Viento Follow story

vladstrange01 Vlad Strange

Tras una decepción amorosa, una joven da un salto en el tiempo hasta llegar a una librería a la orilla del mar y se encuentra con el misterioso anciano, el Señor Viento, y con un hombre que se ofrece a concederle un deseo.


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#aestetico #aesthetic #343 #libertad #romance #viento
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VIENTO



Todo comenzó con una simple canción; una inesperada sucesión de sonidos que atravesó las paredes de mi habitación hasta entrar por mis oídos y repercutir en mi cerebro, que más tarde envió la señal inevitable al corazón, teniendo un efecto inmediato en forma de lágrimas.

Tanteando en la mesa de noche en busca de un pañuelo, mis dedos dieron con un libro grueso con forro de piel.

Ese libro no trajo más que recuerdos.

Lo leí unas quince veces por lo menos, cada que lo hacía, sentía que yo era el personaje principal, el cual encontraba a su príncipe azul aunque tan solo pareciera un sapo más de un riachuelo. Tal como en la vida real, pero con la única diferencia de que este era en verdad un sapo gordo y feo —sin ofender a los sapos.

Si, un mal de amores, eso fue lo que me hizo estar en esa situación, acostada en mi cama en esta inmensa casa vacía, dejándome tirada en la depresión, aunque en verdad no lo valía. «Ese sapo se llevó lo mejor de mí» me repetía a cada instante, escuchaba mi pensamiento emerger desde el silencio.

Al mismo tiempo en que mi mente se sumergía en la agonía de la negatividad, la dulce canción calmaba mi respiración al punto en que me perdí en ella. Poco a poco dejaba de ser yo hasta que perdí el control de mi propio cuerpo y me dejé llevar por la melodía.

A pesar de esto, seguía dándole vueltas en el problema, aunque algunas veces esto comenzaba a verse borroso, olvidándome por unos instantes del sentimiento ahogado y atrapado en mi alma. La película de mi vida, pequeños trozos de mis recuerdos atravesaban mi mente como flashbacks, como si fuera a morir pronto y tuviera que revisar todo lo que hice en mi vida para prepararme para mi juicio final.

La música seguía sonando y mi corazón latía al ritmo de las notas, mi mente estaba casi perdida, casi lista para despegar, lista para olvidar...

Entonces, con una suave brisa que se coló por mi ventana, una grave voz llegó hasta mis oídos.

—Un deseo, señorita… ¿Cuál es su deseo?

—¿Mi deseo? No lo sé. Mejor pregúntame de nuevo en unos años…—Susurré, casi inconscientemente.

Mi boca había actuado por sí sola, me había traicionado entre la oscuridad, pero algo me decía que también mi corazón lo había hecho.

Y mis palabras ascendieron lenta y pausadamente, se mezclaron en el aire, llegaron al cielo, resonaron en el infierno y al final, fueron obedecidas por mi alma. Inmediatamente caí en un sueño profundo, la realidad dejó de existir para mí, todo se rompió como una bola de cristal frente a mis ojos. Poco a poco tomé consciencia de mi cuerpo una vez más, la melodía seguía sonando, se iba alejando, pero aún se sentía dentro de mi ser.

Todos los recuerdos de mi vida se evaporaron con el sol y, al condensarse, cayeron como lágrimas. Segundos más tarde, memorias nuevas sustituyeron a mi antiguo yo, el que sostenía fuertemente el libro de piel, el que ahora dejaba de existir. Aun así, ya no era yo, era otra persona, no podía ser yo. Poseía un borroso recuerdo de lo que era, de aquella niña llorando ante una decepción amorosa y deseando encontrar al príncipe azul, pero ahora, varios años de vivencias se acumulaban en mis registros como si realmente los hubiera vivido.

Lo cierto es que ya no estaba segura de ser yo la dueña de ese cuerpo; ya no podría decir que era yo la que vivía, era otra persona, una joven que apenas conocía. De ninguna forma podría llamarla «yo».

Era mediodía. Una mañana tranquila, como la de todos los días en aquel pueblo a la mitad de la nada. El viento cantaba levemente cuando pasaba entre las hojas de los árboles, el sonido del mar acompañaba su cántico melodiosamente.

Las hojas anaranjadas parecían bailar al ritmo de la música, rodaban en el piso, saltaban entre las raíces de los sauces y una que otra vez se atrevían a dejarse llevar y volaban más alto que la altura de un arbolillo enano.

No había nada nuevo en aquel lugar, todo parecía inmutable. Yo… ella sentía que el tiempo no pasaba, que la vida no cambiaba, que los días eran todos iguales. Sentada al otro lado del estante de una librería, esperaba pacientemente el momento en que su cliente habitual llegara a comprar el periódico del día. Mientras aguardaba, leía una revista de ciencias y eventualmente lanzaba una mirada a su alrededor. En un vistazo ella podía ver todos los libros, uno por uno, observaba su orden, su textura, la temperatura en que estaban; también podía ver los movimientos del mar a través de la ventana y después de parpadear dirigía su mirada a la puerta de la librería.

Sin hacer menor movimiento, tan solo movía su mano izquierda para cambiar la hoja de su revista, suspiraba e intentaba volver a concentrarse en la lectura, pero cuando lo veía imposible, ella volvía a mirar sin mucho interés los libros que estaban acomodados en los estantes, como si por un segundo pensara que el alma de los libros fuera a despertar.

La brisa matinal de otoño se escabullía por las ventanas entreabiertas de la librería, mientras que las hojas teñidas de los arboles seguían cayendo a cinco centímetros por minuto mientras que las otras les daban la bienvenida al mundo de las raíces, como ella lo había bautizado cuando era pequeña y se ponía a observar su trayectoria.

Terminó de leer y recordó esos momentos de su niñez en que observaba el pasar del otoño. Ella observaba atentamente su melódico caer y comenzaba a imaginar que en algún momento ellas buscarían una pareja para proseguir bailando al ritmo del vals del viento.

Al otro lado estaba el mar, la playa, la tranquilidad de su cántico que solo podía ser acompañado con el de una sirena. Un ritmo elevado, elegante y muy placentero, timbre refrescante y adictivo, como el vino de colección. ¿Qué mejor instrumento hay que las olas del mar?

Por la playa unos ancianos caminaban a su paso, tomado de las manos, dando pasos lentos, firmes y seguros; sumergidos en su propia felicidad y sabiduría, el roce de su piel era tan amable como sus pasos, sin ninguna duda de su amor eterno, sin preguntarse siquiera por la eternidad, con sus miradas tranquilas, con la piel mostrando la verdadera marca de la vida y la paz.

Suspiró, el aire que salió de su boca pareció ser suficiente para hacer temblar una hoja de papel en el escritorio.

El sonido de una campana sonó delicadamente en el interior de la librería, ella alzo la vista y sonrío animadamente.

—¡Buenos días, señor! —le dijo al viento—. ¿Le doy el periódico del día?

—¡Buenos los tenga usted, señorita! —le respondió—. Si me hace usted favor y un libro de su elección. El que me recomendó la semana pasada fue una obra maestra.

El viento era un hombre anciano, con cabello de nieve, ojos castaños y piel tan blanca como el agua de una piscina tapizada de nieve. Estaba vestido con un traje sastre color gris, llevaba un moño rojo muy elegante y estaba calzado con unos zapatos negros muy limpios. La sonrisa del hombre era hermosamente blanca y pura, no había rastro de maldad en ella.

Bajo la incesante mirada del anciano, ella tomó uno de sus libros favoritos del estante más cercano y regresó al mostrador.

—¿Puedo preguntarle algo? —Ella se puso un poco seria, metiendo ambos artículos en una bolsa de papel—. ¿Por qué necesita un periódico si usted todo lo ve?

El hombre no paro de sonreír y se llevó la mano a la barba al pensar.

—Aun no encuentro la respuesta, señorita —él le respondió.

—¿A qué respuesta se refiere? —le preguntó confundida, pues no cualquiera contestaba de la misma forma que el Señor Viento.

—Aun no encuentro ninguna respuesta —dijo—. Usted me ha preguntado la razón por la que necesito un periódico… pues no lo sé. Vivo buscando soluciones a todas las cuestiones del día a día, pero a estas alturas solo sé que nada es lo que parece. Hay algo que busco en el diario, más no lo he encontrado aún, así que seguiré comprándolo como siempre… porque eso mismo está justo enfrente de mí, lo que hace surgir una nueva pregunta. Es un ciclo de nunca acabar, es mejor dejar de pensar en ello que esto es simplemente polvo en la mente.

—¿Polvo? —Ella parecía aún más confundida.

—¿Podría usted decirme para qué sirve el polvo? —El señor Viento le preguntó—. Hasta donde alcanza mi razonamiento, el polvo solo sirve para soltar la nariz de algunas personas y para ensuciar los objetos guardados. De ahí a más, no sirve para nada.

Ella le dio la razón después de reflexionar unos segundos.

—¿Es un buen día, no? —Cambió de tema y sonrió respirando profundo.

—¡Por supuesto! —contestó el anciano sonriente—. Pero a mi parecer todos los días son estupendos. ¡Acabo de recordar lo que tenía que hacer aquí aparte de comprar el periódico!

El viento sacó de su saco un libro muy viejo y lo dejó sobre el escritorio delicadamente, soplo sobre el para quitarle el polvo y le dedicó a ella, o a mí, una mirada traviesa.

—He encontrado esto entre mis antiguas libretas —el Viento le dijo–. Quiero que lo tenga usted, de todos modos, esto le pertenece...

Sin decir nada más, aparte de hacer un pequeño saludo con el sombrero, el señor Viento se dio la vuelta y salió de la librería dando pasos lentos y elegantes.

Ella lo miró interesada, pero en ningún momento lo tocó antes de haberlo examinado completamente. Lentamente acercó su mano con precaución, giró el cuaderno sin despegarlo del escritorio y cuando lo tuvo de frente, lo abrió... En el libro no estaba escrito nada, ni una sola palabra, ni una pizca de polvo... ella no entendía lo que sucedía.

De nuevo volvió a respirar y el aire que soltó por la boca fue suficiente para que el alma de aquel libro despertara...

Sin sentirlo siquiera, volteó a ver la melancólica puesta de sol.

De nuevo había dejado pasar el día sin hacer nada, las horas se habían ido corriendo, el tiempo inmutable había jugado de nuevo con ella.

—Sé que ahora estas tratando de pensar en la razón de no haberte dado cuenta de que tu día especial se ha terminado... —Un hombre, sentado a un lado de ella, le dijo sonriendo.

Sus ojos eran castaños, una barba bien cuidada y piel blanca como el agua de una piscina; estaba vestido con un traje sastre color gris, llevaba una camisa desabotonada y unos zapatos negros impecables.

—¿Quién eres? —pregunto asombrada, pero en el fondo sabía bien de quién se trataba.

—Aún no puedo encontrar la respuesta, señorita. Pero… ¡acabo de recordar por qué otra cosa vine! —él dijo, soltando su puño sobre la palma de su mano—. Vengo a concederle un deseo... pero no lo diga, porque si lo dice ya no tiene efecto.

—¿Entonces cómo me lo concederás?

—Yo sé que es lo que más has deseado desde ese día... —él le dijo en voz baja, como un secreto—. No hay necesidad de que me lo digas…

—Supongo que te creeré.

—¡Que buen día ha sido hoy! —él exclamó—. Entonces, el deseo, ¿verdad? ¿Ya lo ha dicho?

—Por supuesto...

—¡Perfecto! Su deseo es mi deseo, señorita Viento —el hombre se levantó y le tendió la mano—. ¿Nos vamos?

La brisa de otoño movía levemente las hojas que aún quedaban de los árboles, el sonido del mar acompañaba el cántico del aire, la campanilla de la librería había dejado de sonar y las hojas danzaban el Vals del Viento...Nada había cambiado, pero al mismo tiempo todo se había transformado y solo el  suave murmullo del deseo de la señorita viento se siguió escuchando...

«Como desearía ser uno con el viento; libre, por todo el mundo volar y con él por siempre estar».

Jan. 21, 2019, 4:04 a.m. 4 Report Embed 7
The End

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¡Yo amo tu escritura! ¡Tu narrativa es impecable! Me fascinó este relato porque te deja pensando, te hace analizar ciertos momentos en tu vida y los sapos feos y gordos que una ha besado por la vida. Creo que en algún momento todos hemos deseado ser como el viento, libres y sin preocupaciones, volar y sentirnos sin peso sin nada que nos até al mundo, y eso transmite tu relato, transmite paz y libertad, tranquilidad.
Jan. 21, 2019, 8:02 a.m.

  • Vlad Strange Vlad Strange
    Gracias por pasarte a leer, Kath! Y es genial que te haya gustado <3 Este es uno de los primeros cuentos que escribí, por ahí de los quince años jeje Jan. 21, 2019, 10:27 a.m.
Víctor Fernández García Víctor Fernández García
Como si hubiese estado leyendo una preciosa poesía que despertase mis sentidos… Así me he quedado. Ya con tu primer párrafo relatando los efectos de esa canción has captado por completo mi interés. Si a eso sumamos una delicada y elegante descripción del proceso depresivo de tu protagonista y añadimos una fabulosa transición en forma de viaje temporal, pues me he encontrado sumido en tus letras con el hype y la satisfacción por las nubes. El escenario al que trasladas la acción es del todo precioso, y siento que me quedo muy corto al describirlo. Pero eso ya lo haces tú misma, y debo decir que sobradamente bien. Me he visto trasladado por completo a ese lugar otoñal, en el que además incluyes al señor Viento como un personaje con mucho carisma y aura de misterio. Al acabar la lectura, quedo con tan excelente sabor de boca que seguro regresaré a releer en más de una ocasión. ¡Me ha encantado!
Jan. 21, 2019, 7:19 a.m.

  • Vlad Strange Vlad Strange
    Tu comentario también salió poético <3 Que genial que te haya gustado. Jan. 21, 2019, 10:29 a.m.
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