diegogv Diego Gómez Villaseñor

Cuentos espectrales es una antología de historias de terror hechas para pasar de la mejor manera la noche de Halloween. Cada historia pretende llevar al lector por diferentes situaciones donde los espectros, los monstruos y otras cosas igual de terroríficas aguardan a salir a la luz de la luna de otoño para imprimirse en su memoria y en sus sueños.


Paranormal All public.

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I - Hendrickson

El sonido de los grillos es lo único que acompaña esta noche de Halloween. Los niños no salen a divertirse esta noche como antes era la costumbre. No hay chiquillos correteando por las calles con sus disfraces de demonios, brujas y doctores psicópatas, no hay pequeños caminando entre los caminos de los jardines con la misión en mente de tocar a la puerta del vecino y llenar sus cubetas con forma de calabaza, cráneos o murciélagos de cientos de dulces con los que llenarse la panza de azúcar y fastidiarse las muelas. No hay adolescentes en las calles cargando cajas de huevos para fastidiar la casa del profesor de turno ni con papel higiénico para joder al nerd de la escuela. No hay adultos «juguetones» organizando fiestas en sus jardines, esas fiestas en las que destacan los vampiros sexys, las enfermeras cachondas, los hombres salvajes como hombres lobo y las chicas provocativas como súcubos. No hay alcohol, no hay dulces, no hay risas, no hay diversión.

Solo está el sonido de los grillos. Acompañado, eso sí, de terror. Cada persona se ha encerrado en su casa y cada persona, ya sea grande o chico, creyente o no, sostiene un crucifijo, una estrella de David, un amuleto de protección, un objeto de la suerte, lo que sea, entre sus manos pues necesitan todo lo que puedan para pasar la noche. Las ventanas de las casas están tapizadas ya no con tablones; los más avispados, sino con mantas, cortinas, ropa, muebles, cualquier cosa que ponga tierra de por medio. Las paredes están tapizadas con hojas arrancadas de las sagradas escrituras, da igual el orden en el que estén pegadas, simplemente necesitan estar bien colocadas en las paredes para formar una barrera contra lo que se viene. Otras personas han adoptado tradiciones de otros lugares como Japón, colocando así platos de arroz en las entradas de cada una de las puertas de la casa, han comprado talismanes de otras partes del mundo y los han colocado en todas partes con tal de ahuyentarlo. Los nervios de las personas en esta noche de Halloween son palpables.

No es la primera vez que esto sucede, lleva pasando desde ya hace un par de años, desde que el viejo Hendrickson murió. El habitante de la casa en la colina, aquella con el extraño árbol de calabazas. El árbol que solo florece en otoño y da sus frutos justo el día de Halloween, una única vez al año, frutos que no necesitan ser cortados, frutos a los que no necesitas quitarle el relleno para poder ponerles una vela y una cara; no. Son calabazas ya hechas, nacidas con lo más horripilantes y grotescos rostros y en cuyo interior, cada noche de Halloween, brilla una luz azul mortecina que empieza a iluminar desde el atardecer hasta que la última calabaza se apaga a la una de la mañana del primero de noviembre. Es cuando la última calabaza se apaga que es seguro salir a las calles, hasta entonces, es mejor y más seguro quedarse en casa.

Solo está el sonido de los grillos. Acompañado, esta vez, del azote de una puerta. La puerta hace un eco terrible que llega a los oídos de todos en el pueblo y ha más de uno le hubiese producido un infarto. La casa del viejo Hendrickson permanece a oscuras desde su partida, si es que alguna vez se fue, cosa que el pueblo pone en duda. Saben que ha pesar de la oscuridad, de las ventana rotas y polvorientas, de los tablones crujidos y de la pintura descascarillada, de los muebles llenos de polvo y telarañas que hay en su interior y de todo ese aura de abandono, saben que el viejo Hendrickson no se marchó con su muerte, sino que sigue más presente que nunca en esa casa y saben, sin necesidad de levantar las cortinas, de mirar entre los tablones, que el viejo Hendrickson se pasea por las noches de Halloween entre las calles del pueblo. Cuando la puerta de la casa del viejo da su azote contra la pared de madera, un vaho blanco parecido a la niebla surge de dentro de la casa y se extiende poco a poco por las calles y lo jardines, entra en todas partes donde haya hueco, excepto en las casas que están bien tapiadas, aquellas que han colocado trapos y maderas en los resquicios de las puertas y las ventanas. La nube espectral se mete por las coladeras, y en los autos formando imágenes etéreas de espectros y seres demoniacos, en las coladoras el chillido de las ratas agonizando resuena llegando a las tuberías de las casas causando en sus habitantes temibles escalofríos que amenazan con hacerles perder la poca compostura que tienen y, de paso, la poca cordura que les queda para pasar la noche.

Hendrickson no tarda en salir de su casa en la colina. Un espectro con cadenas que cuelgan de brazos, espalda y piernas que no llegan a tocar el suelo. La cabeza con el cuello roto se dirige a la derecha, la carne del cuello de un color azulado transparente se ve descompuesta y deja ver parte de la tráquea del viejo y los músculos internos que le rodean. Ver la cara del viejo Hendrickson es un espectáculo que debería estar prohibido, una mueca atroz con los ojos salidos, colgando de las orbitas, flotando por aquí y por allá observándolo todo como dos apéndices independientes de su dueño, como los ojos de un camaleón que giran para tener una visión de todo lo que le rodea. La lengua del viejo Hendrickson, hinchada y de un color purpura transparente saborea el aire; saborea el miedo de los habitantes del pueblo y es ese sabor el que le sirve de guía para bajar la colina a veces flotando, a veces transportándose de un lugar a otro, su mueca siempre cambiando, siempre mostrando las peores caras del ser humano y otros rostros más salvajes, inhumanos, demoníacos.

El sonido de los grillos se ha detenido. El viejo Hendrickson se mueve por las calles, entres las cercas, entre los árboles, entre los jardines y los cachivaches que hay por ahí desperdigados. Intenta tocar en las puertas de las casas, pero no puede, los amuletos surten su efecto, las oraciones silenciosas de los habitantes de las casas llegan a los oídos desgastados y podridos del viejo, esto, de algún modo, parece ahuyentarlo, pero la ira del viejo Hendrickson aumenta. Sus ojos flotan a las paredes y ventanas intentando conocer a sus agresores para maldecirlos con la mirada, pero las paginas de las santas escrituras se lo impiden, las hojas arden en silencio con un fuego que no quema, pero que no es pertinente tocar, las hojas van volviéndose negras, algunas incluso llegan a convertirse en cenizas, sí el viejo Hendrickson tuviera más tiempo en este mundo se llevaría a más de uno pues las hojas no duran demasiado. Las ansías de Hendrickson no le dejan seguir con su intento de maldecir a los habitantes dentro de sus hogares. Le queda, pues, usar la baba ácida de su gorda lengua para forzar la entrada, pero los talismanes no se lo permiten, absorben las malas energías y purifican la baba haciéndola simple agua. El viejo Hendrickson, se marcha, un años más, sin llevarse a ninguno de sus despreciables vecinos, el viejo Hendickson vuelve a su casa y se asegura de cerrar la puerta con el mayor silencio, pues las calabazas con su fulgor azul dicen que sigue teniendo tiempo y el viejo Hendrickson es paciente, muy paciente y no le importa esperar unas cuentas horas o, incluso, un año más pues al final, los trucos de sus vecinos dejarán de funcionar.

Oct. 23, 2022, 3:15 a.m. 4 Report Embed Follow story
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