tadeoibarra Tadeo Ibarra

Gastón y Ada se encuentran caminando en el bosque y tienen la intención de asustarse un poco para entretenerse. Comienzan con historias de brujas, pero lo que se encontrarán en el bosque, los aterrorizará aún más. Historia participante del reto The Action Dialogue.


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Lo que la cosa se llevó


—¿Crees en los extraterrestres?

—Todavía no me decido.

—¿Por qué no?

—Por que no hay suficiente evidencia, a mi parecer, para llegar a una conclusión.

—Este bosque parece un escenario perfecto para una película sobre aliens ¿no crees?

—No lo sé, Gastón. Me siento muy desesperada. Ya quiero llegar a la cabaña.

—Bueno entonces hablemos de otra cosa. ¿Te platiqué en alguna ocasión una de las tantas historias que mi abuela me contó sobre las cosas extrañas que pasaban en una especie de bosque que estaba cerca del rancho en donde nació?

—No me has contado ninguna historia de tu abuela, Gastón. Y no me digas; el bosque era muy parecido a este.

—No creo que haya sido un bosque igual, ni muy parecido. El rancho donde nació mi abuela, era en una zona con un clima muy diferente a este. Ella lo llamaba «bosque». Pero creo que era solamente un trozo de tierra con unos cuantos árboles.

—Nos falta mucho para llegar a la cabaña. ¿Por qué se te ocurrió venir a pie? La reservación incluía transporte ¿o no?

—Sí incluía transporte, pero creí que te gustaría apreciar la naturaleza antes de llegar.

—Pues si fuera un tramo corto, ¡claro que me habría gustado! Pero creo que nos faltan como tres horas para llegar caminando.

—Así es. Entonces ¿quieres que te cuente una de las historias?

—Pues ya qué. No hay otra cosa qué hacer y detenernos a descansar no es opción.

—Bueno, te contaré. Mi abuela nos cuidaba a mi, a mis hermanas y a mis primos más pequeños y cuando los más chicos se ponían insoportables, le gustaba entretenernos contándonos historias de terror o simplemente anécdotas de cuando ella era niña. Una de las tantas historias, fue aquella en la que una vecina escuchó aletear a una lechuza en el techo de su casa. La señora muy enojada, salió y comenzó a gritarle muchas groserías e insultos a la lechuza; para terminar le dijo: «¡Mañana vienes por tu chile y por tu sal!». Cual había sido la sorpresa de la mujer, que al día siguiente tocó a su puerta una figura con un rebozo cubriéndole la cara.

—¿Y luego qué pasó?

—Pues esa mujer, habló con una voz muy rasposa y que a la vecina le dio miedo.

—¿Y ya? ¿Esa es toda la historia?

—No, la mujer que había tocado la puerta habló, diciéndole a la amiga de mi abuela que había ido a recoger su chile y su sal.

—O sea que ella era la lechuza. Era una bruja.

—Sí. ¿Cómo sabes? ¿Ya te habían contado historias sobre brujas?

—Sí, muchas. Incluso yo fui testigo de una. Además, pensé que me contarías algo relacionado con este bosque.

—Bueno, admito que lo dije solo para asustarte. Cosa que no logré. ¿Por qué no me cuentas tu experiencia con brujas?

—Yo creo que tú sí te asustarías. No voy a olvidar tu reacción de anoche, con esa película de terror que estábamos viendo.

—Eso es diferente porque cualquiera se habría asustado.

—Cualquier niño, querrás decir. No un joven de veintitantos años.

—Bueno sí, me asusté y mucho. Y te voy a confesar que no pude dormir bien anoche. No me gustan las películas de extraterrestres.

—Entonces no creo que deba contarte sobre mi experiencia, porque si una película que es evidentemente ficticia te dio miedo y no pudiste dormir, no me imagino qué pasará si te cuento, cuando sabes que yo generalmente soy muy escéptica.

—O sea que lo que me vas a contar no lo crees del todo.

—¡No me refiero a eso, tonto! Me refiero a que suelo cuestionar todo hasta que encuentro alguna falla o algo que me haga dudar. Te confieso que en esta ocasión, no encontré nada, por lo que no me queda de otra más que creerlo.

—Cuéntame.

—Dicen que la curiosidad mató al gato, Gastón.

—Yo no soy un gato, la curiosidad no me puede matar.

—Bueno, si insistes tanto. Ya sabes que me gusta mucho salir de excursión, o visitar áreas naturales; sobretodo escalar cerros y poder apreciar algún pueblo o ciudad desde la cima; por la sensación de libertad más que nada y el olor del aire fresco.

—Sí, lo sé. Entonces, supongo que te pasó en una de tus excursiones.

—Así es.

—Qué interesante. Y lo que más me sorprende es que no has parado de hacer excursiones. A no ser que eso te haya pasado la semana pasada, cuando subiste aquel cerro.

—Pues sí, tienes razón, sucedió en aquella ocasión.

—¿Ibas sola, Ada?

—No, iba con mis hermanas. Aquellas dos estaban muy asustadas. Me dieron risa. Yo creo que en esas ocasiones uno debe ser más inquisitivo. Averiguar qué está pasando en realidad.

—Bueno, ya cuéntame qué pasó.

—Después de bajar del coche, yo estaba igual de desesperada que ahora, porque había sido un recorrido en carretera de tres horas; y eso es mucho más desesperante que ir caminando como ahora. Como te decía, cuando bajé del coche, me sentía muy fastidiada y un poco mareada. Además, comencé a preocuparme porque se suponía que llegaríamos justo al amanecer, pero no tomamos en cuenta el cambio de horario, y llegamos en plena madrugada. Todo oscuro. Ya te imaginarás.

—Sí ya me imagino. Me voy a detener un poco, a descansar. Sigue con tu historia.

—Está bien. Bueno, cuando comenzamos a caminar yo seguía todavía muy mareada y miré a mis dos hermanas y ellas se veían igual. Y también se les miraba algo preocupadas. No sé por qué. Entonces les pregunté qué pasaba y me dijeron que tenían miedo, porque una noche anterior una de ella había leído algo acerca de las brujas.

—Ya sé por dónde va tu historia. Estaban en un bosque, en un cerro; se les aparecieron lechuzas revoloteando ¿cierto?

—No. Yo también pensé lo mismo; ya sabes, metiéndome en el papel de escéptica. Pero no era nada de eso.

—¿Qué era entonces?

—Habían leído un reporte de un excursionista que había ido a ese mismo cerro hacía algunos días. En su reporte, que publicó en redes sociales, él mencionaba que había llegado de madrugada al cerro, y que cuando comenzó a subir le impresionaron unas bolas de fuego que eran como lanzadas al aire y luego regresaban al suelo.

—¿En serio? ¿Compartió fotografías?

—Sí, compartió fotografías. Mis hermanas me mostraron el reporte que estaba en las redes sociales. Para serte sincera, cuando vi la fotografía pensé que era una imagen armada o editada con algún programa especializado en eso. Pero ellas insistieron en que era real. Bueno, yo notaba que ellas caminaban mirando hacia abajo y les pregunté por qué.

—¿Y qué te dijeron?

—Pues que en los comentarios que había recibido la publicación del excursionista, muchas personas le dijeron que eran brujas y advirtieron a las personas que fueran al lugar en horas donde no había sol, que si llegaban a ver indicios de las bolas de fuego, no voltearan a verlas.

—¿Pero por qué no? ¿Les lastimaba la vista?

—No, algo peor, creo yo.

—¿Qué?

—Pues que las brujas, iban a darse cuenta de la presencia de alguien extraño y se acercarían a ellos. La verdad no sé con qué intención lo harían.

—Para llevárselos, seguramente.

—No lo sé. Pero ellas, mis hermanas, se mostraban muy asustadas y por nada del mundo levantaron la mirada. De pronto, escuchamos una especie de silbidos. Como cuando lanzan fuegos artificiales.

—Eran las bolas de fuego.

—Sí, mis hermanas se abrazaron y dejaron de caminar. Apretando muy fuerte los ojos. Y me enojé, porque me excluyeron. Entonces alcé la vista y en efecto, a lo lejos, o al menos eso parecía, se veían bolas de fuego subir y bajar.

—¿Y qué hiciste?

—Yo en ese momento supuse que eran algunos bromistas que se habían quedado a acampar, habían leído el reporte, y estaban queriendo asustar a los demás excursionistas o a los turistas que iban a visitar la zona. A mi me estaba gustando mucho la excursión, así que no iba a regresar al coche solo porque mis hermanas se habían asustado por una historia que habían leído en internet.

—Las dejaste ahí y tú seguiste.

—No. Bueno, sí les dije que me esperaran ahí, pero porque iba a ir a revisar un poco más adelante y a demostrarles que no había nada que temer.

—¿Y estaban a oscuras?

—Sí, como ahora estamos nosotros, de hecho. Yo llevaba mi lámpara así que no iba preocupada.

—¿Y luego qué pasó?

—Bueno, pues cuando iba avanzando por el sendero, noté que me sentía cada vez más mareada y mis oídos me zumbaban. Muy ligeramente, pero perceptible.

—Me sorprende que no te hayas asustado.

—No, la verdad es que no me asuste. Entonces noté algo muy extraño en el camino.

—¿Pisadas?

—No, había una especie de cabello, o hebras amarillas regadas por todos lados. Me daban ganas de tocarlas para examinarlas, pero decidí que mejor no. Porque pensé que quizá podía tratarse de una planta venenosa o que yo fuera alérgica.

—¿Le tomaste foto?

—Sí, en un rato más te la muestro.

—Bueno, ¿qué más pasó?

—Pues seguí caminando, y cada vez había más de esa especie de planta o cabello. No sé de que otra forma describirla. El zumbido que sentía en los oídos cada vez se hacía más fuerte y noté que la luz de mi linterna se reflejaba en la planta amarilla, como si esta estuviera cubierta de diamantina.

—Ya ansío ver las fotos. ¿Crees que era cabello humano?

—No creo que haya sido cabello humano. Eran como hebras, más gruesas. Seguí caminando y de pronto vi que ya estaba muy cerca de donde provenían las bolas de fuego.

—¿Cómo te diste cuenta?

—Pues porque ya estaban prácticamente encima de mi. Y me sorprendí porque no eran tan grandes como había imaginado. Entonces en ese momento supuse que en realidad sí se trataba de una broma y seguí caminando.

—Qué valiente eres.

—Pues, seguí caminando con la intención de desenmascarar a los bromistas. Pero bueno, seguí caminando y vi de dónde provenían las bolas de fuego.

—Viste el campamento de los bromistas.

—No. Me desconcerté, de hecho. Vi una especie de coche, o al menos eso creí ver.

—¿Una especie de coche?

—No un coche. Era algo más grande, como una avioneta, solo que no tenía forma de avioneta. A lo que me refiero es a que tenía el tamaño de una avioneta, pero daba la impresión de ser un coche.

—Espera. ¿Una nave? ¿Extraterrestres?

—Sí. Una nave y de ahí salían las bolas de fuego. De la parte superior y por alguna razón cuanto más me acercaba a la nave, el zumbido en mi cabeza se hacía más fuerte.

—¿Qué hiciste, Ada?

—Pues seguí caminando. Ya había llegado hasta ahí, no me iba a detener. Pero pronto me arrepentí.

—¿Por qué te arrepentiste? ¿Te hicieron daño?

—No. No me hicieron daño. Me arrepentí porque me asusté. La parte superior de esa nave se abrió y de ahí salieron unos hombrecitos. Figuras humanoides, escuché decir una vez en un documental.

—Si lo que me dices es cierto, Ada. Yo ya hubiera salido corriendo. Definitivamente hoy no voy a poder dormir.

—Bueno y después…

—¡Ya no me cuentes! Creo que fue suficiente. A mi me dan mucho miedo los extraterrestres, no sé por qué. Incluso más miedo que las historias de brujas. Es como si toda mi vida me hubieran dado miedo. Es un trauma que tengo.

—Gastón, te tengo que contar. Porque tienes que entender.

—¿Por qué te pusiste seria, Ada?

—Porque tienes que entender. En realidad, entenderme a mí. Lo que hice.

—¿De qué hablas?

—Verás, detrás de los hombrecillos, o de las figuras humanoides, surgió otro ser más grande que ellos. Mucho más grande. También tenía forma humanoide, pero mucho más alto. Tenía los brazos y piernas, si es que así se les llama, muy largos y parecía flotar mientras avanzaba hacia mí.

—¿Te dijo algo?

—Sí, pero fue muy extraño ¿sabes? La criatura se metió en mi cabeza. Y cuando lo hizo me mostró imágenes. Supongo que no hablan nuestro idioma y es la única manera que tienen de comunicarse con nosotros. Me mostró primero escenas de mi infancia y cómo jugaba con mis hermanas. No sé si la criatura estaba buscando recuerdos en mi cabeza, o si de alguna forma eran visiones provenientes de aquel ser. Todavía no lo logro entender. Fue muy extraño. Pero me mostró también conversaciones privadas que tuve con ellas.

—Ada, ya para por favor. Me estás asustando.

—Tienes que entender, Gastón. Primero debes entender. Me mostró muchas escenas de mi infancia y comencé a sentirme como cuando uno ve esos clips de video que suelen exponerse en las fiestas de cumpleaños, los que tienen como único objetivo hacer llorar al cumpleañero. Ponerse nostálgico.

—¿Por qué un extraterrestre querría que te pusieras nostálgica?

—Porque estaba preparando el terreno. Quería asustarme lo suficiente para que yo hiciera lo que me iba a pedir. Comencé a preguntarme por qué solo me mostraba imágenes de mis hermanas o de situaciones que había vivido con ellas solamente. Cuando me hice esa pregunta en mi mente, las imágenes cambiaron y ya no eran difusas y borrosas como esos recuerdos; ahora la criatura se había asegurado de que fueran lo más nítidas posible.

—¿Qué te mostró?

—Me mostró cómo se llevaban a mis hermanas, me las mostró en ese instante abrazadas tratando de no abrir los ojos, mientras me esperaban en el cerro. Vi como desaparecían y como las trataban como si fueran muñecas de trapo. Y las vi sufrir, y mucho. Por un momento pensé que eso estaba pasando en ese mismo instante y me asusté aún más. Sentí una desesperación horrible. Vi cómo sufrían por oxígeno, no podían respirar y luego vi todo lo que les hicieron. En lo que me mostró se las llevaron y les hicieron pruebas.

—¿Qué tipos de pruebas?

—Pruebas horribles. No sé ni cómo describirlas, pero en una de ellas mis hermanas terminaron con cortes por todo el cuerpo, casi desangradas. Y se aseguraron de mantenerlas conscientes todo el tiempo. Me mostraron que estaban sufriendo mucho. Después todas esas imágenes se borraron y en mi mente se materializó el rostro de una persona. Y algo me dice que han estado haciendo experimentos con esa persona desde hace mucho tiempo.

—¿De quien era el rostro?

—Era el tuyo.

—¿QUÉ?

—Por eso tienes que entender. Al instante comprendí el mensaje: te querían a ti. Tú eres su experimento y de alguna forma tú eres especial para ellos. Y las imágenes eran una amenaza, si no te entregaba a ellos, o si me negaba en esos momentos, se llevarían a mis hermanas. Me peleo mucho con ellas, pero yo las quiero, Gastón. Así que me mostraron adónde tenía que traerte. Te persuadí de que reservaras la cabaña, que se encuentra muy cerca del lugar que ellos me mostraron, en dónde te estarían esperando. Tienes que entender y perdonarme.

—¿Traerme? Hoy me entregarás. Me estás jugando una broma, Ada. Ya casi es de noche, tenemos que regresar.

—No. Piensa por qué te dan tanto miedo los extraterrestres. No lo recuerdas, pero los conociste cuando eras pequeño. Ellos me lo mostraron. Eres especial.

—Ada, hay unas luces detrás de ti.

—Ya vienen por ti.

—¿Qué es esto? Me duele mucho la cabeza.

—No te escucho, Gastón. El zumbido es muy fuerte. ¡Por favor no le hagan daño!

—¿Qué es eso Ada? ¡¿Es un monstruo?!

—¡No sé qué sea! ¡El ser que conocí no era así! ¡Este es horrible! ¡No le hagan daño!

—Ada, no puedo moverme. La cosa está detrás de ti, te va a aplastar.

—¡Perdón, Gastón!

—¡No me dejes, Ada! No me dejes.

—¡Lo hice por mis hermanas! ¡Siempre te recordaré!

—¡No me dejes! ¡Qué me está haciendo la cosa? ¡NOOO!

Nov. 1, 2020, 10:12 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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Tadeo Ibarra Tadeo Ibarra es originario de Monterrey, Nuevo León al norte de México. Amante de los gatos, la música clásica e ingeniero químico de título encontró su vocación en la escritura de relatos cortos de misterio y suspenso.

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