Dos Caras Follow story

idaly-vega1539731263 Idaly Vega

La amargura y el orgullo son hermanos gemelos; el mal humor y la irritabilidad son sus inseparables acompañantes. — Hermana Teresa de Calcuta.


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El pasillo

El pasillo blanco, libre de color o mancha alguna resplandece bajo la luz de las linternas que recorren todo el techo. Varios enfermeros y una sola enfermera caminan presurosos pero firmes, con las barbillas alzadas alardeando de sus puestos. El sonido de sus paso parecieran ser los pasos de soldados marchando al campo de batalla, y tal vez eso sea. No muestran titubeos.

Dentro del pequeño circulo que forman las personas de blanco se sitúa una figura menuda, ésta avanza con desgano y la mirada baja. Su larga cabellera rizada azabache no deja ver rasgos de su rostro, las pocas personas en el pasillo se apartan enseguida al verlos pasar haciendo que el ego de esas personas solo vaya en aumento. Todos susurran cuando los ven alejarse. Una de las linternas falla al final del pasillo justo donde se encuentra una puerta de metal con una sola ventanilla que a simple vista se puede deducir que es para entregar la comida y evitar fugas; la figura levanta la mirada lo justo para ver la puerta y cuando la ve no tarda en levantar la cabeza como si le hubiesen dado un tirón de cabello.

Grita y empuja a los lados a los enfermeros tratando de escapar, la constitución física de estos le llevan mucha ventaja es imposible que logre escapar, algunos se alejaron cuatro pasos de ella cuando fueron empujados y varios tropezaron cayendo directo al piso, los que quedaron en pie no tardaron mas de 2.7 segundos en volver en si y correr tras ella sujetándola de ambos brazos por solo un hombre mientras que los demás detienen las patadas.

— ¡Suéltenme por favor, les juro que es verdad! 

La mujer enfermera se levanta de manera ágil ya que fue una de las victimas cuando otro de los enfermeros trastabillo empujándola, alisa su vestido y acomoda en su lugar su cofia como si nada de aquello hubiese ocurrido. Camina hacia el pequeño quien ahora suelta gruñidos bajos mezclados con gemidos de dolor, el hombre que le sujeta hace mas fuerte su agarre doblando asi sus brazos; cuando los otros ven que la mujer se acerca a ellos tanto el pequeño como ellos se quedan inmóviles, su cabello rebelde y rizado cubre su rostro y su boca emite un gruñido mas fuerte. 

El pequeño tiene que levantar la mirada para poder ver a la enfermera a los ojos diciéndole con los suyos "te reto". La mujer mira desde arriba y arquea una ceja, una acción que muestra que no piensa dejar que un mero niño le falte al respeto.

— Guarda silencio. — sisea la mujer alzando su mano, la deja caer y toca la mejilla del niño. La bofetada sonó por todo el pasillo. Los hombres se apartan enseguida cuando ven que la mujer ya ha calmado al joven rebelde.

Ella pasa por el entre ellos dando una ultima orden siguiendo el camino de regreso sin mirar atrás, — Encierrenle.

Los hombres levantan de los brazos al niño muy bruscamente y como puede les hace difícil la tarea, sus patadas y gritos se vuelven frenéticos, sin control alguno, solo para atrasarlos un poco mas. Sus gritos sin sentido se convierten en suplicas, y de estas pasaron a plegarias. Sin dudar por el acto, los hombres abren la puerta metálica haciéndola rechinar. Dos hombres son necesarios para abrirla, su peso es notablemente excesivo ya que deja marca en el piso al abrirse. 

La puerta metálica cuando es completamente abierta deja ver una oscuridad nunca antes vista por el pequeño, y eso le asusta. Sus rezos aumentaron, y su confesión salio sin haberlo deseado.

— ¡No he sido yo, se los juro; tienen que creerme!
Y tras la confesión del pequeño los hombres se miraron entre si, sus rostros ni sus ojos muestran sentimiento. Unos a otros asienten, y por un momento el pequeño dejo salir el aire aliviado, pero cuando vio a los dos hombres colocarse detrás de la puerta la pequeña chispa de esperanza que había nacido murió en ese mismo instante.

Cuando ve que solo queda poco menos de la mitad de la puerta por cerrarse se abalanza contra ellos, uno de los hombres lo empuja fuerte y el pequeño cae  lejos de la puerta, se incorpora y mira la mitad del rostro de uno de los hombres.

— Piedad, ayúdenme... ¡Por dios que digo la verdad!
Sin importar la suplica del pequeño, la puerta se cierra por completo y el niño llora y grita por ayuda; el sonido de llave resuena tras el impacto de la puerta al cerrarse. Uno a uno se marchan de aquel pasillo blanco, y lo único que queda son los gritos de dolor y terror procedentes del otro lado de la puerta metálica.

¿Qué es lo que hay allí que hace doler al niño? No lo sabemos, y probablemente jamas podamos saberlo.

Después de todo, nunca nadie ha regresado bien tras haber entrado en esa profunda oscuridad, y si lo hacen... Ruega a dios por no cruzar camino con ellos.

Oct. 25, 2018, 8:57 p.m. 0 Report Embed 0
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