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La verdadera riqueza. De la Magia de la Magia


Short Story Not for children under 13.

#riqueza
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Desalia




Hace mucho tiempo, existió un reino entre valles, colinas y montañas. El viento delicado, las flores del campo, la serenidad de la vida fueron quebrantados por el inoportuno paso del carruaje real. A bordo iba la reina Georgina, el rey Alberto y su hija Miry, reprochando de nuevo a sus padres.

― ¡Entiendan!―gritaba enfurecida―. ¿Acaso no lo comprenden? Para mí no es suficiente con joyas desgastadas. Ya ni siquiera me agradan.

―Hija―replicó la reina―, en el reino no hay suficientes tesoros para complacerte.

― ¡Busquen debajo de las piedras!―se burló ella.

―Haremos todo lo posible―obedeció el rey a su consentida hija―. Para que seas feliz, tus deseos serán órdenes.

―Eso espero―se tranquilizó Miry.

―Hija, mira cuantas joyas tan hermosas tienes―señaló ella en su cuello―. ¡Son las perlas más lujosas del reino! ¡Mira estos diamantes resplandecientes!

― ¡Quiero más que esto!―se enfadó de nuevo―. ¡Quiero las joyas del mundo, todas para mí!

― ¡Eso es mucho!―se asustó la reina.

―Cumpliremos tu deseo cuando conquistemos al reino de Oder.

― ¡Alberto, no puedes decirle eso a nuestra hija!―pidió Gina―. ¡No debes hacerlo!

― ¡Silencio!―ordenó Alberto.

―Le estás haciendo mal a nuestra hija.

― ¿Acaso has olvidado las leyes? Tú tienes que obedecer, callar o sonreír. Es lo único para lo que existen las mujeres.

Gina calló de repente.

Era verdad; en su reino, ni la reina gozaba de voz en las decisiones, ya ni sobre su hija Miry que siempre exigía más de lo que sus padres podían dar. Gina hacía cumplir las leyes muy a su pesar desde que se casó con él. Era vital cumplir las más absurdas tonterías, vestir con las incómodas piezas diseñadas justo para aburrirse. Era el día a día de una reina. Gina prefirió no pensar más en el tema, dirigió su mirada a la ventanilla para contemplar el hermoso panorama que pocas veces podía respirar.

El carruaje siguió al interior del pueblo aledaño al palacio. Escoltado por tres hábiles espadachines, avanzó por las calles donde podían ver la realidad de los humildes habitantes de aquel reino antiguo. Algunos forjaban hierro y metales, otros vendían afuera de los mercados las frutas de temporada y algunos se atrevían a adivinar el futuro. Cuando pasaron por los locales lujosos, desde el carruaje, la princesa Miry exigió todo lo que deleitaba sus ojos.

― ¡Quiero esa vasija de oro!―señaló ella―. ¡Ese collar, ese vestido!

―Miry, ya tienes demasiados vestidos.

― ¡Mamá, eres muy injusta!―se quejó, para después señalar a una chica que caminaba junto a un gato―. ¡Por favor, yo no quiero parecer como esa plebeya sin vestidos!

Gina se molestó al ver que despreciaba a la una joven pobre de vestido parchado. ‹‹Quisiera comprar su pobreza››

El carruaje se alejó de la vista de Desalia para seguir su camino, Ella alcanzó a escuchar las palabras de la arrogante princesa.

―Iran, prefiero ser pobre a ser grosera ¿O tú qué opinas?―se dirigió a su mascota.

El gato levantó la cabeza y maulló mirándola.

―Déjame adivinar; lo más importante no es el dinero o el poder, sino quien eres.

Iran y Desalia caminaron juntos. Iran seguía reflexionando. En su mente brotaban tantas ideas como su dueña Desalia, quien estaba convencida de que el valor de cada ser humano no se medía con monedas. Al menos para ella, fue indispensable el sentido la libertad del alma. No se conformaba con seguir siendo pobre el resto de sus días; se despertaba la voluntad de salir adelante, para ella era más valioso que tener todas las joyas del mundo.

Desalia llegó junto a Iran a su trabajo, una repostería. Era la mayor alegría de su vida preparar postres, alegrías y memorias. Ese mismo día le avisaron que tendría que preparar un pastel para la reina Gina que cumplía años la próxima semana. Desalia se entusiasmó por saber que sería la afortunada de crear el esperado postre de la reina. Durante una semana, Desalia decoró el pastel con frutas, chocolates, galletas y fresas. Añadió 48 velas en los diferentes niveles. Estaba segura que la reina Georgina se sorprendería con el resultado.

El día de la fiesta, Desalia llevó el pastel desde las primeras horas de la mañana. Entró al lujoso castillo de decorados alrededor de la entrada y sobre las columnas, los muros y los pedestales de la fuente del jardín en la entrada. Bellos ejemplares de pinos exóticos rodeaban el palacio en la magistral atmósfera. Desalia se sintió en un mundo diferente al que ella le tocó vivir. No le prestó más importancia a los insultos de los guardias que la veían de mala manera por su humilde forma de vestir.

Iran acompañó a Desalia al salón. Lujos que jamás ella podía tener como los candelabros de oro y las joyas que decoraban cada una de ventanas, lucían junto al esplendor de los cojines y las sedosas telas de las mesas. Los invitados llegaban mientras que Desalia acomodaba el pastel que llevaba arrastrando sobre la bandeja con ruedas.

La reina Gina apareció entre los aplausos y sonrisas de los invitados que presumían sus mejores vestidos. Antes de que Desalia se marchara por la entrada, Georgina la reconoció; era la misma chica que Miry insultó. Deseó de nuevo ser libre como ella. Pagaría por dejar a un lado la hipocresía y las cadenas de su estatus social. Desalia estaba a punto de salir del salón cuando Miry se topó con la plebeya en la fiesta de su madre.

― ¡Saquen a esa plebeya de aquí!―ordenó a los guardias, señalándola.

Desalia no estaba segura sobre qué hacer en ese momento.

― ¡No!―gritó la reina―. ¡No dejaré que la toquen!

Los guardias obedecieron a Miry y se la llevaron fuera del castillo. Iran defendió a su dueña, subiéndose a las mesas y ensuciando los manteles junto a los cubiertos. Destrozó las finas copas de cristal ante el terror de los afamados invitados que no podían atrapar al gato intruso. Desgarró vestidos de fiesta y trajes de seda. Incluso arruinó el tocado de Miry, quien no se detenía a pensar en una forma racional de quitarse al gato de encima. Cuando terminó de vaciar su ira, Iran desapareció corriendo por la puerta trasera: la fiesta estaba arruinada, excepto el pastel que Desalia preparó para Gina.

Afuera del palacio, Desalia estaba triste por todo lo que sucedió. Estaba sola, sin Iran ni nadie. Necesitaba ser fuerte para volver a casa con la pena por haber provocado el caos en la fiesta tan esperada de la reina que solo la defendió. El tiempo no fue favorable. Pronto comenzó a llover. Caminó bajo la lluvia, a casa. Sentía el peso de la indiferencia y discriminación. Pero, ella no debía dejarse vencer por los sucesos de la vida. Volvió a pensar en que no era justo que los reyes sólo se preocuparan por sus problemas, viviendo a costa de los pobres habitantes de su reino, y encima de todo, los humillaran de esa manera.

Camino a casa, Desalia pasó por una zona rocosa. La lluvia deslavó el terreno. Ella resbaló y cayó al interior de la grieta hacia un abismo que apenas permitía ver la luz solar. Asombrada con los reflejos de las rocas, Desalia notó que estaba rodeada de las más hermosas gemas que jamás hubiera visto en su vida. La variedad era incontable; diamantes, esmeraldas, oro, plata, de todas las clases de perlas posibles. No comprendió el por qué aquellas hermosas joyas estaban acumuladas en un hoyo, guardó en su vestido cuanto pudo llevar a casa sin poder contener la emoción de contárselo a Iran.

En casa, Desalia buscó a Iran, quien llegó poco después que ella.

― ¡Iran!―lo abrazó, alegre de verlo―. ¡Es maravilloso tenerte de vuelta!―y lo abrazó. Después lo dejó en el sofá y le dijo―. Iran, ahora somos ricos en fortuna material―y le mostró un trozo las gemas que llevó―. Ahora voy a comprarte un abrigo para dormir.

Tanto ella como su gatito se miraron, felices. Ella volvió al trabajo junto a Iran. Era un día para celebrar.

Al día siguiente, Desalia e Iran volvieron al sitio donde Desalia encontró las joyas valiosas. Toneladas de ellas estaban en toda la caverna, sin límite para el brillo que emitían a causa de la luz. Ella fue preparada; llevó bolsas para llevarlas a casa.

Al regresar por las calles del pueblo, unos ladrones pasaron junto a ella sin imaginar la fortuna que llevaba en sus manos. Más adelante, pasó la princesa Miry junto a su prometido, el príncipe Onery del reino Saet en un carruaje de oro puro. En ese momento, a Desalia se le cayó una de las gemas. El príncipe notó la joya en el suelo debajo de Desalia.

― ¡Esa plebeya ha robado!―señaló él.

― ¿Qué?―se asombró Miry al notar que ellos no llevaban gemas alrededor del carruaje.

― ¡Revisen!―ordenó Onery.

De inmediato, los guardias detuvieron a Desalia y le quitaron sus bolsas. Desalia e Iran se asustaron ante la posibilidad de que los castigaran injustamente. Al abrir la bolsa, solo encontraron piezas de frutas y comida.

―Déjenla ir―ordenó Onery.

Desalia y su mascota Iran se miraron, sorprendidos.

―Estoy tan atareado con los preparativos de nuestra boda que veo joyas por ti―le dijo Onery a Miry.

Desalia e Iran siguieron su camino, sin atreverse mirar. Cuando llegaron a casa encontraron de nuevo joyas hermosas. Ellos veían oro donde otros veían otra cosa.

Sin dudarlo, Desalia le contó a Iran lo que haría con la fortuna a llevar a casa.

―Voy a repartirlo entre todos―dijo ella―, al fin podemos ser iguales. Nadie nos va a gobernar, ya lo verás, Iran, y este reino prosperará.

Pasaron los meses. Desalia e Iran sacaron las joyas del olvido y las llevaron al sótano. Cuando algún guardia los sorprendía, encontraban algo diferente; piedras, tierra, pan o trigo.

‹‹Por alguna razón no pueden ver las joyas››

Pensaba ella mientras en su sótano acariciaba la libertad anhelada a través de las joyas, sólo significaban que podría liberar a los demás a través de ellas. Era sólo la voluntad de poder rebelarse, al fin. Desalia y su mascota entraron al palacio justo en la fiesta de compromiso de Miry y el príncipe Onery donde todos los habitantes se reunieron a presenciar el enlace. Desalia pasó entre las miradas de otros y se dirigió al centro. Tomó la palabra y arrebató a Miry y Onery de su protagonismo.

―Soy Desalia, muchos me conocerán de aquí. Es necesario que me escuchen―señaló mientras que Miry y Onery se miraban. Los guardias no reaccionaron ante las órdenes de Miry cuando Desalia continuó―. No podemos vivir bajo la sombra de las nubes porque para todos es el brillo del sol. Aquellos que nos gobiernan deberían tomarnos en cuenta en sus decisiones. No somos felices, no es justo la forma de vivir que tenemos, esclavizados y humillados. Es nuestra decisión cambiar el conformismo por la acción ¿A todos nos gusta? Nos deben el poder a nosotros, no lo permitiremos más, todos debemos ser respetados…

Los otros habitantes del reino comenzaron a murmurar entre ellos; era verdad sus palabras. Querían hacer realidad sus más profundas reflexiones acerca de su lugar en el mundo. Muchos, motivados por Desalia, incluso los guardias reales se enteraron que en su pequeño reino aún reinó esperanza.

― ¡Es verdad!―gritaron en la multitud. Miry y Onery temieron. Eduardo llegó justo cuando los habitantes de su reino tomaban presos a la princesa vestida con telas doradas fabricadas con hilos de oro―. ¡Vamos por la libertad!

Incluso el rey fue detenido. La reina Gina se salvó sólo por petición de Desalia, porque era una mujer sencilla. Gina no se alteró por la captura de su familia, aunque le dolía en el alma que su pequeña fuera parte focal de la rebelión del pueblo.

― ¡Mamá!―gritaba Miry mientras se la llevaban junto a su prometido―. ¿No vas a hacer algo?

―Los siento, hija―decía ella mientras la veía alejarse enfurecida―. No puedo salvarte si tú no te salvas. Fue mi error no haberte educado cuando me necesitabas. Es mi culpa por escuchar la voluntad de tu padre y vivir a sus sombras.

―No se preocupe, Gina―le habló Desalia―. Su hija estará bien.

Gina soltó el llanto cuando encerraron a su esposo, yerno e hija, quienes soltaban maldiciones y amenazas. Gina sentía tristeza y alegría al mismo tiempo.

―Era necesario―se dijo a sí misma―. Gracias, Desalia―le sonrió mientras la abrazaba―. Siempre deseé ser libre. Y ahora lo seré.

Al día siguiente, Desalia repartió las riquezas de forma igual entre todos. Iran la acompañó mientras la fila recorría la calle de su casa.

―No solo las joyas son valiosas, lo son nuestros corazones y nuestras almas cuando hacemos bien a los demás; eso es lo que pocos pueden ver; la verdadera riqueza.

Dec. 5, 2018, 7:48 p.m. 0 Report Embed 0
The End

Meet the author

Karen Straight Creadora de mundos desde el 2004 gracias a las películas, libros y series a mi alcance. Cazadora de inspiración en la vida despierta y en el universo onírico; la inspiración está en todas partes. Me fascinan los libros digitales e impresos, aunque si un buen artículo se me atraviesa, me entretiene tanto como un videojuego o una canción. Me gusta dar lo mejor de mí en todo lo que hago; siempre agradezco todos los consejos que me brindan para crecer como autora y dibujante.

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