EL OBITUARIO DEL MARTES Follow story

pbjmiguel25 Miguel Sierra G.

Luisa y Fernando son la pareja perfecta, con el trabajo perfecto... ¿O no? ¿Hay algo más detrás de eso que cada uno ve en el otro?


Short Story Not for children under 13.

#obituariodelmartes
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EL OBITUARIO DEL MARTES

Luisa ya lo sabía. Mientras sentía el viento en la cara y uno que otro mechón de cabello bailándole delante de los ojos, recordó la última vez que habló con Fernando en el restaurante del centro, ese que tanto le gustaba con las mesas bajo el toldo blanco y la música de fondo, con los meseros perfectamente uniformados y las bandejas resplandecientes con las copas de cristal tallado y el vino tinto fresco lanzando suavemente su aroma a la corriente de aire que se colaba a través de las plantas que separaban las mesas. Era un aroma agradable que invitaba a degustar lentamente el contenido de las copas, perfectamente alineadas y centradas en la bandeja y listas para aterrizar en las mesas de la parte exterior del restaurante. Ese día Fernando llevaba una corbata de algún tono pastel que contrastaba con la camisa y que se escondía entre un traje que encajaba perfectamente con su portador. Cada pliegue, cada detalle, parecía diseñado exactamente para combinar con el cuerpo y la personalidad de Fernando; ella lo sabía y era lo que más le gustaba.

Al entrar a la oficina, como a las nueve, escuchó las correrías de algunas secretarias en los pasillos contiguos. Miró el reloj, pensando que quizá era más tarde de lo que ella pensaba. El teléfono sonó tres o cuatro veces antes de que pudiera contestar la llamada. Puso el auricular en su hombro derecho y escuchó atentamente mientras sostenía en la mano la taza de café que todas las mañanas le entregaba Amanda, una mujer con expresión de piedra y manos delgadas pero fuertes, decoradas con un impecable manicure francés que hacía el mismo ejercicio todas las mañanas a la hora que llegara, fueran las nueve, las ocho o las siete, como casi siempre todos los días. Del otro lado de la línea la noticia no se hacía esperar y comprendió el porqué de las secretarias corriendo de un lado para otro, presurosas y alborotadas. Dejó la taza rápidamente, casi que derramando el café sobre el escritorio y arrojando el bolso sobre la silla ejecutiva que estaba parcialmente oculta en el habitáculo del mismo. Se sumó al frenesí de los de afuera, a la carrera desordenada y desesperada de los que ya habían recibido la noticia y que bruscamente transformó la rutina aburridora de la oficina en algo similar al pánico, a una especie de miedo que los hacía correr al parecer sin un rumbo determinado.

Fernando siempre fue alguien con un sentido del orden y la disciplina impecable. Sus horarios eran calculados tan minuciosamente que no había lugar al retraso más mínimo. Siempre llegaba quince minutos antes a cualquier compromiso que tuviera y su lenguaje era tan elaborado, tan preciso, que sus charlas eran seguidas de manera atenta y confiada por cualquiera de sus interlocutores, fueran ejecutivos, políticos o clientes. Pronunciaba cada palabra en el momento exacto, una alabanza o una crítica eran igualmente apreciadas y seguidas como una orden o una delicada instrucción. Era un conocedor de la buena vida, culto y atractivo, adinerado y poderoso. Cada movimiento en la compañía se hacía bajo su rigurosa tutela y cada reporte que se presentaba pasaba por sus manos y su mirada aguda e inteligente. Cada transacción le era consultada y cada inversión de la compañía llevaba estampada su firma en señal de respaldo y confianza. Siempre fue así y siempre lo sería, Luisa lo supo desde el primer momento. La primera vez que salieron fueron a un bar ubicado al norte de la costa, cerca de una playa de arenas blancas y solitarias contiguas al hotel cinco estrellas en donde Fernando la alojó para hacerle el amor la primera de muchas veces. No fue fácil para ella y no fue tan difícil para él, que en tantas ocasiones había hecho lo mismo con otras. Todos lo comentaban casi en secreto, cuando no había nadie que pudiera escucharles ni reprocharles. Pero en su caso, nadie lo supo, fue tan hermético todo que no había la más mínima sospecha de que ella hubiera sumado su nombre a la larga lista de conquistas, de premios de cacería, de rapiña humana.

Siempre tuvo la sensación de que Luisa iba a aceptar; todo estaba listo, cada detalle en su lugar, desde el discurso minucioso que había preparado, los papeles y documentos que servirían como soporte, los tiquetes aéreos, la reserva hotelera en el caribe, el automóvil deportivo y flamante que los llevaría al último destino y el amor, ése que con ahínco deseaba hacerle cuando todo terminara y la vida fuera color de rosa, arena blanca otra vez y un mar azul inmenso como él, sobretodo él, lo merecía, pues para sí mismo era lo más importante, lo único importante. Almorzaron langosta y un vino español, su favorito; Luisa tenía puesto un vestido ceñido al cuerpo, ese cuerpo que lo enloquecía, que lo incitaba a soñar. Un prendedor de oro que él le había regalado decoraba un poco más arriba del busto y un maquillaje suave torneaba su rostro fino. Almorzaron en medio de la conversación, de los horarios y de las instrucciones precisas, de la música de jazz y del sonido de la cucharilla en la taza de café de la mesa de al lado. Todo estaba listo para ser perfectamente ejecutado, Luisa lo entendió así y estaba dispuesta a hacer el movimiento que los llevaría a la vida planeada por Fernando, lejos de todo lo que los rodeaba hasta ahora. Fernando la besó en la boca; un beso largo y delicadamente sellado contra sus labios carnosos y perfectos. Así terminó la velada para Fernando, en expectativa por lo que unos meses después sería lo más importante en su vida ególatra y chauvinista, y así terminó para Luisa, aceptando algo que la llevaba al borde de un abismo que la podría hacer caer hasta lo más profundo de su desesperación y de los propósitos de Fernando.

Entró a la oficina de gerencia y aprovechando el caos que había dejó, sin que nadie lo notara, el sobre con los informes financieros falsificados, con los estados de cuenta alterados y con las falsas pruebas que incriminaban al gerente de la compañía, que para entonces se hallaba de regreso en el primer vuelo de esa mañana a la ciudad. Salió cerrando la puerta tras de sí y se dirigió a recoger sus cosas, listas desde hacía unos días para el viaje a una de tantas juntas a las que comúnmente la enviaba Fernando en representación suya. Las cosas iban saliendo de manera casi natural, fluían con el paso de las horas y Fernando no se encontraba en la compañía, pero sabía cada uno de los movimientos, consultas y llamadas que se efectuarían desde allí en un desesperado intento por descifrar que era lo que estaba sucediendo con las cuentas y los informes financieros. Todo fue tan hermético, tan preparado, tan despiadado que nadie siquiera sospecharía de todo lo que Fernando hizo durante meses para provocar tal desfalco y tampoco llegarían siquiera a mencionar su nombre como sospechoso de lo que estaba sucediendo. Su inteligencia y sagacidad le habían dado el fruto que su ambición reclamaba desde hacía mucho tiempo. Luisa, por su parte, estuvo tres días en la junta central organizada por varias empresas asociadas, alejada de las sospechas y con cierta incertidumbre por lo que sucedía en la compañía. Los dineros estaban seguros, consignados en una cuenta que sólo Luisa y Fernando conocían, la cual había sido gestionada por Luisa en un banco extranjero.

Con el viento en el rostro, su expresión lo dijo todo. Lo miró fijamente y aunque nunca le dijo lo de la transferencia, Fernando lo supo al instante. - ¡Perra! - fue lo único que atinó a decir, mientras ella sujetaba el volante con firmeza. Uno que otro mechón bailaba frente a sus ojos. Imaginó que su hermana estaría bien, que su sobrino estaría bien, nada les faltaría, nada de lo que Fernando nunca les dio. Lo demás lo compraría el dinero. Los titulares en primera página daban cuenta del desfalco y del arresto del gerente, la última víctima. Ellos salieron en la tercera página, en el obituario del martes, donde todos llorarían a Fernando, el líder carismático y ejecutivo exitoso que había perdido el país, mientras ella, su minúscula, casi insignificante asistente, de cuyo nombre ni se acordaban, tenía una línea debajo del título principal del obituario. 

July 31, 2018, 12:30 a.m. 0 Report Embed 0
The End

Meet the author

Miguel Sierra G. Nacido en Bogotá, Colombia. Docente de lenguas, escritor, contador de historias, transeúnte de la vida. Escribir y respirar son lo que me permite existir. La palabra escrita es mi voz, mi patria, mi espada y mi corazón. Espero de corazón que quienes me lean, lo disfruten.

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