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yin Yissell Manríquez

Liani fue encontrada por una monja, cuando tan sólo era una bebé. Extrañamente, la habían abandonado en plena calle. Y desde que comenzó a crecer en el orfanato, nadie deseaba tenerla cerca; pues su aura era inquietante. Algo que no percibía la hermana Pino; la mujer que la estuvo cuidando, desde que la encontró aquel día. Lo que no esperaba ella, es que su ingenuidad y buen corazón, le impedían ver la oscuridad que poco a poco, engullía a la niña. El tema que utilicé para esta historia: "Debes destruir a un demonio que se meta en la mente de la gente"


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La niña maldita


Había algo en aquella chica, que todos parecían evadirla.

No tenían claro del por qué, si se veía como cualquier niña normal... Mas, definitivamente, algo parecía rodearla.

Una energía pesada, que sofocaba e inquietaba a cualquiera que intentara acercarse a ella.


Liani había crecido en un orfanato del pueblo.

Una de las monjas que se encargaba de la institución, fue un día al mercado. Y encontró en plena calle, un bulto envuelto en mantas.

Si no se hubiese percatado antes, de la criatura, quizás la carreta que pasaba en ese instante, la hubiese arrollado.

Pero pudo salvarla a tiempo.


Aunque la abandonaron bajo la lluvia, jamás lloró. Ni desde el día en que llegó al orfanato.


Siempre era silenciosa, tímida y solitaria. Como si se percatara de su propia maldición.

— Está maldita — susurraban las niñas, cuando se acostaban en sus respectivas camas — La madre superiora, apenas la puede tener cerca...

— Puedo escucharlas — murmuró la voz de Liani, en la oscuridad.

Y el silencio, invadió la habitación.


No era algo que la chica deseara.

Pero por más que se acercaba a alguien, siempre ocurría algo extraño; que al final, sólo lograba reforzar la teoría de que algo había mal dentro de ella.


"Sólo quiero ser normal" pensaba, cuando, como cada día, era encerrada por las niñas, en una habitación oscura.

Sólo podía escuchar a los lejos, sus risas, mientras sus pisadas apresuradas le advertían que se apartaban corriendo.

"Tranquila... No llores" le susurró una voz, que acarició su nuca.

Se estremeció al sentir un tacto inesperado. Como si alguien la sostuviese de los hombros, para reconfortarla.

"Tú eres mejor que ellas"

"Entonces... ¿Por qué nadie me quiere?" Se preguntó Liani, con tristeza. "¿Qué hay de malo en mí?"

"Nada. Sólo es envidia. Envidia de ver a alguien... con tanto potencial"

“¿Potencial?”

Se giró con la intención de ver quién le hablaba, con esa voz tan retorcida; como si le divirtiese su situación… Pero sólo encontró una penumbra, que la envolvía como un manto.

Suspiró, rodeó las rodillas con sus brazos y esperó a que alguien le abriese la puerta.

—Liani… Liani… ¡Liani! ¿Estás aquí? — una voz, acompañada de unos golpeteos, la despertó de golpe.

Levantó la cabeza y vio a través de la rendija de la puerta de hierro, un rostro que iluminó el suyo.

—¡Hermana Pino!

—¡Oh! Querida… Estás aquí… — suspirando, entre aliviada y abatida, la monja se apresuró para abrir la puerta con una llave.

Al hacerlo, la niña echó a correr y se abalanzó hacia sus brazos, llorando.

—Querida… No llores… — le pidió, mientras le acariciaba el pelo.

—Quiero irme de aquí, hermana Pino…

—No. No digas eso, hija — la tomó de las mejillas, para levantarle la vista.

Cuando contempló sus ojos marrones, nublados de lágrimas, sintió un nudo en la garganta.

Todos los días, era lo mismo.

Se lamentaba una y otra vez, de seguir ahí.

Pero era la única manera que tenía Pino, de estar con ella y cuidarla, todo lo que podía.

—Yo estoy aquí. No estás sola… — la apretó contra su pecho, sintiendo que su hábito se empapaba con las lágrimas de la chica — Me demoré en llegar… porque tuve… algunos problemas.

Liani se apartó un poco de ella, para mirarla a los ojos.

—La pongo en aprietos… — susurró, cabizbaja.

—¡No, no tiene nada que ver contigo! — exclamó, rápidamente.

—Está mal visto, que una hermana mienta.

Pino, suspiró.

—Lo siento.

—¿Lo ve? Sólo soy un problema, para usted.

—No. No, no, no — negaba con la cabeza, sin dejar de estrecharla en sus brazos — Calla, niña… — luego, la tomó de un brazo y se la llevó al comedor — Ven, necesitas comer. ¡Debiste pasar horas, en esa habitación!

—No importa… Ya estoy acostumbrada — susurraba Liani.

Ella lo dijo con algo de despreocupación. Sin embargo, al escucharla, Pino sintió que su corazón se apretaba de angustia.


El orfanato solía recibir, cada mes, una donación importante de víveres y ropa; además de dinero que recibían anónimamente.

Pero las cosas que iban destinadas a las niñas, nunca alcanzaba para Liani. O es que la mayoría, se les olvidaba de que ella existía.

Por eso, la chica usaba constantemente la misma ropa, hace años. Y ya estaba por deteriorarse con el último lavado.

Así que la monja compró algo de género, para confeccionarle un vestido, en sus horas de descanso.


En ese preciso instante, mientras cocía, miraba atentamente a la chica.

Siempre sola, aislada de las demás; obteniendo los juguetes más defectuosos.

Solía resignarse con ello. Más por el simple hecho, de no querer llamar la atención del resto.

Pino suspiró y comenzó a cocer con energías.

Quería terminar pronto. Ya que el invierno se acercaba y en Pabicoch, siempre era duro y constantemente lluvioso.

Se detuvo por unos instantes, para contemplar los árboles que la rodeaban en el extenso jardín. Y bajo un nogal, ella se había instalado en una banca de piedra, para que nadie la pudiese ver.

—Liani… — la llamó suavemente.

La chica, quien estaba en el suelo jugando con una muñeca sin cabeza y un caballo de madera destartalado, se levantó y se acercó hacia ella; mirando de un lado a otro, con inseguridad.

—Tranquila, nadie está viendo — la apaciguó, aunque también lucía tensa.

—¿Hermana Pino?

—En un día terminaré — le contó la monja, mostrándole un vestido violeta.

—¡Oh! — Liani la miró boquiabierta — ¡Es muy bonito!

—¿De verdad? Es algo sencillo, pero… espero que te guste.

—¡¿Es para mí?! — exclamó, en un chillido.

—¡Baja la voz! — le chistó Pino, posando un dedo en sus labios. Y la chica calló abruptamente.

—Perdón — susurró, enrojeciendo — Es que… no pensé que… se molestaría.

—¡Dios, no! — Pino rio enternecida — No es una molestia, cariño. Lo hago porque… porque quiero.

“Y porque te quiero”

—Se preocupa tanto por mí…

La monja le sonrió. Estaba radiante y rebosaba dulzura.


Era una mujer joven. Apenas había cumplido los veinte, pero su manera de ser era tranquila y muy madura, a diferencia de otras jóvenes que compartían su edad.


Nunca fue su opción, el tener que convertirse en monja.

Pero su familia era pobre.


Recordaba tener diez hermanos y la única mujer, desafortunadamente, era ella.

Tampoco tenía la oportunidad de casarse con un prometedor hombre de la alta sociedad, por muy bella que fuese; así que, por el bien de esta, sus padres decidieron meterla en un convento, desde muy pequeña.

Mientras tanto, sus hermanos estaban esparcidos por todo el país.

Algunos, trabajando en lo que podían. Y los favoritos de sus padres, se quedaron con la granja que les fue heredado, el día en que ambos murieron de peste.


Hace mucho tiempo, que no sabía nada de ellos.

Sin embargo, esperaba que dios les tuviese misericordia.


Al día siguiente, luego de desvelarse toda la noche para terminar el vestido, finalmente pudo dárselo a Liani.

Nunca la había visto tan feliz por recibir algo.

Su sonrisa era enorme. Lograba iluminar todo su rostro.

“¿Cómo una niña como ella, puede ser alguien malo? No me cabe en la cabeza, que una criatura tan inocente y dulce, sufra cada día por tanto desprecio sin fundamento” pensaba con tristeza, mientras ella corría para darse un baño, antes de probarse su nuevo atuendo.

—Te ves hermosa — opinó, encantada, al verla lucir el vestido que le confeccionó.

—¿Usted lo cree?

—¡Por supuesto! — exclamó Pino, juntando sus manos con embeleso — Espera… vamos a peinar ese cabello tan bello que tienes…

Liani soltó una risita y se sentó pacientemente, en una silla.


Se encontraban en el despacho de la monja.

Esta solía dar clases de canto y de bordado.

Pero como era el séptimo día de la semana, se les permitía descansar la mayor parte de la jornada.


El despacho de Pino era austero. Con un par de sillas de madera, ubicadas alrededor de su escritorio.

Un estante repleto de libros parecía desbordar, debido a todos los que poseía.

Algunos eran cuentos. Otros, de bellas poesías sobre el amor y unos pocos sobre historias épicas protagonizadas por caballeros en armaduras.


A Liani le entretenía ver la variedad de libros y poder leerlos a escondidas.

Gracias a Pino, ella sabía leer y escribir.


Desde que la acogió en el orfanato, ella se había encargado de su bienestar y su educación.

Tal cual, como si fuese una madre.

“A veces quisiera abrazarla sin tener un motivo… Pero no sé si es correcto” pensaba Liani, deseando cobijarse en su cuerpo y sentir ese calor que se propagaba por todo su ser.


Pero la inseguridad la invadía siempre.

El temor de que, sin saber por qué, fuese capaz de causarle algún daño.

Ya estaba inculcado en ella, el hecho de que pudiese ser peligrosa para las demás.

Y no quería que Pino sufriese por su culpa…


Repentinamente, volvió en sí, cuando la escuchó cantar.

Su canción hablaba de una dulce princesa atrapada en un castillo; la cual no sabía cómo salir. Porque por dentro estaba asustada, debido a que una bruja con grandes poderes, la amenazaba con matarla si se atrevía a dejarla.

A medida que pasaba el tiempo, la princesa adquirió valor. Decidió que arriesgarse, era la única forma de poder ser libre… y lo logró. A pesar del tiempo y del daño que sufrió al enfrentarse a la bruja que la había condenado, se dio cuenta de que nunca existió esa bruja de la cual tanto temía. Sino que la imagen de sus propios temores, se habían materializado ante ella; los cuales le impidieron avanzar por mucho tiempo.

Pero al enfrentarse consigo misma, por fin se encontraba libre. Dispuesta a emprender el verdadero reto de vivir.


Cuando finalizó la canción, ambas se quedaron en silencio.

Sin embargo, Pino no esperó a que ella comprendiese lo que trataba de decirle. Simplemente, siguió peinándola con dulzura. Hasta que ambas se miraron.

—Te compré unos zapatos… — recordó ella, sobresaltándose.

Sacó del cajón de su escritorio, un bulto envuelto en un trozo de cuero.

Se lo tendió a Liani, quien la observó con temor.

—¿Zapatos?

—Los tuyos ya están muy rotos, Liani… Úsalos — la alentó, asintiendo con la cabeza.

La niña tragó saliva. Y con manos temblorosas, tomó el paquete.

—Gracias, hermana Pino.

—No hay de qué — le acarició la coronilla y esperó a que se colocara los zapatos.

Al fin se había deshecho de esos harapos, para lucir como una niña de su edad.

Estaba feliz por ella.

Y feliz, de verla sonreír.


Estuvieron por unos minutos, en silencio. Ambas alucinadas por el nuevo aspecto de la muchacha, gracias a su atuendo.

De hecho, había momentos en que no necesitaban hablar para poder sentirse a gusto.

La niña, haciendo gala de su conjunto, comenzó a girar sobre sí misma, elevando suavemente el vestido.

—¡Siempre quise hacer esto! — admitió Liani con entusiasmo, haciendo reír a la monja.

Aunque al escuchar unos frenéticos golpes, se interrumpió con brusquedad.

—¿Hermana Pino? — la voz de una de sus compañeras causó que su corazón diera un vuelco — La madre superiora quiere verla en su despacho.

—¡Oh! — ella tragó saliva — ¡Iré de inmediato!

—Está bien — su compañera se fue y la niña y la monja, intercambiaron miradas de tensión.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé… — susurró Pino, sintiendo una punzada en su pecho — ¡Pero no te preocupes! Volveré enseguida… — le prometió, ante la expresión de preocupación que adoptó la chica.

—Está bien — Liani sonrió, aparentando calma — La esperaré.

—Sí, por favor… ¡No salgas de aquí!

Abrió la puerta y salió corriendo, agarrando el hábito con ambas manos para no tropezarse al andar.

Estaba aterrada.

La madre superiora la tenía en la mira, desde que descubrió su estrecha amistad con la niña maldita, según la había apodado explícitamente ella.

“¿Por qué tengo un mal presentimiento?”

Cada vez que se avecinaba algo, su estómago no paraba de retorcerse y los latidos se tornaban más duros y lentos, como si fuesen capaz de golpear su caja toráxica.

Pero tenía que acudir pronto, para poder volver con Liani y asegurarle la protección que tanto necesitaba, en su estado de completa vulnerabilidad.

Patinó, debido a que las baldosas estaban extremadamente enceradas y logró detenerse, al aferrarse del dintel de la puerta abierta.

—Ma… Madre… — la mujer apartó la vista de sus reportes y la miró por encima de sus lentes rectangulares.

Esa mirada carroñera, como si estudiara el momento preciso para desgarrarla, era aterradora.

Apenas podía sostenérsela sin temblar bajo el hábito.

—Cierra la puerta, hermana Pino. Tenemos que hablar.

—Sí… madre — tragando saliva, ella obedeció y se acercó a pasos lentos.


El despacho de la Madre Raman lucía un piso de madera muy oscuro y brilloso, que reflejaba las tenues luces de los candelabros que iluminaban la estancia.

Detrás de ella, habían colgado el bello retrato de Santa Amad. La Santa protectora de todas las monjas que trabajaban en el orfanato; cuya institución fue bautizada con su nombre.

Pese al bello retrato enmarcado en oro, al crucifijo de madera instalado en el techo y los bellos muebles que decoraban cada esquina de la sala, Pino, de todas formas, sentía una inquietud inmensa.

Por donde quiera que dirigía los ojos, tenía la impresión de que era observada por miles.

El reloj de péndulo retumbó sin previo aviso, y la mujer se sobresaltó con espanto.

—Descuide, hay que repararlo. El relojero que cité vendrá mañana a primera hora — la apaciguó la madre, al verla reaccionar con sobresalto.

—Es un alivio… — susurró, agitándose con inquietud.

“Cómo detesto ese reloj”

—Creo que últimamente, la he visto en mi despacho, más de lo que pudiese desear — comenzó la anciana, sin otorgarle oportunidad de calmarla.

—Lo siento — susurró Pino, entrelazando sus manos detrás de la espalda.

Sentía la piel húmeda y las piernas ligeramente temblorosas, mientras seguía siendo observada por ese cuervo de ojos carmesí. Un color de iris que jamás había visto antes, en otra persona.

—No sé cuántas veces le he dejado en claro, que no debe estar cerca de esa niña — mientras hablaba, pasaba la hoja de su libro, con delicadeza.

Podría lucir desinteresada, incluso suave al hablar. Pero cada palabra que pronunciaba tenía un tono golpeado, de la misma forma que lo hace un martillo chocando con el acero, una y otra vez.

—¿Por qué me desobedece? — levantó la vista, alejando un poco los lentes, como si examinara a un hereje.

—Yo… — Pino tragó saliva, mientras apretaba los dedos — ¡No sé qué pretende! — gritó, sin poder soportarlo más — ¡¿Por qué le hace eso?! ¡Es una pobre niña! Ni siquiera sé por qué quiere aislarla de todas nosotras… ¡Ella también necesita amor! — soltó con desesperación.

Creyó que la madre la increparía luego de eso. Mas no fue así.

Volvió a clavar la vista en su libro, como si todo aquel griterío, no importara en lo absoluto.

—Esa chica es diferente, hermana Pino. No necesita lo que podemos ofrecerle a una niña normal…

—¡¿A QUÉ SE REFIERE?! — exclamó la aludida, impactada —¡¿Cómo puede decir eso, de Liani?!

—Ella no es normal, hermana.

—¿Qué? ¿Cómo sabe que no lo es?

—Parece como si usted fuese la única que no lo nota…

—Definitivamente… — Pino suspiró, cerrando los ojos — No sé si pueda entenderla.

La madre superiora la imitó, se quitó los lentes y comenzó a limpiar los cristales con un pañuelo de seda.

—Es normal que una joven como usted, no tenga las habilidades que una mujer como yo, puede poseer.

—¿A qué se refiere? — le preguntó la monja, ceñuda — ¿De qué está hablando?

—Me refiero a la experiencia…

“Eso no me dio a entender. Pensé que estaba hablando de otra cosa…”

Esta vez, Pino no pudo evitar contemplarla con sospecha.

Había cosas que no entendía. Cosas, que parecía ocultarle.

“¿Por qué no quiere que me acerque a Liani?”

—¿Usted sabe algo que yo no sé, sobre Liani? — le preguntó, con la voz trémula.

—¿Cómo podría? Sé menos que usted, sobre su origen.

—¿Entonces, por qué conspira contra ella?

—¿Conspirar?

—Todas… Absolutamente todas, la ignoran. La tratan muy mal… ¿Por qué?

La madre guardó silencio.

Y cuando sus ojos se apartaron del libro que leía, para clavarlos en Pino, esta sintió un escalofrío que le recorrió la espina.

Ese brillo en su mirada era anormal...

Por un momento, se sintió perdida en esos dos vórtices sangrientos.

"Algo no anda bien" se convenció, con preocupación.



*



“¿Por qué tarda tanto?” pensaba una nerviosa Liani, mientras deambulaba por los pasillos.

Se estaba demorando más de un minuto, como le había prometido. Así que decidió ir por ella.

Quizás se había entretenido charlando con alguna de las hermanas… Y estar sin Pino, se sentía más abandonada de lo normal.

Tuvo que detenerse bruscamente, cuando vio un grupo de chicas cuchichear, al salir de una sala.

Al reparar en Liani, dejaron de hablar, para mirarla de arriba abajo, ceñudas.

—¿Y esa ropa?

—¿Dónde están tus harapos, demonio?

—¡Yo no soy un demonio! — soltó la chica, cerrando las manos hasta formar tensos puños.

—Lo eres…

—Sí… ¿Cómo es posible que no llores a gritos, cuando te encerramos en ese calabozo? — le preguntaron las niñas, mientras se acercaban a ella.

Liani se les alejaba, con los ojos bien abiertos.

—Las hermanas cuentan que allí murió de dolor, una mujer…

—Era constantemente golpeada por su esposo…

—Y la encerraban para que nadie más la viera…

—Dicen, que por las noches, se puede escuchar los gritos de agonía de la mujer, en ese calabozo….

—Y si estás sola… ella puede maldecirte, muy cerca de tus oídos…

—¡TODO ESO ES MENTIRA! — gritaba Liani, agitando la cabeza de lado a lado, mientras el grupo de niñas reía con malicia —¡ESTO ES UN ORFANATO!

—Antes, fue la casa de esa mujer…

—¿Y si a lo mejor… eres ella, reencarnada en el cuerpo de una piojosa como tú?

—¡Es una bruja disfrazada!

—¡NO!

Saltaron sobre ella y las cuatro cayeron al suelo.

Liani sentía unos golpes que se estrellaban en su rostro y estómago, risas malvadas y el sonido del género siendo desgarrado.

—¡NO! ¡MI VESTIDO! — sollozaba, aterrada de ver que dos de ellas se encargaban de sostenerla por los brazos, mientras que la tercera le rajaba la ropa, que con tanto cariño le había confeccionado la hermana Pino.

—¡Tú estás maldita…!

—¡No necesitas esto!

—¡No necesitas nada!

A continuación, la chica le plantó un puñetazo en el estómago.

Liani quedó sin aire, debido a la intensidad del golpe. Y mientras intentaba recuperarse del repentino ataque, otra vez aquel puño se dirigió hacia su cara.

Al estrellarse en él, sintió un dolor intenso.

Su nariz, recibiendo todo el impacto, comenzó a teñir de rojo su piel.

Sin embargo, no tuvo tiempo para lamentarse y seguir llorando.

La vista se le nubló. Y antes de perder el sentido, vio por última vez, la borrosa sonrisa maliciosa de la chica abusadora.


“¿Lo ves? Ellas te tienen envidia… Ellas son las que se merecen sufrir…”

Liani abrió los ojos.

No veía absolutamente nada.

“¿He muerto?” pensó con temor.

Ni siquiera estaba segura, de estar con los ojos abiertos.


De pronto, una figura apareció, muy lejos de ella.

Guiándose por el resplandor que emitía, se le acercó con cuidado. Hasta que sólo eran separados, por unos cuantos pasos.


Liani se detuvo y la miró con extrañeza.

Se asemejaba bastante a ella. Sólo que estaba desnuda, sus ojos eran rojos y la tez demasiado pálida.

“¿Quién eres tú?” preguntó, sintiendo un escalofrío recorriendo su cuerpo.

“Tú” respondió con una sonrisa en los labios.

Liani la observó con inquietud.

“Pero te ves diferente a mí”

“Sólo en algunos aspectos… Pero no tienes nada que temer. Confía en mí” le pidió, con un tono dulce, mientras estiraba una mano para agarrar la suya.

La atrajo hacia ella y la abrazó.

“Has estado sola por mucho tiempo, ¿verdad?” le preguntó su otro yo, mientras le acariciaba la cabeza.

Liani era incapaz de articular alguna palabra, por lo que sólo se dignó a quedarse rígida, entre sus brazos.

“Lo siento. Es mi culpa por contenerme tanto… Pero cada vez, me resulta difícil”

Liani apartó un poco su cara, para mirarla.

Ella le seguía sonriendo.

Era una sonrisa sin vida.

“No entiendo de lo que hablas” le confesó Liani, intentando apartarse de ella, al verla tan cerca.

“Sólo quiero que confíes en mí. No puedes mantenerme aquí, toda la eternidad. Necesitas esta parte de tu ser”

“No quiero causar problemas” susurró Liani, bajando la vista. “La hermana Pino, dice que debo mantener la calma…”

“Has intentado controlarte, por muchos años... Deja fluir en ti. Te sentirás mejor cuando desates todo lo que llevas guardado en tu interior. Te lo prometo”

“Pero… la hermana…”

“Estás sola, Liani. Siempre has estado sola. ¿Vas a dejar que una mujer como ella, sin voz ni voto, te acompañe de esa forma? No puede evitar tu sufrimiento. No sabe protegerte… ¡Yo puedo entregarte todo lo que necesitas! ¡Yo sé, cómo acabar con tu desdicha! Déjame probártelo. Déjame salir…”

Se miraron por unos segundos, hasta que Liani no pudo soportarlo más.

Esos ojos tan fríos y absorbentes la angustiaban demasiado para sostenerle por más tiempo, la mirada.

“¿Y qué pasará después? ¿Qué pasará… conmigo?”

“No te preocupes por eso. Yo me encargaré de cuidarte” la abrazó con fuerza, hasta que sus rostros podían rozarse con facilidad. “Seamos uno”

Liani tragó saliva.

Tenía miedo de lo que podían significar esas palabras.

Mas necesitaba un abrazo. Algo que le asegurara, de que sus desgracias desaparecerían por fin.

Ella le devolvió el gesto y apoyó su cara en el hombro de aquella figura.

“Protégeme” le pidió Liani, mientras dejaba escapar unas lágrimas. “No puedo más”

“Esas son las palabras, que quería escuchar…”



—¡Mierda! ¡No responde! ¿Qué has hecho, Rosa? — exclamó una chica, cuando se apartaron para ver a Liani, aún inconsciente — Si no despierta, nos meteremos en un gran lío.

—Descuida, Bea. Tenemos el respaldo de las hermanas — la apaciguó la muchacha que había golpeado a Liani, hasta noquearla.

—Entonces, vámonos de aquí, antes de que alguien nos vea.

—Sí… Diremos que la encontramos desmayada.

—¡Tiene la puta nariz quebrada! ¡No te creerán! — rieron, mientras se enderezaban, para irse de allí — Vamos… ¡Me muero de hambre!

Dieron unos pasos y la chica más baja y delicada de las tres, se giró con algo de temor.

—¿Qué sucede? — le preguntó Rosa; quien era alta y corpulenta.

—¡Ah! Ya ha despertado — observó Luna, al ver que Bea no respondía.

Liani se había levantado del suelo.

Se estiró con parsimonia y fijó su vista escarlata, en las tres.

—Oye… ¿Qué les ha pasado a sus ojos? — preguntó Bea, mirando a las demás con tensión.

Rosa resopló, encogiéndose de hombros.

—¿Qué importa? ¡Está bien! No está muerta… Vámonos de aquí.

—No des un paso más — le pidió Liani, en un susurro — Quédate quieta.

—¡¿QUÉ?! — Rosa se echó a reír, con los brazos en jarras — ¿Por qué tendría que obedecerte? ¿Acaso me acusarás? ¡A nadie le importas!

Iba a girarse, mas su cuerpo no respondió.

—¿Qué…?

—Te dije que no te muevas… — murmuró Liani, caminando hacia ellas, tambaleante — Ninguna de las tres… lo hará.

—¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?! — chilló Bea, haciendo un esfuerzo para mover sus piernas. Mas seguía plantada, como si hubiese echado raíces; al igual que sus amigas.

—¡No puedo moverme!

—¡Yo, tampoco!

—Estoy harta… de ustedes… — les contó Liani, jadeando. Agachó su cabeza y el cabello se desparramó sobre sus hombros — Me han hecho… la vida imposible… desde que tengo memoria…

Las tres se miraron, temblorosas y pálidas.

Liani dejó de caminar y señaló a Rosa con un dedo.

—Tú… Serás la primera — esta cayó al suelo de rodillas y se aferró al suelo, sin poder contener los nervios.

Comenzó a sudar, debido a que no podía controlar su cuerpo como quisiera.

De hecho, una voz dentro de su cabeza, le ordenaba que se golpeara en la cabeza con el suelo.

—Haz lo que te ordeno — le dijo Liani, levantado la cabeza, para mirarla con desdén. Y luego, en su rostro, se dibujó una sonrisa macabra — Golpéate hasta bañar el piso con tu sucia sangre.

Bea y Luna se miraron con horror, para después fijarse en Rosa, quien seguía posando a cuatro patas, temblando de pies a cabeza.

Las lágrimas de miedo resbalaban de su rostro hasta aterrizar en el suelo.

—¡HAZLO! — rugió.

Entonces, Rosa levantó levemente su cabeza y la dejó caer con fuerza.

Sus amigas soltaron un grito de horror, cuando la vieron golpearse una y otra vez.

Entre los golpes que se daba, soltaba gritos de dolor, que estremecían a sus dos amigas.

—¡ROSA!

Liani se echó a reír.

Verla golpearse, hasta romperse la frente, era realmente divertido.

—Quiero ver tu nariz aplastada. Tus dientes sueltos… Quiero que toda tu cara se destroce. ¡HAZLO!

Rosa, atragantándose con su saliva, lágrimas y sangre, la obedeció. Estampando su cara hasta quebrarse la nariz.

Los golpes resonaban secos. Hasta que, por unos angustiantes minutos, entre lamentos y chillidos, Rosa se derrumbó en el suelo, soltando un último alarido.

La sangre comenzó a teñir el piso y Liani fijó sus ojos ante la próxima víctima.

“La diversión acaba de empezar. Mátalas a todas” le susurró la voz dentro de su cabeza.

Liani, al escucharla, sonrió.

“Eso haremos”


Al escuchar los fuertes gritos, que afloraban al otro extremo de la puerta, la hermana Pino y la madre Raman se miraron y echaron a correr.

Pino fue la primera en abrir la puerta y salir.

Al hacerlo, vio a tres niñas que yacían en el suelo. Sobre aquellos cadáveres, se derramaba la sangre que bañaba los zapatos de Liani.

Ella, al sentir la mirada de Pino, levantó la cabeza, para contemplarla directamente.

No era la niña que conocía.

Era otra persona. Un ser que parecía haberse apoderado de su cuerpo.

Sus ojos tenían un color sangriento y una sonrisa escalofriante se extendía de lado a lado.

Recordaba haber estado demasiado conmocionada, para reaccionar.

Sólo estaba parada ante ella, siendo separada por esos cadáveres que desteñían el piso encerado.

Y antes de que pudiese hacer algo. De decir su nombre, acercarse a ella o abrazarla, Pino se sintió demasiado débil para seguir de pie y se desmayó.



No tenía noción del tiempo.

Pero escuchaba gritos de dolor.

Los dedos de sus manos acariciaban algo cálido y líquido que se extendía más allá de su cuerpo.

Los estertores y alaridos se apagaban con el paso del tiempo, y cuando todo quedó en silencio, abrió los ojos.

Pero sólo veía difuso.


Escuchó pisadas, entre su aturdimiento.

Unas pisadas que se aproximaban cada vez más, hacia ella.

Y poco después, se detuvieron.

Pino pudo ver esos zapatos... Unos zapatos marrones, que había comprado para su querida Liani. Los reconocería aún estando aturdida, por aquellas pequeñas mariposas que había pintado a su alrededor.

Levantó la cabeza, débilmente. Y pudo ver, mareada, el rostro de Liani.

Soltando un jadeo, estiró la mano, con la intención de aferrarse a su falda; mas sólo consiguió atrapar aire y murmurar algo, vagamente.

—Te extrañaré — le susurró la niña, aproximando una mano hacia su rostro.

La sensación de agobio se apoderó otra vez, de Pino.

Aquella mano seguía aproximándose, hasta cubrirla de oscuridad. Y una vez más, volvió a perder el sentido.






June 9, 2019, 12:43 a.m. 9 Report Embed 4
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Fer Fer
¡Me encanta! Ahhhhhhhhhhhhhh es lindisimoooooo :3♥️
July 30, 2019, 7:05 p.m.

Yissell Manríquez Yissell Manríquez
Ah, y Lis era la hermana mayor de Silene xD
June 25, 2019, 1:25 p.m.
Tenebrae Tenebrae
¡Vaya, esta historia es perturbadora! Eres muy buena escribiendo terror Aunque eso ya se prueba en Sempero, como por ejemplo cuando la amiga de infancia y hermana de Selene yace en el inframundo siendo violada, la escena que describías allí era tan grotesca que perturba y da miedo...
June 25, 2019, 1:31 a.m.

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