Prometeo Follow story

sergiosaavedra Sergio Saavedra

¿Que tanto sufrimiento puede resistir un hombre cuando incluso él no desea continuar aceptándolo


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#melancolía #Sismo #terremoto #catastrofe
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Prometeo

Todas las noches despierta a la misma hora con la misma sensación irritante, se lava las manos aunque sepa que no hay tierra en sus uñas. No han importado realmente los dos años de terapia semanal, los calmantes prescritos o el cansancio acumulado tras las horas de trabajo. Él sabe que lo ha intentado, pero teme que no haya sido lo suficiente hasta ahora, pero hay culpas con las que las personas siempre cargarán, incluso a sabiendas de que no son suyas.

El cuerpo humano, a pesar de no ser el más resistente dentro del reino de los animales, puede soportar grandes dolores, incluso mayores de los que las emociones pueden. ¿Cómo puede levantarse cada mañana un hombre cuando su mente está quebrada y su espíritu simplemente le ha abandonado? El remordimiento es un cáncer que no mata pero tortura indefinidamente.

Sentado al borde del precipicio, como todos los ocasos de los sábados, tenía los ojos abiertos al infinito, sin importarle el frío viento otoñal o el constante canto de las aves. No importaba la maravillosa vista de postal que tuviera en la orilla de lo que ahora era la ciudad, pues para él ese siempre sería un camposanto, un constante recuerdo de su egoísmo. Ahí había sido el lugar donde vio a su familia por última vez cuando el Terrible Terremoto ocurrió.

Había partido la ciudad prácticamente a la mitad, dejando una extensa y profundísima grieta cuya oscuridad era impenetrable incluso en los días más luminosos. Se habían dado varias versiones sobre el origen de esto, las causas y cómo esto había sido una consecuencia. La versión oficial apuntaba al cambio climático y una supuesta respuesta del planeta a los maltratos de la humanidad sobre su recinto. Otros más conspiranoides decían que se había efectuado un experimento en el subsuelo de la ciudad, e incluso intentaban entrar a la grieta para conseguir los datos que corroborasen sus teorías, pero resultaba imposible. La verdad era indescifrable y, como ese sábado y cualquier otro, a él no le importaba. Conocerla no cambiaría nada. Entenderlo no le regresaría a su madre, ni a su padre o a su hermana. Y era ese su gran dilema.

Ese día para él había comenzado de una manera ejemplar, gratificante, alegre y excitante: viajaba en familia para celebrar su cumpleaños. Era la primera vez que lo hacían juntos desde más de cuatro o quizá seis años. Entre sus estudios, los de su hermana y el trabajo de sus padres no importaba que vivieran en la misma casa, podían pasar días enteros sin coincidir ni verse. Pero ese día era la excepción, ese era su día especial y lo estaban pasando bien. No importaba el tráfico, la gasolina o el radiante sol abrumando la poluta ciudad. Él estaba siendo feliz e incluso podía darse el lujo de sonreír.

Por la ventanilla del carro observaba, moviendo rápido los ojos como tanto le gustaba. En una calle podía ver a los comerciantes, compradores, mirones, asaltantes y amantes conjugados en un mismo momento, conviviendo como ilusiones más allá de la seguridad del auto. No solían haberle importado tanto las personas hasta que comprendió que era eso lo único separándolo de su destino: las muchas de ellas que había por doquier.

Al bajar la ventanilla la música dentro del coche escapó como un ave al abrírsele la jaula y una corriente de ruido y murmullos tomaron su lugar. Las voces de las personas, los gritos de otros, los motores de los coches y cada simple acción sumada a los otros cientos que le acompañaban creaban una capa de sórdido ruido inentendible. La ciudad estaba a su máxima capacidad y la gente lo único que hacía era gritar y gritar en ella, existiendo como gusanos asquerosos y replicantes. Cucarachas rutinarias e insalubres que iban por ahí, erráticas y estúpidas, dejando no más que basura a su paso.

Lo vio en una señora, tirando su basura en una esquina de la calle, en los hombres de los locales que gritaban por encima de la música de sus discos piratas. Lo vio en los bebés llorando y en los conductores pitándole al sordo semáforo.

El mundo es imbécil y debería callarse, somos tantos... alguien debería hacer algo pensó, sin darse cuenta de que su ceño estaba fruncido. Estaba irritado, haber bajado la ventanilla fue su error, ahora todos en el coche se sentían tan desesperados y encimados los unos con los otros como el resto de las personas sudorosas en la calle.

Con la mirada perdida y la rabia inundando su pensamiento comenzó a vacilar si lo que pasaba era cierto o solo un reflejo de su cuerpo frente al repentino estrés: las ciudad se estaba moviendo.

Fue su madre la primera en decirlo, para romper con el "silencio". Lo había gritado con un pavor característico de ella y en el instante siguiente a ese, los cuatro ya se habían quitado los cinturones de seguridad y estaban saliendo del vehículo. Emprendieron su carrera en dirección al parque más cercano, la alameda de la ciudad, sin importarles las miradas curiosas y los reclamos de los demás automovilistas. Parecía que nadie se había dado cuenta hasta que él señaló con su dedo la torre más alta, que danzaba inestable y doliente, como un anciano a punto de caer. Y todos supieron que cuando ese anciano se venciera, no podría volver a levantarse. Se habían aventajado pero solo por algunos segundos, segundos que no terminaban y se alargaban. El tiempo suele parecer tener un sentido del humor bastante retorcido con la gente desesperada, pues pasa mucho más lento para ellos. Siguió la orden de su madre, junto con su hermana, de adelantarse. La tomó de la mano con todas sus fuerzas y corrieron lo más rápido que ambos pudieron, con una horda de personas detrás suyo para perder de vista a sus padres entre la multitud. En sus ojos se condensaban las lágrimas, pero los apretaba para dejarlas de lado, no podía permitirse llorar en un momento así de crítico, tenía que concentrarse y lo intentaba frente al mundo que seguía moviéndose bajo sus pies y frente a sus ojos.

A lo lejos los edificios comenzaban a desplomarse como fichas de dominó, uno tras otro cedían a la implacable fuerza de la gravedad. Eran tan grandes que daban la ilusión de caer más lentamente, pero se acercaban amenazantes. El caos y la muerte venía por ellos. 

La torre más alta había sido una obra arquitectónica que había llenado de orgullo a la ciudad varias décadas antes, erigiéndose como el centro de una rotonda de ejecutivos, paralela al eje en el que él había estado atorado con su familia. Ahora caía sobre todo lo que había conocido. Los gritos se volvían una distorsión todavía más inentendible que el ruido de la ciudad común. Con los dientes apretados, las manos sudando y los pies torpes luchando por no fallar siguió en su carrera hasta el último de los momentos posibles, pero nada de lo que él intentó fue suficiente.

Su súplica fue escuchada por algo que jamás comprendería. Destino para unos, coincidencia para otros: Dios para los que querían justificar.

El mundo era imbécil, pero no más. La grieta se abrió en el momento en que la torre cayó sobre la multitud, aplastando coches, locales, edificios e, inevitablemente, a sus padres.

Fue en ese momento que supo que todo estaba perdido y cuando más desesperado se sintió al entender su pequeñez frente al mundo, pues detrás suyo todo se iba apagando, siendo devorado por la perturbadora oscuridad de la grieta que se abría como una glotona boca de un titán hambriento.

Finalmente sus pies cedieron ante el constante movimiento y todo se volvió confuso. Los gritos le rodeaban de un lado a otro, girando y girando, los golpes le hacían lo mismo, escombros se revolvían arrojados y rebotando como pelotas de concreto y otros materiales. De su mano se zafó su hermana sin que pudiera lograr verla por última vez, todo era oscuridad, todo era negro confundiéndose con el contraste del cielo, revolviéndolo y transformándolo en siluetas deformes, todo parecía haberse terminado. El ruido, la gente, la ciudad se había acabado. Su familia y su cumpleaños se habían acabado.

Cuando despertó no supo entender lo que había pasado, él podía haber jurado que no lo haría nunca más y, que de hacerlo, lo haría desde el fondo de la grieta, rodeado de cadáveres y escombros, pero no fue así. Estaba enterrado hasta medio cuerpo, recargado de la espalda por la base de una estatua antigua y colgaban del precipicio, en la boca de la grieta. En la comisura de los labios del titán saciado.

No se escuchaba nada más, ni siquiera los rezagados escombros que suelen caer un poco más tarde, los quejidos dolorosos de algún sobreviviente. Simplemente no había nada. Ni siquiera hubo en él llanto que pudiera hacerlo explotar.

Rascó y rascó como desesperado durante tres días y tres noches la comprimida tierra y las rocas que lo habían aprisionado, continuamente deseando haber caído con el resto de la humanidad, con el resto de su familia. Fue hasta el cuarto día cuando el rescatista lo halló, ya deshidratado y famélico, con las manos sangrando y los dedos sin uñas. Ninguno de los dos habló. No había sido necesario. Cuando salió de la tierra se sentó a un lado de la orilla, haciendo caso omiso de las advertencias del rescatista y del bello ocaso de ese sábado.

Ese día él comprendió que no importaba lo bien que el mundo lo haría a partir de ese momento, del borrón y la cuenta nueva, de la oportunidad para mucho de hacer mucho. Lo había perdido todo. A partir de ese día todas las noches soñaba con el Terrible Terremoto, sin importar lo que hiciera, a la misma hora de la madrugada se levantaba a lavarse las manos, incluso cuando estuvo vendado en recuperación.

Prometeo estaba encadenado a la vida, sin quien culpar ni de quien vengarse, sufriendo todos y cada uno de los días sin poder saltar. No sabía que era lo que lo detenía cada sábado que se acercaba al borde y se sentaba en la orilla del precipicio, de la demencial sonrisa enferma del titán, pero por más que lo deseaba nunca pudo hacerlo.

Nunca pudo acabar con lo que le quedaba hasta que llegaba el rescatista y lo tomaba de la mano para llevarlo de regreso a casa, donde una vez más pensaría en su final.

Jan. 26, 2019, 12:19 a.m. 0 Report Embed 0
The End

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Sergio Saavedra Escritor amateur. Discípulo de Poe, Lovecraft y King.

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