mavi-govoy Mavi Govoy

Esta historia, que presento al concurso de otoño, narra sucesos reales. No "se basa" en hechos reales, sino que "son" hechos reales, salvo las fechas, que he alterado para que sea un "relato otoñal". Por supuesto se ha omitido cualquier dato personal que permitiera identificar a sus protagonistas, pero tengo bien guardados los correos que demuestran cuanto aquí se refiere que, en resumidas cuentas es el relato de unos roces, riñas y desencuentros de unos vecinos de Madrid. Y es precisamente por ello y porque el Ayuntamiento de mi ciudad tiene un papel destacado en esta historia por lo que quiero dedicársela al señor alcalde de Madrid. Me encantaría que estos sucesos llegasen a su conocimiento y poder tener con él una charla sobre el funcionamiento del área de Movilidad del ayuntamiento que dirige. * * * La imagen de la portada está tomada de aquí: https://pixabay.com/es/vectors/gr%c3%baa-coche-peque%c3%b1o-coche-autom%c3%b3vil-2901948/


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La peripecia del "favor muy especial"

El sábado 21 de septiembre, inicio del otoño, mi madre decidió darse un garbeo con el coche.

Antes de la pandemia y de todo el follón consiguiente, utilizaba el coche para ir a la oficina. Ella lo describía como «treinta kilómetros repartidos en dos atascos diarios», lo que no suena muy gratificante, la verdad. Con la pandemia vino el teletrabajo y las reuniones telemáticas en zapatillas y con el gato sobre las piernas, y el coche paso a segundo plano. Con todo, de vez en cuando mi madre se iba con el coche por aquello de mover las ruedas y que no se deformen, o eso dice.

Eso fue lo que tenía previsto hacer aquel sábado de otoño.

Vivimos en una casa de vecinos sin garaje. En Madrid solo los barrios relativamente nuevos tienen garajes en todos los edificios, y el nuestro no es un barrio nuevo. Es una zona estupenda, bien comunicada, con mucho comercio y la universidad al lado, pero las casas no tienen garaje.

Puede parecer un detalle nimio, pero es fundamental en esta historia.

Hace años, el ayuntamiento se aplicó a construir garajes para residentes. Hay muchos en Madrid, ciento y pico, si no me equivoco. Dichos garajes son del ayuntamiento, que cede el uso de las plazas de aparcamiento a quienes acreditan residir en torno al garaje que sea.

En su día, mi abuelo fue agraciado con una de dichas plazas del ayuntamiento. Años después de adquirir el derecho de uso de la misma, quedó inválido. No podía conducir, pero tenía un coche y una plaza cedida. Y aquí entra mi madre, porque ella siguió usando el coche y la plaza.

Así que allá fue mi madre el primer día de otoño a sacar al coche de paseo, y se encontró con que no andaba. Es un coche con embrague automático y se le había estropeado el sistema de embrague. En suma, que se quedó sin pasear al auto.

Tuvo que esperar al lunes siguiente para llamar al taller y concertar cita y llamar también al seguro del auto y pedir una grúa. En realidad tuvo que pedir dos, una que entrase al garaje y arrastrase el coche fuera, donde esperaría otra grúa de plataforma, que sería la que lo trasladase al taller el día y a la hora de la cita, que fue a las ocho de la mañana del jueves 26 de septiembre.

Así que a las siete de la mañana de ese jueves mi madre se fue al portón del garaje a esperar a la grúa.

Y aquí arranca el lío.

Llegó la grúa con toda puntualidad y mi madre le pidió que esperase mientras ella hablaba con el vigilante de seguridad para abrir el portón. Antes se podía abrir con mando a distancia, pero desde que instalaron lectores de matrícula, el mando quedó deshabilitado y, si la matrícula no está registrada en el sistema, solo lo puede abrir el vigilante de seguridad.

Pero no pasa nada, pensábamos, porque hay vigilante las veinticuatro horas del días siete días a la semana, incluso en agosto. Fue una ingenuidad por nuestra parte.

La vigilante dijo que ella no podía abrir a nadie sin permiso del excelentísimo e ilustrísimo señor presidente de la comunidad de cesionarios del aparcamiento y del administrador de dicha comunidad. ¡¿"Comor"?! Como suena. Dijo que ella no abría sin la preceptiva autorización de los dos mendas citados.

Pese a ser solo las siete y cuarto de la mañana, mi madre estaba totalmente despierta -no sé como lo hace- y largó una filípica impecable sobre la improcedencia de unas normas absurdas que solo ponen trabas a los usuarios del garaje, que son los únicos que pueden disponer legítimamente si desean / necesitan que su vehículo sea retirado por medio de una grúa. Pero la vigilante no se iba a jugar su puesto de trabajo contraviniendo las órdenes, por más que improcedentes, aberrantes y paternalistas, de la junta de gobierno de la comunidad de cesionarios, y no abrió el portón.

Sucedió también, y es bastante razonable, que a las siete de la mañana el señor administrador no estaba disponible para dar su bendición, de modo que la grúa se fue sin remolcar el coche y hubo que avisar al taller para solicitar una nueva cita.

Mi madre aprovechó el tiempo para escribir un correo al señor administrador en el que explicaba la situación del vehículo averiado dentro del garaje, y nada más pudo hacer hasta las diez de la mañana, que “en teoría” -pónganse mucha comillas- es cuando arranca la jornada de trabajo del señor administrador de la comunidad de cesionarios. Tres minutos después, por dar un margen, mi madre empezó a llamar a su oficina.

Ring, ring…

Y llamó. Ring, riiiiiing….

Y llamó. Ring, riiiiing…

Y siguió llamando. Riiing, riiing…

Y dos horas más tarde, cuando se cansó de llamar, se fue a visitarlo a su oficina, pero el señor administrador, sin cuya bendición paternalista no es posible que entre una grúa en el garaje, no pisó su oficina ese día.

Mi madre no se rinde fácilmente. Localizó en internet otro número de teléfono del mismo señor administrador, que no es el que se facilita a los cesionarios que puedan requerir sus servicios. Para entonces ya eran las doce y cuarenta minutos. Es decir, llevaba más de cinco horas intentando resolver algo tan tan caprichoso e improcedente como la necesidad de sacar SU coche averiado del garaje con el auxilio de una grúa, algo que podría haberse solventado de inmediato de tener una normativa razonable que reconociese que el cesionario está legitimado a trasladar su vehículo con los medios que sean necesarios para ello.

Lo comento porque reconozco que su saludo al señor administrador no fue el más cordial. Le recriminó su ausencia de horas sin dar aviso de su paradero para que se le pudiese localizar y sin atender a su correo, porque no había leído el correo enviado a las ocho de la mañana.

Qué mala leche llegan a tener algunas personas que no son precisamente ejemplo a seguir en lo que se refiere a cumplimiento del horario, ágil desempeño de tareas y atención cordial a los clientes. El tipo, es decir, el señor administrador ocupadísimo en no estar pendiente de su trabajo, aseguró que un permiso para el acceso de una grúa al garaje era algo tan complicado que no se podía cursar de un día para ese mismo día y que le haría llegar el procedimiento y la documentación a aportar para obtenerlo.

Llegados a este punto, mi madre buscó cualquier forma de contactar con la junta de gobierno de la comunidad de cesionarios del garaje para quejarse de las ínfulas del señor administrador. No sé a vosotros, pero a mí me parece que su enfado estaba muy justificado. El procedimiento normal es a través del administrador, de ese administrador que ni está ni contesta al teléfono ni lee los correos, pero mi madre encontró otra dirección de correo usada por la junta de gobierno para hacer comunicados. Y les escribió.

Y se desató la de Troya.

Si malo resultó el administrador, peor fue el ilustrísimo y excelentísimo señor presidente que se debe de creer el rey del mambo.

Veamos. Lo primero que sucedió fue que sobre las cuatro y media de la tarde -más de nueve horas después de infructuoso intento de que la grúa sacase el coche del garaje- el creidísimo y pagadísimo de sí mismo señor presidente de la comunidad de cesionarios escribió un correo en el que tildaba de «un favor muy especial» la presteza con que él en que persona se iba a ocupar del caso.

La réplica de mi madre fue inmediata. Supongo que es deformación profesional, puesto que trabaja en un área de control de calidad, porque expuso de forma sucinta y clara las aberraciones de un sistema de autorización en el que un presidente y un administrador se atribuyen a sí mismos la función de custodios de los vehículos aparcados en el garaje, función que no les corresponde, y además de no corresponderles no la saben atender con la agilidad que sería precisa.

Hay personas muy mezquinas. Mi madre es muy buena en la detección de errores procedimentales y la elaboración de instrucciones, pero el engreidísimo señor presidente no lo supo apreciar y su venganza llegó al día siguiente, que fue cuando, tras comprobar que el administrador perezoso seguía sin acudir a su despacho ni contestar el teléfono, entró un correo en el que se solicitaba hasta el certificado de bautismo para poder proceder a la autorización de acceso de grúa que se reclamaba.

Vale, he exagerado, el certificado de bautismo no se pedía, pero el señor presidente estaba al tanto de que mi abuelo había fallecido mes y medio antes, y atentos a lo que sí pidió para conceder a mi madre el derecho a ocuparse del coche averiado: copia de la partida de defunción del titular, copia de la declaración de herederos, fotocopia del DNI de la solicitante, declaración jurada de hacerse cargo de los pagos de la plaza de garaje y un impreso de solicitud de acceso de grúa que se habían inventado entre el administrador y el presidente.

Se le proporcionó todo ello y más, pues sucede que cuando hay testamento no hay declaración de herederos. Y mi abuelo dejó testamento. Por fin, supongo que tras estudiar sesuda y pausadamente toda la documentación aportada, el domingo a media mañana llegó la ansiada autorización para la grúa. "Solo" cuatro días, de jueves a el domingo, para conseguir que el lunes se dejase entrar una grúa.

¿Pensáis que aquí se acabó todo? Pues estáis muy equivocados. La ruindad de quien se ofende porque no le besan el culo puede llegar muy lejos.

El lunes 30 de septiembre entró la grúa en el garaje, sacó el coche y este llegó al taller. El viernes 3 de octubre, a las 10:23 de la mañana, llegó un correo en nombre de la junta de gobierno del garaje, que, no se olvide, es propiedad del ayuntamiento y no del presidente de la comunidad de cesionarios. En dicho correo el injustísimo señor presidente avisaba de que había decidido que en tanto el ayuntamiento no diese su bendición al traspaso de la cesión del uso de la plaza de mi difunto abuelo a su heredera, él, como presidente, disponía por sus requemados “eggs” que dicha plaza no pudiese ser usada.

En otras palabras, que se borraba la matrícula del coche del sistema lector de matrículas para que no pudiera acceder al garaje.

Pobre tipo, no sabía a quien se enfrentaba. Mi madre no ganaría una pelea a puñetazos, pero sabe defenderse. Diez minutos después ella estaba al habla con el ayuntamiento de Madrid. Media hora después no sé cuantas reclamaciones le había dado tiempo a cursar, pero debieron ser varias. Su alegación era muy clara -ya he dicho que trabaja en un área de control, sabe moverse entre burocracia-: La ley es la misma para todos. Si un vehículo era excluido del garaje del ayuntamiento, exigía que se aplicase la misma norma a todos los automóviles de los fallecidos desde el inicio de la pandemia que fuesen cesionarios de plazas del ayuntamiento. Además, si cesaba el derecho de uso, también cesaba el deber de pagar por la plaza.

Lo exponía muy bien, pero el ayuntamiento de Madrid es mastodóntico y hasta la gestión más simple tarda semanas. Pensé que no conseguiría nada.

El 7 de octubre a las 11: 33 llegó otro correo, este de parte del administrador informal que ni está ni atiende, que notificaba que se volvía a autorizar el acceso al garaje al coche de mi abuelo.

Justo a tiempo. Ese mismo día, dos horas después, avisaron del taller que el coche ya estaba reparado. Yo creo que fue el ángel de la guarda quien estuvo al quite.

Sept. 19, 2021, midnight 0 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

Mavi Govoy Estudiante universitaria, defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

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