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Lin Tower


Jules está metido en un embrollo del que no pidió formar parte; una invasión de Zombies. ¿sobrevivirá?


Horror Zombie horror Not for children under 13.

#horror #terror #virus #zombie #letal
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La Era Z

Jules, recién despierto, camina por la cocina en pijama. Su cabello apunta hacia todas la direcciones humanamente conocidas y se rasca el ojo derecho con empeño, sin haberse lavado la cara. Como de costumbre, enciende la radio para tener algo de compañía y se dispone a enchufar la cafetera y la tostadora.

Ni siquiera se percata del ruido sordo que la interferencia deja latir por la cocina.

Mientras las máquinas ronronean en sus quehaceres, pone dos rodajas de pan y busca la taza blanca donde siempre bebe su café.

No ve por la ventana, de hacerlo sabría que no hay nadie en la calle -Lo cual es casi imposible un lunes a la mañana-.

Vive en un pueblo pequeño, de dos mil habitantes huraños que están acostumbrados a no relacionarse entre sí.

¿Y cómo terminó allí?

Jules tiene todo es aspecto de una persona de metrópolis y vida ocupada.

En realidad solo fue por una herencia y terminó teniendo que cumplir la condición del quinto punto especificado en esta: "vivir por dos meses en la casa".

Si leyera más cuentos de terror sabría que las historias que empiezan así no tienen finales agradables.

La herencia era demasiado prometedora para no persuadirlo a tratar de cumplir sus condiciones. Más de mil quinientos dólares y tres casas de veraneo en diversos puntos del país.

Por eso esta allí, somnoliento, esperando el café que necesitaba para comenzar con otra mañana rutinaria.

De la casa iría al correo, a ver si ya le habían enviado los resultados del último trabajo práctico que había enviado, cursar su carrera a distancia por un tiempo había resultad más práctico de lo que esperaba.

El pan salta de la tostadora con fuerza y lo asusta, dejando un reguero de migas por el suelo que se asemeja a la cola de un cometa.

Sirve el café con parsimonia y saca la mermelada de la heladera.

Justo la apoya sobre la mesa cuando el primer grito lo sobresalta.

Quiere pensar que es algo esporádico, una casualidad, pero más gritos resuenan hasta inundarle el alma de angustia ajena.

Desde la ventana solo puede ver gente corriendo en dirección a la primaria pública del barrio, lo que lo decide a salir hacia la calle.

Atemorizado, busca sus zapatillas y cambia rápidamente el pantalón de su pijama por uno de algodón. Atropellando todo y tropezando con sus propios pies temblorosos sale a la calle.

La gente grita y las muecas de terror parecen volver todos los rostros iguales.

Corren hombres con cascos amarillos de plástico que a veces parecen a punto de volar, mujeres con delantales blancos que apresuran a niños pequeños de miradas llorosas que no parecen entender lo que ocurre, adolescentes desgarbados, tropezando con sus pies, enmudecidos de horror, todos se mezclan en la multitud.

Detrás de ellos, una horda de personas se avecina con pasos lentos.

Sus expresiones lo desconciertan y aterran a la vez, rostros de miradas vacías, lúgubres, labios entreabiertos, pálidos como la sal, voces roncas en gemidos clamantes, pasos lentos, arrastrados, ropa sucia, desgarrada en trozos ensangrentados, la mayoría en batas de hospital, sus pies ampollados por caminar descalzos, con espinas y vidrios que se asoman y relucen al sol tras cada paso.

Un grupo pequeño se separa para entrar en una casa, avanzando a ciegas hacia donde, quienes se habían refugiado, ahora se hallan atrapados.

Jules, entonces, comprende de inmediato que las seis personas allí pueden salvarse si alguien con algo -una palanca como la que esta justo abandonada junto a sus pies- abre un poco más los barrotes de la ventana trasera para que salgan.

Pero el miedo lo paraliza por unos minutos que son más de los necesarios para ver a quienes clamaban por ayuda, girándose hacia el oscuro interior con muecas de miedo trémulo.

Gritando antes de rendirse y desaparecer del cristal.

Y sabe con total certeza que podría haberlos ayudado.

Que había dejado morir a personas inocente a manos de...

¿Qué eran aquellos después de todo?

— ZOMBIES— grita de repente una persona mientras lo toma con fuerza de la muñeca y lo gira para obligarlo a correr.

Se libera pronto pero tras correr durante unos minutos, con la culpa carcomiendolo, se queda sin aliento y debe detenerse.

Es bien sabido que pocas veces la vida da segundas oportunidades para redimirse a quienes se arrepienten con su corazón de algo. También es bien sabido que pocas veces las personas eligen la opción correcta.

El tiempo se detiene a su alrededor por un momento.

Jules puede ver a la chica de cabello rubio ceniza hasta la cintura tirando de una puerta corrediza, puede notar el sudor humedeciéndole la frente y pegándole el pelo a ambos lados del rostro, casi puede sentir su respiración agitada, que empaña el vidrio. Entonces se debate entre tomar la pala abandonada en el césped a un par de metros o no hacer nada.

Y los ojos castaños de la chica lo traen a la realidad.

Jules se decide a cambiar su historia y toma la pala.

Ella lo ve llegar con duda pero entiende sus señas y se aparta de la ventana, un cuchillo reluciente entre sus manos despide destellos bajo los rayos de sol mientras su mirada parece buscar la puerta en la pared opuesta, que resiste un ataque con notables dificultades.

Jules batea la pala contra el vidrio y este se revienta bajo su fuerza, regando astillas en el suelo que son evitadas a ciegas por los pies temblorosos de ella, que salta entre cristales hasta pisar el pequeño cordón en el que está parado su salvador.

Ambos corren sin mirar atrás.

Los zombies avanzan lentos pero seguro y se encuentran a menos de lo que deberían de ellos.

La respiración agitada de ella junto a él lo pone algo nervioso, porque no esperaba ayudarla, es decir, no esperaba en una invasión zombie cargar con alguien. (De hecho, quien espera una invasión zombie en la vida real).

Tras marcar una brecha importante entre vivos y muertos, se detienen a mirar a su alrededor.

El silencio incompleto resulta ensordecedor en comparación a semanas atrás, y en el caso de Jules más recordando su vieja y ruidosa metrópolis.

Sin hablar, los dos caminan preguntándose mentalmente a dónde fueron quienes corrían desesperados y su pregunta se ve respondida cuando llegan frente al sencillo edificio municipal. Corriendo como almas que lleva el diablo, regresan todos en su dirección por el camino frente a ellos. Deben ser treinta al menos, de todas las edades y entre ellos el alcalde.

El intendente del pueblo se ve desarreglado, con sus canas en todas direcciones y la banda blanca de la alcaldía girada, pero la pulcritud y el desdén que lo caracterizaban las veces que Jules lo vio parecen ser expulsadas por sus poros de forma natural. Sus pasos altivos se adelantan hasta ellos, con la mueca de quien no se fía en lo absoluto.

— ¿Están infectados por los zombies?— inquiere con recelo y mirada felina.

— No seas idiota papá— le chilla la rubia y se adelanta para dirigirse al resto (Julen se sorprende un poco, pero no dice nada) — ¿Qué pasó para que regresaran?

La gente esta pasmada y parece ser inútil el intento de hablarles, hasta que un señor con algo de sobrepeso contesta.

— Eran más caminantes... se acercaban desde la ruta, a lo lejos, y nos distrajimos mirando— su voz se quiebra y continua en su lugar un adolescente.

— Cayeron sobre nosotros los que venían por calles laterales.

— Sólo este grupo se salvó— concluye una anciana, su voz acongojada— pero el resto cayó... no sin dar pelea claro.

— Mi pequeña Lisa bateó la cabeza de uno de ellos— añade un hombre, portando la sonrisa nostálgica y orgullosa de alguien que va a echarse a llorar en cualquier momento.

Los pasos lentos y gemidos de dolor llegaron leves a sus oídos por ambos lados de la calle, alterando a todos.

— Escuchen— grita el alcalde al encontrarse sin otra alternativa para llamar la atención —Entren al edificio municipal y bajen por la puerta que da al sótano, ahí hay víveres y podremos sobrevivir hasta que llegue ayuda.

Las personas corren desesperadas y sin dudar hacia el interior. Jules decide esperar a que todos pasen cuando ve a los primeros zombies virar en la esquina.

El alcalde es el último antes que él en entrar al edificio y, tras sus pasos cierra la puerta. La desesperación de verse acorralado se vuelve obvia en sus facciones y grita al viento un "por qué" casi mudo.

— ¿Por qué no?— escucha levemente al hombre replicar antes de desaparecer en el interior del municipio.

Los zombies entran al pequeño jardín frente al edificio municipal y sus miradas huecas calan en la soledad de Jules un gran agujero.

Y piensa en dar pelea pero se rinde sin siquiera hacerlo, porque ya había perdido y nada cambiaría.

La mordida duele y la realiza una colegiala ojerosa de no más de cinco años y nueve dientes, Jules decide alejarse para no dañar a nadie, pensando en el niño que lo salvó en varios sentidos.

La niebla de la inconsciencia se traga su mente entre vapores salidos del mismísimo infierno, ardientes gotas de lava que consumen sus recuerdos y su personalidad como si fuesen simples hierbajos

Se desploma antes de poder salir del recinto, en la hierba suave, almidonada y sintética...

Cuando abre los ojos está solo, en una casa en la que jamás había estado, con sogas que le atan el cuerpo a la superficie bajo él, paños tibios en la frente y una frazada que lo hace sudar ligeramente. El aire está lleno de vapores y unos pequeños braseros en la habitación ayudan a calentar cacharros que expulsan olores levemente reconocibles de plantas. La garganta seca le molesta y se siente demasiado débil para incorporarse, pero puede mantener los ojos abiertos el tiempo suficiente para ver una sombra recortarse en la puerta abierta.

Y no puede creer lo que sus ojos ven.

Es ella, es la hija del alcalde. Y habla con alguien que camina detrás de ella.

Parece alterada, asustada y agradecida a la vez, junto a ella se encuentra la figura de un niño aferrado a su cuerpo que también parece mirar a alguien más.

Las palabras son un embrollo en su mente y no puede distinguir significados específicos.

Inseguro, se hunde en la oscuridad de nuevo.

Resurge con el murmullo de una calle transitada que lo despierta con su ronroneo, amortiguado, tal y como si estuviese lejos y cerca a la vez. Jules no se anima a abrir los ojos.

La claridad que recibe a través de los párpados le cuenta que ya no está más en la vieja habitación de los paños y vapores, que la luz del sol es fuerte y que el mundo sigue funcionando. Y se pregunta si no será todo parte de un simple sueño, si no abrirá los ojos y se encontrará en su viejo departamento a cinco colectivos de su universidad, llegando tarde como siempre.

¿El mundo puede ser normal?

¿Existió el testamento y la herencia siquiera?

Con la certeza de ver el techo de pintura azul descascarada de su habitación en la metrópolis, abre los ojos y pestañea varias veces.

Sin embargo, no importa cuánto se fije en los detalles, ese no es un lugar conocido. Al menos no desde ese punto. Sabe que está en la habitación de un hospital.

Las cortinas blancas y pulcras se mecen con la brisa del exterior y, gracias a las persianas semi corridas, no puede ver el exterior, pero sabe que está en un piso alto, un edificio que huele a hospital, ese aroma a alcohol tan común en aquellos lugares mezclado con el de látex, plásticos descartables y sábanas lavadas con detergente barato.

No se siente tan débil como antes y definitivamente no está atado de forma pobre. Se sienta en la cama.

Una aguja conectada a su brazo derecho lo sorprende y asusta, despejándole la mente de cualquier vaho confuso que quedase y una pinza que solo había visto en películas le aprieta el dedo medio midiendo sus latidos.

Sabe que tiene solo dos opciones, levantarse y buscar a alguien que le explique su realidad o quedarse y dormir un poco. Opta por la primera y busca con la mirada algo para cubrirse los pies y salir.

Justo en ese instante la puerta a unos pasos de la camilla se abre e ingresa un chico, un enfermero, distraído con su celular.

— Oh, despertaste— señala lo obvio

En un corto periodo de segundos, y de forma brusca, el enfermero se encarga de explicar lo poco que sabe de él.

Que llegó desde un pueblo de las afueras, uno que se hizo conocido por la muerte por asfixia de un grupo grande de personas y una serie de brutales asesinatos en el mismo día.

Que lo trajeron junto a una chica que llevaba cuidándolo un buen tiempo y un niño pequeño.

Que tenía un caso grave de infección por mordida en un brazo, lo que le contagio un virus de laboratorio que habían probado en una persona para combatir otra enfermedad -tratamiento experimental- y que se salió de control y terminó en un contagio masivo.

— ¿Y los zombies?— pregunta Jules, sintiendo que había algo que no encajaba,

El enfermero lo observa unos segundos dudando y luego se echa a reír.

— No eran zombies, el virus provoca síntomas en humanos al manifestarse; fiebre alta, inconsciencia, sonambulismo— explica a medias, como si el resto fuese de conocimiento público y él no hubiese estado dormido durante días -como podía notar en la barba ligeramente crecida que poseía-

— ¿Y por qué mordían?— pregunta Jules

— El sonambulismo es inofensivo, pero si la persona tiene hambre y no puede despertar para comer, el cuerpo... digamos que se activa como un piloto automático. Muerden porque tienen hambre.

La respuesta no resulta satisfactoria pero, durante la charla, el chico inyecto algo en el suero y el sueño se apodera de Jules.

Las sombras lo tragan antes de poder preguntar más.

En sus sueños ve a la gente sonámbula.

Los ve caer asesinados de formas crueles, brutales, inhumanas.

Ve cómo reciben miradas asqueadas antes del golpe final.

Ve los sesos desperdigarse rebotando en el suelo, ve la sangre correr por un cuero cabelludo despedazado.

La ve, espesa, danzante y tibia, teñir el cemento gris, ardiente por el sol de la tarde.

Siente su propio rencor latirle por el cuerpo al caer, de nuevo, en el suelo frente a la municipalidad, preso de la crueldad del viejo alcalde. Siente un odio profundo y visceral que no le pertenece sólo a él, que es de todos los caídos.

Siente el peso de la ignorancia humana sobre los hombros.

Porque, en un mundo en el que todos están listos para sobrevivir a una invasión zombie, nadie parece estar preparado para un virus con síntomas estúpidamente parecidos.

Porque nadie estaba dispuesto a pensar en otra posibilidad.

Porque no hay una sola explicación que devuelva la vida a tantas personas, la vida literal y la rutina.

Y Jules sabe que nada va a ser lo mismo a partir de entonces.

Despierta lentamente con la sensación de angustia más sincera calándole el alma y mira a su alrededor, el miedo a estar en un lugar diferente cosquilleando.

En el sofá duerme un niño, con ropa de hospital y un par de vendas visibles. Apoyada contra la ventana reconoce la figura de la hija del verdugo, que observa el exterior como si la vida le fuese en ello.

De alguna forma sabe que son los únicos tres sobrevivientes a una de las catástrofes más imponentes de los últimos tiempos, al menos de las causadas por la estupidez humana.

Y se siente menos solo.

May 29, 2019, 4:32 a.m. 0 Report Embed 1
The End

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