La Manzana de Oro Follow story

juan-de-las-nieves Mj Gom

Es el año 1950. El prestigioso internado de Myldfield Leonard acoge la llegada de una alumna española que a sido aceptada con pésimas notas y para colmo, sin tener idea alguna del idioma. La profesora Ingram, será la encargada de enseñarla el idioma y tratar, en el medida de lo posible que no atrase a las demás alumnas. Lo que no esperaba, era que Carmen de Rivera portase muchos secretos, no solo ella si no su familia. Para aumentar aún más las incógnitas, la directora está metida de por medio. ¿Por que ese afán de protegerla? ¿por que siempre la mira con tanto cariño? Tapices con mensajes ocultos, cuadros que llevan a otras pistas, unas misteriosas cartas escritas en latín desde hace más de cinco siglos y una leyenda donde Carmen está metida de por medio.


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Prólogo

Prólogo
Una densa niebla recubría el internado Myldfield Leonard, Thornfield, en Inglaterra. Pese a estar en inicios de septiembre una pesada llovizna caía con intensidad en los ladrillos grises del castillo medieval del siglo XI aunque más tarde acabó reformada en el siglo XV (que acabó convertido en una escuela para chicas). Las dibujadas vidrieras por expertos de antaño de cuya artesanía era inigualable fue inundado por las lágrimas del cielo, sin perder en ningún momento la grandiosidad que tenía esta. Dejando que la heráldica del castillo fuera inundada por el agua.
Los bastos bosques del los amplios jardines de Myldfield hacían de él, un verde anfiteatro rodeando el castillo con una espléndida hojarasca digna de los cuentos de hadas. En cierto modo, los pinos junto a los amplios robles y sabinas hacían del lugar un castillo secreto al que solo unos cuantos afortunados podían adentrarse.
De por si, faltaba mucho para que las jóvenes provenientes de adineradas familias volvieran a su segundo hogar. Sin embargo, había algunos residentes del castillo que trabajaban diligentemente para dejar impoluto el lugar antes de que las chicas volvieran al internado. Todo el personal del servicio de limpieza estaban poniendo de patas arriba todo el castillo. Incluso, los que eran valientes y se adentraban, pese darían cuenta de que había más neblina dentro de las grandes habitaciones que en el exterior del castillo. Sin embargo, solo había un lugar, donde la tranquilidad se podía expirar con los propios ojos.
El despacho de la directora.
La temida y amada Alexandra Seymour.
Una mujer de setenta años, de cuerpo robusto y mirada intimidante. El pelo lo llevaba recogido en una coleta, sin temor a que se la vieran todas las canas que tiñieron en su día su hermosa melena rubia. Las arrugas se acrecentaron con el pasar de los años, y a cada expresión, parecía que se asomaban más y más años. Sin embargo, eso no quitaba la elegancia con la que había nacido. Y en esos precisos instantes, la mujer miraba la profesora Ingram.
Una joven hermosa mujer, rondando los treinta, miraba con cierto interés el curriculum de la que sería la nueva alumna del prestigioso internado.
¿Es de tu agrado? —preguntó la vieja directora dando un suave sorbo al té de limón.
Sus notas son… son desastrosas maldita sea—encolerizó con cierta suavidad con el ceño fruncido mientras echaba el vistazo a sus pésimas notas, donde el mejor resultado apenas llegaba al seis y medio.
Pareces enojada ¿puedo saber el por qué? —interrogó con cierta curiosidad la avejentada directora, escrutando con su mirada a la que tiempo atrás fue su alumna predilecta.
¿Enojada? Debía de ser una broma, no sabía ni por que diantres estaban perdiendo el tiempo en una alumna cuyas notas, eran mejor no mirarlas de la vergüenza ajena que daban.
No me malentienda, pero esta chica no tiene nota suficiente como para entrar aquí, bueno, ni aquí ni en cualquier otra escuela —explicó con cierta confusión —Alexandra, no comprendo por qué perdemos el tiempo mirando este miserable currículum. Muchas alumnas han tenido mejores notas ¡mil veces mejor que estas! y ni siquiera han podido ingresar en este internado, comprenda mi enfado.
Oh, Elizabeth este caso es especial, ella se encuentra en una situación bastante complicada.
La profesora enarcó la ceja.
Que sea española no la hace especial.
La directora sonrió dando otro sorbo al té.
Dije que la situación era especial, no que ella, fuera especial —enmarcó sabiamente la directora. —Bueno, ella también es especial, pero tampoco nos desviemos del tema.
Oh, sorpréndame, ¿que tan importante es esta chica de notas miserables y además extranjera pueda entrar aquí?—dijo con un arrollante sarcasmo —por favor, iluminame, insisto Alexandra.
La mujer, que tantos años vivió y que tenía la misma sabiduría del diablo por todo lo que había vivido comprendió de entrada la reacia reacción de Elizabeth hacia la nueva alumna. Era muy difícil entrar en esa institución, las notas tenían que ser muy altas superando el promedio elitista del resto de las notas de otros colegios e internados. Ya no solo había que tener dinero si no que además, tenías que tener la cabeza suficiente para poder inscribirse y con suerte, ser aceptada.
¿Cuantas alumnas habían rechazado por no tener la décima necesaria para poder ingresar como alumna de Myldfield Leonnard? ¿cuantas de ella se habían llevado un disgusto enorme por no poder entrar? ¿y para qué? Para que una chica extranjera que ni siquiera llegaba a la media entraría sin tan siquiera dar la talla necesaria. Era por eso, que la directora dejaría pasar ese tono de voz, solo por esa vez.
Como ya sabrás, en España estalló una guerra civil y muchas personas de ideología diferente a la del general Franco son perseguidos.
¿Y? ¿que tiene eso que ver?
Digamos que la señorita de Rivera pertenece a una familia, tanto adinerada como importante de Andalucía, en este caso de Sevilla, y digamos que… algunos de sus familiares no están a favor de la dictadura impartida por el general Franco. —hizo una breve pausa. —en pocas palabras, esa chica tiene que estar aquí si quiere preservar su vida.
Elizabeth sabía que había algo más de transfondo argumental que su directora había mencionado y probablemente la mejor profesora que había tenido se negaba en contarla. Tal vez, ella misma lo acabara descubriendo por sus propios medios, pero no por el momento. No debía presionar y ni mucho menos inmiscuirse si quería recibir las respuestas adecuadas. Muy bien sabía que la mujer que tenía frente a ella, era un verdadero gato que se divertía confundiendo al ratón.
Entonces, ¿que pinto yo en todo esto?
La señorita Rivera apenas logra hablar el ingles correctamente y no conozco a nadie de esta escuela que hable el español menos tú.
Hacía tiempo que ya había estudiado aquella lengua del demonio. Del demonio, por la ingente cantidad de verbos que se tuvo que estudiar y al que tuvo que reprimir unas fuerzas sobre humanas en estrangular al desgraciado que inventó el español.
En pocas palabras, que haga de institutriz. —farfulló con molestia.
Siempre avalé su agudeza Ingram. —ironizó con una ancha sonrisa mientras echaba dos cucharadas de azúcar a su té.
Elizabeth no podía creer la mala suerte suya que tenía. No solo tendría que lidiar con una muchacha a la que apenas tenía domino alguno sobre el idioma, si no que además, esa muchachita si lengua como en un futuro llamaría no daba tan si quiera la talla para poder ingresar en tan prestigiosa escuela Inglesa. Si no que además, tendría que enseñarla el idioma, peor no la podía ir. ¡Vaya suerte la suya! Definitivamente Dios tenía un extraño y muy retorcido sentido del humor.
Déjese de falsos halagos, —bufó sin pudor dejando ver su profunda molestia —¿cuando vendrá la muchachita sin lengua? —preguntó la joven mujer.
El mismo día en que el resto de las alumnas lleguen a Myldfield.
Ya veo… y dígame, ¿cómo sabré que es ella?
La vieja directora enarcó una ceja conteniendo una sonora carcajada mientras sacaba de una carpeta amarilla la foto de la joven muchacha.
Bueno, si ves a una chica que parece que a salido del zoológico y que está más perdida que una acelga en un viñedo, entonces querida Ingram, habrás hallado a tu muchachita sin lengua. —ironizó tratando de controlar como pudía su risa.
Elizabeth apenas pudo escuchar lo que dijo la directora y la que antaño, fue su profesora y tutora. Se quedó escrutando la foto en blanco y negro de la joven alumna que se instalaría en el internado.
No era muy agraciada, especialmente si las comparaba con la ingente cantidad de bellezas que tenían de pupilas. Tenía unas cejas muy pobladas al igual que grandes, mientras que sus pómulos apenas se podían marcar. Los ojos eran negros, o tal vez castaños. Tampoco le dio muchas vueltas, después de todo la vería dentro de un mes. Su pelo, ¡santo cielo! Esa mujer no había conocido un peine en su vida, era literalmente una maraña de pelo negro que era imposible de domar. Era una cascada marrón sin ningún control. Sin embargo, había algo que la hacía ligeramente más especial que el resto de las alumnas. Tal vez esos rasgos suyos que de alguna forma, te hacía no poder quitar sus ojos de encima.
Es una chica muy curiosa Elizabeth, con el tiempo te gustará.
Fue ahora cuando la profesora Ingram enarcó la ceja.
Hablas de ella como si la conocieras de toda la vida.
Simplemente es una boba predicción de esta vieja charlatana.—agitó la mano restándole importancia.
¿Vieja charlatana? La directora Alexandra Seymour de Parr nunca decía idioteces así como así, de echo se había ganado el apodo de; “Mujer, lengua de hierro” lo que era mucho decir. Cada vez que hablaba todos estaban atentos a lo que iba a decir. En la intimidad, Elizabeth sabía que era una mujer muy culta y bonachona a la que le gustaba las bromas. Aunque, de puertas para afuera demostrase todo lo contrario.
Así que, aquella declaración lo único que hacía era martirizarla aún más con sus incesantes preguntas. ¿Que se tría entre manos? ¿a que venía tanto secretismo? ¿por qué esa reacción? ¿por que diablos molestarse con una extranjera? Que desde luego, era una de las cosas que más vueltas le daba y de la que no la dejaba descansar en paz. ¿Por que tantas molestias con una alumna extranjera? Si, era verdad, ya habían tenido alumnas de diferentes nacionalidades, no era ninguna sorpresa. Pero siempre habían dado la talla, eran familias de origen noble al igual que ricas y de cuya inteligencia y conocimientos sobrepasaban lo habitual. De ahí, su gran confusión hacia ese raro comportamiento de su directora. ¿Haciéndose la tonta? ¿así como así? ¡nunca! Y menos de alguien tan estricta como lo era Alexandra, que incluso su nombre ya denotaba fuerza.
La mujer volvió a mirar el currículum de la que sería su alumna. Y la verdad, mirase por donde se mirase las notas eran un desastre. Todas las esquelas donde estaban situadas las notas junto a las asignaturas estaban llenas de suspenso y aprobados. ¿¡Cómo diantres podría enseñarla hasta llegar al mismo nivel que el resto de sus compañeras!? ¡aquella mujer se había vuelto loca!
Y luego la directora la anunciaba como si fuera un maldito ángel que ella acabaría encariñándose con ella.
Por lo me han informado, esa muchacha tiene problemas de sueño, no te preocupes por la estancia, cuando llegue la fecha se señalaré donde tiene que hospedarse.
Elizabeth bufaba, estaba que echaba humo.
¿Cómo me va a gustar esta niña?

April 18, 2018, 3:17 p.m. 0 Report Embed 3
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