Pastel de fresas Follow story

seungliluna203 Victoria Luna

Cuando el amor puede todo... excepto cambiar a alguien podrido por dentro. Elena sabe que ama a Álvaro y ese mismo amor lo hará pudrirse por dentro.


Short Story All public.

#romance #cuentocorto #pastel #horror #drama #fantasía
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~ Pastel de Fresas

“¡Delicioso!” Era lo que siempre decían quienes probaban su comida. Desde que había aprendido a hacer sopa y a cómo cortar la cebolla sin llorar, todo lo que cocinaba Elena era un disfrute para quien tuviera el placer de probar su comida. La carne siempre en su punto, los pescados sin espinas y los pasteles tan esponjosos y delicados que se deshacían en la boca, especialmente el de fresas y crema el cual era exquisito hasta para el más exigente. Su talento era innato y hacía que cualquier cosa que hiciera, aunque fuera la primera vez, saliera exquisita, como realizada por un profesional, por lo que su madre no tardó en delegarle la responsabilidad de las comidas y nadie protestó.


Pronto la familia de Elena se fue dando cuenta de que la comida sabía diferente dependiendo del humor que tuviera o para quien cocinara; cuando se deprimía por los días lluviosos de agosto, hasta los huevos estrellados rompían la yema antes de llegar al plato; si Elena estaba enojada, los chiles poblanos en el comal se quemaban sin razón y las salsas le quedaban picosas al punto de hacer arder la lengua y dejar el dolor en los labios de quien la probara o si tenía que cocinar más a fuerza que de ganas, entonces la comida sabía insípida. Pero cuando Elena comenzaba a sentir las dulzuras del amor y el romance, las claras inflaban solas al punto de turrón y las galletas permanecían calientitas incluso horas después de haber salido del horno. Así es como supo su familia que se había enamorado perdidamente, pues a todos les quedaba la sensación de revoloteos de mariposas en la barriga después de que comían. 


Cuando el romance llega, llega y pega duro. No entiende razones y mucho menos las explicaciones que la cabeza intenta dar. Y eso le sucedió con Álvaro. No era precisamente un hombre guapo, más bien poseía ese atractivo irresistible (el no sé qué) que hacía que todas las mujeres se derritieran por él, así como el chocolate en baño María o por lo menos así se sentía Elena cada vez que esos ojos como tazas de café matutino se posaban en ella y no la liberaban de su intensidad. El día exacto en el que lo conoció fue en la fiesta de cumpleaños de una amiga, lo había visto llegar de repente mientras uno de los chicos presentes trataba de hacerla beber algo de licor.  Lo único que recuerda Elena de esa noche es el momento en que vio entrar a ese chico alto, de ojos marrones y sonrisa que derretía hasta mantequilla, cuando entró por la puerta, con ese traje azul reluciente supo que su mundo había cambiado y que nunca volvería a ser el mismo. Aunque trabajaba en la misma constructora de su padre, era la primera vez que lo veía con claridad. Esa noche él se ofreció a llevarla a su casa debido a lo tarde que era, Elena no lo pensó dos veces, pues si el chico trabajaba en la constructora, no había riesgo en que la regresara. Se llamaba Álvaro V.  y además de ser alto y encantador, poseía una dulzura que alcanzaba para hacer miles de postres. Bastaron tres citas y cinco miradas cruzadas en las oficinas cuando Elena llevaba el almuerzo a su padre, para que Álvaro descubriera en sus mejillas rojas de timidez el enamoramiento que Elena sentía por él y así la conquistó con rapidez.


 Las palabras dulces que le decía Álvaro a Elena, sus abrazos de algodón de azúcar, su mirada llena de algo intenso que nunca había conocido antes, el aroma a cerezas que inundaba los lugares donde ellos estuvieran, lo besos inocentes sabor a miel que se volvieron constantes, pero podemos decir que él se enamoró hasta que probó un trozo del pastel de fresas de Elena. Y bien dicen las abuelas que para conquistar el corazón de un hombre hay que ir directo a su estómago, ésa es la vía más directa a su corazón. Así que antes de que las tías chismosas y los tíos burlones pudieran asimilar que Elena no sería la solterona de la familia como se esperaba, la pareja ya se había comprometido para contraer matrimonio. Sólo habían pasado un par de meses después de que Álvaro pidiera la mano de Elena cuando llegó el día más feliz para ella, se casaba con el hombre más perfecto y el romance que inundaba el aire de la ciudad camino a la catedral iba impregnando la atmósfera con olor a caramelo recién hecho que duró por días.


Quizá Álvaro sí estaba enamorado de ella a pesar de no ser precisamente una mujer hermosa, aunque poseía una belleza poco común, o quizá su esposo estaba realmente enamorado de los contactos y contratos del padre de Elena con las compañías mineras más importantes del país. Pero de que Álvaro mostraba un amor desmedido por su esposa, lo mostraba y no se cansaba de hacer alarde de eso. A los ojos de los extraños y conocidos ellos eran la pareja perfecta que encajaban tal para cual y que con solo mirarlos uno creía en el verdadero amor. Él no perdía la oportunidad de tocarle los brazos, tomarla de la mano, incluso por debajo de la mesa jugueteaba en sus piernas hasta hacerla sonrojar con cada caricia tierna. Ella, por su parte, no podía creer el sueño que vivía, ni que por fin la vida le sonriera después de tantos amores falsos y perdidos, así que cuando Álvaro le pedía algo a Elena esta solo podía acceder a cualquier petición de su esposo sin chistar. Durante ese tiempo la comida nunca había tenido mejor sabor, especialmente después de las noches en que él la amaba con pasiones desmesuradas y el rico aroma de caramelo y vainilla llenaba la casa.


Dicen las vecinas del barrio acomodado, que la cocina de Elena tenía un aroma particular que llegaba hasta la calle y que hacía que cualquiera que lo percibiera, recordara sus amores, se colorara y prácticamente levitara por el revoloteo de las mariposas que solo aparecen cuando uno está de verdad enamorado. Las señoras no tardaron en darle la bienvenida y a convencerla de organizar fiestecillas de café, galletitas y postres caseros cada viernes por la tarde y pronto ganaron un peso tan considerable que sus mariposas apenas podían elevarlas.  


Cuando se consume mucha azúcar, primero llega la energía que parece inagotable. El corazón palpita un poco más, se está más atento y todo es más brillante. Bueno, ¿les ha pasado que después de comer mucha azúcar la energía como que desaparece? Llega en cambio el cansancio, las ganas de dormir. Elena era la azúcar que había animado a Álvaro y ahora él parecía tener un bajón en su energía.


¿Cuánto duró la felicidad de Elena? Hasta que se dió cuenta que las noches de amor habían muerto al igual que el olor de caramelo y vainilla; cuando las rosas que solían llenar la casa, comenzaron a marchitarse con rapidez; cuando el esposo dulce, amoroso y cándido, fue transformándose en alguien frío, alguien que apenas y la saludaba o acercaba su cuerpo debajo de las sábanas para dormir. Se mostraba distante con la gastada excusa del exceso de trabajo. Llegaba, comía y dormía. No había rosas, ni abrazos de algodón, ni besos de miel, en cambio se mostraba tan distante y tan callado. Si ella entraba a una habitación, él se salía con molestia, era tanto su desdén por Elena que evitaba tocarla de cualquier forma, como si fuera algo echado a perder lo que dormía junto a él. Pero, a pesar de ser tiempos tristes, la comida seguía siendo deliciosa, más las mariposas ya no hacían levantar a nadie.


¿Cuánto tiempo pasó hasta el primer golpe? Sólo una semana después de las fiestas de año nuevo y todo porque Elena olvidó planchar la camisa favorita de Álvaro. El dolor en su mejilla y sus lágrimas cálidas eran lo opuesto a la sensación de vacío que se posó en su corazón. Lo amaba tanto que dolía pensar que fuera capaz de algo semejante y en seguida comenzó a excusarlo. A la mañana siguiente, cuando las rosas llegaron seguidas de un tierno beso en su mejilla lastimada que pareció sanar de repente, el vacío comenzó a ser llenado, aunque las flores siguieron marchitándose en cuestión de horas y los aromas dulces de la cocina se desvanecían en la nada. En este punto, Elena evitaba cocinar después de que Álvaro la golpeara, porque si lo hacía, la comida tenía un sabor amargo y caía pesada en la barriga, como los golpes que ella misma recibía, como si las mariposas estuvieran muertas al fondo del estómago. Tenía que hacer un gran esfuerzo porque la sazón no se le escapara, por lo que se repetía a sí misma que debía dar lo mejor de ella, así Álvaro estaría complacido y superarían esa etapa. Si bien la comida no sabía mal, tampoco era como antes. Algo se había ido.


El golpe final a meses de sufrimiento silencioso llegó cuando escuchó a su esposo hablar con algún amigo por el teléfono sobre planes en la minera y viajes con una tal “Adriana”.  ¿Planes? ¿Adriana? Ah, quizás era una empleada, una compañera de trabajo o algo. ¿Adriana? Si había una mujer que se llamara así debía ser la nueva encargada de proyectos civiles que Elena había visto un par de ocasiones paseándose por las oficinas en sus zapatos de tacón rojos altísimos, los cuales, con cada pisada, le recordaban lo que Elena no era ni sería. Quizás era la dueña del infame lápiz rojo que Elena tallaba de las camisas de Álvaro o era “la reunión” que siempre atrasaba a su marido para llegar a casa. Qué fácil es fingir que nada pasa, sepultar todo y fingir demencia, hacer de cuenta que todo está bien como está ya que, para Elena, el hacerse bolita y cerrar los ojos, no era una opción, tenía que sacar su mejor sonrisa radiante y ser fuerte, a pesar de que por dentro se derrumbaba en pedazos cada vez que escuchaba la voz de él. 


El punto culminante fue cuando Elena llegó a la oficina, poquito antes de las diez de la mañana para dejarle su almuerzo a Álvaro. Por vez primera no se le había hecho tarde y eso que tuvo que preparar la tortilla española cinco veces porque no salía o se echaba a perder inexplicablemente antes de guardarla. Así que, luego luego llegando, fue directo a la oficina de su esposo pues temía que le pasara algo al almuerzo que con tanto esfuerzo había hecho. Las secretarias, incluida la de la oficina de Álvaro, se habían retirado a comer, así que Elena llegó sola hasta la puerta, pero antes de siquiera girar la perilla, logró escuchar unas risillas de mujer adentro. Se detuvo un momento, agudizó el oído, apretó el pomo de la puerta y entre las risillas divertidas pudo escuchar el sonido entrecortado de suspiros de hombre, suspiros que conocía muy bien. Después de todo, Adriana sí era la reunión que lo detenía hasta tarde en la oficina y ella no podía competir contra una persona que era todo lo que ella no iba a ser. Así, sin más, Elena se retiró en silencio, dejando la comida encima del escritorio de la secretaria.


- ¿Por qué me rompes el corazón así? – le dijo valientemente cuando él llegó a casa. Había estado muy nerviosa con su decisión de enfrentarlo, pero era lo mejor ante la situación en la que estaba. Lo amaba, pero necesitaba saber si ese amor aún era recíproco o si ella estaba malinterpretando las cosas. Y ahora, estaba delante de él y la habitación nunca había parecido tan pequeña. Álvaro cambió su semblante cansado por una sonrisa amplia mientras se deshacía el nudo de la corbata, pero en este caso no era para encantar, sino en señal de derrota, como la sonrisa que pone un niño cuando le han descubierto su travesura.

-Me has ahorrado la molestia de inventarme una excusa. - rió con su sonrisa espléndida de oreja a oreja, pero ahora no movía el suelo, sino que expresaba su cinismo y cierto alivio.

- ¿Entonces no lo niegas? ¿Aceptas que te acuestas con otra mujer? – su rostro lo sintió tornarse rojo ante la rabia de ser engañada por el hombre que amaba.  Apretó sus puños fuertemente ante el recuerdo de ella tomando la perilla de la oficina, lo que la aturdió más por el hecho de que una simple placa de madera la había separado de la imagen de lo que más quería con otra mujer.

- ¿Por qué he de negarlo si ya descubriste todo? - continuó mientras se desabrochaba su camisa para dejarla en el sillón de la habitación. – No es como que sea un hombre deshonesto. -

-No. Solo eres un maldito infiel. -  Su mano se movió tan rápido que Elena no la vio hasta que el dolor en su rostro se hizo presente, tanto que juraba que se veía el músculo palpitando por el impacto, incluso sentía sangrar su mejilla. Sin querer se quebró y comenzó a llorar sin decir ni una palabra más. A esa altura ya no sabía cuál de todos sus dolores era peor.

-No querida. - se acercó despacio a su cara, le sonrió nuevamente, el aroma dulce había cedido ante algo amargo que llenaba el cuarto hasta lastimar los sentidos, algo podrido apestaba en la habitación que alguna vez se llenaba de caramelo. - Yo cumplí hasta donde me correspondía. Te tengo una casa, te tengo alimento, vestido, joyas y me tienes a mí. Y yo ya tengo lo que me correspondía de ti. -  pasó su mano por la mejilla golpeada de Elena sin que el dolor se fuera. Se separó de ella, la miró desde arriba y se regocijó ante lo vulnerable que lucía.

- ¿Y si yo no quiero seguir a tu lado? – dijo con el resto de valentía que le quedaba en algún lado, temerosa de recibir algún otro golpe.

-Creo que no lo has entendido. ¿Qué hará una mujer como tú sola? ¿De qué piensas vivir? ¿Qué dirá tu familia de ti? A parte… ¿qué no te has visto en el espejo? No podrías encontrar a alguien mejor que yo ni haciendo la mejor comida del mundo. - se detuvo, se acercó a su cara y le apretó la mejilla. - Ahora que lo pienso… supongo que no es tanto la posición que me da ser tu marido lo que mantiene contigo, sino que cocines tan bien. Así que sé buena esposa, querida, compórtate durante mi ausencia y cumple con tus deberes. -  Y así, sin más, se dispuso a dormir mientras ella salía de la habitación silenciosamente y sin decir nada.


Esa noche Elena no durmió, la opresión en el pecho era tan insoportable y el crujir estruendoso que se escuchaba con cada respiración que daba, le habían arrebatado el sueño, así que salió al jardín trasero a escuchar a los grillos que hacían sus canciones nocturnas, esperaba que alguna de esas canciones le sanara el alma o por lo menos mitigara la sensación de ahogo o que, por lo menos, el viento fresco de mayo le secara la hinchada cara y le quitara el ardor por las lágrimas. La peor parte de todo es que Álvaro tenía razón, en cada palabra venenosa suya había algo de verdad que Elena no dejaba de repetirse y de darle vuelta en su cabeza.


Sentada en la mecedora del jardín, estuvo atenta a todos los sonidos alrededor suyo cuando, de repente, los grillos cesaron para dejar en su lugar el sonido del pasto moviéndose. Elena notó de inmediato la ausencia de los grillos y buscó con la mirada de dónde provenía el crujir del pasto, pero la noche era tan densa que no lograba visualizar nada. Luego, hubo silencio. Se secó un poco la humedad del rostro y se enderezó en su lugar. Y volvió a escuchar el crujido, aunque ya no sabía diferenciar el crujir del zacate con el que venía de su pecho… hasta que el sonido se hizo más fuerte y ahora provenía del pequeño huerto de fresas que estaba al fondo del jardín. Buscó de nuevo entre la obscuridad la fuente de tan molesto ruido hasta que, por alguna razón, de entre la negrura del pasto con la noche, aparecieron dos ojos amarillos: brillantes, estáticos y pequeños que la miraban fijamente sin moverse, habían salido de repente como dos pequeñas linternas. No eran ojos de gato, no… eran de algo o alguien más y parecían hacerse más grandes pues se iban acercando. Fueron lo suficientemente perturbadores como para hacer que Elena se pusiera de pie rápidamente y que se metiera a la casa asustada, atrancando la puerta del patio. Esa noche no pudo conciliar el sueño, entre ojos amarillos que se paseaban por la casa y el arrastre de algo contra los muros y el suelo. 


Al día siguiente Álvaro se había marchado temprano a la oficina a preparar todo para su “viaje de trabajo”, mientras Elena dormía hecha un ovillo en el sillón de la sala. Ni atenciones ni palabras le fueron merecidas. El resto de la mañana se la pasó en camisón, incluso se había olvidado del animal de anoche que la había espantado, no tenía cabeza para nada y apenas si había dormido por culpa de los crujidos de su interior. ¿A quién podría recurrir de todas formas? No podía vivir como un fantasma, tampoco quería resignarse a una vida así con la persona que seguía amando. Es doloroso; querer tanto a alguien y que éste infrinja tal sufrimiento y no se altere ni disminuya el amor que se siente. Después de varias tazas de té, decidió que su madre era la persona más adecuada para aconsejarle, así que tomó el teléfono y giró el disco, temerosa por la respuesta que pudiera recibir. Luego de media hora de explicar entre sollozos y llantos intensos a su madre todo lo sucedido, ésta guardó silencio, para luego hablar con una tranquilidad impresionante:

“Déjalo. Tu sigue siendo la misma de siempre, demuéstrale que sus palabras, por más venenosas que sean, siguen siendo solo palabras, pero no permitas que te vuelva a tocar. Todo vendrá a su tiempo. Y más pronto que temprano sabrá lo que es el dolor, deja que sepa lo que es romperse desde el interior. Que su veneno y sus intrigas lo pudran desde adentro, lo infecten, le deshagan su cuerpo y le provoquen tal agonía que solo así sea consciente de lo que se siente morirse desde el interior. Déjalo. Nada puedes hacer más que esperar su castigo. Tú cumple como su esposa que eres. Al fin y al cabo, hija, no puedes hacer nada más…”


En ese momento una lágrima resbaló desde sus suaves pestañas húmedas hasta caer silenciosamente en la crema que preparaba para el postre.  No dejaba de repetir en su cabeza todas las palabras de su madre. Tenía razón, no podía hacer nada sin provocar todo un escándalo y quizás, pensó, era una etapa por la que pasan todos los matrimonios. Elena decidió, después de hablar con su madre, hacer lo mejor de su parte para superar esa fase. ¡Sabía que Álvaro la quería! Solo era cuestión de tiempo, solo necesitaba aburrirse de la tal Adriana y volverían las rosas, los abrazos de algodón, lo besos de miel, el aroma a cerezas. ¡La comida volvería a ser sabrosa! ¡Las mariposas podrían volar de nuevo! Arregló impecablemente su casa y ella misma se puso el vestido rosado que le gustaba a su marido. Así sería. Todo estaría bien.


Y con esa mentalidad comenzó a prepararle a Álvaro su postre favorito. De seguro ya vendría comido, pero aún así realizó la cena para él, poniendo especial esmero en el pastel de fresas que tanto le gustaba. Si lo pensaba bien, éste era el responsable de que él se enamorara, quizás surtiría efecto nuevamente y así podría regresar su felicidad, haría que el amor entrara de nuevo por su estómago. Pero esa idea no logró olvidar sus palabras llenas de desprecio mientras batía la crema, la hicieron distraerse tanto que se cortó en un par de ocasiones partiendo las fresas. Recordó el discurso de su madre mientras mezclaba la harina y tuvo que detenerse cuando iba a meter el molde al horno para respirar profundamente porque el crujido del pecho le lastimaba más que nunca, la opresión no cedía con nada. 


El bizcocho tardó más de lo usual en cocinarse, Elena ni cuenta se dio por estar sentada en el desayunador solo mirando su reflejo en el vidrio del horno, repasando todo, cada palabra, cada expresión, cada gesto, cada golpe, cada beso, abrazo, caricia y sonrisas (cínicas o no) que había recibido de Álvaro. Cuando recordó el pastel, corrió a sacarlo esperando encontrarlo quemado, pero no fue así. Estaba perfecto, esponjoso, suave y con un color caramelo claro. El cocinar el pastel no la hizo sentirse mejor, pero necesitaba distraerse. El único alivio es que no lo vería por semanas. Quizás todo cambiaría a su regreso. Y para cuando dieron las siete, llegó Álvaro, un poco más temprano de lo esperado. Como siempre, no hizo comentarios; ni de lo limpia que estaba la casa, ni de cómo lucía Elena, ni de nada. Eso sí, cuando vio cómo terminaba de embetunar el pastel y de decorarlo con los trocitos de fresas frescas del huerto, sus ojos se iluminaron como desde hace mucho tiempo no lo hacían.


Al primer bocado sintió la dulzura del pastel. Era lo único que toleraba de ella: los pasteles que hacía y en especial ese. Cerró sus ojos ante lo delicioso del sabor que se fundía en su paladar... luego sintió la acidez ligera de las fresas y el aire atrapado en el bizcocho que se deshacía en su boca. Luego, tomó otro pedazo con el tenedor y lo atrapo sin pensarlo dos veces y con la única finalidad de sentir el placer de su postre favorito. ¡Qué crema tan exquisita tenía el pastel! Se estaba tomando su tiempo en comerlo, sin dirigirle una palabra, mientras Elena permanecía sentada enfrente de él en el comedor, bebiendo de cuando en cuando el café que se había preparado. Elena no sería la mejor amante, pero su pastel de fresas y crema lo hacía enloquecer casi tanto como las aventuras fugaces que tenía en la oficina a la hora del descanso.  Todo transcurría normalmente, hasta que tomó el tercer bocado de pastel.


Fue entonces cuando algo extraño comenzó. Ya no sentía ni el dulzor, ni la agradable acidez ni aire esponjado ni nada. Sentía ahora sequedad, como si se hubiera metido a la boca un puño de arena y, de hecho, algo comenzó a obstruirle la garganta. Trató de escupir el pedazo de pastel, pero este había llegado lejos y para no ahogarse por la falta de aire, terminó de tragar para luego comenzar a toser. Estaba iracundo. ¡Algo le había puesto al pastel! Se levantó de su lugar rápidamente, hasta tiró la silla, estaba dispuesto a darle una paliza por tratar de envenenarlo y pudo notar el miedo asomarse en los ojos de su esposa mientras ésta, por el pánico, tiraba la taza de café, derramando su contenido y cayendo al piso para quebrarse. Pero antes de que pudiera dar dos pasos más, un espasmo violento lo hizo apoyarse de la mesa.


Ahora comenzaban los dolores. Solo bastó una lágrima de dolor en la crema para desencadenar una reacción de putrefacción interna en Álvaro. Apoyado en la mesa, apenas si alcanzó a sentarse ante los dolores y el cansancio extremo que comenzaron a agobiarlo. Se tocó el pecho, como buscando alivio, pues su corazón empezaba a palpitarle como nunca antes, apretaba al tórax, cada bombeo se sentía como agujas desgarrando hasta romper el tejido. Elena quiso, por un segundo, levantarse y ayudarlo, pero algo le clavaba los pies en el piso y solo se limitó a estar en su lugar.  


El dolor del corazón no se detuvo, al contrario, se incrementaba el insoportable agitar del mismo. Pero luego le siguieron cosas peores: se presentó el vacío dolor del estómago que se estremecía y hacia pequeño; los pulmones los sintió colapsarse, el aire ya no era suficiente. Pero Elena en vez de asustarse se quedó quieta, observando con Álvaro se retorcía en la silla, se apretaba el pecho, jadeaba con fuerza suplicante por oxígeno y con el vientre hinchándosele rápidamente hasta parecer un balón. Sudaba a mares y pronto el cabello perfecto se le pegó a su nuca, goteaba por la cantidad de sudor que expedían sus poros; sus ojos cautivadores se volvieron saltones y rojizos, ¡parecían que iban a salirse de sus cuencas! y su piel caramelo ahora era amarilla y enfermiza. Volteó con mirada suplicante a ver a Elena, pero esta solo cubrió su boca con su mano al ver que algo comenzaba a moverse en el estómago de Álvaro. Elena no podía moverse de su lugar, ni siquiera podía hablar. ¡Pero él gritaba de dolor!


El extraño objeto o lo que fuera se revolvía en el hinchado estómago, haciendo formas inquietantes que se veían por debajo de la camisa. Espantado y gritando de pánico, Álvaro se abrió la camisa con rapidez para dejar al descubierto su abdomen que se ondeaba y retorcía, después se podía ver cómo el bulto comenzaba a subir: primero por su torso y luego hasta llegar a su garganta donde se detuvo. Por un momento, el matrimonio creyó que sería un vomito que lo aliviaría y haría que todo regresara a la normalidad, hasta que el bulto comenzó su travesía por la garganta de Álvaro, quien solo pudo abrir sus ojos al máximo por el dolor que sentía, abrió su boca en busca de aire, jadeando y tratando de expulsar lo que fuera que estaba dentro.


 ¡Incluso Elena pudo gritar y acercarse ante el horror de su marido! Se colocó a su lado y estaba dispuesta a ayudarle a respirar, pero lo que la hizo retroceder fue que, de la boca enormemente abierta de Álvaro se veía la cabeza de un reptil que comenzó a asomarse, un reptil negro que Elena no supo diferenciar ante el miedo, pero cuyos ojos amarillos reconoció en seguida ¡Cómo olvidaría esos ojos! Ella retrocedió ante el animal que seguía avanzando, haciendo que la mandíbula del hombre estuviera al punto de separarse, obstruyendo el esófago, logrando que ya no pudiera respirar mientras agitaba sus manos con desesperación, presa del tormento por tener a ese animal dentro de la boca.


Por unos momentos Elena vio lágrimas de miedo en los ojos de Álvaro, pero no le provocaron nada en ella. Él trataba de decir algo, trataba de decirle algo a Elena, pero el animal o lo que fuera no permitía más que sonidos guturales. Entonces Álvaro posó sus dos manos con fuerza sobre la mesa, dió una arcada violenta al frente y fue cuando un crujido sonoro y estruendoso anunció que su cuerpo había cedido a la putrefacción. Elena se acercó temerosa, ¡Álvaro ya no se movía! Se había quedado ahí, de pie, con la mirada perdida, con las manos apretadas con tanta fuerza que se volvieron rojas, pero ya no se movía ni hacía sonido alguno, ninguna reacción.


Hasta que el cuerpo inerte cayó sobre la mesa haciendo sonar la vajilla, su cabeza quedó de lado apoyada en el cristal de la mesa del comedor. Y permaneció así, con los ojos llenos de miedo y húmedos por sus últimas lágrimas y su cara mostrando el terror de la muerte, mientras que sus ojos comenzaron a nublarse. Pero el animal no dejó de moverse y continuó su camino, por lo que, de su boca comenzó a salir, ahora sin restricciones, una enorme serpiente negra con brillantes ojos amarillentos.


El animal fue deslizándose lentamente desde la boca hasta salir completamente del cuerpo, era una enorme serpiente que casi llenaba por su longitud el comedor, pero no solo del cuerpo de Álvaro salió la víbora, sino también insectos y alacranes negros empezaron a emerger: por su nariz, los oídos, la boca, incluso pequeñas larvas negras se arrastraron por debajo de sus párpados. Sus dedos comenzaron a ennegrecerse y ponerse tiesos. Por un momento Elena pensó en salir huyendo ante semejante escena, pero algo le impedía irse, solo podía observar los ojos amarillos del reptil y gritar de terror. Cuando por fin sintió la necesidad de huir, vió cómo los insectos en cuanto salían y tocaban la mesa, se retorcían, morían y se quedaban tirados por el lugar, al igual que la serpiente que dejó de observarla, comenzó a dar vueltas y sacudirse hasta quedar tiesa y, después, a deshacerse en cenizas negras.


Elena se quedó quieta. Trató de regular su respiración mientras todo se volvía silencio después de los gritos de dolor de su esposo. Ella era libre. Ni siquiera se había percatado del sentimiento de aprisionamiento hasta que se sintió liberada. ¡Por fin era libre! La opresión del pecho se había aliviado y los crujidos cesaron su estruendo. ¡Podía volver a respirar! Ahora el único problema que veía Elena era que necesitaba inventar algunas excusas por la desaparición de su marido. Ya pensaría en algo mientras su esposo se deshacía en un montón de tierra negra, dejando como única huella en el mundo las ropas que ahora quedaban tiradas en el suelo. Ya después limpiaría aquel desastre con la aspiradora. Después de todo, tenía que cumplir con su deber de esposa.


Fin.



 [VZL21]Modificado

Dec. 9, 2018, 5:55 a.m. 0 Report Embed 0
The End

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Victoria Luna Escritora aficionada con muchas ideas en la cabeza esperando salir.

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