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I

Estoy tan cansado,–rezaba Facundo Villarreal, tras horas eternas de trabajo–solo quiero llegar a casa y dormir, quiero descansar, pero... es ese mismo ruido cada noche. Ese mismo maldito ruido cada que estoy a punto de descansar.

La quincena había llegado, y el solitario oficinista soltero codiciado de 29 años –como se presentaba a sí mismo cada que tenía oportunidad– le hablaba a Maurice, su cuyo que observaba a su amo. Eran las once treinta de la noche, pero, como cualquier viernes de quincena, Facundo celebraba con un paquete de seis cervezas el haber sobrevivido otros quince días al fastidioso ritmo de vida de cualquier agente de ventas telefónicas veterano.

Quizá seguiría tomándose esas cervezas solo, tal vez Laura y Adrián preferían vivir como pareja a pasar las noches de juerga con él, y también pensaba que era posible que debía haber hecho más amigos que enemigos en su vida, pero de algo sí estaba seguro: esa noche iba a estrenar su 9mm automática con el hijo de puta que hacía sonar ese pito a las tres de la mañana.

Era tan sencillo como perturbador: la colonia estaba repleta de unidades habitacionales de interés social, las cámaras policíacas eran un placebo de señoras gritonas y la impunidad el pan de cada día. ¿Quién va a extrañar a ese bastardo madrugador?se decía a sí mismo para convencerse de que lo que cometía no era homicidio, sino justicia. Cada vez que despertaba tras un tranquilo sueño, sacudido por el feroz timbre falso de tren, corría hacia la puerta armado de un frágil valor que se evaporaba a cada paso.

–Sólo una noche más, imbécil–gruñía– sólo tienes una noche más para dejar tus bromitas.

Pero esa noche másse había convertido en dos tortuosos meses en los que su desempeño laboral había bajado considerablemente y había pasado de ser el "agente del mes" a el tipo raro del que todos hablaban entre pasillos.

En múltiples ocasiones, mientras fumaba asomado por la ventana contraria a la avenida, Facundo había intentado averiguar de dónde salía ese sonido, si era un escuincle en bicicleta con celular en mano–como era su hipótesis–, o un loco en un carro esperando a que otro loco, pero más estúpido, cayera en su trampa, como decían Laura y Adrián. Prácticamente le había contado la historia a toda la oficina, a los supervisores e incluso a Claudia, la señora de la limpieza. Había dejado de importarle que ya no le creyeran, total, nadie más parecía sufrir el escándalo como él. Pero la culpa de tener sueño ligero era suya, completamente suya.

De la misma manera lo había comentado un par de veces con su roomie, pero ese inútil mantenido estaba muy ocupado viviendo en sus videojuegos en línea y escuchando música japonesa en sus audífonos como para darse por enterado de cualquier cosa. Estaba desesperado, cansado y más que nada: muy enojado.

–Esta noche lo voy a hacer–le escribió a Adrián por mensaje de texto.

Había esperado durante hora y media su respuesta, con la pistola asomándose por el borde de la mesa de noche. Cierta parte de él dudaba, sabía que la idea era mala y que el tiro le podía salir por la culata, tanto en sentido metafórico como en el literal. Necesitaba de su amigo para hacerlo entrar en razón, lo esperaba, lo deseaba.

Pero nunca recibió una respuesta.

Era obvio que tu mejor amigo no respondiera el celular un viernes por la noche cuando vive con su novia. Tenía mejores cosas qué hacer.

Habían llegado ya las 2:45a.m. y sabía que el tren falso sería tan puntual como siempre, así que debía apresurarse a terminar la quinta lata y beber de un sorbo la sexta. Con la mente un poco nublada su moral no sería ningún problema.

Se vistió con la ropa que había guardado y dejarse apestar a humedad por varios años, su disfraz de oficinista había caído en el piso y ahora usaba algo que lo hacía sentirse más acorde consigo mismo. Encendió un cigarrillo y abrió la ventana para evitar que Maurice sufriera mucho.

–Hoy por fin vamos a dormir tranquilos, pequeñín–le dijo a su mascota.

Se aseguro de colocarse bien la pistola dentro del bolso frontal de la sudadera y de tener el seguro listo en mano para quitarlo frente a ese cabrón anónimo. De cualquier forma usaba unos guantes de invierno que había guardado y sabía que podría quemarlos en el baño esa misma noche para eliminar las pruebas. Se sentía con una fiebre de euforia y adrenalina explotando poco a poco dentro de él. Solo era cosa de tiempo para terminarlo todo.

Dieron las 2:55a.m. y tras un largo respiro y suspiro, salió del departamento, bajando las escaleras del edificio y esperando en la puerta del mismo. Tenía que caminar unos tres metros de frente y luego quizá otros quince para entrar al camellón donde estaban las vías abandonadas del ferrocarril del siglo pasado. Había sido principalmente la ubicación por la cual se sentía tan seguro de que era una broma de mal gusto, pero una llevada al extremo por tanto tiempo que se había convertido en una tortura. 

Dos minutos antes de la hora pactada por el acosador, notó que alguien había llegado a las vías y se había quedado detenido en el medio de ellas. debía ser él.

Caminó decidido hacia lo que visiblemente era un pordiosero de la tercera edad, pero NADAera justificación para robar el sueño de Facundo.

–¡Hey tú!–le gritó, fingiendo drogarse para imponer temor sobre el pordiosero–¿Qué estás haciendo aquí, carnal? ¿Vas a querer que te haga valer?

Solo hubo silencio.

Facundo ya estaba frente a él, en el centro de las vías abandonadas y con la luna sobre el anciano, lo que–junto con esa última cerveza– provocaba que se le dificultara reconocer bien sus facciones.

–¡Contesta, hijo de tu puta madre!

Más silencio.

–Me tienes harto de tu pinche jueguito–le decía, mientras se acercaba, señalándolo con la pistola–, ¿crees que eres gracioso, pedazo de mierda? 

Facundo caminaba rápido pero pesado, sintiendo que se mareaba más con cada grito que retumbaba en su propio pecho.

–¿Crees que vas a poder ir por ahí jodiendo al mundo sin que nadie te detenga? Pues ya te cargó la verga, pendejo.

Al llegar a escasos dos metros del sujeto, el joven oficinista notó que su cabeza se movía desesperadamente como en un ataque de epilepsia y, sin saber por qué, su playera roja estaba rota del centro del pecho, dejando un asimétrico agujero deforme que mostraba su piel quemada.

–¿Pero qué...

Se quedó sin voz.

Las manos del vagabundo comenzaban a revolotear, temblando y agitándose de un lado a otro sin ningún patrón. El suelo bajo sus pies temblaba. Facundo no entendía que era lo que pasaba.

De su boca salía una luz cada vez más brillante como si se hubiese tragado un faro entero. El brillo crecía y crecía hasta encender todos los orificios del rostro deforme del vagabundo. Facundo temblaba sin poder moverse, con los dientes castañeando al ver al hombre dejar de serlo. Los ruidos que salían del pordiosero desafiaban la biología humana, quejidos y alaridos de dolor y miseria fusionándose con el artificial ruido de un pito de tren. La sangre que emanaba como una capa de sudor uniforme también se quemaba y se evaporaba con la piel que ardía al rojo vivo como si de metal se tratase. Aquél supuesto bromista se transformaba en una figura espeluznante e inhumana, como una locomotora de carne y sangre.

La luz era destellante y enceguecía a Facundo, el humo que emanaba lo sofocaba. El calor lo quemaba y el olor a sangre ardiendo le provocaba una nausea solamente eclipsada por el terrible pánico que sentía. Se tapó la cara con las manos, y entre los dedos alcanzaba a ver que de lo más profundo de la criatura-vagabundo algo se movía queriendo salir del interior del asqueroso y fétido monstruo.

Quería correr pero no podía, quería gritar pero no tenía voz.

Quería entender, pero no pudo.

Eran las tres en punto de la madrugada cuando Facundo escuchó por última vez el sonido de ese tren, esta vez descubriendo el verdadero origen del ruido de cada noche.

Para esa hora, también, Facundo desapareció del mundo sin dejar huella alguna, sin haber podido leer el mensaje que le escribió Adrián a las 2:56a.m: "No hagas ninguna tontería, tengo un mal presentimiento".

Jan. 26, 2019, 12:29 a.m. 0 Report Embed 0
The End

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Sergio Saavedra Escritor amateur. Discípulo de Poe, Lovecraft y King.

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