos llevaban sus pertenencias hasta la fondamenta donde las mundanas y cotidianas rutinas hacían presencia.

Y mientras Pietro subía por la escalinata frente a la Basílica di Santa Maria della Salute, su corazón comenzó a latir en tropel, se embriagó de nervios con tan sólo imaginar estar de nuevo ante Elicio Rinaldi.

El muchacho se percató de que había dos góndolas de su familia allí esperándole, y en una de ellas estaba Lorenzo Testa, leyendo un libro. Pero al segundo gondolero lo desconoció por completo.

Pietro se apresuró hacia la góndola negra con asientos rojizos brocados, cuyo respaldo dorado estaba adornado con el emblema de los Grasso.

—Lorenzo—saludó Pietro al detenerse frente a la góndola.

—Signore D’agostino—respondió el hombre de cabellos oscuros y atuendo rojo apagado, se levantó de inmediato.

—Signore Testa—Pietro estrechó su mano enguantada—, ¿Cuánto tiempo si verle? —comentó el adolescente con una suave sonrisa en los labios.

Ellos se saludaron con formalidad.

—Oh, ¿quién es el nuevo gondolero? —Pietro desvió la mirada hacia el muchachito en la segunda góndola de los Grasso.

—Es mi hijo, signore, Domenico. —Lo presentó el gondolero.

—Mira eso, ha crecido mucho, vaya que me he demorado en regresar. —Pietro sonrió.

El muchachito asintió sonriendo desde lejos.

—Bien, ¿quién llevará las pertenencias? —preguntó Pietro con las manos en la espalda.

—Domenico, signore, y yo le llevaré, su madre fue muy específica.

Dicho esto, subieron los baúles de diferentes tamaños a la elegante góndola.

—¿Cómo sabía que llegaba justo hoy? —preguntó el muchacho mientras se acomodaba en el asiento.

—Su madre me ha enviado todos los días desde que recibió su carta, signore—respondió Lorenzo, entonces ocupó su lugar detrás de Pietro, comenzó a navegar.

—Mi madre—musitó Pietro bajando la mirada, esbozó una sonrisa—, ansío verla, y a mi hermana, aunque no deben ser tan pequeña ahora—comentó Pietro mirando con tranquilidad la bella arquitectura que enmarcaba el Gran Canal.

—Así es, signore—dijo Lorenzo Testa.

—He estado tanto tiempo en Florencia que casi olvidaba como era mi Venecia. —Pietro sonrió.

—Florencia debe ser espléndida si ha hecho que el joven amo borre sus recuerdos—comentó Lorenzo mientras navegaba.

—No todos los recuerdos, Lorenzo, no todos. Pero dígame, ¿hay noticias nuevas?

—En Venecia todos los días hay noticias nuevas, signore. —Lorenzo sonrió.

—¿Qué ha pasado con los austriacos? —Pietro aclaró un poco la voz.

—Hay vagos rumores en contra de Habsburgo, signore, pero podríamos estar peor. Aunque hay muchos cuyo patriotismo es más fuerte—respondió el gondolero.

—Y uno de esos debe ser nonno, si bien lo conozco—dijo el muchacho mientras pasaban debajo del Puente de Rialto.

Pero a pocos metros después del ostentoso Puente de Rialto, cierta celebración lo hizo inclinarse hacia adelante. Había música, y una elegante góndola blanca adornada con flores blancas y lienzos de gasa.

—Vaya, buenas noticias—Comentó Pietro mirando la celebración.

—Así es, signore, nada más que la boda del conde Rinaldi—respondió Lorenzo.

En ese momento Pietro sintió que algo le golpeó el pecho, y un escalofrío le recorrió los brazos por debajo del redingote oscuro.

—¿Elicio Rinaldi? —preguntó el muchacho con un nudo en la garganta.

—Así es, signore, y con una bella joven, Sella Marino.

Los ojos de Pietro comenzaron a cristalizarse con tan sólo escuchar aquellos nombres.

—Detente, Lorenzo, detente ahora—ordenó Pietro con tono hostil, no apartaba la mirada del grupo de personas que se acercaban a la fondamenta.

Lorenzo obedeció si cuestionar más. Pietro no se atrevió a levantarse, sintió que el cuerpo se petrificó de inmediato.

La música era aún más caótica estando cerca, algunos pétalos blancos llegaban hasta sus pies o caían sobre su cuerpo, él sólo deseaba estar cerca. Pero no podía, sobre todo porque sus acompañantes no tenían por qué saber lo que en realidad ocurría.

Contuvo el aliento. La brisa le revolvió los cabellos, parpadeó y exhaló por la boca entre abierta.

Al mismo tiempo que el joven de cabellos cobrizos y atuendo negro desvió la mirada hacia él, la mujer rubia se sostenía del brazo de Elicio Rinaldi, ella hacía caso omiso a la presencia de Pietro.

Pero Elicio no pudo ignorarlo. En ese momento se detuvo, mientras los invitados a su alrededor no dejaban de felicitarlos. Clavó los ojos celestes en el muchacho sobre la góndola, cuyo rostro pálido no podía expresar más que dolor.

Desde lejos Pietro sintió que algo apuñalaba su corazón y lo dejaba sin aliento de la forma más ruin que jamás había conocido.

Y casi por instinto, Sella observó a su esposo, colocó la mano en su mejilla y le volvió el rostro hacia ella mientras musitaba con disimulo. Luego miró a Pietro, el rostro de la mujer evidenció cierta vergüenza al estar en medio de ese cuadro, de inmediato apartó la mirada y obligó a Elicio a subir a la góndola.

Elicio Rinaldi pareció olvidar en un segundo que Pietro los observaba, se volvió hacia sus invitados con el rostro más simpático que poseía, saludando a unos, luego a otros, hasta que se encontró dentro de la góndola de bodas, con los pétalos cayendo sobre ambos.

Sin embargo, Pietro sentía que la traición quebraba su interior, como si un pérfido veneno hubiese sido derramado en su espíritu. La mujer a quien le había ofrecido su sincera amistad ahora estaba casada con Elicio.

Aunque su corazón perteneciera a Elicio, tal parecía que él nunca sintió lo mismo, de lo contrario no lo hubiera traicionado de esa manera. No con Sella, quien había sido su confidente.

Pero su mirada, esos ojos habían expresado más de lo que Pietro hubiese deseado entender.

Guardó silencio unos segundos, permanecía sentado, con la mirada celeste clavada en sus botas.

—A casa, Lorenzo—musitó Pietro con voz trémula.

Lorenzo no dijo nada, se limitó a obedecer.

La góndola de los Grasso avanzó, pasó con lentitud ante la pareja de recién casados, como una imagen que se niega a disolverse entre el agua que los rodeaba.

Entonces Elicio lo miró con disimulo.

Pietro suspiró, volvió el rostro y clavó la mirada hacia sus pertenencias, apretaba los labios fervientemente mientras los ojos celestes se inundaban con amargas lágrimas que comenzaban a escurrir por sus pálidas mejillas.

Entrelazó las manos, exhaló, sabiendo que a sus espaldas quedaba aquella execrable imagen que aún lo apuñalaba con violencia. Le arrebataba el aliento, lo envolvía en miseria.

Después cerró los ojos, levantó un poco el rostro dejándose acariciar por la brisa helada. Intentaba olvidar, intentaba pensar que no había pasado nada.

Pero sabía que era lo contrario, deseaba llegar pronto a casa.

Oct. 10, 2019, 11:42 p.m. 2 Report Embed 2
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Abril Diaz Abril Diaz
Me enganchado en tu historia.
Oct. 12, 2019, 5:43 a.m.

  • Benedict JM Benedict JM
    Hola, Abril gracias por leer. Oct. 12, 2019, 11:27 p.m.
~

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