Ruta Suicida Follow story

u7172187059 Víctor Mestre Pérez

Una familia inglesa viaja a Estados Unidos en busca de la herencia de un pariente fallecido. Sin embargo, tras un intento fallido de ponerse en contacto con su espíritu por medio de un ritual, se desencadenará el caos en la hacienda del difunto. La familia intentará sobrevivir lo que queda de noche a las acometidas de los seres del inframundo que se han alzado contra ellos.



Thriller/Mistery Not for children under 13. © Si

#288 #Necronomicon #Muertos-vivientes #Ritos #Cthulhu #Mansiones-encantadas #341 #332 #ocultismo #parodia #zombis #lovecraft #cementerios #Humor #terror #horror
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Ruta Suicida

Un manto de nubes negras, que ocasionalmente dejaban paso a solitarios relámpagos, cubría el cielo. El sendero que separaba el cementerio familiar de la hacienda Kauran, solía ser un lugar solitario, tétrico, apenas habitado por alimañas y carroñeros, donde los días transcurrían cubiertos por una capa de niebla espesa y las noches por un silencio sepulcral. Pero no esa noche. En ese sendero, dos figuras, apenas iluminadas por la antorcha que el primero de ellos portaba, corrían raudamente en dirección al cementerio familiar, huyendo de una jauría de criaturas blasfemas. Bueno, en realidad eran tres figuras, pero el pequeño Benjamin Pritchard, con sus cortas patitas y su rechoncho cuerpo, era incapaz de seguir el ritmo impuesto por sus mayores. Por esa razón, el señor Doyle, el mayordomo de la familia Pritchard, vestido únicamente con un camisón de dormir, era quien encabezaba la marcha y quien portaba a Benjamin encima de su hombro izquierdo, a la vez que sujetaba una antorcha con la mano derecha y sostenía un Enfield Snider con la izquierda. Alex Pritchard, el cabeza de familia, vestido con un batín de terciopelo, le seguía detrás.

—¡Doyle! ¿Cuánto falta para llegar al cementerio? —preguntó Pritchard.

—¡Poco señor, ya falta poco! —respondió el mayordomo sin dejar de correr—. Creo que empiezo a vislumbrar los muros del cementerio justo al final del sendero. Es posible que en el siguiente quiebro ya hayamos llegado.

—¡Bien, bien! ¿Y de nuestros perseguidores que me puedes decir? ¿Están cerca?

—Señor, ¿no podría, aprovechando que cierra la marcha, echar un pequeño vistazo para atrás y comprobarlo por usted mismo?

—¡Doyle, eso es insubordinación! —gritó Pritchard airado.

—¡Mis disculpas, señor! —dijo el mayordomo. Sin parar de correr, inclinó la cabeza hacia su lado derecho y miró atrás. Una docena de criaturas, que eran capaces de correr tanto a dos como a cuatro patas, iban tras ellos a gran velocidad. Sus cabezas eran calvas, tenían un solo ojo sin párpado y donde debía estar la boca, un conjunto de picos de diversos tamaños y formas sobresalían de un agujero. Sus torsos eran musculosos y relucientes, iban vestidos con harapos y en la parte inferior de los brazos, unas enormes pinzas se abrían y cerraban compulsivamente. Y lo peor de todo es que a cada paso que daban, la distancia se acortaba. Las criaturas aullaron y el mayordomo sintió un escalofrío que heló su sangre—. Señor, me da la impresión de que cada paso que dan están más cerca.

—Pues ya sabe, basta de cháchara y aligeremos el paso —dijo Pritchard.

—Señor, estoy de acuerdo con usted, pero lamento decirle que cargar con el pequeño Benjamin dificulta un poco dicha labor —se excusó el mayordomo. Justo en ese momento, doblaron en un quiebro del sendero y vieron los muros del cementerio—. Y que conste, que lo digo sin acritud.

—Pues ya tiene otro motivo más para aligerar el paso, ¡poner a salvo a mi primogénito de esa chusma que nos persigue!

—¡Si señor!

—¡Apa! —gritó risueño el pequeño Benjamin.

El trío, espoleados por el miedo, aceleró el ritmo y logró distanciarse ligeramente de las criaturas que los perseguían. A medida que se acercaban al cementerio, las puertas hechas de barrotes de hierro cruzadas entre sí, se fueron haciendo cada vez más grandes. Al llegar frente a éstas, las encontraron completamente cerradas.

—¿Dónde se ha metido ese inepto de Holden? ¡Nunca está cuando más se le necesita! —farfulló Pritchard mientras agarraba los barrotes de hierro de las puertas, las sacudía colérico y las pateaba con sus arrugadas pantuflas—. ¡Doyle! ¡Haga algo!

—¿Yo, señor? —preguntó el mayordomo, jadeante y sudoroso por la carrera previa, y todavía con el pequeño Benjamin cargado a su hombro izquierdo.

—¡Use su rifle con la cerradura de las puertas y ábrala! —ordenó Pritchard—. Venga, deme la antorcha, deje a Benjamin en el suelo y dispare.

—¡NO, NO, NO! —gritó una voz al otro lado de la puerta. De entre las sombras, apareció una figura desgarbada, la de un hombre mayor, canoso, con barba rala, anteojos, portando una mochila de cuero curtido cruzada sobre su pecho y con un libro viejo y desgastado bajo el brazo—. ¡Las puertas están protegidas por un poderoso hechizo de los primigenios! Si disparan, lo único que conseguirán será malgastar munición.

—¡Profesor Holden! ¿Cómo ha llegado al otro lado de las puertas? —preguntó Pritchard.

—Para serle sincero, señor, no estoy muy seguro. Doy por supuesto que fui transportado, a través del tejido de la realidad (no sé muy bien cómo), a esta zona de la hacienda Kauran, tras los problemas acaecidos durante la invocación. Después, me desperté encima de una losa de piedra a pocos metros de aquí. Cuando me incorporé, percibí una ligera alteración en torno a las puertas del cementerio. Como si estas vibrasen y se combasen al mismo tiempo. Algo bastante típico de los objetos que están bajo el influjo de algún tipo de magia arcana. Lo iba a inspeccionar cuando les vi al otro lado de los barrotes. ¿Y ustedes que hacen aquí?

—Vamos cortos de tiempo, profesor Holden. Mejor se lo explico después. ¿Puede eliminar el hechizo y abrirnos las puertas del cementerio? —preguntó Pritchard.

—Por supuesto. Hágase a un lado.

—Dese prisa profesor. Ya vienen —sentenció el mayordomo.

Las criaturas que les perseguían les habían alcanzado y poco a poco fueron rodeando las puertas del cementerio. El mayordomo, sin perder ni un segundo, entregó la antorcha a Pritchard, martilleó el percutor de su rifle, abrió el compartimiento de la munición, introdujo una bala dentro, lo cerró y encañonó con su Enfield Snider a la criatura que estaba más próxima.

—¡A los ojos! —gritó el profesor Holden desde el otro lado de las puertas—. ¡Dispare a los ojos!

—Descuide. Usted, encárguese de las puertas —respondió el mayordomo. Acto seguido abrió fuego. Una de las criaturas, completamente ciega, aulló de furia mientras con las pinzas intentaba cubrirse la cuenca de ojo totalmente reventada. El resto de sus congéneres, respondieron a esta insolencia cerrando el círculo entorno al trío. El mayordomo, abrió el compartimento de la munición, dio la vuelta al rifle, dejo caer el casquillo, sacó una bala del bolsillo del camisón de dormir y volvió a cargar el arma. Pritchard, que permanecía detrás de éste y con la espalda pegada a la puerta, agarraba fuertemente al pequeño Benjamin.

—Profesor Holden, ¿qué está haciendo? ¡Quiere darse prisa y abrir la dichosa puerta! —gritó Pritchard.

—¡Lo intento, señor, lo intento! —se excusó nervioso el profesor, arrodillado frente a las puertas, cuchicheando en un lenguaje ininteligible, mientras inspeccionaba las antiguas inscripciones de la cerradura y las comparaba con las ilustraciones del viejo libro ajado que llevaba consigo—. ¡Un minuto señor! ¡Deme solo un minuto!

—¡No tenemos tanto tiempo, maldito patán!

El mayordomo, por su parte, ya había dado cuenta a cuatro de las criaturas. Para mantenerlas ocupadas, Doyle brincaba entre ellas, atraía su atención, esquivaba sus ataques y los alejaba de su señor y del joven Benjamin. Pero una de ellas apareció por su espalda e intentó clavarle las tenazas en los riñones. El mayordomo la esquivó, pero tropezó y cayó. A pesar de ello, pudo dar cuenta de la criatura con el rifle. Sin embargo, el pánico se apoderó de Doyle cuando vio el destello de las balas desparramadas por el suelo y ninguna de ellas cerca de él.

—¡Benjamin! —gritó Pritchard a su hijo mientras lo llevaba a un lateral de la entrada del cementerio, se agachaba y le hablaba de forma solemne—. Quédate pegado a este muro y estate quietecito, ¿entendido?

—¡Apa! —se limitó a decir el pequeño Benjamin.

—¡Maldito crío! Si tu madre no te hubiera estado amamantando hasta los ocho años, no te habrías vuelto tan ñoño —le increpó Pritchard a su hijo, sin que este hiciera gesto alguno de comprenderle—. Bueno, da igual. Lo tomare como un "si".

Pritchard corrió hacia el grupo de criaturas que rodeaban al mayordomo y cuando los alcanzó, empezó a golpearlos con la antorcha que portaba en la mano, todavía ardiendo, en un intento de espantarlos de su presa. Las criaturas, emitieron un quejido por sus deformes picos y aflojaron el cerco en torno a Doyle, momento que aprovechó Pritchard para interponerse entre las criaturas y su sirviente.

—¡Doyle! ¡Levántese y recoja la munición! ¡Deprisa zoquete! —ordenó Pritchard.

—¡Sí señor! —respondió el mayordomo acatando la orden—. ¡Y gracias señor!

—¡Ya hablaremos luego! ¡Profesor Holden! ¿Cuánto le falta para abrir la puerta?

—¡Ya casi está! —respondió nervioso el profesor—. ¡Un minuto!

—¡Eso ya lo ha dicho antes! ¡Haga algo!

Harvey Holden, profesor de la Universidad de Miskatonic, repasó a la velocidad del rayo la innumerable lista de hechizos, con la esperanza de encontrar alguno que sirviera para romper el sortilegio y abrir la condenada puerta. Bueno, en realidad no era profesor titular, sino profesor adjunto en el departamento de lenguas y civilizaciones antiguas... ¡Bah! ¿Para qué engañarnos? Era un simple becario. A pesar de tener una carrera, títulos, masters, posgrados... todavía no era profesor... solamente un simple y mísero becario... y que además, ya había pasado holgadamente la cincuentena."¡Pero esta es la oportunidad de mi vida!" pensó para sí el profesor, autoconvenciéndose de ello.

—¡Ya está! —gritó extasiado el profesor—. ¡He encontrado algo que quizá pueda funcionar!

—¡Cuánto me alegro profesor Holden! —respondió irónico Pritchard, mientras intentaba espantar con la antorcha a las criaturas que se estaban reagrupado y que estaban recibiendo refuerzos de otras tantas criaturas provenientes de la hacienda—. ¿¡Qué tal si se pone a ello, AHORA!?

—¡Voy! ¡En cuanto termine de pronunciar el conjuro, tírense al suelo y agárrense a algo!

—¿Al suelo ha dicho? ¿Que nos agarremos a algo? —preguntó el mayordomo mientras daba cuenta de una criatura que se abalanzaba sobre él y cargaba el rifle de nuevo—. ¿Está usted loco?

—¡Prepárense! —anunció el profesor— ... ejem... ¡KLAATU-BARADA-NEIYUR!

En ese instante, el aire chisporroteó y la realidad se desquebrajó. Todos se quedaron petrificados, no porque se hubieran convertido en estatuas de piedra, si no por una desagradable sensación que les retorcía las entrañas y que les auguraba que algo malo estaba a punto de suceder. Un pequeño torbellino negro se formó en el aire. Pero solo al principio, ya que en décimas de segundo, éste se agrandó lo suficiente como para ser capaz de tragarse un granero de tamaño medio. El torbellino mostró toda la oscuridad que animaba en su interior y mientras aspiraba todo lo que encontraba a su paso.

—¡Señor! —gritó el mayordomo—. ¡Vayamos a las puertas y agarrémonos de los barrotes!

—¡Ya se me había ocurrido, zopenco! —replicó Pritchard—. ¡Benjamín, corre a la puerta y agárrate fuerte!

—¡Apa! —obedeció el niño.

Los tres se agarraron fuertemente de los barrotes, mientras las criaturas, incapaces de reaccionar, fueron engullidas por el torbellino. La fuerza era tal que hizo que los pies de Pritchard, Doyle y Benjamin se despegaran del suelo, y ondearan como ropa colgada de un tendido en un día tormentoso. Los goznes de las puertas se agrietaron y la cerradura crujió.

—¡¿Qué mierda es eso?! —preguntó aterrorizado el mayordomo mientras hacía fuerza para no soltarse de las barras de metal de las puertas.

—¡Doyle! —gritó Pritchard en idéntica situación—. ¿Esas son formas?

—¡No, señor! Lo siento mucho —se disculpó el mayordomo—. Lo que quería decir era, ¿¡qué mierda es eso, profesor Holden!?

—¡No lo sé! —contestó el profesor, agazapado al otro lado del muro—. ¡Pensaba que abriría las puertas! ¡O por lo menos yo lo interpreté así!

—¡¿Que lo interpreto así?! —gritó desesperado Pritchard—. ¡Será...!

No pudo acabar la frase. La cerradura que mantenía unida las dos puertas del cementerio, se rompió y las puertas se abrieron de par en par. Benjamin, que estaba agarrado a los barrotes cercanos a la cerradura, se soltó y salió despedido. Sin embargo, el señor Doyle fue lo suficiente rápido como para agarrarle de un pie y evitar que el torbellino lo aspirase hacia su interior.

—¡Doyle! ¡No suelte a mi hijo o se va a enterar de lo que es bueno! —gritó Pritchard—. ¡Holden! ¿Qué hay que hacer para cerrar esa maldita cosa?

—¡Un momento, espere! —dijo apurado el profesor, mientras repasaba el libro—. ¡Lo tengo! El torbellino es una especie de tributo. Solamente cuando todas las criaturas descendientes de los primigenios hayan sido engullidas, el torbellino se sentirá "saciado" y se cerrará.

Pritchard se incorporó ligeramente hacia la derecha y miró hacia el torbellino, que permanecía abierto. Ni una sola de las criaturas que los habían persiguiendo estaba a la vista. ¡Un momento! Había una en el suelo, agarrada a las raíces de un arbusto, luchando por su mísera existencia.

—¡Holden! —gritó Pritchard— ¡Déjeme su libro!

—¿Mi libro? —preguntó intrigado el profesor—. ¿Para qué quiere mi libro?

—¡Señor! —gritó el mayordomo—. ¡Dese prisa! ¡El señorito Benjamin se me está resbalando! ¡No se cuanto podré aguantar!

—¡Apa! —aulló Benjamin.

—¡DEME EL LIBRO! —le gritó Pritchard al profesor.

Inseguro y de mala gana, el profesor cedió y le entregó el libro. Pritchard se agarró fuertemente con la mano izquierda, pasó las piernas entre los barrotes de la puerta para afianzar el agarre y se incorporó como buenamente pudo para poder tener a tiro a la criatura. Flexionando el brazo derecho (el cual sujetaba el libro), se concentró en el blanco y finalmente, lo estiró fuertemente hacia su objetivo, lanzando el libro hacia este. En ese instante, a Doyle se le resbaló de la mano el pie de pequeño Benjamin y el niño voló hacia el torbellino. El libro golpeó con el canto en la cabeza de la criatura, que a pesar de no tener cuerdas vocales como los humanos, emitió un sonoro y cómico "¡Ouch!". La criatura se soltó de las raíces y voló hacia el torbellino. La oscuridad de su interior rugió al tiempo que un destello intenso los cegó a todos. Y de pronto, todos cayeron al suelo. El profesor Holden salió de su escondite, tras el muro del cementerio y miró a los supervivientes.

—Usted... ¿Ha usado el Necronomicon como arma para deshacerse de esa criatura? —preguntó incrédulo el profesor a Pritchard, mientras cruzaba la entrada del cementerio, caminaba hacia él y le señalaba con un dedo tembloroso—. ¿Es consciente del valor incalculable de ese libro? ¿De lo insólito y único que es?

—En cuanto a la primera pregunta; , he usado su dichoso y quejumbroso libro como arma. ¿Acaso no era ese su propósito? —se limitó a decir Pritchard, mientras se incorporaba y se espolsaba el polvo del batín— Y en cuanto a las dos últimas preguntas, la respuesta es NO, no tengo ni idea de su valor ni de lo único que es. Para esos menesteres ya está usted —sentenció mientras se agachaba, recogía el Necronomicon (un poquito más deteriorado de lo normal) y se lo devolvía al profesor—. Tome y deje de quejarse. A todo esto, ¿dónde está Doyle? ¡Doyle!

—¿Señor? —preguntó el mayordomo, magullado y lleno de arañazos, mientras salía de detrás de unas zarzas, con el camisón de dormir hecho girones y se disponía a buscar la antorcha y el Enfield Snider.

—¿Está vivo?

—Sí, señor. Eso creo —dijo el mayordomo. La antorcha estaba apagada, pero encontró el rifle intacto. Metió la mano en el bolsillo de su camisón de dormir y comprobó aliviado que las balas que había logrado recoger del suelo milagrosamente permanecían allí.

—¡En ese caso acérquese! —ordenó Pritchard. Cuando el mayordomo estuvo lo suficiente cerca, recibió dos sonoros bofetones que le cruzaron la cara de lado a lado—. ¡Señor Doyle, estoy francamente decepcionado en cuanto a su desempeño con las armas de fuego!

—Pero señor, si cada blanco que fijaba, era un blanco abatido —se excusó el mayordomo mientras se frotaba las doloridas mejillas.

—¡Ahora me viene con esas! ¡Pues ya me explicará usted, como se ha visto sorprendido por la espalda y obligándome a intervenir para salvarle el pellejo de esa escoria que se abalanzaba sobre usted! —inquirió Pritchard—. ¿Pero acaso usted no perteneció al regimiento de los fusileros de Lancashire?

—Sí, señor. Sin embargo, debo añadir en mi defensa, que si acabé como mayordomo, quizá fuera porque no debía ser muy bueno como fusilero —se defendió el mayordomo.

—¡Doyle! ¡Eso es una impertinencia! ¡Si salimos con vida de esta, le privaré de sueldo durante todo un mes! —sentenció Pritchard.

—Lo tendré presente, señor.

—Bien —afirmó Pritchard—. ¡Benjamin! ¡BENJAMIN!

—¡Apa! —gritó el niño tras un arbusto. Este se incorporó poco a poco, mientras Pritchard se acercaba para darle un abrazo.

—¿Estás bien chaval?

—¡Apa! —contestó el niño efusivamente.

—Eh... vale... buen chico —dijo Pritchard sin saber qué más añadir. Se volvió hacia su mayordomo y dijo—. ¡Doyle! Haga el favor de adelantarse e inspeccione el cementerio.

El mayordomo asintió y se adentró en el cementerio.

—¡Profesor Holden! —gritó Pritchard—. Venga un momento. ¿Qué demonios está pasando?

—Bueno... déjeme pensar, déjeme pensar... veamos... —dijo dubitativo—. Mejor recapitulamos, ¿eh? En la invocación alrededor de la mesa nos encontrábamos usted; Susan, su esposa; aquella mujer con percepción extrasensorial que contratamos en ese pueblecito tan mono de la costa, Innsmouth. Esa tal... ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Imalda; y por último yo, un servidor. Todo estaba en su sitio, preparado y listo. Las velas, la sal marina, algo personal del difunto señor Greenwood, el Necronomicon abierto por el pasaje adecuado...

—¡Vamos, vamos! —interrumpió nervioso Pritchard—. ¡Dese más brío!

—¡Sí, sí! También recuerdo haber leído el pasaje que, según el Necronomicon, señalaba como el adecuado para ponerse en contacto con el espíritu del señor Greenwood, y de esta forma, usted poder preguntarle sobre la misteriosa herencia que hacía referencia en el testamento que llegó a manos de su mujer... pero algo debió salir mal... recuerdo que un ente, un "ser", "algo" se apoderó de Imalda y corrompió su cuerpo.

—Lo recuerdo. El "ser" que la poseyó, usó su cuerpo para atacarnos —aportó Pritchard—. Rugió como ningún ser humano podría haberlo hecho, apartó la mesa y se abalanzó sobre nosotros. El ruido despertó a Doyle, que irrumpió en la biblioteca con su Enfield Snider a cuestas.

—¡Vaya! ¡Cierto, cierto! También me viene a la cabeza que el "ser" que había poseído a Imalda, en un intento de esquivar las acometidas del señor Doyle con su rifle, me golpeó con el antebrazo y me lanzó por los aires, atravesando la puerta que comunicaba la biblioteca con la sala contigua.

—¿Se refiere al salón de juegos?

—Creo que sí...Recuerdo salir volando por los aires, clavarme miles de diminutas astillas en la espalda tras atravesar la puerta, pero poco más... no sé... —dijo cabizbajo el profesor—. A todo esto, ¿qué hicieron ustedes?

—Doyle realizó varios disparos con su rifle mientras mi mujer y yo retrocedimos hasta salir al pasillo. Justo en el momento en que logró abatir a ese "ser", oímos un "chirrido" que atravesó toda la mansión de arriba abajo. Susan se dirigió a la habitación de mi hija Rosie, que estaba en ese mismo pasillo, para despertarla y sacarla afuera, mientras Doyle y yo hacíamos lo propio con Benjamin, que dormía en el ático. Cuando llegamos arriba y despertamos a mi hijo, el chirrido se intensificó y la casa crujió. El techo se desplomó y nos quedamos atrapados en el ático.

—¿Qué hicieron entonces?

—Abrimos una de las ventanas, salimos fuera y descendimos por unas enredaderas que anidaban en el exterior de la hacienda.

—No recuerdo ver ninguna enredadera anidando en la pared exterior cuando llegamos a la hacienda. ¿Se fijó si se movían? ¿Eran viscosas? ¿Olían a sal marina o a marisco podrido?

—Lo siento, profesor, no me fijé. Ya tenía suficiente con preocuparme con que Doyle, quien cargaba con el pequeño Benjamin a su espalda, no se cayera encima de mí durante el descenso, como para estar pendiente de una dichosa planta.

—¿Y qué fue de su mujer y de su hija?

—Dimos por supuesto que las encontraríamos en el exterior de la mansión. Sin embargo, lo que nos encontramos fue a esas criaturas de manos "pinzudas", esperándonos en la entrada. Provenían del embarcadero de la hacienda, el que está junto a la costa. Salían del agua, cubiertos de espuma y algas. Nos superaban en un gran número y nuestra única vía de escape era el sendero del cementerio. No oímos gritos, por lo que supusimos que mi mujer y mi hija todavía permanecían con vida en aquel instante. Quizá hayan logrado bloquear las puertas y se hayan escondido. Incluso es posible que el mozo de cuadra, que duerme en los cobertizos traseros, haya oído el alboroto y haya ido en su ayuda. Además, ¿no fue usted quien dijo que en momentos así había que acudir a campo santo? Pues, ¿qué mejor campo santo que un cementerio?

—Me parece que usted se equivoca. No recuerdo haberle dado nunca tal consejo.

—¿Ah, No?

—No, lo recordaría. Además, dudo mucho que el mal que ha irrumpido en nuestro mundo, lo haya hecho por primera vez.

—¿Y?

—Pues que es posible que dicho cementerio ya haya sido corrompido por él en el pasado, por lo que poca seguridad le va a ofrecer.

—¡Mierda! Bueno, ahora dígame la verdad. ¿Qué es lo que está pasando?

—Tengo teorías, pero no me atrevo a aventurarme. Necesito más datos, más pruebas, más evidencias —meditó el profesor—. ¿Qué ha podido fallar durante la invocación? ¿Es posible que las estrellas no estuvieran bien alineadas? ¿Una alteración en la ionosfera? ¿Un cambio en los campos magnéticos de la tierra? ¿Que pronunciara incorrectamente el pasaje...?

—¿¡Que pronunciara incorrectamente el pasaje!? —preguntó incrédulo Pritchard.

—Si, es posible. Incluso que lo tradujera mal y me equivocara en la interpretación —dijo en voz baja el profesor mientras desviaba la mirada al suelo. Pritchard le tendió la mano y preguntó.

—¿Me puede dejar un momento el Necronomicon? Me gustaría comprobar una cosa.

—¿No irá a lanzarlo por ahí de nuevo? —desconfió el profesor.

—No, nada de eso. Palabrita del niño Jesús —dijo Pritchard con tono solemne. El profesor, le sostuvo la mirada por un segundo. Luego bajó la vista y miró al libro. Finalmente cedió y se lo entregó. Pritchard lo sopesó entre sus manos.

—Profesor, ¿me puede decir qué es eso que tiene detrás de usted?

—¿Detrás mía? ¡¿Qué tengo...?! —preguntó intrigado el profesor mientras se daba la vuelta. Pritchard aprovechó el momento y le dio dos capones seguidos en la coronilla con el canto del deteriorado libro—. ¡¡Ouch!! ¡¡OUCH!! ¡¿Pero a qué ha venido eso?!

—El primer capón, por haber "podido" pronunciar mal el pasaje. Y el segundo, por haber "podido" interpretarlo mal —Pritchard le devolvió el libro, y Holden, de mala gana, lo guardó en su cartera—. ¡A ver si prestamos más atención la próxima vez!

—¡Señor, señor! —gritó Doyle, que había vuelto de inspeccionar el cementerio y con la antorcha de nuevo encendida—. He encontrado algo que tienen que ver.

—¡No nos haga perder más el tiempo y guíenos! —ordenó Pritchard.

Pritchard, Benjamin y Holden siguieron al mayordomo. Durante la marcha, las lápidas cercanas eran iluminadas por el fuego de la antorcha, dibujando una macabra danza de sombras a su alrededor. Permanecieron en silencio, alerta, expectantes, temiéndose lo peor en tal espeluznante lugar. Todos excepto Benjamin, que ensimismado en su mundo, todo le resbalaba y lo vivía como un gran juego. La marcha fue relajando el paso poco a poco, hasta detenerse finalmente. Se encontraron frente a un gran mausoleo. Las puertas eran enormes, de madera maciza y con grandes tiradores en cada una de ellas. Las paredes del mausoleo eran de mármol, envejecido por el paso del tiempo, decoradas por hirientes símbolos blasfemos y cubiertas de líquenes y moho.

—Señor —dijo el mayordomo—, durante la inspección, deambulé entre las lapidas, reconociendo el terreno y me encontré con este mausoleo que llamó inmediatamente mi atención. Percibí algo raro, algo que me atrajo hacia acá.

—Señor Doyle, ¿me presta su antorcha? —preguntó el profesor Holden. El mayordomo le pasó la antorcha, el académico se acercó a la entrada del mausoleo y la iluminó. Sacó una libreta llena de notas y garabatos de la cartera de cuero que le cruzaba el pecho, y empezó a inspeccionar los símbolos, medirlos y compararlos con las notas que habían escritas en la libreta. En la pared, pudo reconocer claramente cuatro símbolos que coincidían con los de su libreta y un quinto que no pudo identificar claramente al estar algo deteriorado: una mujer con cabeza de gato; un ojo dormido; un hombre con barba, montado en una concha marina; un dragón blanco con cabeza de calamar; y el quinto y último, que parecía... ¿Un ser mitad crustáceo, mitad hongo?—. ¡Dios Santo! ¡Son los dioses arquetípicos!

—¿Los qué? —preguntó Pritchard.

—¡Los dioses arquetípicos! —reafirmó el profesor Holden. Hizo un gesto al mayordomo para que se acercara y le devolvió la antorcha. Acto seguido, guardó las notas en su cartera de cuero—. Según el profesor Minkowski, él, junto a los profesores Poincaré y Hilbert, y el explorador Hjalmar Johansen, encontraron evidencias de una antigua raza de seres, durante la expedición a la Antártida realizada en 1881. Esta antigua raza, conocidos como los Primigenios, dominaron el universo en los albores de la creación de nuestro sistema solar y estuvieron en guerra con otra raza parecida a la suya, los dioses Arquetípicos. Esos símbolos en la pared coinciden con los símbolos que Minkowski describe en sus anotaciones. Bueno, todos excepto el que parece un "hongo-hombre-crustáceo", que no tengo claro aún lo que significa.

—¿Y todo eso se lo contó personalmente el profesor Minkowski tras volver de la expedición? —preguntó el mayordomo.

—No, personalmente no —respondió el profesor mientras se aclaraba la garganta—. Vera, lo único que regresó de la expedición, fue un barco destartalado, medio hundido, cubierto de algas, fluidos gelatinosos y restos descompuestos e inclasificables de la antigua tripulación. Del profesor Minkowski sólo regresó un brazo, que agarraba las notas que describían lo sucedido.

—Profesor Holden, déjese de zarandajas —intervino Pritchard alterado—. Le contraté a usted porque se vendía como alguien capaz de ponerse en contacto con los difuntos. Usted, debía ponerme en contacto con Lord Greenwood, el tío de mi esposa, para que nos señalara el lugar de ese"...tesoro de valor incalculable y que reportaría fama, fortuna y poder ilimitado..." tal como indicaba en su testamento —Pritchard se acercó a Holden y este retrocedió. Cuando el profesor tocó con su espalda la pared del mausoleo, Pritchard le agarró fuertemente de las solapas de la chaqueta, le zarandeó fuertemente, y bajando el tono de voz, le habló directamente al oído—. Escúcheme atentamente. No he pasado veinticinco años al servicio de ese viejo chocho de Greenwood para ahora irme con las manos vacías. ¿Sabe lo que era trabajar para ese vejestorio? Siempre a su disposición, siempre atento a sus demandas, siempre pendiente de sus quejas... Cuando conocí a Susan, "la sobrina preferida de lord Greenwood", la palabra "cardo" me vino a la mente. Sin embargo, cuando me enteré de la fortuna de su tío, lo vi todo claro. Decidí cortejarla, declararme y casarme con ella, con el propósito de ser enchufado al servicio de su tío, ganarme su simpatía y beneficiarme de su fortuna. Esa mujer era (o es, suponiendo que siga viva) una víbora, pero el sacrificio valdría la pena, pensé. Incluso tuvimos dos hijos (a pesar de que yo odio a los críos) para tenerla contenta a ella y por tanto a su tío. Sin embargo, el muy agarrado, a pesar del amor que profesaba por su sobrina, no soltaba un chelín y tuve que sufrir su menosprecio en vida —los nudillos de Pritchard estaban blancos de tanto apretar las solapas del profesor—. Y ahora que él está muerto, quiero lo que me debe. Quiero su inmensa fortuna. Sé que estaba podrido de dinero. ¡Lo sé! Y usted se va a encargar de ello. Usted nos va a sacar de este lío que nos ha metido y me va a conseguir dicha fortuna. ¿Le queda claro?

—Enten-ten-tendido, señor —dijo tartamudeando el profesor—... eh.... si fuera tan amable de... soltarme para que pudiera... ya sabe.... ponerme a ello... —tras un momento que pareció eterno, Pritchard le soltó.

—Profesor —interrumpió el mayordomo—. Todo eso que nos estaba explicando, ¿de qué nos puede servir?

—¡Los dioses arquetípicos estaban enfrentados a los primigenios! Es posible que si logramos entrar en el mausoleo, consigamos su protección, un refugio tal vez, y tengamos tiempo de pensar que hacer a continuación —respondió el profesor.

—Da por sentado que, las criaturas que nos perseguían eran...

—... seguidores de Cthulhu —afirmó el profesor.

—¿Chu-que? —preguntó confuso Pritchard.

—Cthulhu, el líder de los primigenios —respondió el profesor—. Pero hay muchos otros. Están los Chthonians, los Antiguos, los Shoggoths, los...

—¡Suficiente! —interrumpió Pritchard—. ¡Doyle! abra esas puertas.

—¡No, no! ¡Espere! —se interpuso el profesor—. No sabemos qué clase de maldiciones y sortilegios la protegen. Un lugar tan impío como este, dudo mucho que no esté defendido por alguna clase de magia.

—¿Acaso ha percibido algún tipo de perturbación en el tejido de la realidad, en torno a estas puertas como le sucedió antes? —preguntó Pritchard

—No. Sin embargo, me gustaría comprobar algo, hojeando una cosa en el Necronomicon...

—¡Otra vez con el dichoso libro! ¡Démelo! —ordenó Pritchard.

—¡No, que me lo pierde! —respondió el profesor. Las dos comenzaron a forcejear, como dos niños pequeños peleándose por un juguete. Sin embargo, durante la riña, algo que se les había pasado por alto, captó la atención del mayordomo.

—Señores, me da la impresión que no va a hacer falta hojear el Necronomicon para abrir las puertas del mausoleo —comentó el mayordomo—. ¡Miren!

Cuando Pritchard y Holden dejaron de pelear, el primero tenía agarrada la cabeza del segundo entre sus bíceps, a la altura de su cadera, mientras que el segundo luchaba por soltarse mientras le propinaba patadas en la espinilla. Los dos miraron a la entrada del mausoleo. Estaba abierta. Inmediatamente se soltaron y se escondieron detrás del mayordomo. Éste soltó la antorcha, cargó su Enfield Snider, apuntó a la oscuridad del interior del mausoleo y esperó.

—¡Apa! —gritó el pequeño Benjamin, que asomó la cabeza tras la puerta, desde el interior del mausoleo, contento y feliz.

—Supongo que si el niño ha sido de capaz de abrir las puertas y cruzar al interior del mausoleo sin sufrir daño alguno, nosotros también podremos —comentó el mayordomo, recogiendo de nuevo la antorcha—. ¿No le parece, señor?

—Doyle, usted delante —ordenó Pritchard—. ¡Benjamin! Ven conmigo y dame la manita.

El niño le dio la mano a su padre y los cuatro entraron en el mausoleo, siendo Doyle el guía de la expedición (otra vez) al ser quien portaba el arma y la antorcha. El aire viciado olía a excrementos de ratas. Lograron vislumbrar en el extremo de la sala, unas escaleras que descendían hacia la cripta. A cada paso que daban, la oscuridad les abrazaba con mayor intensidad, a pesar de los lastimeros esfuerzos de la titubeante llama de la antorcha para evitarlo. Cuando llegaron al final, encontraron una pared, con diversas inscripciones y dos puertas, una a cada lado, que comunicaban con otra habitación, iluminada por una parpadeante luz verdosa.

—¡Esperen! —dijo el profesor—. Señor Doyle, ¿puede acercarse a esa pared e iluminarla mejor? —El mayordomo se acercó y alzó la llama a la pared. El profesor, se acercó también y se dispuso a interpretar los símbolos. Se fijó en uno en particular. Un símbolo que se parecía al ser "hongo-hombre-crustáceo" visto en la entrada del mausoleo—. Vaya, ahora caigo. Este símbolo hace referencia a la antigua raza de los Mi-go.

—¿Los Mi-go? —preguntó Pritchard.

—Los Mi-go, sí. Según las notas del profesor Minkowski, fue una antigua raza que estuvo en guerra con los primigenios. Viajaron a través de las estrellas, por los rincones más oscuros del espacio, huyendo de los primigenios. Este símbolo constata que llegaran a nuestro mundo, para esconderse de sus enemigos.

—Y esa luz verdosa que hay en la otra habitación, ¿sabe qué es, profesor? —preguntó el mayordomo—. Quizá haya alguna mención es sus notas, ¿no?

El grupo cruzó por las puertas que daban a la habitación contigua. En ella, encontraron una especie de altar, extrañamente impoluto y brillante, de un material oscuro que recordaba al ébano. Y encima, reposaba un cilindro. Tenía una pequeña bocina en la base inferior y una malla metálica cubría el cilindro. La malla, tenia miles de diminutos agujeros que dejaban escapar una tenue luz verdosa que iluminaba la habitación. Algún tipo de líquido verdoso se vislumbraba a través de los diminutos orificios... la luz y algo más.

—¡Apa! —exclamó Benjamin.

—¿Qué es ese cacharro? —preguntó Pritchard.

—Parece una especie de vasija... de metal —razonó el profesor.

El cilindro produjo un ligero chasquido y de su interior sonó un pequeño burbujeo que fue a más. La luz verdosa, que se vislumbraba a través de sus agujeros, incrementó su intensidad. Sin embargo, todo cesó de golpe, volviendo a su estado inicial. Inesperadamente, la malla metálica se plegó sobre sí misma en un ángulo imposible, mostrando la estructura interna de cristal y dejando a la vista de todos, su contenido: una cabeza.

—Señor, ¿me lo parece a mí o esa es la cabeza del difunto Lord Greenwood? —preguntó el mayordomo.

—¡Dios Santo! —exclamó Pritchard—. ¿Qué demonios es eso?

—¡Vaya! ¡Es cierto! —dijo el profesor—. Según el profesor Minkowski, los Mi-go solían hacer experimentos con los humanos que contactaban, extirpándoles la cabeza y metiéndolas en cilindros para su posterior análisis, experimentación... nunca creí que pudiera ser cierto. Hasta ahora...

En ese instante, la cabeza de Greenwood abrió los ojos, parpadeó, puso cara de consternación y comenzó a gritar en el interior del recipiente. Al principio, solamente expulsaba burbujas por la boca, pero a los pocos segundos, la bocina del cilindro comenzó a emitir un pitido agudo, que poco a poco pasó a ser un sonido grave.

—¡Apa! —exclamó Benjamin asombrado.

—¡Profesor Holden! —exclamó Pritchard—. Esa cosa de ahí.... ¿Está viva?

—... eh... no me atrevo a aventurar si...

—¡THAFFFF-GHATYYPPPYYYYYYYYYYYYJHHOO-AUFFFFFF! —bramó de repente la cabeza de Lord Greenwood, haciéndose oír desde el interior del cilindro por medio de la bocina—. ¡THHAGFFFFFFFFFF! ¡GRRRRRAAAAAFFFFFFT!

—Señor, parece que... esa cosa de ahí, que no sabemos si está viva o muerta, se está... desperezando —dijo el mayordomo.

—¿¡Desperezando!? —exclamaron al unísono Pritchard y Holden.

—CONTACTO ESTABLECIDO *STOP* HUMANO LIGADO AL CLAN GREENWOOD ENCONTRADO *STOP* ESPERANDO RECEPCION DE RELIQUIA —dijo la cabeza de Lord Greenwood con tono monocorde. En ese instante, del altar salió un pequeño compartimento, inapreciable hasta ese instante, y se abrió lentamente, mostrando su interior, completamente vacío.

Pritchard, el profesor Holden y Doyle, se miraron entre sí, asombrados, mientras que el pequeño Benjamin daba cuenta a un moco que se le resistía, agazapado, en el interior de sus fosas nasales.

—... eh... ¿Podría repetir lo que ha dicho? —preguntó el profesor.

—REPITIENDO MENSAJE *STOP* CONTACTO ESTABLECIDO *STOP* HUMANO LIGADO AL CLAN GREENWOOD ENCONTRADO *STOP* ESPERANDO RECEPCION DE RELIQUIA.

—Cuando habla de ese tal "contacto establecido" y "humano ligado al clan Greenwood", ¿se refiere a la misma persona? —preguntó el profesor.

—SÍ —respondió la cabeza.

—¿Y quién es esa persona? —preguntó Pritchard.

—LA PERSONA A CONTACTAR *STOP* LIGADA AL CLAN GREENWOOD *STOP* SER HUMANO ALEXANDER PRITCHARD —dijo la cabeza.

—Creo que se refiere a usted, señor —aportó el mayordomo.

—¡Ya lo sé! —dijo Pritchard.

—¿Qué quiere decir con eso de "esperando recepción de reliquia"? —preguntó el profesor—. ¿De qué reliquia habla?

—HUMANO GREENWOOD ENVIAR RELIQUIA DE LOS ARQUETIPICOS AL HUMANO PRITCHARD *STOP* RESGURDAR RELIQUIA DE LOS PRIMIGENIOS DURANTE PERIODO DE LUNA CRECIENTE *STOP* PASADO PERIDO DE LUNA CRECIENTE DEVOLVER RELIQUIA A LOS MI-GO *STOP* MI-GO ENTREGAR RELIQUIA A LOS ARQUETIPICOS.

—¿Qué tiene que ver en todo esto, el tío de mi esposa, el difunto Greenwood, con toda esta... locura? —preguntó Pritchard.

—HUMANO GREENWOOD IRRELEVANTE *STOP* ENCONTRAR A MI-GO Y ARQUETIPICOS POR ACCIDENTE *STOP* IGUAL QUE LOS ANTERIORES SEÑORES DE ESTAS TIERRAS *STOP* LEYENDAS *STOP* HABLADURIAS *STOP* FOLCLORE EN TORNO A BIENES MATERIALES ATRAER ATENCION DEL HUMANO GREENWOOD A NOSOTROS *STOP* ANTE NUESTRA INFLUENCIA *STOP* FACILMENTE INDUCIRLO A SERVIR NUESTROS PROPOSITOS

—¿Pero qué tiene de especial esa reliquia? —preguntó el profesor—. ¿Cuál es su función?

—RELIQUIA UTIL PARA LOS MI-GO *STOP* ERGO UTIL PARA LOS ARQUETIPICOS *STOP* CONTRA LOS PRIMIGENIOS *STOP* MAXIMA IMPORTANCIA *STOP* DESBALANCEAR CONFLICTO A FAVOR DE LOS ARQUETIPICOS

—¿Por qué están luchando? —preguntó de nuevo el profesor—. ¿Qué está en juego?

—ESTABILIDAD *STOP* DOMINIO *STOP* CONQUISTA *STOP* LUGAR *STOP* EL ESPACIO *STOP* LAS ESTRELLAS *STOP* LOS CONFINES DEL UNIVERSO.

—¿Y desde cuándo llevan en conflicto? —preguntó Pritchard.

—MILENIOS *STOP* EONES *STOP* PREVIO A LA GRAN BOLA DE FUEGO *STOP* PREVIO A LA GRAN OSCURIDAD DE LOS TIEMPOS.

—Perdóneme, difunta cabeza de Lord Greenwood. Soy Joseph L. Doyle, el mayordomo al servicio de su sobrina. Quería preguntarle, las criaturas que nos perseguían y que intentaban matarnos, ¿era servidores de los primigenios o de los arquetípicos?

—PRIMIGENIOS —respondió la cabeza.

—¡Alto! ¡Esperen! Denme un momento para asimilar todo esto, ¿de acuerdo? —dijo Pritchard malhumorado, mientras se pasaba las manos por la cara y respiraba hondo—. A ver si lo he entendido bien. Según nos está contando está podrida cabeza parlanchina, el viejo Greenwood se vio atraído, dios sabe porqué, a este horrible lugar, donde dos razas de seres, que llevan luchando entre si, desde vete tú a saber cuando, por el control de todo el universo conocido. Y nosotros, sin quererlo ni beberlo, estamos en medio de todo este follón. ¿No es así? —preguntó Pritchard. Tomó aliento un momento y continuó—. Y esos Mi-go, convencieron al tío de mi mujer (o a su cabeza), para que nos entregaran una reliquia, de gran importancia en la guerra contra esos primigenios, para ocultarla durante la fase de luna creciente, vete tú a saber por que...

—¡Vaya! Eso tiene más lógica que la teoría que estaba pensando hace un momento —dijo el profesor—. ¡Mis felicitaciones!

—¡Cabeza de Greenwood! —exclamó Pritchard—. En cuanto a la referencia que hizo el difunto Greenwood en el testamento, sobre fama, fortuna y poder ilimitado que encontraríamos en esta maldita hacienda, ¿qué hay de cierto en todo ello?

—SEÑUELO PARA ATRAER HUMANO ALEXANDER PRITCHARD *STOP* FORMA DE FACILITAR DEVOLUCIÓN DE RELIQUIA A SUS VERDADEROS DUEÑOS —dijo la cabeza.

—¿Qué consecuencias acarrearía no devolver la reliquia? —preguntó el profesor—. ¿Qué pasaría si las criaturas que nos persiguen, al servicio de los primigenios, se hicieran con ella?

—DEFORMACIÓN DE LA REALIDAD *STOP* ALTERACION DEL TEJIDO ESPACIO TEMPORAL *STOP* SINGULARIDAD COSMICA.

—Señor, a mí me da que eso no puede ser bueno —señaló el mayordomo.

—¡Apa! —añadió Benjamin.

Tras la aportación de su hijo, Pritchard retrocedió, se dio la vuelta, empezó a gimotear, dar puñetazos airadamente a la pared y se puso a gritar.

—¡Maldito Greenwood! —exclamó—. ¡¡Bastardo!! ¡¡No era suficiente con hacerme la vida imposible cuando estabas vivo, que también lo has tenido que hacer después de muerto!! ¡¡Desgraciado!! ¡¡Arghh!!

—¡Señor Pritchard! —intervino el profesor—. ¡Intente recobrar la compostura!

—Señor, se va a hacer daño —comentó el mayordomo.

Pritchard hizo caso omiso y continuó dando puñetazos a la pared, a la que apenas hizo rasguño alguno. Tras unos instantes con las manos doloridas, se dejó caer al suelo de la cripta y lloró como un niño de teta, al que hacia horas que no le cambiaban los pañales. Doyle y Holden se miraron mutuamente. Al cabo de un rato, cuando los lloros empezaron a menguar, el profesor ayudó a Pritchard a incorporarse.

—Señor Pritchard, ¿se encuentra mejor? —preguntó el mayordomo.

—¿Que si me encuentro mejor? ¡NO! —respondió neurótico—. ¡Claro que no! ¿¡Cómo me voy a encontrar mejor? Primero una vida de servicio en torno a ese carcamal, y ahora, después de muerto, tengo que evitar la destrucción del universo por causas totalmente ajenas a mi persona y por culpa de ese idiota. ¿Y aún así me pregunta si me encuentro... —Pritchard no terminó la pregunta, ya que en ese instante, Doyle le cogió de los hombros, lo trajo hacia él y le dio dos bofetadas que le cruzaron la cara, dejándolo perplejo.

—¡Tranquilícese señor! —gritó el mayordomo—. ¡Todavía seguimos vivos! ¡Y si seguimos vivos, usted tendrá oportunidades en el futuro de amasar esa gran fortuna que lleva anhelando toda su vida! ¡No aquí, por supuesto, pero aún puede hacerlo! Pero para ello tenemos que salir de esta con vida. ¿Me entiende señor?

—Si, le entiendo. Gracias Doyle, gracias de verdad —dijo Pritchard ya más calmado, mientras se sorbía los mocos y se arreglaba el batín—. Y por cierto... —Pritchard levantó la mano y le devolvió las dos bofetadas—. ¡Ni se le ocurra alzarme la mano de nuevo! Bueno, ¿qué hacemos a continuación profesor?

—Bueno... si seguimos al pie de la letra el dicho de "... el enemigo de mi enemigo, es mi amigo...", lo más lógico sería devolver la reliquia a sus dueños originales para que la usen contra los primigenios —reflexionó el profesor.

—Bien pensado —afirmó Pritchard.

—A todo esto señor, ¿dónde está la reliquia? —preguntó el mayordomo mientras se masajeaba las doloridas mejillas.

Pritchard tuvo un flashback. Recordó que alguien llamó a su puerta, en su casa de Birmingham, y a Doyle recogiendo un paquete. Dentro estaba la notificación de la muerte de Lord Greenwood y una figurita con forma de pescado. Recordó hacer las maletas para su viaje a Estados Unidos, a la hacienda Kauran, y guardar todo el contenido del paquete dentro de un gran arcón. Recordó ordenar a Doyle que lo descargase cuando llegaran y lo llevase a sus aposentos. Y por último, recordó abrir el arcón, sacar el paquete, abrirlo y dejar el contenido en la mesita contigua a la cama sin darle apenas importancia....

—¡Mierda, mierda! —exclamó Pritchard—. Dejé la reliquia en la mesita que está al lado de la cama, en mi dormitorio.

—Señor, ¿no hablará en serio? —preguntó inquieto el profesor—. ¡Debemos volver a la mansión! ¡Es nuestra única oportunidad!

—¡¡Mierda, Mierda, Mierda!! —se lamentó Pritchard de nuevo.

—Cabeza de Lord Greenwood —dijo el profesor—, ¿hay algún pasadizo o salida secreta que nos pueda llevar fuera de cementerio? ¿Alguno que nos permita llegar a la entrada de la hacienda?

—AFIRMATIVO HUMANO *STOP* PROCEDIENDO —respondió la cabeza.

La pared que fue golpeada previamente por Pritchard en su ataque de furia, hizo "crack" y se desplazó ligeramente hacia adentro, dejando pasar unas motas de polvo que flotaron en el ambiente. Después, la pared se desplazó de manera horizontal, lentamente y en completo silencio, mostrando un largo pasadizo, donde una tenue luz se vislumbraba al final.

—Parece una salida —comentó el mayordomo.

—Bueno... volvamos a ponernos en marcha —dijo cansadamente Pritchard—. ¡Benjamin! Ven para acá y dale la mano a tu padre.

—¡Apa!

—¡Doyle! —gritó Pritchard—. Usted primero.

—Gracias, señor —dijo el mayordomo. Contó las balas que le quedaban en el bolsillo del camisón de dormir, cargó el rifle, agarró fuertemente la antorcha y se dispuso a entrar en el pasadizo—. Muy considerado por dejarme emprender la marcha, señor.

—Así soy yo, considerado con el servicio —dijo Pritchard sin captar la ironía—. ¡Ah! Antes de que se me olvide —se acercó a su mayordomo y le dio otro sonoro bofetón—. ¡Todo esto es por su culpa! ¡Si en Inglaterra hubieras declinado coger el paquete no estaríamos metidos en este lio!

—Lo siento, señor —se limitó a contestar, resignado, el mayordomo.

—¡Basta de cháchara! ¡De vuelta a la hacienda Kauran! —anunció Pritchard—. ¡Ah! Profesor Holden, recoja la cabeza. Nos la llevamos.

May 18, 2018, 11:13 p.m. 2 Report Embed 5
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Fausto Contero Fausto Contero
Está muy bueno el relato, muy interesante!
Oct. 11, 2018, 11:24 a.m.
JF Jonathan Ismael Frias Concepcion
ACABO DE DARTE ME GUSTA,ESPERO QUE PASES POR MIS HISTORIAS Y TAMBIEN ME DES MI LIKE,DIOS TE BENDIGA.
May 18, 2018, 9:36 p.m.
~

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