jlgarciabugallo Jose Luis Garcia

Ashbright es un pueblo perdido en la montaña, lejos de los tiempos de la fiebre del oro en los que su población aumentó por encima de los diez mil habitantes. Ahora sólo viven en él cazadores, tramperos, mineros de cobre y algunos granjeros. Pero cerca del pueblo existen unas ruinas, muy antiguas y poco conocidas, que siendo poseedoras de una energía siniestra llevarán un cúmulo de sorpresas y maldiciones sobre el pueblo.


Fantasy Medieval All public.

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1 - Una vista de pájaro del pueblo

En las tierras altas de Osterdal, a más de cincuenta mil pasos de la capital y tres mil de altitud sobre el nivel del mar, se encuentra el pueblo de Ashbright. Está rodeado de coníferas de hoja perenne en el último altiplano antes de llegar a los picos de las montañas, donde la ladera asciende a tanta velocidad que la vegetación se queda atrás. Más arriba las nieves sempiternas coronan las cimas donde solo las águilas y las grandes rapaces son capaces de llegar.


El pueblo no alcanza las cien construcciones, todas de madera, además de encontrarse rodeado de una empalizada que impide que los animales salvajes lleguen hasta las casas por la noche. Una puerta flanqueada por una pequeña torre es la única entrada y salida del asentamiento, desde donde parte el camino que llega hasta la capital de la región. La debilidad del material de construcción provoca que las todas las casas sean de una sola planta, aunque también todas cuentan con construcción bajo el suelo para almacenar víveres para el invierno.


A esas altitudes no hay estaciones, no existe primavera, verano, otoño o invierno. Durante cinco meses al año nieva con más o menos abundancia, cubriendo todo con una capa de apenas unos centímetros o sepultando el pueblo bajo metros de nieve. En estos casos cuentan con los sótanos de piedra, construidos tras el incendio que arrasó con el pueblo, y que se comunican entre ellos bajo tierra.


El mes siguiente es el del deshielo, cuando la nieve va desapareciendo y se provocan torrentes a lo largo de las laderas. Ese mes el exceso de agua vuelve al cauce antiguo del río, que fue desviado y soterrado para proveer de agua al pueblo y eliminar sus residuos al mismo tiempo. Seguramente son las fechas más peligrosas del lugar, teniendo en cuenta que la zona escarpada, los animales salvajes y la falta de caminos ya hacen que sea peligrosa de forma habitual.


Los tres meses siguientes sigue un tiempo suave, cálido incluso, en el cual las plantas florecen y algunos animales salen de su letargo. Es la época de cría y de migraciones, y algunos descienden de la montaña si no tienen suficiente comida para buscar en la planicie donde se asienta la aldea.


A partir de estos meses el tiempo empeora, la brisa se convierte en un viento que cada vez se torna más frío y las precipitaciones son cada vez más fuertes y torrenciales, hasta que el frío convierte el agua en nieve y empieza un nuevo ciclo.


Los habitantes del asentamiento aprovechan los meses de sol para plantar la cosecha, cazar y recolectar todo lo posible para sobrevivir al mal tiempo y al invierno. La mayoría llevan muchas generaciones en el pueblo y las costumbres se han perpetuado de padres a hijos. Sólo durante unos años el pueblo se vio perturbado por la llegada de miles de visitantes de todas partes del mundo conocido, enajenados con la enfermedad mental que es la fiebre del oro.


Todo empezó con el descubrimiento de un prospector en uno de los arroyos primaverales, con un pequeño destello que surgió del agua hasta sus ojos y que resultó ser una pepita de oro medio enterrada en el fondo. Su esperanza fue tan grande como su lengua y pronto llegaron al pueblo carros de gente con picos y palas en busca de su sueño. Los primeros alquilaron habitaciones en la pequeña posada, y los siguientes fueron acogidos por los lugareños a cambio de parte de sus ahorros. Pero no fue suficiente y pronto se levantaron casuchas de madera, poco más que chozas para que los buscadores tuvieran un techo.


Durante meses buscaron a lo largo del arroyo y de otros muchos cauces de agua. Remontaron las riberas hasta las montañas y picaron y cavaron en busca de una mena que les hiciera ricos. Apenas aparecieron más pepitas de poco valor, pero suficientes para que la búsqueda se prolongara durante años, y para que los buscadores que se marchaban derrotados fueran menos cantidad que los que llegaban.


Llevaban casi un año sin encontrar nada y el comportamiento de los buscadores de oro era cada vez más desquiciado. Habían dilapidado los ahorros de una vida en la búsqueda de un dorado que no aparecía y cada vez daba menos señales de poder aparecer; Pronto intentaron que los lugareños los alojasen y mantuviesen gratis, como afrenta por el esquivo oro. Algunos incluso los maltrataron con la ridícula y enfermiza idea de que eran ellos los que escondían el oro de las montañas. Nunca la guardia del pueblo tuvo tanto trabajo, pero eran muy pocos para controlar la situación.


Nadie sabe cómo empezó el fuego. Una noche las llamas surgieron del rincón más oscuro de la villa y corrieron por la madera seca como un reguero de aceite, azuzadas por un viento caluroso y racheado. Muchos murieron sin ni siquiera llegar a despertarse y el pueblo entero se consumió como un rescoldo en una noche de verano. Una peregrinación de gente sin ninguna posesión surgió de las cenizas, y se marcharon derrotados por la suerte y el fuego. Sólo los autóctonos se quedaron, mostrando la testarudez de la gente de la montaña, y reconstruyeron sus casas mientras llenaban sus despensas como podían para pasar el invierno.


La noticia del fuego y la destrucción del pueblo llegó a la capital y pronto apareció Lord Bruch a observar la tragedia. Ashbright nunca fue un sitio donde los impuestos se recaudaran en cantidad suficiente para tener alguna relevancia, pero la tragedia les hizo tomar medidas para la reconstrucción y humanización del pueblo. Un maestro del gremio de la construcción fue llevado al pueblo, y diseño y supervisó la construcción de los sótanos de piedra y la comunicación entre ellos a partir de pasadizos; Además, aprovechando la pendiente, se desvió y soterró el cauce del río en una prueba de alcantarillado que después se implantó en otras ciudades mucho más grandes.


El pueblo quedó entonces planificado y construido tal y como está en la actualidad, salvo algún que otro almacén particular. Un alguacil se instaló en la casa señorial e intentó implantar un sistema de impuestos como el que había en cualquier ciudad del reino. Los montañeses, lejos de entender el sistema, construyeron almacenes en el bosque y escondieron todo el grano que tanto les había costado conseguir. Pronto el alguacil dejó la villa y nadie volvió a ocupar su lugar.

Aug. 18, 2020, 5:31 p.m. 0 Report Embed Follow story
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