La clínica Follow story

luthierzebeth Tania A. S. Ferro

Un lugar abandonado puede tener más de un secreto. Historia participante en la Copa de Autores 2019.


Horror Ghost stories All public.

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Retadores

Siempre nos ha gustado la idea de romper límites. Al menos, hasta ese día.


Desde que éramos pequeños, Santiago, Pedro, Ezequiel y yo éramos grandes amigos y vecinos. Nos gustaba juntarnos en la calle a jugar a las canicas, rayuela, hacíamos torneos en las maquinitas que estaban en un local cercano a la tortillería y al mercado. De todas aquellas actividades, las que fueron permaneciendo a medida que crecíamos (y que se convirtieron en nuestras favoritas), casi siempre eran ver videos de terror en internet o, cuando era verano y estábamos demasiado aburridos, jugábamos a ponernos retos.


Al principio los retos eran pequeñas cosas, como gritar alguna cosa tonta por la ventana, ir y tocar los timbres de las casas vecinas, lanzar alguna piedra pequeña a la ventana de la escuela que había cerca para ver si se asomaba el vigilante. Sin embargo, llegó el día en el que cualquiera de esas cosas nos parecía aburrida e insuficiente.


Eran mediados de julio. Habíamos terminado de celebrar el cumpleaños dieciséis de Ezequiel cuando, viendo videos al azar en internet, descubrimos juntos lo que era una exploración urbana. Vimos fascinados cómo había grupos de amigos que, como nosotros, buscaban la manera de pasar el rato a través de recorridos en lugares grandes, antiguos y abandonados. Había adrenalina en cada movimiento, en cada gesto, en cada segundo, en cada ruido y en cada respiración. Era algo más allá de los creepypastas, algo más allá que los simples videos de fantasmas en donde un simple cambio de volumen y el rostro de un monstruo de cine hacían una labor ridícula para invocar el miedo.


Fue entonces que comenzamos a jugar con la idea de hacer algo similar nosotros, al menos, hasta que Ezequiel nos calló a todos, y nos dijo:

— Es mi cumpleaños, y yo los reto a explorar conmigo un lugar abandonado.


Todos nos miramos, y no pasó mucho tiempo antes de que decidiéramos hacer nuestra propia exploración. Tiempo atrás ya habíamos jugado a explorar parques, y una casucha de lámina que había a unas cuadras de distancia, pero la idea de entrar a un lugar más grande y por la noche, acompañados de linternas y una cámara, era demasiado tentadora. Comenzamos a buscar en internet lugares abandonados que no estuvieran demasiado cerca de nosotros, y cada quien traía su propuesta desde casa cuando nos reuníamos.


—Esa casa se ve interesante, pero está en una avenida muy transitada y nos verían —dijo Ezequiel.

— ¿Qué opinan de esta otra? —propuse yo.

— ¡Se ve bien! —comentó Santiago, algo nervioso.

— ¡Qué aburrida! Es demasiado pequeña. Si grabamos un video dentro de esa casa, duraría sólo dos minutos.


Entonces fue que llegó Pedro con su propuesta y una enorme sonrisa.

— Creo que al fin encontré el lugar ideal.

De inmediato nos acercamos a él para ver la foto del lugar, pero en vez de eso, sostenía una parte de un periódico sensacionalista con fecha del día. En el frente de una de las secciones estaba la foto de un gran edificio abandonado. El encabezado dictaba "Al fin hay fecha para demoler clínica de pesadilla".


Ya dentro de casa de Ezequiel, y mientras veíamos a detalle la foto, Pedro nos mostraba información que había encontrado en un video, que aquel lugar había sido abandonado después de haber presentado actividad inusual entre sus paredes y que, desde entonces, aunque algunos indigentes habían intentado quedarse a vivir adentro por tener aún sus paredes fuertes y algunas habitaciones sin ventanas rotas, no duraban mucho tiempo dentro del inmueble antes de salir corriendo.


En otro video incluso encontró una entrevista con uno de aquellos vagabundos, que narraba con lujo de detalle cómo se mareaba ahí dentro, que olía raro, y que en las noches se escuchaban ruidos raros, como si se encendieran maquinarias por sí solas, aunque poco quedara de equipo útil dentro del edificio.


Aparte de esa información encontramos dos videos más: uno que informaba brevemente que se había colocado una barda color blanco alrededor de todo el edificio para evitar más invasiones, pero que esto no había evitado la entrada de algunos aventureros que habían resultado lesionados después de colarse una noche a hacer un ritual. El otro video era una pequeña nota de una reportera extranjera que había entrado al vestíbulo hablando de la historia del lugar y, mientras hablaba, se había alcanzado a ver en un pasillo del fondo a alguien caminar.


Clickbait barato para algunos. Interés genuino para nosotros.


Pronto comenzamos a reunirnos en casa de Ezequiel, sólo para planear nuestro viaje a la clínica. Cada quien trajo de su casa algunos objetos básicos para poder hacer un recorrido nocturno en ese lugar: linternas, navajas, un rifle de diábolos, una cámara, baterías, una grabadora de voz, y algunas botanas y bebidas. Tardamos demasiado tiempo en poner una fecha definitiva, aunque el día en el que habría una fiesta en casa de una compañera de la escuela resultó ser la excusa perfecta para ausentarnos de casa al mismo tiempo.


Estaba empezando a oscurecer, cuando tomamos un taxi con todo lo que llevábamos, y llegamos en poco tiempo a las cercanías del lugar. El taxista nos dejó un par de cuadras lejos, pues para acercarse a la clínica había que caminar por unos callejones estrechos y no quería pasar por ahí, por lo que terminamos pagando y recorriendo aquel camino a pie.


Al principio estábamos tan divertidos pensando en todo lo que íbamos a grabar y a recorrer, que no notamos la forma en la que poco a poco los ruidos caóticos de la ciudad iban desapareciendo. Fue hasta que topamos con la barda blanca, que Santiago comentó lo silencioso que estaba todo a nuestro alrededor.


—Es normal, Santy— dijo Ezequiel, mientras se detenía para abrocharse la agujeta de uno de tus tenis— como los carros no llegan hasta acá, y el lugar está abandonado, no vamos a escuchar nada.

—Aún así, aquí cerca hay casas. ¿Por qué no se oyen voces, ni música, ni el abrir o cerrar de alguna puerta o ventana?— Santiago insistía. Su voz parecía dudar de lo que estábamos haciendo.

—Es una colonia muy antigua. Seguro estas casas están llenas de viejitos que se duermen temprano. Ya no le den tanta vuelta al asunto y vamos.


Rodeamos en silencio la barda blanca, hasta llegar a una zona con una puerta metálica bastante maltratada y sin pintar. En la parte de la manija, había un agujero por el que salía una cuerda.

El edificio era de dos pisos. En la entrada había un vestíbulo y una sala de espera, con algunas bancas oxidadas en desorden. Al fondo, había un espacio que permanecía completamente oscuro de lo que en otro tiempo fue el estacionamiento de empleados del lugar. Enfrente de las bancas había un elevador, y a su lado unas escaleras para subir a lo que eran los consultorios.


Santiago comenzó a grabar desde antes de abrir la puerta, e iba atrás de todos para grabarnos caminando y hablando de lo que íbamos encontrando. Ezequiel, al frente, comentaba de vez en cuando los rumores de actividades extrañas que habíamos leído en internet, y el hecho de que el lugar iba a ser demolido pronto. Eso de alguna manera iba a servir, según él, para cumplir el reto de hacer nuestra primera exploración y, de paso, dejar nuestra huella en internet.


A lo largo de los pasillos veíamos mucho desorden, cajas, documentos amarillentos regados por doquier; en cuanto a los espacios que antes habían funcionado como consultorios dentales, ahora eran espacios desalojados y saqueados. Aunque Pedro buscó en los cajones alguna pinza, o instrumento que pudiéramos llevarnos de recuerdo, no encontramos nada. Terminamos recorriendo todo el lugar sin hallar nada de interés.


— ¿Se imaginan si en algún lugar encontramos alguna cosa que tenga sangre? ¡Sería genial! —dijo Ezequiel, el más eufórico de todos por mucho.

— No hay nada. Hemos buscado por todos lados —Santiago miraba nervioso hacia cada espacio oscuro, y dirigía su lámpara para tratar de disipar su temor.

— A lo mejor en lugar de encontrar un instrumento, encontramos algún folleto o letrero que podamos llevarnos —dije, mientras señalaba la pared del fondo— ahí hay un letrero que dice "oficina".


Caminamos en esa dirección, y Ezequiel giró la perilla. Estaba un poco trabada, así que Pedro le ayudó a empujarla, y giró con lentitud, haciendo un chirrido que se escuchó por todo el lugar, gracias al eco. Dentro, estaba la oficina del que alguna vez fue jefe de aquel lugar. Había un viejo escritorio de metal en medio de la sala, un librero pequeño vacío, y un par de archiveros en un rincón, entre la ventana y una maceta con el cadáver reseco de una planta. El escritorio tenía varios papeles regados, pero la escritura se notaba borrosa y no se entendía nada.


—Intenta en los archiveros, Pedro. A lo mejor hay algo adentro —pidió Ezequiel, mientras revisaba debajo del escritorio un par de cajones.


Pedro abrió los archiveros, mientras yo revisaba el librero y Santiago nos grababa a todos en nuestro intento de saqueo. Creía que iba a resultar fallido nuestro plan de encontrar algo de interés en ese lugar, hasta que Ezequiel encontró algo.


— ¡Miren! ¡Hay una caja fuerte debajo del escritorio!


Todos nos acercamos a él, y vimos que había levantado un pedazo de alfombra que había debajo del escritorio, donde ahora claramente se notaba una caja de color verde oscuro con unos botones muy discretos.


Después de asegurarse de que Santiago estaba grabándolo todo, Ezequiel jaló la manija de la caja, y esta cedió a sus movimientos.


—Debieron dejarla abierta cuando se fueron. De seguro ya no tiene nada importante...— dijo Santiago.

—No lo sabremos hasta que lo veamos— dijo Ezequiel, acercando la lámpara al agujero que acababa de abrirse en el suelo, y hurgó un par de segundos en ella. Adentro, había una pequeña caja, parecida a aquellas que emiten música cuando las abres, pero estaba cerrada con llave. Ezequiel la agitó un poco cerca de su oído, y luego cerca de nosotros y de la cámara para que pudiéramos escuchar lo que había dentro.


—Suena como una sonaja. Seguro hay algo valioso dentro— dijo Pedro.

—¿Creen que haya joyas? — preguntó Santiago.

—Yo creo que alguien que jugaba aquí adentro como nosotros metió piedras ahí y las escondió— dije, en mi escepticismo.

— ¿Quién escondería piedras en una caja fuerte? No tiene sentido— dijo Pedro.

— Sólo lo sabremos si la abrimos — dijo Ezequiel, y de golpe, azotó la pequeña caja contra el suelo.


Su movimiento nos sorprendió a todos. Santiago lo miró, molesto.


—¡Avísanos antes de hacer eso! Me asustaste.

—No te quejes y enfoca la cámara bien. La caja se abrió —dijo Ezequiel, señalando el suelo fascinado.


Todos miramos el suelo. La piel se me erizó, e inconscientemente di dos pasos hacia atrás: el suelo estaba lleno de dientes, de aquellos muy largos, como si todos hubieran sido arrancados desde la raíz. Algunos todavía tenían sangre.


— ¡Al fin algo interesante! —dijo Pedro.

— Qué asco, Eze. No los toques. Podrían tener alguna infección o algo— se quejó de nuevo Santiago.

— Podríamos presumirlos afuera, ¿no lo ven? ¡Son geniales!


Discutíamos sobre qué hacer con los mentados dientes, cuando escuchamos un golpe en el piso de arriba. Los cuatro nos quedamos inmóviles.


— Se supone que vimos todo el edificio y no encontramos a nadie... ¿qué es eso? — murmuró Santiago.

— No sé, pero ya vámonos. Tenemos que mostrarle esto a todos —dijo Ezequiel mientras metía todos los dientes a su mochila y la cerraba.


Los golpes comenzaron a cambiar de dirección, como pasos de alguien muy grande que se dirigía hacia donde estábamos.


Corrimos por los pasillos, mientras escuchábamos el sonido de los golpes siguiéndonos, algunos aparatos encenderse aunque no había luz n ningún instrumento, las puertas azotarse de un lado a otro, y los vidrios quebrarse y estallar. Algo extraño venía detrás de nosotros, y estaba haciendo que todo a nuestro alrededor se saliera de control.


Nos faltaba un pasillo para llegar a la salida. Cuando dimos la vuelta para tomarlo, a Ezequiel se le atoró la cinta de su mochila en la manija de una de las puertas. Sus gritos de ayuda nos frenaron de golpe y tratamos de volver por él, pero fue cuando vi por primera vez aquella presencia muy alta, difusa y sombría que lo envolvió completamente, hasta que llegó un punto en el que lo perdimos de vista, aunque se encontrara a menos de diez metros.


Luego, comenzó a gritar de dolor.


Pedro apuntó con el rifle a aquella cosa cuya forma alcanzaba a tocar el techo, y disparó seis veces, pero Ezequiel seguía gritando.


—¡Vámonos! ¡Vamos por ayuda!— grité, mientras jalaba el brazo de Santiago y la mochila de Pedro con todas mis fuerzas. Como pude, logré sacarlos del pánico que los mantenía inmóviles, y salimos del lugar usando toda la velocidad que nuestras piernas eran capaces de tener. Cuando caí en la cuenta de dónde estábamos, había varios cientos de metros entre nosotros y aquél lugar.


Llamamos desde nuestros celulares a la policía, y volvieron con nosotros a la entrada de la clínica, aunque ninguno de nosotros quiso entrar de nuevo con ellos. Salieron con un pedazo de la mochila de Ezequiel en la mano, pero dijeron que no habían encontrado a nadie. Según ellos, el lugar estaba tan abandonado como siempre.


Nos enteramos del paradero de Ezequiel al día siguiente, cuando los periódicos sensacionalistas que vendía en las esquinas el primo de Pedro mostraban su foto tirado afuera de la barda de la clínica, con la cabeza censurada. Lo peor de la nota no era aquello, sino la fotografía que encontramos adentro, muy explícita, enfocando su rostro deformado y con los ojos cargados de un terror indescriptible. Además, le habían arrancado todos los dientes.


May 30, 2019, 6:01 p.m. 1 Report Embed 6
To be continued...

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Tania A. S. Ferro Instagram: @letrasdetaniablog Blog personal: letrasdetania.blogspot.com La escritura me da vida. Respiro a través de ella.

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Ara Ferro Ara Ferro
Me gustó mucho la narración, aunque no soy muy partidaria del suspenso o terror, me mantuvo atrapada. Muy bien.
May 30, 2019, 2:13 p.m.
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