Hojas de invernadero Follow story

moccena Mónica Cristina Cena

Mariana es una joven mujer que ha tenido que aprender a enfrentar sola las dificultades de la vida. ¿Qué hará cuando parece que la historia quiere repetirse?


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#Violencia-de-género #terror #acoso #thriller #suspenso
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HOJAS DE INVERNADERO

El teléfono no paraba de sonar. Del otro lado de la habitación, atrás de la columna, Mariana intentaba controlarse. No era la primera vez que tenía un revólver en la mano, pero frente a Luis temblaba como una hoja.

Tiene un arma en la cintura, pensó. Lo adivinaba por la forma de su camisa.

¿Cómo carajo llegamos a esto?, se dijo casi llorando. Una sensación de frío y calor la desestabilizó.

—Mariana —dijo Luis—, tenemos que hablar.

—¡No tenemos nada de qué hablar! —le gritó desde atrás de la columna—. ¡Andate de mi casa!

—Mariana, podemos empezar de nuevo —insistió él—. Como aquel día.

—¿Empezar qué, estúpido? —le gritó—. ¡Nunca hubo nada! Aquel día no pasó nada —y sollozó.

Aquel día fue una tarde de invierno, en una de las clases de teatro que daba Mariana en el club de su barrio.

Recién salida del conservatorio, lo poco que cobraba allí le servía para mantenerse hasta conseguir algún papel de reparto. Preparaba pequeñas obras con un grupo de jóvenes que preferían el escenario antes que estar en una esquina tomando cerveza. Todos menos Luis. Él decía que tenía “verdadera vocación de actor”.

—Hoy vamos a probar una obra nueva —había dicho Mariana aquella vez mientras les repartía las hojas del nuevo libreto—. Luis. —Miró al muchacho que estaba sentado separado del grupo—. Luis, ¿te gustaría ser el protagonista junto con Carla?

A Luis le brillaron los ojos, un chico que ha sacado la sortija en la calesita. No dudó en aceptar el ofrecimiento, a pesar de que su compañera se mostraba reacia a formar pareja con él. La pobre Carla buscaba por todos los medios sacarse al pibe de encima, pero Mariana insistía porque le gustaba la imagen que daban los dos juntos.

Era una obra donde un grupo de jóvenes se divertía en un parque, y luego los protagonistas tenían una escena romántica en un invernadero.

Los actores fueron ensayando sus parlamentos con bastante fluidez; pero, cuando llegaba la parte de Luis y Carla, se perdía la magia.

—Carla, querida —dijo Mariana desde la butaca—, necesitamos más sentimiento. Imaginate: se aman, están solos en un invernadero refugiándose de la tormenta y aprovechan la situación, ¿entendés?

—No, Mariana —dijo Carla con fastidio—. No sé qué querés, ¿por qué no me lo mostrás?

A Mariana no le gustó el modo en que le habló la chica, pero igualmente le mostraría ella misma lo que esperaba ver en la escena.

—Carla —le dijo—, fijate: son dos enamorados. Debe haber miradas, manos. Actitud corporal que diga más que las palabras.

Fue un error. Como profesora, se había esmerado en actuar, mientras que Luis había vivido cada palabra.

La clase continuó como siempre: con el comentario de la obra y el aporte de cada uno para mejorarla. Todos participaron, menos Luis. Él permaneció en un rincón con la mirada fija en Mariana.

—¿Te sentís bien, Luis? —le preguntó ella. La ponía nerviosa esa mirada oscura y sin vida con la que la seguía a todas partes.

Él apenas respondió con un movimiento de cabeza. Ella sabía que el muchacho era un poco raro, pero nunca lo había visto así.

El grupo se fue retirando, mientras Mariana recogía sus cosas. Le quedaba ir al vestuario a ponerse el abrigo, ¡y jornada terminada!

Al pasar por el bar del club, se encontró con Luis.

Parecía que la esperaba.

Estaba en una mesa tomando una gaseosa. Lo vio sudoroso, temblando, con un gesto forzado, como risa contenida.

—¡Mariana! —le dijo cuando ella se acercó—. Vení, quiero hablar un minuto con vos.

—Tengo un ratito, contame —le dijo mientras se sentaba frente a él.

—Quería decirte que... —se detuvo. Parecía que se había arrepentido.

—Decirme, ¿qué? —Lo animó con una sonrisa.

—Lo de hoy fue maravilloso. Me sentí… especial.

Mariana lo miró con indulgencia.

—¡Bien! Significa que vas tomando confianza en vos mismo.

—Sí, sí —repetía mientras revolvía la gaseosa con el sorbete—. Fue muy real. Sí: real.

—¡Eso, Luchito! No me aflojes, eh —le dijo mientras se levantaba y salía casi corriendo—. Me tengo que ir, estoy apurada.

Y se fue.

—¡Mariana! —oyó que él le gritaba—. La próxima te invito a una Coca.

Mariana apenas levantó la mano desde la vereda para saludarlo.

En la siguiente clase, Luis se mostró muy diferente. Había llegado bien peinado, perfumado y con una flor. Sus compañeros lo miraban y se codeaban tentados de risa, pero él no dio señales de que le importara.

El ensayo fue bastante complicado: distraídos, conversaban a los gritos en pequeños grupos. Todos menos Luis. Él estaba en un rincón, sentado, con la mirada fija en Mariana.

—¡Vamos a la escena del invernadero! —dijo ella luego de un rato de ensayo.

—Carla se fue, profe —dijo uno.

—Okey —dijo Mariana—. ¿Quién la reemplaza?

Ninguna compañera quiso ocupar el lugar de Carla.

—¿Nadie? —insistió Mariana—. Bien, lo dejamos para la próxima

La cara de Luis se transfiguró y, sin dar explicaciones, se fue del salón.

Cuando terminó la clase, Luis estaba esperándola en el bar del club. Tenía dos latitas de gaseosa en una mano.

—¡Mariana! —le gritó al verla.

—¿Qué te pasó, Lucho? —dijo acercándose.

—¡A vos qué te pasó! —le dijo él agarrándola de un brazo—. ¿Por qué suspendiste la escena del invernadero?

Mariana quiso ignorar la situación y seguir su camino. Él la retuvo apretando más el brazo.

—¿A qué tenés miedo, nena? —dijo Luis entre dientes, rozándole la mejilla con los labios.

—¡Pará, Luis! —dijo ella zafándose—. ¡No me podés hablar así! ¿Estás loco?

Hubo un incómodo silencio. Hasta la poca gente del bar quedó muda mirándolos.

—Es cierto…, perdoname —dijo Luis suplicante—. ¡Por favor, perdoname!

Mariana estaba confundida. Nunca hubiera imaginado esa actitud en él. Eso era lo que más la asustaba.

—No sé qué me pasó, Mari, si sos un ángel, sos divina. ¿Cómo te pude hablar así? —Le ofreció una latita—. ¿Me perdonás?

—Mirá, no tengo tiempo para sentarme a tomar nada. —Rechazó la latita—. Te agradezco.

Mariana tenía bronca. Ya bastante había soportado el descontrol de la clase. ¿Y ahora, esto?

—No importa —insistió Luis con una sonrisa—. Llevala y tomala por el camino. Dale…, aceptámela.

—Okey —dijo Mariana agarrando la Coca—. Te ruego que trates de controlarte. No me gustaría que perdamos la amistad.

Mariana lo dijo en tono de advertencia. Sin embargo, pareció que Luis había entendido otra cosa: se le iluminaron los ojos, y con una amplia sonrisa se le acercó al oído y le dijo:

―Te lo prometo: amigos para siempre.

Ya en su casa, Mariana le dada de comer a Misha, mientras intentaba descifrar lo que había vivido. Su gatita de angora no hacía más que refregarse entre sus piernas.

Este pibe está loco, pensaba. Y se miraba el brazo con miedo a que le salieran moretones. Eso la enojaba: ¿qué derecho tenía él para agarrarla de esa manera?

Prendió la estufa, la luz de la mesita ratona y se recostó en el sillón para relajarse un poco. Le dolía la cabeza. La situación con Luis le trajo recuerdos que creía sepultados.

Al rato, se levantó y vio el desastre que había dejado en la cocina.

Quizás limpiando un poco me distraiga, pensó.

—Quedate acá, Misha, no salgas —le dijo a su gatita.

La minina apenas la miró, pero a Mariana le bastó para no sentirse tan sola.

—Saco la basura y vuelvo.

El viento frío le mordió la espalda, y se arrepintió de no haberse puesto más abrigo.

—¡Mariana! —un grito desde las sombras la paralizó. Era Luis que lentamente fue saliendo a la luz con la estúpida flor en la mano.

—¿Qué hacés acá?

—Te olvidaste la flor en el salón.

—No me olvidé nada, era para ensayar, ¿o no?

—Era para vos, Mari.

—No, Luis, no —levantó la voz—. No quiero que me regales flores.

—Pero…, Mariana.

—¡No! —lo interrumpió—. No digas nada. Dejá las cosas así y no vengas si no te invito.

— ¿Nos vemos la próxima? Necesito hablar con vos.

—Sí —dijo ella cerrando la puerta—. En la próxima hablamos.

Pero no habría tal próxima.

Una de las cosas que a Mariana le gustaba hacer era planificar minuciosamente las compras para la semana. Luego las ordenaba en la alacena por fecha de vencimiento.

Distraída, miraba una caja de cereales en un supermercado, cuando la voz de Luis la sobresaltó.

—¡Hola, Mariana! Qué casualidad, ¿no?

Mariana apenas respondió al saludo y empujó el carrito hacia la caja.

En el estacionamiento, acomodando las cosas en el baúl, vio a Luis acercarse a paso vivo.

—¿Te ayudo?

—¿Luis, por qué me estás siguiendo?

—No, Mari, no te sigo. Somos amigos, ¿te acordás? Siempre estaremos juntos.

—Estás confundido —dijo Mariana subiéndose al auto—. Por favor, no me sigas más.

—¡Tenemos que hablar! —gritó Luis, y de un salto se puso delante del auto.

—Correte —dijo ella, poniendo primera.

—¿Mañana?

—Correte, o te paso por encima —gritó Mariana haciendo sonar el motor.

Desde el otro lado del parabrisas, Luis la miraba desafiante, con una mirada oscura. Mariana empezaba a conocer esa mirada.

Parecía que él no tenía intenciones de moverse, pero al final se hizo a un lado descargando toda su furia contra el capot.

Como una película sin fin, imágenes de una vieja historia volvían a Mariana. La vida con Jorge le había dejado marcas muy profundas. Heridas que, sentía, querían volver a abrirse.

Recordó cuando se conocieron con Jorge, lo amable y cariñoso que era. “Mi chiquita”, solía decirle, y con esas dos palabras la hacía sentir protegida, amada. Quién hubiera dicho que todo cambiaría de un día para el otro.

—De príncipe azul a verdugo —dijo. Y rompió en llanto—. Hijo de puta.

Tenía mucha bronca. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano como si de esa manera pudiera borrarse la imagen de Jorge. Y sin pensarlo más, llamó al presidente del club para decirle que no iría a dar clases.

—Es por mañana nomás —le dijo como excusa—. Estoy engripada, nada grave.

Durante todo el día siguiente se sintió rara, no sabía por qué.

Y quedarse en casa a la hora de la clase, la hacía sentirse peor. Se sirvió una copa de vino, la buscó a Misha, y se acomodaron cerca de la estufa para ver una película. Pero decidió cobijarse cerca de la estufa, con Misha.

—¡Mariana! —el grito llegó desde la calle—. ¡Me mentiste, Mariana! —¿La llamarían a ella, a otra Mariana, o acaso el grito venía de su imaginación? —. Dijiste que íbamos a hablar y no viniste ¿Por qué me hiciste eso? ¡Soy tu amigo!

Mariana se asomó por la ventana y vio a Luis. Sí, era él en persona. Y apretaba algo en la mano: una piedra. Parecía que tenía intenciones de arrojarla contra su casa.

Inmediatamente llamó al 911.

Pero cuando llegó la Policía, Luis ya se había ido.

—¿Tengo que hacer la denuncia en la comisaría, oficial?

—No —contestó el policía sin mirarla—. No sufrió daños, no la amenazaron… Espere a ver qué más hace ese sujeto. A lo mejor estaba borracho, y mañana más fresco le pide disculpas. —Y mientras se subía al móvil, la aconsejó—: Cualquier cosa, vuelva a llamar.

Mariana quedó sola, en la vereda, mirando cómo se alejaba el patrullero.

No hicieron nada, pensó. ¿Qué esperaban, que me mate delante de ellos?

Me dejaron sola… ¿Y si vuelve?

Tengo que estar preparada por si viene otra vez. Rápidamente se encerró en su casa y verificó que todas las puertas y ventanas estuvieran bien pero bien cerradas.

Estuvo un rato con las luces apagadas, mirando desde la ventana de la cocina, esperando ver la silueta de Luis entre las sombras. Pero no apareció.

—Mejor me acuesto —dijo—. Vamos, Misha.

La minina era lo único bueno que podía rescatar de su vida con Jorge: se la había regalado él para su cumpleaños, y desde entonces fue la mimosa de la casa.

Se acurrucó en su cama ilusionada con que el ronroneo de su gatita la ayudaría a relajarse. Sin embargo, cuando por fin logró dormirse, volvió a tener aquel sueño recurrente que la había atormentado durante años: corría en un bosque, y un hombre sin rostro la perseguía. Ella tropezaba con unas raíces y caía al barro. Y en el momento en que él la alcanzaba, cuando iba a atraparla, ella despertaba sobresaltada. Nunca veía quién era él, pero esta vez estaba segura de que era Luis, podía reconocer su voz llamándola.

A las seis de la mañana, recibió un mensaje de texto de un número desconocido.

Siempre estaremos juntos

Era una frase de la escena del invernadero.

—¡Hijo de puta! —gritó—. ¿De dónde sacaste mi número?

Se levantó pensando en que tenía que hablar con alguien. ¿Pero, con quién? Tati, se dijo. Aunque después de lo de Jorge, su amiga se había distanciado un poco.

La llamaría de todos modos: era la única amiga que la comprendía, siempre había estado, incondicional, especialmente durante la separación de Jorge. Juntas podían encontrarle la solución a todo.

—¡Hola, Marianita! —dijo Tati cuando entró en la casa—. ¿Otra vez pachucha? —La abrazó—. ¿Y Misha? ¿Cómo está mi princesa?

Levantó a la gatita.

—Bueno… —dijo Mariana cruzándose de brazos—, parece que te quiere más a vos que a mí.

—No seas celosa. —Tati dejó a Misha en el suelo—. Dale, Marina, hacete unos mates y me contás todo.

Fue una tarde de reencuentro, en la que Mariana recuperó la sonrisa.

Durante los días siguientes, trató de estar acompañada el mayor tiempo posible: o visitaba a Tati, o Tati venía a su casa.

Luis no había vuelto a aparecer.

Esa tarde fría y gris, Mariana no tenía ganas de salir. Así que le escribió un mensaje de texto a Tati para organizar algo divertido.

Te espero con unas pizzas y una peli? dale Tati

Lo releyó mientras le hacía mimos a Misha, y lo mandó.

Al rato, Tati la llamó al fijo.

—Uh, amiga, no te enojes: hoy no puedo ir. ¡Salgo con mi Superman!

—Está bien —dijo Mariana, tratando de disimular la decepción.

—No te enojás, ¿no?

—No, no, para nada.

—¿Por qué no vas a lo de…?

—… no te preocupes, Tati. Voy a estar bien.

—¿Seguro? —insistió su amiga—. Ahora me siento mal.

—Quedate tranquila —dijo ella riendo—. Parece que el cuco desapareció. Pasala lindo.

En los últimos días, Mariana se había acostumbrado a la presencia de Tati. Y ahora no sabía qué hacer con su soledad. Caminaba de un lado a otro de la casa como león enjaulado.

—¿Y si aparece Luis? —pensó en voz alta—. ¿Y si sabe que hoy estoy sola? Debe estar enojado. El otro día estaba furioso, me abolló todo el coche… Basura. Y dice que quiere hablar conmigo. ¿De qué quiere hablar? Así empiezan estos tipos… Así empezó Jorge ¡Pero yo no quiero hablar con él! ¿Para qué? ¿Qué me va a decir? Se calentó conmigo, eso es. Y bueno, que se joda…

Estos tipos son peligrosos, tengo que tener cuidado. Son capaces de cualquier cosa, como Jorge.

—¡Basta, Mariana, basta! —gritó.

Respiró profundo.

—Tengo que pensar en otra cosa —dijo ya más calmada—, o me voy a volver loca.

Recordó que tenía una novela a medio leer. Le pareció buena idea aprovechar la noche para terminarla.

Me fumaría un pucho, pensó. Hacía años que no fumaba.

—¡Ma’ sí! —dijo agarrando la billetera—. Uno, después de tanto tiempo, no me va a hacer nada.

En el quiosco se quedó un rato charlando con Ramiro que quería convencerla de que en vez de cigarrillos comprara caramelos. Lejos de conseguirlo, ella terminó comprando las dos cosas.

Cuando entró en su casa, escuchó un tintineo que le llamó la atención. Era Misha que se estaba rascando un collarcito rojo con un cascabel.

—¿Y ese collar, Misha? —le dijo mientras se lo sacaba y descubría que el cascabel tenía forma de corazón—. ¿Quién te puso este collar?

Mariana quedó un rato en silencio mirando el collarcito de la gata. Sintió frío, como si la estufa se hubiera apagado.

Se sentó en el sillón, puso la novela en la falda, agarró el teléfono y le mandó otro texto a Tati:

Gracias por el collarcito de Misha

Tati contestó en otro mensaje:

Que collar?

—Hijo de puta… —dijo Mariana entre dientes. Estaba furiosa y, sin darse cuenta, tiró la novela al suelo.

Paralizada, miró un papel que había caído del libro. Decía en enormes letras negras:

SIEMPRE ESTAREMOS JUNTOS

Le dio bronca, mucha bronca. Y miedo, un miedo que la ahogaba.

Lentamente, se levantó con el libro en las manos y lo guardó en la biblioteca, de donde agarró una caja y sacó el revólver que había sido de su padre.

Una corriente de aire le avisó qué ventana estaba abierta, y buscó un lugar seguro detrás de una columna.

El teléfono no paraba de sonar. Seguramente era Tati que había quedado intrigada con el mensaje de texto.

—¿No vas a contestar, Mariana? —oyó que decía Luis desde otro lado de la habitación.

—¡Andate de mi casa!

—Me voy a ir —dijo Luis llevando una mano a la cintura—, después que haga lo que tengo que hacer.

—¡Quedate quieto, hijo de puta! —dijo ella apuntándolo; apenas podía sostener el revólver.

Los recuerdos de Jorge y el martirio vivido junto a él la envolvían y no la dejaban respirar: las persecuciones, las amenazas telefónicas, las horas perdidas en la comisaría, los exámenes médicos, las humillaciones en el juzgado. Uno a uno, los recuerdos volvían como piñas, como las que Jorge le metía porque sí.

Se miraron fijamente, con esas miradas oscuras y sin vida de quien ve sólo lo que hay en su cabeza. Miradas de serpientes calculando cada movimiento.

—Te doy la oportunidad de que te vayas, Jorge.

Luis le contestó con una sonrisa.

Mariana vio que él se acercaba lento. Y tuvo miedo.

Se sentó en un rincón y se cubrió la cabeza con las manos como tantas veces lo había hecho antes.

—Por favor, Jorge, no me pegues —dijo con un hilo de voz.

Luis, muy despacio, le sacó el arma de las manos. La dejó a un costado.

—No soy Jorge —dijo cubriéndola con los brazos—, soy Luis. Siempre estaremos juntos, Mariana. Y mientras yo esté a tu lado, él nunca volverá a golpearte. Mi chiquita —agregó acariciándola—. Estoy acá para cuidarte. —Mientras hablaba se llevaba la mano a la cintura.

Pero ella fue más rápida, y agarró su propio revólver.

—¡No te creo! —le dijo, y disparó tres veces.

Mariana entró en una crisis de llanto frente al cuerpo de Luis. El teléfono volvió a sonar.

Por reflejo, lo atendió. No podía pronunciar una palabra.

—Mariana —dijo Tati del otro lado—, oíme bien…

—Tati, Tati —dijo ella llorando.

—No hay tiempo para hablar —la interrumpió—. Lo vi a Jorge.

—¿Qué?

—Iba para tu casa! Tenés que irte. ¿Me oís? Corré, escondete. ¡No te quedes, Mariana, por favor, no te quedes! ¿Entendiste? Tenés que irte antes de que llegue Jorge… ¿Me oíste, Mariana? Mariana. ¡Mariana!

Mariana se dio cuenta de que no estaba sola, y soltó el teléfono.

June 11, 2018, 4:03 a.m. 0 Report Embed 1
The End

Meet the author

Mónica Cristina Cena Mónica Cristina Cena nació en la provincia de Buenos Aires el 18 de mayo de 1959, docente de Artística y Educación Primaria hasta 2011. Sus producciones en teatro fueron llevadas a escena por el Grupo Candilejas. Sus cuentos y microficciones se publicaron en periódicos locales hasta 2002 y en sus blogs personales “Entre la vigilia y el sueño, la pasión” y “Desde el rincón de la araña”.

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