robertberl Robert Berl

Como un joven inglés, acaba en prisión. Después de un acuerdo empresarial con gente seria de trabajo.


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#crimen #Juego-sucio
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Mi nuevo amigo Vladimir

Había llegado de noche y recordaba que en el poco tiempo que salí del vehículo de la policía hasta llegar a la primera puerta de la cárcel me mojé considerablemente por el poco recorrido que anduve. Soy cómplice de asesinato, pero no me gustó haber entrado en prisión en una noche tan triste y fría como hoy. Estaba dentro mi celda y hacía poco rato que el carcelero me dio una manta y un rollo de papel de váter. A las paredes que observaba en mi pequeño trozo de libertad, se añadía una nueva compañera, llamada humedad. La cama en la que tendría de descansar durante los años de pena, estaba impregnada de olor repugnante a sudor húmedo. Mi condena era de cinco años en este estamento regulado por el estado de Rumanía, dentro del habitáculo no encontré ninguna compañía diminuta de algún insecto en particular.

No entiendo muy bien el idioma, se podría decir en realidad que no entiendo nada. Mi país de origen es Gran Bretaña y soy originario de la ciudad Manchester. Y aún no me explico cómo había podido mezclarme con esa gentuza. Cuando entré por la puerta de la prisión, deduje que sería un lugar ido de la mano de Dios. Me quitaron el reloj, la cartera y mi libreta de memorias poniéndolo una bolsa de plástico, que uno de los carceleros guardó en un almacén que observé. Con poca luminosidad me hicieron entrar en unos lavabos con un frio de bisturí, que reflejaban las paredes de azulejos blancos. Donde había una mesa con dos policías que me hicieron entender que me desnudara para tener una desagradable ducha fría. Más tarde, después de darme la ropa característica de la prisión, me vestí y me dieron unos zapatos de segunda o tercera mano. Saliendo del lavabo me condujeron en otra habitación donde su reglamento les obligaba a pesarme y medir mi altura. Observando a los guardias entendí que se estaban burlando de mi. Uno de ellos me esposó y me llevó hasta una puerta en rejas que fue abierta a distancia. El guardia me doblegó la espalda mirando el suelo mientras caminábamos por dentro el lugar, con un recorrido que sólo vi el suelo que avanzábamos. Intuí cinco pasillos y seis puertas contando mi celda. Cerró el habitáculo, abrió una ventanilla y desde allí me quitó las esposas dándome las pocas posesiones.

Sentado en la cama recordé a ese idiota de Vladimir, pobre desgraciado, en paz descanse. Por su culpa me encontré en esta situación que nunca imaginé. Pensando en lo sucedido observé unas palabras gravadas en la pared:


Vladimir a fost aici


Me puse a reír un poco pensando, que él podría haber estado aquí. Supongo que era otro Vladimir. Y todo comenzó con el director de los cojones…



…Mi nombre es Mark Macintosh y nací en Edimburgo ya que cuando tenía tres años mi familia se traslado en Manchester. Estudié economía en la universidad de Oxford y obtuve matrícula de honor, por mis notas sobresalientes. Cuando acabé los estudios volví a mi ciudad y busqué trabajo encontrando un puesto de comercial en una gran empresa donde fabricaban maquinaria para impresión para cualquier tipo de plástico. Ya llevaba unos dos años y subí de categoría obteniendo la carpeta de clientes internacionales. Mi vida privada se relacionaba con mis amigos de universidad y con una bella mujer que salíamos juntos desde hacía unos años.

Todo comenzó cuando mi jefe del departamento de Recursos Humanos y mi director me comunicaron de viajar a Rumania para cerrar un trato de más de cien millones de liras inglesas, con una empresa situada en la capital de Bucarest. Era la primera vez que salía de mi país por trabajo. No me gustaba mucho irme unos días, pero mi novia y mi familia me animaron bastante. En dos días embarqué y me fui a ver el cliente número uno de mi carrera profesional como representante.

Sólo llegar me dirigí al hotel donde mi empresa se había cuidado de que tuviera un lugar para dormir y descansar en una de las habitaciones de un hotel de cinco estrellas. No sabía mucho hablar el romanes, pero en el hotel cómo en los negocios se hablaba el inglés.

—Hola. Buenos días señorita. Tengo una reserva a nombre de Mark Macintosh de parte de la empresa llamada Turnes de Gran Bretaña—dije al llegar a recepción.

—Sí, su estancia es de unos tres días, ¿me equivoco señor Macintosh?

—Es correcto señorita.

—Su habitación es la 321, en el tercer piso. Avisaré uno de los botones que le guiará hasta sus aposentos. Sí desea almorzar, el restaurante abre desde la una y media hasta las cuatro del medio día. Y la cena desde las nueve hasta las doce—dijo la recepcionista avisando a un botones.

—¿Y el desayuno qué hora es?

—Sí perdone, es desde las siete de la mañana hasta las diez.

—Gracias.

—De nada, señor Macintosh, que pase una agradable estancia.

El botones me cogió la maleta y me acompañó hasta el ascensor y los dos subimos hasta la tercera planta. Abrió la puerta de mi habitación y a cambió le di cinco leus romaneses. Cerré la puerta y observé mis aposentos. La habitación era bastante grande, tenía unos sofás para descansar, un mesa como escritorio y una cama familiar muy cómoda. Estrictamente lo necesario para hacer el acuerdo y descansar del viaje. Como me había dicho la recepcionista, el almuerzo era a la una y media y sólo faltaba media hora. Decidí ducharme y bajar a comer más tarde. Cuando acabase, ya llamaría al cliente de la empresa, para confirmarle la hora en que tendríamos la reunión de mañana.

Comí y en acabar el almuerzo llamé al cliente.

—Hola, buenos tardes, con el señor Ciprián. Por favor.

—Un momento, ¿De parte de quien?

—Mark Macintosh, de la empresa Turnes de Gran Bretaña.

—Sí, un momento señor Macintosh.

Me pusieron con una canción de Vivaldi, para la espera. Pasó un minuto y Ciprián contestó.

—Hola, señor Macintosh. ¿Ya ha llegado a Bucarest?

—Sí, esta mañana. ¿Quedamos a las nueve cómo acordamos hace dos días?

—Sí, le pasará a buscar un taxi en el hotel a las ocho de la mañana.

—De acuerdo. Pues quedamos así, hasta mañana.

—Muy bien, hasta mañana. Adiós.

Sin ningún problema quedamos de acuerdo. Realmente era temprano y decidí hacer una vuelta por la ciudad, para tomarme, aún que fuera una cerveza clásica de Rumanía. Dejé la llave en recepción y me dispuse a hacer de turista durante unas horas. Visité la Arena Nacional y el parlamento, después de un rato me perdí por el centro llamado Vechi. Tome unas cuantas cervezas y paseé por los alrededores. A las nueve cogí un taxi y volví al hotel para cenar. En el restaurante había bastante gente y comí muy bien, de verdad que un hotel de cinco estrellas era un lujo. Cuando terminé me fui a mis aposentos y me puse en la cama mirando la televisión en romanes. Cerré la luz y me acosté.

El reloj sonó a las seis y media de la mañana. Levantándome me duché y a las siete fui a desayunar. El taxista como un reloj, llegó a las ocho en punto y me llevó hasta la empresa llamada Materiale Plastice. Por el camino salimos de la ciudad tardando cuarenta minutos en llegar. Me presenté en las oficinas y Ciprián me estaba esperando en su despacho. Hicimos un café y en veinte minutos comenzó la reunión. Estuvimos reunidos unas dos horas con el director y amigo Ciprián, un ingeniero en jefe de las tres secciones llamado Razvan y dos directivos y socios más de la empresa. Finalmente cómo habíamos acordado anteriormente por teléfono y también en una reunión en Manchester, compraron dos de nuestros modelos para una ampliación de su empresa prevista de aquí unos meses. Firmaron los documentos necesarios y acabamos la reunión dándonos la mano por el éxito de la reunión. Ciprián en acabar hablamos los dos, durante unos minutos antes de hacer una visita a las instalaciones de la empresa.

—Bueno señor Macintosh, los dos modelos que hemos comprado para nosotros es bastante importante. Tiene que pensar que aumentaremos la producción gracias al nuevo mercado con Polonia y Bielorrusia—me comentaba Ciprián.

—Me parece muy bien.

—Le gustaría venir a cenar con unos directivos muy importantes esta noche. ¿Por qué, cuantos días se queda con nosotros?

—Mañana al medio día embarco para irme a Inglaterra.

—Bueno tiene tiempo. Le gustaría venir, sería un placer contar con usted.

La política de mi empresa obligaba a tener una relación con los clientes lo más estrecha posible. Por esta razón no receché la proposición de Ciprián. Quedamos que él se encargaría de que me recogiese un taxi a las ocho de la tarde en el hotel. Y me presentaría, a un alto directivo de una empresa que confeccionaban ropa deportiva de una marca muy importante y un ingeniero mecánico y manager que llevaba una empresa de venta de coches de alta gamma. Después de una hora y media, viendo la fábrica con los directivos de Materiale Plastice, acabamos la visita y volví a tiempo para almorzar en el hotel. Comuniqué a mis superiores de la venta y les envié por mail todos los documentos necesarios. Me felicitaron por mi trabajo y me dijeron que me esperaban mañana por la tarde en Manchester.



Más tarde…


Me preparé para ir a cenar con Ciprián y sus dos importantes colegas. Me lavé y sin prisa me cambié de ropa y antes de las ocho bajé al restaurante-bar para hacer un café. A las ocho en punto, llegó un conductor de coches de lujo y preguntó en recepción por mi. Me avisaron y cómo pensaba que sería un taxista lo note extraño. Subí al coche y el conductor me dijo que su jefe le había dicho que fuese a buscarle.

—Mi jefe, no sabía que usted vendría a la cena. ¿Usted contaba con un taxi, no?

—Sí, eso es lo que me dijo Ciprián.

—En el lugar que vamos no se puede entrar en taxi. Sólo con coches de lujo.

—¿Y cómo es eso?—pregunté

—Normas del restaurante. De esa manera me gano la vida…Por cierto necesita una corbata o una pajarita para que le dejen entrar.

—¿Y donde consigo una?

—Tranquilo aquí tengo varias, escoja la que quiera. Es un regalo de la casa.

El muchacho me dio tres corbatas y me puse la más oscura, me hice el nudo y le devolví las otras dos.

—Bien…Ahora parece otra persona—dijo el muchacho mirándome por el visor y continuó.—En diez minutos llegamos, señor Macintosh.

—De acuerdo.

Bucarest parecía otra ciudad de noche. Todos los edificios estaban iluminados y era muy bonito. Sentado detrás parecía un maharajá del petróleo. En ese instante me llamaron al teléfono; era mi novia.

—Hola cariño, ¿Cómo estas?

—Bien. Ahora me voy a cenar con el director de la empresa que hicimos el trato.

—¿Ha salido bien el encuentro?

—Sí ha sido un éxito, han comprado las dos máquinas.

—Muy bien ¿No? Mañana te espero para cenar.

—De acuerdo, luz de mi vida.

—Que vaya bien la cena. Yo cuelgo, me voy a ir al gimnasio, hasta mañana.

—Adiós cielo.

En ese instante Mark colgó el teléfono, y vio como entraban en una propiedad bastante grande, donde se encontraba el restaurante. Pararon delante de la entrada del inmueble y le abrieron la puerta del vehículo. Salió despidiéndose del conductor y en ese momento Mark, no se podía imaginar, que esa noche acabaría donde nadie, ni él se esperaba.

Nov. 15, 2020, 2:02 p.m. 2 Report Embed Follow story
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Gabriel Mazzaro Gabriel Mazzaro
Excelente comienzo!
November 27, 2020, 14:01

  • Robert Berl Robert Berl
    Gracias Gabriel, un saludo November 28, 2020, 11:42
~

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