G
Gustavo Trejo


A veces nos toca vivir experiencias llenas de tristeza y desesperación. Es algo inevitable. Pero cuando se trata de alguien como Rachel, no hay punto de comparación. Ella simplemente anhelaba felicidad para su vida. Sin embargo, lo único que obtuvo a través de los años fue inmenso dolor, sacado de las profundidades del mismísimo infierno. Miseria y soledad, eso era todo lo que tenía. Ni un familiar o tan siquiera un amigo a quien acudir. Sufrimiento es la palabra que mejor definía su persona, hasta que llegó aquel extraño día: mientras Rachel hacía sus labores como repartidora de pizza, sin ninguna explicación terminó arribando en una colosal isla, habitada por un sujeto bastante singular. Y es que éste poseía nada más ni nada menos que... orejas de gato reales.


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Introducción: Arco 0. Repartidora de desgracias.

Ciudad de México, 1 de agosto del año 1989.

El cielo en la ciudad, como es costumbre, se nota obscuro y muy lúgubre. Las avenidas son inundadas por un interminable cúmulo de vehículos estancados, alimentando al, ya de por sí, contaminado ambiente con toneladas de smog cual si fuera dulce chocolate.

No hay pájaros lindos cantando alegremente o tan siquiera personas sonrientes. Después de todo, esas espantosas calles agrietadas y esos gestudos ciudadanos gritones, amargarían hasta el más positivo samaritano. Asimismo, nadie gusta de hablar con nadie, manteniéndose precavidos por los delitos que están a la orden del día.

Alrededor de aquella inmensa ciudad se ubican varias residencias relucientes y edificaciones enormes que bien pueden apreciarse desde las lejanías. Aunque, debido a cierta crisis económica sufrida unos años atrás, gran parte de su población no vive igual a los que habitan en dichos lugares: penuria extrema, escases de comida y agua, casas mal construidas, higiene deficiente, son sólo algunos ejemplos de lo bajo que es y siempre ha sido México.


Situado entre los barrios más bajos y pobres del país, en el primer piso de un maltrecho edificio marrón, se encuentra un establecimiento pizzero no muy llamativo y anticuado, pero bastante recurrente. Éste tiene todo lo que cualquier pequeño local de comida rápida debe tener: mesas con sus respectivas sillas para que los clientes degusten ahí, plazas de estacionamientos cercanos a la entrada, donde guardan las motocicletas, teléfonos fijados a la pared y, por último, cajas registradoras pedidos.

Puede que aquella pizzería no sea la gran cosa, uno de esos típicos locales viejos de cadenas populares que aparentan nunca ser limpiados mas, por alguna razón, son muy frecuentados. No obstante, lo que ningún individuo podría imaginarse siquiera es que este sitio pronto sería partícipe de un acontecimiento... peculiar.


Son las doce del medio día; clientes van y vienen, el tráfico casi alcanza su punto más crítico y algunos empleados salen de trabajar, mientras que otros recién comienzan sus turnos. De estos últimos, una joven mujer de corta estatura, vestida con el típico uniforme rojo estampado de logotipos, entró al establecimiento: su postura es encorvada, cabizbaja y en todo momento pareciera desprender un aura sumamente depresiva. Aunque esto poco le importa a los demás. Al fin y al cabo, su presencia les resulta tan irrelevante como cualquier feo decorativo del lugar. "Una empleada rara más del montón" es como suelen describirla.

El aspecto que muestra la joven es en extremo tétrico y triste; motivo suficiente para mantenerse alejado y no dirigirle ni una palabra amistosa. Además, como si eso no bastara, aquella cruel indiferencia hacia su persona tiene otra razón de ser y esa es que la chica, todos los días desde que entra a trabajar hasta que se va, utiliza una gorra roja que apenas deja ver su cara.

Aquel accesorio para la cabeza es parte del uniforme oficial, pero usarlo es completamente opcional. De hecho, los pocos que llegan a prestarle atención a la joven, suelen preguntarse si lleva la gorra a propósito ya que, al tenerla puesta, el contacto visual se hace mínimo y las ganas de hablarle se reducen a casi cero. Sin embargo, nadie nunca indaga al respecto.

La labor que la chica debe realizar dentro de la pizzería es sencilla, siendo el tomar pedidos y recibir dinero lo único que hace hasta el anochecer. En pocas palabras, es la cajera.

Estando a escasos centímetros de llegar a su respectiva caja, sin darse cuenta, ella choca con un hombre trajeado que llevaba en manos una bebida, la cual terminó ensuciando gran parte del uniforme rojo.

—¡Oye! ¡¿Qué no ves por dónde vas?! —exclamó aquel señor.

—Lo... Lo siento mucho —dijo la joven en voz baja, agachándose velozmente al piso para recoger el envase de la bebida.

—Olvídalo, igual ya no me quedaba mucho refresco. —Con una molestia más que palpable, aquel hombre avanzó hacia la salida, pero no sin antes empujar a la chica para que esta cayera justo encima del líquido derramado—. Idiota.

La gente en los alrededores se quedó viendo aquella penosa escena durante insignificantes dos segundos. En un abrir y cerrar de ojos, todos ignoraron lo acontecido, como si no les importara en lo más mínimo. Por su parte, la joven se levantó del piso en completo silencio y, sin más, se dirigió a su puesto.

«Hmph, como sea»

Dejando de lado aquel inconveniente, el tiempo transcurrió igual que siempre: personas iban y venían, repartidores salían y regresaban. Una queja por aquí, una queja por allá. Dinero que ella recibía, dinero que ella guardaba. Todo era aburrimiento total en un ambiente tan gris como la propia ciudad.

Entonces, luego de varias horas haciendo prácticamente nada, llegó el tiempo de irse a casa.

Son las 8:30 p.m. y casi todo el personal ya ha abandonado el local. Sólo quedan la chica de aspecto depresivo revisando, frente a la caja registradora, que sus cuentas estén bien y el gerente del establecimiento, cuya edad ronda entre los 40 y 50 años. Éste último está aproximándose lentamente hacia la chica mientras sostiene un extraño papel en mano.

—Oye, tú —habló el gerente con un tono mandón y algo grosero.

Pero ella no pronunció ni una palabra, preservando su vista en la caja registradora.

—¡Oye! Te estoy hablando. —Elevó su voz, molesto.

Una vez más, la chica no dijo nada, limitándose únicamente a voltear ese decaído semblante hacia su jefe.

—¿No eres de muchas palabras o qué?

Ella negó con la cabeza.

—Bien... sí, como sea. ¿Sabes manejar motos?

—¿Eh?

El gerente refunfuñó con enfado.

—Dije que si sabes manejar motos. ¿Siquiera me estás escuchando?

—Sí... Sí lo escucho —respondió en voz muy baja, apenas perceptible.

—Ajá, pues, ¿adivina qué? No lo parece —mencionó con sarcasmo—. Además, otra cosa, ¿podrías por favor quitarte esa gorra? Nunca lo haces, incluso cuando ya todo está obscuro. ¿Sabes? Da muy mal rollo no poder verte bien a la cara.

En lugar de hacer caso, la joven rápidamente dirigió ambas manos a su gorra, inclinando la mirada en dirección al piso, temerosa.

—¿Qué? ¿Acaso te da miedo quitártela?

La chica sólo asintió débilmente.

—Oh, Dios mío, ¿por qué a mí? —El gerente murmuró para sí mismo, frustrado—. Escucha, niña, no tengo tiempo para estas tonterías. Sólo contesta a mi pregunta de una vez, ¿quieres?

Hubo un breve silencio.

—Yo... no, no sé manejar motos —respondió finalmente.

—¡Pues qué gran oportunidad acabas de obtener! —exclamó—. Verás, un sujeto raro me pidió hace no mucho que le lleváramos un pedido a cierta dirección, observa —Él le hizo entrega del papel que sostenía entre manos—. Como vez, se encuentra a las afueras de la ciudad. Está algo lejos, pero no será ningún impedimento. No hay tráfico y sólo es cuestión de seguir un par de letreros y ya.

—Pero... Pero yo no sé manejar. —Insistió con preocupación.

El gerente soltó un largo suspiro cansino.

—Ramirez, ¿verdad?

—Eh... no, me llamo Ra...

—Sí, sí, lo que sea —interrumpió—. Escucha, si éste fuera un pedido cualquiera, créeme que ni loco aceptaría, pero no lo es. ¿Sabes cuánto me pagó el sujeto que te mencioné antes? Lo equivalente a cien pizzas, ¿entiendes? ¡Cien pizzas! Y lo mejor es que sólo pidió una. —Rió levemente—. Nuestro deber es no quedar mal ante los clientes y como ya todos mis empleados se fueron, eres la única que puede llevar a cabo esta importante tarea. Además, manejar motocicletas es como andar en bici, sólo que con motor y aceleras usando el manubrio. Me supongo que sabes andar en bicicleta, ¿no es así?

La joven de nueva cuenta asintió de manera seria.

—Perfecto. Desde hoy te nombro repartidora oficial —dijo con desdén—. Todo está preparado. Agarra la llave número trece y sube a la primer moto frente a la entrada. Ya me la regresarás mañana.

—P-pero... Pero yo no...

—¿Pero? ¿En serio volviste a decir "pero"? Una vez te la paso, dos ya no —expresó con suma molestia—. Por si no lo recuerdas, niña, acepté que trabajaras para mí porque debía un favor. Después de todo, no tienes otro lugar a dónde ir. No tienes opción. Sin mí o sin este empleo, tu vida estaría acabada. Así que hazte un favor a ti misma, toma la estúpida moto y lárgate ya, ¿o es que también quieres quedarle mal a esa persona? ¿Eh?

Ella se reservó cualquier queja que tuviera y no volvió a contestar.

—Como pensé... De acuerdo. Nos vemos mañana. —El gerente dio media vuelta con la intención de retirarse hacia su oficina, pero se detuvo antes de dar un paso siquiera—. Ah, sí, otra cosa. Por el bien de tu salario, te recomiendo que regreses con la motocicleta intacta, ¿quedó claro? —Volteó hacia la joven y la fulminó con la mirada—. Si todo quedó claro, entonces vete. Ya me encargaré de cerrar el local.

Manteniéndose siempre cabizbaja y sumisa, aquella chica tomó la llave número 13 de un pequeño tablero, una gruesa chamarra para cubrirse del frío y salió rápidamente del lugar. Por su parte, el gerente llegó hasta una silla afelpada dentro de su oficina, se sentó y luego suspiró, descargando con ello todo el cansancio acumulado.

—De puta madre, ahora sí podré disfrutar mi dinero sin que nadie moleste —pronunció con una gran sonrisa complacida—. Sólo espero que la moto regrese bien. Aunque, conociéndola, seguro será así. No por nada, esa niña es un diamante en bruto. —Sin pensarlo dos veces, hizo un breve estiramiento—. Pero aún hay algo que sigo sin entender, ¿por qué ese sujeto pidió que la pizza fuera entregada específicamente por ella? ¿Será algún conocido? —De repente, soltó una leve risilla—. No, ni hablar. Sería tonto pensar eso. Ya no le queda nadie —declaró convencido—. Como sea, no sé porqué lo analizo tanto. Logré llegar a un jugoso trato con él tan sólo por enviarla y eso es todo lo que importa. —Del escritorio frente a él, en uno de los cajones sacó una tira de billetes los cuales, con total felicidad, no dudó en besar.

Mientras aquel hombre de complexión delgada, cabello canoso, abundantes ojeras y vestimenta casual se regocijaba del dinero que ganó, la chica ya había partido hacia su destino. Por supuesto, siendo una completa principiante, en un inicio le costó trabajo maniobrar el vehículo de dos ruedas. No obstante, se necesitaron únicamente 15 minutos de práctica para que lograse dominar lo básico.

«Ese gerente, ¿cómo pudo olvidar mi nombre? Siempre se lo repito, pero nunca escucha y me ignora igual que todos. ¿Qué acaso no tiene el más mínimo interés hacia su propia protegida? Cómo quisiera largarme de ahí y no volver a pasar estas cosas, en serio. Pero él tiene razón, no tengo opción. Por muy ilógico o complicado que sea una petición en el trabajo, debo acatarla. Ese fue el acuerdo. A menos que elija la muer... no, no pienses en eso. No debes rendirte. Recuerda que aún tienes una deuda con esa persona. Una deuda que vas a pagar, pase lo que pase»

Las calles que la chica recorre junto a su motocicleta son sumamente silenciosas; sin embargo, no hay que confundirse. A partir de las ocho en adelante, la ciudad se vuelve un auténtico infierno disfrazado de serenidad.

Los alrededores se hallan vacíos casi en su totalidad, aparentando una paz y tranquilidad inexistentes. Apenas pasan vehículos y ni se diga de la gente. El ambiente se siente tétrico, hostil y muy deprimente. Quizá por los infinitos baches de las calles, la escasa iluminación o por lo espantosas que se ven la mayoría de las casas. En cualquier caso, algo es seguro: el peligro está ahí mismo, asechando desde la obscuridad mientras espera el momento oportuno de atacar.


Son cerca de las diez de la noche y aquella joven repartidora ya está por llegar a la dirección acordada. Pero algo muy extraño sucede.

—Hmm... qué raro —murmuró para sí misma mientras conduce—. ¿De verdad hay una casa por aquí? Apenas si se ven señales de vida; un par de autos destrozados y edificaciones derrumbadas. De ahí en fuera, todo es pasto y asfalto. No lo entiendo.

Ella, estando totalmente confundida, detuvo la motocicleta a un costado de la autopista y rápidamente se colocó frente al faro encendido de esta misma.

—A ver, quizá me equivoqué o me pasé. ¿Qué dice la nota? —De uno de sus bolsillos sacó el papel con la dirección anotada para leerla—. "Autopista 24 en dirección al estadio de fútbol, cercano del pastizal de los Ramirez. Justo en la primer casa que veas" es todo lo que dice. El estadio debería estar cerca, o al menos eso decían los letreros que seguí, y el pastizal debe ser el que estoy viendo frente a mí. Además, no hay dudas, esta es la autopista 24 que conecta con el siguiente estado. En serio que no lo entiendo. —De pronto se quedó callada unos instantes, acomplejada—. Parece una especie de broma, pero eso sería imposible, digo, ¿qué clase de loco es capaz de pagar tanto dinero sólo por enviar una pizza en mitad de la nada? Vea de la manera en que lo vea, no tiene sentido.

Como ella no pudo encontrar una respuesta convincente, sin pensársela dos veces, decidió acercarse al compartimiento donde se resguarda la pizza.

—Bueno, como sea. Pensar en ello no me llevará a nada. Nunca lo hace, así que sólo me sentaré aquí y comeré esta delicia. Total, ya recorrí varios kilómetros y jamás encontré esa dichosa casa. Además...—Su estómago de repente gruñó con bastante intensidad—. Hace hambre.

Y así, ignorando cualquier clase de política que tuviera su trabajo, es como abrió el gran compartimiento cúbico de la motocicleta. Sin embargo, al momento de hacerlo quedó boquiabierta.

—¿Pero qué...? Esto debe ser un mal chiste.

El compartimiento está vacío.

—¿Qué demonios le pasa al gerente? ¿En serio es tan avaro como para no enviar ni siquiera una miserable pizza? ¿Aún con todo el dinero que le dieron? ¿O acaso se le habrá olvidado ponerla? —Ella silenció unos instantes, pensativa.


Mientras tanto, sentado en el sofá de un departamento sin nada más que su ropa interior, el gerente se encuentra besando el dinero cual enfermo mental.

—Ay, dinero. Mi hermoso, hermoso dinero. ¿Qué haría yo sin ti? Cómo me alegro de ser un excelente negociador. De verdad, nadie, ni siquiera aquel extraño hombre es rival para mí y... un segundo. Ahora que recuerdo, había dos motos que, por alguna razón de fábrica, funcionan con la misma llave, pero sólo una de ellas tenía dentro la pizza. ¿Cuál le dije que tomara? ¿La primera frente a la entrada o la segunda? —Se quedó pensando—. Meh, como sea. Igual lo más probable es que se tratara de una broma. Una muy extraña, elaborada e incoherente broma, diría yo... ¡Ja! Claro, cómo no. De seguro hay un excelente motivo detrás de todo, el cual no podría importarme menos. Al fin y al cabo, ya me pagaron. Así que... ¿en qué nos quedamos, lindura? —Le habló al dinero que sostiene en mano y en seguida continuó con su sesión de besuqueos.


De vuelta con la chica.

—Hmm, sí, algo me dice que hubo una equivocación. Pero qué importa lo que haya pasado. Quedar varada en una autopista sin rastros de civilización en kilómetros a la redonda, estando totalmente obscuro mientras el estómago me mata de hambre, no es nada. —Dejó escapar una risilla irónica—. Sí, después de todo, esto sólo puede ser producto de mi mala suerte. Ya decía yo que el día estaba muy tranquilo.

Con total desinterés y apatía, la joven se sentó junto a la moto. Después dejó escapar un largo suspiro cansino.

—Si en verdad existiera un dios, como desearía preguntarle porqué mi vida apesta tanto... no, espera un minuto. En realidad sí lo sé, mejor que nadie. No vengas a hacerte la inocente, si durante años y años, la única culpable de su propia miseria has... sido... tú —declaró en voz baja—. Así que cierra la boca, deja de pensar y relájate aunque sea por hoy, que mañana volverás a la misma rutina aburrida de siempre y luego...

De pronto, un extraño ruido proveniente de las lejanías llamó su atención, haciendo que voltease velozmente, dándose cuenta que se trata de un simple vehículo.

—Oh, genial, lo que faltaba. Un coche —expresó con sarcasmo—. En fin, quedarme aquí sentada desde un principio no era buena idea. No quiero que llegue un desconocido a preguntarme si estoy bien o algo por el estilo. Lo mejor será que me vaya. —Se puso de pie.

La chica se subió a la motocicleta e intentó encenderla. Sin embargo, por muchas vueltas que le diera a la llave, la moto no prende.

—¿Eh? No puedes estar hablando en serio —dijo con preocupación—. Prende, maldita sea, ¡prende!

Ella trata de hacer que arranque su vehículo con suma desesperación y angustia, pero éste sigue sin reaccionar. Aunque, inexplicablemente, el faro continúa encendido.

—Esto no puede estar pasándome, en serio que no —musitó con enfado—. ¡¿Por qué tienes que fallar justo ahora?! ¡¿Eh?! —gritó al son de la ironía y desgracia.

«Odio esto. En serio, en serio lo odio. Siempre es lo mismo. No hay día en que algo no salga terriblemente mal. Ahora sólo falta que el sujeto del coche no se detenga, porque lo necesito. La noche en esta ciudad es en extremo peligrosa como para que una chica de mi edad camine en sus calles. No hay opción. Tendré que que pedir al tipo que me lleve de vuelta. En cuanto a la moto, no hay que preocuparse. Se puede recuperar. Total, no está destruida»

Y así, sin moverse de un centímetro de su posición, la chica esperó a que el automóvil se acercara.

—Sólo espero que sea buena gente... Oye, es cierto, ¿y si no lo es? ¿Qué haré en ese momento? —Se preguntó a sí misma, ansiosa—. Supongo que no me quedaría de otra más que correr, aunque nunca tuve buena condición... Oh no, esto es malo.

La incertidumbre pronto comenzó a dominar sus pensamientos. No obstante, al no tener muchas alternativas, decidió que lo mejor era simplemente confiar en que todo saldría bien.

Transcurrió un minuto o quizá un poco más, ¿cómo ella podría saberlo? Si lo angustiante del asunto no es para menos. En cualquier caso, aquel vehículo, para completa sorpresa de la chica, sí se detuvo cerca suyo.

—Vaya, por fin, un poco de suerte... No, aguanta. Algo está mal.

Un terrible mal presentimiento recorre cada parte de su cuerpo. La preocupación aumenta en gigantescas proporciones y todo porque el conductor del automóvil está tardando en salir.

—Eh... ¿Hola? —pronunció ella, temerosa.

Tal y como la joven piensa, algo no anda bien. Después de todo, el coche sólo se encuentra ahí, detenido. Su motor es todo lo que suena en los alrededores y la incandescente luz que éste desprende, ciega cualquier intento de ella por ver el interior.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó una vez más, asustada.

Entonces, finalmente hubo respuesta, pero no de la manera que pensaba. Aquel vehículo, sin previo aviso, comenzó a avanzar lentamente hacia el frente.

La chica no lo pensó demasiado. Ella sabe perfectamente que el coche se ha vuelto un peligro. Al fin y al cabo, nadie en su sano juicio haría semejante escena tan macabra. Así que, olvidándose de cualquier otra cosa, rápidamente se bajó de la moto y corrió en dirección al enorme pastizal.

Muchos la llamarían tonta por huir sin siquiera esperar; tal vez se trate de una pequeña e insignificante broma, tal vez sólo sea paranoia. Sin embargo, en esta ocasión, la razón se la lleva ella puesto que, pocos segundos después de que escapase, aquel extraño automóvil aceleró como un maniático, arrollando y destrozando la motocicleta del trabajo.

La joven no tiene la más remota idea de lo que sucede. El terror ya ha invadido su consciencia totalmente y la única idea que tiene es correr, correr y correr lo más rápido que su cuerpo le permita. Asimismo, pese a sus desesperados intentos por no voltear atrás, sabe con seguridad que el desquiciado está siguiéndola, incluso a través del pastizal. No por nada, el sonido que emana del motor y la luz de las farolas, se sienten muy cerca.

«¡¿Qué rayos pasa?! ¡¿Quién demonios es este sujeto?!»

El cuerpo de aquella chica es débil y un enorme cansancio se está presentando; sus párpados se cierran, su velocidad disminuye. Le cuesta respirar y los incesantes jadeos que deja escapar son prueba fehaciente de ello.

«¡Que alguien me salve, por favor, quien sea! No quiero esto. No quiero ser atropellada. No quiero. Debo entregar la motocicleta. Tengo que regresar a mi departamento y continuar con esta horrible vida. Ese es mi castigo, ¿no es así? Desde siempre lo fue, ¿o no? ¡¿O no?! ¡¿Por qué nunca eres claro conmigo?! ¡¿Por qué siempre me atacas de la manera que menos espero?! ¡¿Es para hacerme sufrir más?! ¡¿EH?! ¡¿EH?! ¡¿POR QUÉ?!»

Antes de que pudiera darse cuenta, su cuerpo no dio para más y cayó de cara contra el piso. Ya no le quedan fuerzas para continuar y sea quien sea el conductor del vehículo, ganó. Ella se halla completamente atrapada y no queda ninguna esperanza.

—¿Por qué?... ¿Por qué?... ¿Por qué? —murmuró, apretando con frustración sus puños.

Un sinfín de lágrimas desesperadas escurren a través de sus pómulos, y no es para menos. La alta velocidad del automóvil se escucha con claridad, como si no tuviera la intención de detenerse. No hay dudas. Ese es el fin.

Y luego, como si aquella infernal situación no fuera suficiente castigo, de la nada su visión empezó a distorsionarse cual extraña alucinación; todo lo que ven sus ojos parece estar doblándose hacia todas las direcciones posibles. Se siente mareada, con ganas de vomitar. Todo es raro e inexplicable, como si la mismísima realidad dejara de tener sentido.

«Qué es... ¿Qué es esto? ¿Qué sucede?»

Ya está cerca, sólo faltan escasos metros para que el coche impacte contra la chica. Aunque esto poco le puede importar ya. Ella está acabada. Así que, esperando sin más su trágico final, simplemente cerró los ojos.

«Ya... ya no importa»

Pero, justo cuando ambos párpados se juntaron, algo inexplicable sucedió; el sonido de aquel automóvil de la nada se detuvo y, junto a ello, una extraña sensación de ahogamiento apareció. Al abrir los ojos para ver de qué se trata, ella se dio cuenta que se encuentra rodeada por agua salada.

«¿Eh?»

Sept. 9, 2021, 5:03 a.m. 0 Report Embed Follow story
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