Volver A Ver Brillar El Sol Follow story

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José Alfredo


¿Qué se hace cuando piensas que toda tu vida es color de rosa? Javier era el chico que lo tenía todo: buenas notas en el instituto, el apoyo de sus padres por su orientación sexual, y de novio al chico más guapo de todo el instituto. Su vida era la que todos querían soñar hasta que un par de luces cegadoras le cambian la vida a él y su novio. Hugo está en coma después del accidente que tienen él y Javier de regreso a su casa, y Javier no sabe qué hacer. Para él la vida está llena de nubes grises y no le encuentra sentido a la vida si Hugo no abre los ojos. Pero pronto aparecerá alguien le enseñará la mejor de las maneras para volver a ver brillar el sol y quemarse en él.


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Prólogo

Cuando era pequeño, me encantaba la lluvia. La forma en la que las gotas de agua caían del cielo encapotado me relajaba. Me aliviaba. Me encantaba salir a correr por las calles con mis barquitos de papel en la mano, para depositarlos sobre las corrientes que se hacían en el pavimento y dejarlos naufragar libres por toda la calle. Siempre que una tormenta caía sobre el pueblo no podía evitar sentirme feliz tanto por dentro como por fuera.

En la escuela cuando los maestros nos ponían a hacer dibujos, la mayoría hacía días alegres, libre de nubes, con el cielo azul y el sol irradiando su tan característica luz y calor. Pero yo no. Mis dibujos siempre eran cubiertos de nubes grises y dibujaba las gotas de lluvia. Nunca recibí una buena crítica respecto a mis dibujos, y las que recibía eran las más hipócritas que hubiese escuchado en toda mi vida.

Mi madre siempre me ha mirado extraño porque dibujaba días tristes con lluvia, por más veces que me lo preguntase por qué dibujaba eso, siempre obtenía la misma respuesta: porque me gustaba la lluvia. Y siempre me decía que la lluvia traía el caos a la tierra. Pero no era cierto. La lluvia trae vida después de su presencia. Las plantas florecen. Los arboles dan frutos. Y muchísimas cosas más que nos benefician.

Pero ese día me quedé inmóvil al mirar las primeras gotas de la lluvia estamparse contra el parabrisas del Volvo de Hugo. El volumen de la música dentro del coche estaba lo suficientemente fuerte como para hacerse escuchar por encima del sonido hueco de las gotas estamparse contra el techo del coche.

No sé a dónde me ha traído Hugo después de habernos escapado de la universidad, pero me gusta el panorama. ¿A quién no le gustaría? Cielo cubierto de nubes grises. Un campo abierto frente a nosotros. La carretera humedecida por las gotas. El calor dentro del coche. Swimming In Stars de Wayfarers sonando de fondo. Y una pequeña casa de madera en mitad del campo que se ingresa por un camino de tierra.

Un relámpago ilumina el cielo gris y llegamos a la casita.

Hugo retira la llave del contacto y me mira, emitiendo un largo suspiro.

—¿Qué tal?

—¿Es tuya?

—De mi padre.

Una media sonrisa se dibuja en sus labios y otro relámpago resplandece el cielo, iluminándome un poco el rostro. Me relamo los labios y me acerco a él, poco a poco, y después, cuando mis labios rozan los suyos, me estampo sin pensarlo abriéndole paso a sus labios.

Saboreo todo lo que puedo su aliento chocar contra mi garganta, y nos separamos.

Le sonrío y alza ambas cejas.

—¿Vamos?

Asiento y salimos por la puerta, cerrándola detrás de nosotros para pegar a correr hacia la casita con las gotas de la lluvia aumentando de fuerza y velocidad.

Un trueno brama con fuerza en el cielo.

Abre la puerta de la casita y me deja entrar primero. Riéndose cierra la puerta después de ponerle seguro al coche, y se gira sobre sus talones hacia mí. La sonrisa en sus delgados labios se extiende a cada paso que da mientras una nueva carcajada brota de su garganta. Mi mirada se concentra en sus pequeños hoyuelos en las mejillas y siento un cosquilleo en mis entrañas.

Se detiene frente a mí y me toma de las manos, sonriendo aún.

—Me encantas. —Parpadea varias veces seguidas mientras me recorre todo el rostro con la mirada. Sus ojos se detienen en mis labios, en mi sonrisa—. ¿Estás seguro de hacer esto? Si no quieres, podemos salir a disfrutar de la lluvia...

—Sí, estoy seguro.

Sin siquiera encender las luces de la casita, sube una de sus manos recorriéndome con la punta de los dedos el brazo hasta llegar al cuello. Hace lo mismo con la otra mano y me provoca escalofríos. Y entonces, me atrae hacia él y me besa en los labios. La manera en la que sus labios se mueven contra los míos es lenta, suave. Saborea cada beso, cada movimiento. Poso mis manos sobre su cintura y lo atraigo más a mí, sintiendo el calor de su cuerpo salir por sus poros y juntarse con el mío.

La frescura de sus labios me parece exquisita. Excitante. Y lo sé porque comienzo a sentir la presión en mis pantalones con cada beso que me da. Cada uno más fuerte que el otro. Más rápido.

Se separa de mí y me toma de la mano, con la respiración agitada. Y supongo que con el corazón latiendo a mil por hora porque así se encuentra el mío en este momento. Me conduce por la oscuridad de la casa hasta que se detiene. Se planta delante de mí y logro divisarlo en medio de la oscuridad por la luz de los relámpagos fuera.

Enciende una lámpara junto a él y me permite observar el alrededor.

Es una habitación. Al parecer, la casita resultó ser una cabaña en medio del campo. En medio de la nada. A nuestro lado hay una enorme cama descubierta. Y el buró en el que se encuentra la lámpara que ha encendido es lo único que hay en toda la habitación.

Trago saliva y, nervioso, lo miro directo a los ojos. Su expresión es seria, neutra. Relajada. A comparación con la mía que deduzco que estará emitiendo todas las emociones que revolotean en mi interior.

Sonríe y vuelve a avanzar hacia mí, pegando sus labios con los míos.

Y, de un ligero movimiento, me tumba sobre la cama sin despegarse. Su cuerpo queda sobre el mío, pero se apoya con las manos en el colchón para no aplastarme. Deslizo mis manos por su espalda, hasta llegar a sus piernas dobladas. Las acaricio una y otra vez, al ritmo de sus besos y al compás de sus movimientos de cadera.

Subo las manos un poco hasta llegar al dobladillo de su camiseta, lo tomo y trato de subirla hasta retirársela. Se despega de mí unos segundos para pasar la camiseta por su cabeza y la lanza por los aires. Y vuelve a pegar sus labios a los míos.

Mi mente se concentra solamente en sus labios jugar con los míos y en sus movimientos de cadera sobre mí. Excitándome. Aumentando mi calor interno. No me había dado cuenta siquiera del momento exacto en el que desabotonó todos los botones de mi camisa hasta que me hace enderezarme para quitármela.

Nos pusimos de pie ambos, con las respiraciones agitadas y la excitación a flor de piel. Hugo me regaló una de sus mejores sonrisas, de esas que me arrebatan el aliento cuando lo miré por primera vez en los pasillos del instituto, y pasó su mano por mi mejilla con ternura. Los rizos negros le caían sobre la cabeza y su pecho desnudo subía y bajaba con aceleración. Descendió paseando sus delgados y largos dedos por mi cuello, pasando por encima de mi estómago haciéndome cosquillas y se detuvo al llegar al borde del cinturón. Tomó la villa del cinturón con ambas manos y me depositó un suave beso en el hombro, en el cuello, en el pecho. En los labios.

La respiración se me aceleró aún más cuando sentí su fuerza arrancarme el cinturón y escucharlo caer en el suelo al fondo de la habitación. Sentía que me costaba expulsar el aire de los pulmones cuando desabrochó mi pantalón y me besó el cuello.

Sus manos continuaron haciendo su trabajo y la tela de mezclilla de mis pantalones cayó sobre mis pies, dejándome más expuesto. Me descalcé los Converse blancos y saqué mis pies del pantalón. Sentía que el corazón me bombeaba con tanta fuerza que dolía. Sintiendo cómo se clavaba en mis costillas por la envidia de que sus dedos no lo tocasen de la misma manera en la que me estaba recorriendo la piel. Con energía. Activismo. Vida. Fuerza.

Me quedé desnudo ante él y hubo veces en las que supuse que este momento sería el más incómodo de todos. Pero fue todo lo contrario. Me pareció hermosa la manera en la que tragaba saliva al recorrerme con la mirada de pies a cabeza, sonriendo. La forma en la que sus ojos brillaban al mirarme desnudo me recordaba a un pequeño niño que ve su juguete favorito detrás del papel de regalo el día de su cumpleaños o ver por primera vez la nieve caer en diciembre.

Se inclinó un poco y retiró mi bóxer, descendiendo por mis muslos hasta mis pies. Levanté los pies para que pudiera retirar la prenda. Ascendió por mis piernas desnudas, acariciándome con las yemas de sus dedos cada centímetro de piel, logrando que la piel me quemase allí donde él tocaba.

Abría la boca para tomar una enorme bocanada de aire, pero no lo encontraba. De repente todo había desaparecido a nuestro alrededor.

Alterado, busqué su mirada y lo que encontré fue un efecto espasmódico en mí. Era él. Hugo. El mismo chico encantador de siempre y distinto a la vez. El chico al que había querido desde el primer momento, toda mi vida, y con el que ahora daba el paso definitivo. No había espacio para nada más. Ni para el miedo. Eran otras sensaciones las que gobernaban el lugar. La seguridad de que estaba comenzando un punto y aparte de la historia. De mi vida. La mía. Mi vida. Un recuerdo de esos que nunca te quieres olvidar, a los que quieres regresar siempre. La medicina contra la enfermedad más fuerte de todas. Me perdí en el adorable y común color café de sus ojos, que ese día estaban impregnados de deseo.

Rozó mi abdomen con la nariz, suavemente. Me miró. Lo miré. Y se puso de pie, esperando ansioso lo siguiente. Mirándome con intensidad a los ojos. Aguardando a que diese el siguiente paso. Las manos me sudaban y temía que cuando le tocase el pecho se diese cuenta de ello. Me temblaban y no sabía qué hacer. Pero, armándome un poco de valor, di un paso hacia él y posé mis manos sobre sus hombros, acariciándolos. Lo miré a los ojos y me mordí el labio inferior.

Comencé a descender por su pecho desnudo, recorriendo cada centímetro de él. Me detuve en su ombligo y lo rodeé más de dos veces por culpa del nerviosismo en mi interior.

Tenía la mirada clavada en mi dedo índice hacer círculos en su ombligo cuando me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo a la cara.

—Tranquilo. No pasa nada. —Me sonrió y me plantó un suave y diminuto beso en la punta de la nariz. Cerré los ojos y dejé que sus labios tocasen mi piel nuevamente.

Respiré hondo y continué con mi descenso por su suave piel hasta llegar el borde del cinturón. Con fuerza, lo desabroché. Comencé a trazar besos desde su cuello hasta su ombligo y me detuve, de rodillas, para desabrochar el pantalón. Por unos minutos me había olvidado de la tormenta que caía fuera hasta que un trueno bramó con fuerza en el momento en el que le quitaba el pantalón por debajo de los pies y la luz se fue.

El lugar de volvió negro. Oscuro. Pero seguí haciendo lo que había comenzado.

Plantándole un beso en la V de la cintura, tomé el elástico de su bóxer y lo bajé con fuerza. Agradecí por mis adentros que la luz se haya ido para así evitar que viese el rubor que se había pronunciado en mis mejillas tras darme cuenta de lo que estaba haciendo.

Me puse de pie y escuché cómo se aclaraba la garganta.

—¿Estás nervioso?

Asentí frenéticamente con la cabeza.

—¿Tú?

—También.

Se me escapó una risa nerviosa.

—Oye, que el papel del primerizo es para mí. Tú ya eres experto.

—Sí, pero nunca lo había hecho con el corazón.

Nos tumbamos en la cama con los labios pegados, entre respiraciones entrecortadas y las manos recorriéndonos la espalda. Y, de repente, lo único en lo que podía pensar mientras estaba dentro de mí fue en qué probabilidad había de que mi corazón estallase en miles de pedazos en este preciso instante. O en qué tan probable era que nuestros cuerpos se fundieran como cera caliente uno en el otro, formando uno solo.

Mi cuerpo se sintió lleno de gloria cuando escuché que Hugo había llegado al borde del orgasmo, irradiando luz y satisfacción tanto para él como para mí. Ambos terminamos con las respiraciones agitadas, y entre jadeos le plantaba pequeños besos en los labios.

—Es el mejor día de mi vida.

—Te quiero, Javier.

Nos quedamos un buen rato abrazos recostados en el colchón de la cama, hasta que mi móvil comenzó a vibrar en el suelo. Me incorporé de golpe, buscándolo en la oscuridad después de que dejara de vibrar. Cuando lo encontré, encendí la pantalla y vi las seis llamadas perdidas de mi madre y supe que esto estaría mal en el momento en el que llegase a mi casa.

Nos pusimos la ropa a tientas, algunas prendas al revés. Pero cuando logramos vestirnos por completo, Hugo tomó las llaves del Volvo y salimos de la casa, empapándonos al instante por el diluvio que no cesaba, al contrario, cada minuto que pasaba la lluvia empeoraba. El camino de tierra fue un gran impedimento para prohibirnos salir del campo hacia la carretera libre. El barro que cubría las llantas cuando Hugo pisaba el acelerador era bastante y las llantas estaban cubiertas de ello.

Pero cuando logramos llegar a la carretera, nos pusimos los cinturones de seguridad y continuamos rectos por la carretera hasta llegar a los primeros indicios de la ciudad. Los primeros faroles de las primeras calles al final de los cerros que rodeaban la carreta que conectaba El Retoño con Aguascalientes nos daban paz.

—Te quiero, Hugo.

Pero, al terminar de pronunciar esas tres simples y fuertes palabras la luz de los faros del coche que se había metido a nuestro carril bastaron para que la voz me desapareciera.

No logré gritar. No pude hacerlo a tiempo. Solamente logré escuchar su fuerte voz pronunciar mi nombre como si un animal aullara después de haber sido cazado. Solamente fue ese grito lo único que escuché justo antes de que el Volvo rechinara en el asfalto mojado y saliera disparado dando vueltas, y cayera en el fondo del acantilado que había al cruzar el cerro.

Solamente recuerdo haber escuchado el rechinar de las llantas contra el asfalto. Los trozos de carrocería desprenderse del coche. Y el estruendoso impacto del coche contra un tronco de un árbol que había en el fondo del acantilado que nos detuvo. Después todo se oscureció, todo se volvió negro.

No tengo ni la menor idea de cuánto tiempo duré sumergido en esa oscuridad. Pero cuando desperté con el dolor en todo el cuerpo estallándome, el sonido de las sirenas y las ambulancias, y el de las aspas de un helicóptero volando en el cielo, supe que todo había terminado mal. Nunca olvidaré el olor del motor quemado y el ardor en la garganta por tanto humo que inhalé.

Todavía no sé si estuve mal o estuve bien cuando lo busqué y lo que me encontré fue como si me hubieran clavado un cuchillo en el centro del corazón y lo refundieran hasta el mango, atravesándolo por completo. Hugo estaba tendido contra el volante, con la frente sangrándole e inconsciente. Cuando extendí el brazo para tocarlo, sentí un fuerte dolor en el costado izquierdo del abdomen y me di cuenta que tenía una barra metálica clavada en mi piel. No sabía la profundidad de la herida, pero la sangre emanaba a borbotones. Pero me importó poco el dolor que sentía porque lo único que me importaba era tocarlo. Cuando logré que mi mano izquierda tomara la suya, supliqué a gritos que abriera los ojos.

Muchas personas de las que acudieron a nuestro rescate dicen que estuve así durante varias horas, gritándole con los ojos cubierto de lágrimas. Algunos paramédicos incluso dicen que cuando nos separaron en las ambulancias me quedé perdido mirando el techo del vehículo sin pronunciar queja alguna, simplemente miraba hacia arriba. Perdido. Algunos paramédicos aseguran incluso que al principio estaba rehusándome a que lo alejaran de mí. Que varias veces me advirtieron que un movimiento en falso podría causar mi muerte. Pero no me importaba. Algunos rumores aseguran que era como si él fuera mi universo, que si mis labios no lograban tocar los suyos nuevamente todo se derrumbaría por completo. Pero, en lo único en lo que todos los medios y rumores coinciden es que el lamento que emití cuando lo separaron de mí y nuestras manos se soltaron los atravesó, perforándoles el alma. Se les clavó directo en el alma y que los persigue como si ellos también tuvieran una herida desde ese día.

Un fantasma personificado en mi sufrimiento. En mi agonía. En mi dolor.

Lo único que sé es que Hugo no volvió a abrir los ojos y que mi mundo se fue abajo desde ese día.

El día que consideraba el mejor de toda mi vida.

Oct. 6, 2019, 1:33 a.m. 0 Report Embed 2
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