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La sabiduría del cuervo

 “Pic, pic”, “pic, pic” ¡Oh molesto sonido que provenía desde la ventana! “Pic, pic”, “pic, pic” continuaba incesantemente, ya el niño lo sabía, no se detendría hasta que él no atendiera a su llamado y, aunque intentó ignorarlo esta vez, terminó cediendo y abrió las pequeñas puertas de la ventana de su habitación.


 -¡Es muy tarde!- se quejó el chiquillo mientras restregaba sus puños contras sus ojos, era de noche, una hermosa noche estrellada aunque sin luna, pero aún así podía distinguir bien la figura de aquel pájaro negro, un enorme cuervo, cuyas plumas parecían brillar aún más allá de la oscuridad nocturna, mas era un pluma roja en su cola la que más resaltaba.

-¡No importa, no importa! ¿Me tenés algo?- respondió el cuervo con voz chillona.

-Sí- el niño se alejó un momento de la ventana y regresó con una pequeña bolsa de tela llena de dulces bayas, las cuales colocó cerca del cuervo.

-¡Mmm!- el cuervo dio unas cuantas vueltas alrededor de la bolsa, mas no la tocó- ¡No, no! ¡Ésas no sirven!

-¿Por qué?- reclamó el niño- ¡Son de las que te gustan! Las compró mamá y…

-¡No, no!- siguió negando el cuervo- ¡Podrían enfermarme! Mañana conseguime de las buenas, ¿sí?

-¿Las del jardín de abuelita? ¿Por qué debería?

-Es mi pago, ya te lo he dicho, pronto lo entenderás- replicó el cuervo.


   “Plin, plin” así sonaban las pisadas del cuervo antes de alzar vuelo y perderse en el inmenso cielo.

“¡No hay de otra!” pensaba el niño mientras caminaba a casa de su abuela, si no el cuervo no le dejaría dormir tranquilo hasta que le llevara sus bayas “buenas”.


-¡Qué bueno que viniste!- la dulce y pequeña anciana sonreía mientras ofrecía un poco de leche a su nieto-, ¿viniste por bayas para tu amigo cuervo?

-¡Así es!- afirmó el niño- Es su pago, aunque no entiendo de qué.

-Tu abuelo solía decir que los cuervos son sabios, aprenden rápido y no temen compartir su sabiduría, alguna lección te querrá dar.

-O sólo comida querrá obtener.


La risa abundante de la anciana hizo sonreír al niño, sabía que su abuelita era a quien podía contarle su historia, su madre ni ningún otro adulto le creería, pero ella era diferente.

¡Ah! ¡Casa de abuelita! Recuerdos de su más temprana niñez vivían en aquel lugar, ahí su papá se había ido a vivir junto con su abuelito a “un mejor lugar” y aunque nunca regresó, aquella anciana siempre recordaba a su hijo con cariño y hablaba mucho de él, mas, con el pasar del tiempo, las visitas fueron siendo menos y menos, ya no había tiempo para visitar aquella pequeña casa y a pesar de haber crecido tanto, el niño seguía creyendo que ya no tenía tiempo, hasta que un día apareció el cuervo.


“-¡Quiero bayas!- dijo el Cuervo una noche de picoteos en la ventana.

-¿Hablás?- el niño estaba sorprendido- ¿Por qué hablás?

-Porque busco bayas- el cuervo parecía impaciente-, hay una pequeña casa celeste un poco alejada de aquí donde crecen muchos frutos, justo donde un gato amarillo gordo duerme siempre, ¡quiero de esas bayas!

-¡Suena como la casa de mi abuela!- dijo el niño.

-¡Ve a esa casa y conseguime bayas!”


 Un primer encuentro que el niño no comprendía, pero el cuervo no se quería explicar, sólo quería bayas y desde entonces, cada semana, el niño, sin fallar, le llevaba bayas de la casa de su abuela.

La leche se acabó y el niño supo que era el momento de buscar las bayas en el enorme jardín, pero ahí estaba el gran y viejo gato de su abuela, observando atentamente un árbol.


-Espero que no quieras cazar a un lindo pajarito- le dijo el niño.

-Yo no ocupo hacer eso- respondió el gato sin moverse.

-¡También hablás!- con sorpresa, el niño se sentó junto al gato- ¿Lo sabe mi abuela?

-Sos el primero a quien le hablo- el gato respondió mientras se rascaba una oreja-, no suele pasar, pero has hablado tanto del parlanchín cuervo de la pluma roja que me animé.

-¿Acaso vos también deseás algo de mí?

-No- el gato comenzó a rascarse la otra oreja-, quería decirte, ¿sabías que en este árbol vivía una vieja mamá cuervo con una particular pluma roja en la cola? Todas las mañanas se sentaba en la rama más alta de este árbol a esperar y esperar, pero nada llegaba, un día me cansé de verla siempre igual y le pregunté por qué hacía eso, “mi hijo pequeño pronto vendrá a visitarme, ¡ya lo quiero ver!” respondió, pero pasaban los días y la visita nunca se dio. Un día una tormenta llegó, pero ella no se movió de su rama, su edad y el agua la hicieron decaer, tu abuela la vio y la llevó a casa y la cuidó cariñosamente, pero la mamá cuervo no pudo alzar vuelo nunca más.

-¡Nunca vi a esa mamá cuervo!- el niño intentaba recordar.

-Estabas muy pequeño cuando ella llegó a este árbol y todo ocurrió cuando ya no volviste- respondió el gato-, ella y yo fuimos la única compañía de la abuela todo este tiempo.


 El gato bostezó y sin pronunciar ninguna otra palabra regresó a la casa, pero el niño quedó quieto frente al árbol unos minutos más antes de ir a recoger aquellas bayas “buenas”.


-Se hace tarde- dijo el niño cuando volvió con su abuela-, ya debo irme.

-¡Qué rápido!- dijo la abuelita- ¡Gracias por venir!


Con un beso, el niño se despidió de su abuela y mientras se alejaba de la casa, se volteó para encontrar que la ancianita aún lo observaba con una sonrisa de oreja a oreja, lo veía alejarse, como si intentara cuidarlo con su dulce mirada.

¡Ay! ¡Cayó la noche! La llegada del cuervo no se haría esperar, pronto el sonido “pic, pic” se escucharía sin césar contra la ventana de la habitación del niño, por eso él decidió esperarlo despierto, quería hablar con él, quería decirle lo que su abuelita le dijo, quería saber la lección que debía aprender.

Las horas pasaban y pasaban, el sonido “pic, pic” seguía ausente.

Pasaban las horas y los párpados del niño parecían pesar cada vez más.

Las horas pasaban y el sueño se declaró vencedor, ¡el niño se durmió!


-¡Despierta! ¡Despierta!- escuchó el niño la voz de su madre, quien con suavidad lo movía.

-¡Ya es de día!- el niño se levantó con sobresalto- ¿Dónde están la bayas?

-¿Las bayas?- preguntó su madre.

-Las que traje de casa de abuela- el niño miró alrededor, pero la bolsita no estaba, seguro el cuervo se las había llevado-, ¡no importa! Hoy iré por más.

-No se puede- negó su madre-, mi niño, durante la noche tu abuela se fue a encontrar con tu abuelo y tu papá, a vivir a un mejor lugar.

En silencio, el niño miró a su madre, quien le acariciaba el cabello con mucho amor, mas el niño ya sabía lo que anunciaban esas palabras, ¡su abuelita ya no volvería!

¿Y el cuervo? Tampoco volvió, algunos dicen que sirvió de guía a la dulce anciana a aquel “mejor lugar”.

Fin.

Feb. 17, 2018, 3:22 a.m. 3 Report Embed 1
The End

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Carolina C Carolina C
Otra cosa. El uso de los guiones es incorrecto. Tienes que usar rayas. Por ejemplo: —¡Quiero bayas! —dijo el cuervo. —Estas son buenas, las compró mi mamá. —chilló el niño. ¡Editada se verá muchísimo mejor! :)
March 1, 2018, 11:59 a.m.

  • Melissa Zúñiga Rodríguez Melissa Zúñiga Rodríguez
    Hola, si vieras que no hallo esos guiones en mi teclado, por eso siempre uso los cortitos. T___T May 6, 2018, 6:39 p.m.
Carolina C Carolina C
¡¡Hermosisimo relato!! Me gustan este tipo de cosas que no sólo son por entretenimiento, sino que te hacen reflexionar; gracias por compartir tu escrito.
March 1, 2018, 11:57 a.m.
~