diphygrayi Diphylleia Grayi

Un día normal en la vida de Rebeca Buenrostro en donde solo tiene que salvar al mundo de su inminente destrucción.


Humor Satire All public.

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Paseo por el inframundo

"En este libro nada es verdad."

- Kurt Vonnegut,Cuna de gato" (1963)


Y ahora todos moriríamos, el monte Tiawanako estaba a punto de explotar ¿No se le podía haber ocurrido otra cosa al estúpido de Juan? Era obvio que molestar a la cría del pajarraco nos iba a traer problemas, pero intenta hacer cambiar de opinión a un terco degenerado. Es imposible. Ya lo decía mi abuela doblemente fallecida, si quieres que algo se haga bien hazlo tú misma.

Viernes 13 y la humedad no me dejaban respirar, lo que se resume a no poder pensar con cordura. Me calcé las botas negras con el emblema del pato y la ardilla, y me dirigí hacia el Instituto Guardián de la Vida Reptante.

El sol estaba candente, y desde donde yo me encontraba el agujero negro se cernía amenazante. Al parecer a los muchachos del TERN se les escapó uno, no les bastaba simplemente con hacerlos chocar en su rosquilla de metal gigante. Simplemente un día las alarmas de todo el instituto se encendieron, causando que el pánico cundiera entre todos los "científicos" paquidermos. Les juro que fue graciosísimo ver a todos los cuatro ojos con cara de ranas disecadas; aunque para mí fue una tremenda lastima, pues me estaba acostando con el director de física nuclear. No me gusta dejar nada a medias, pero en este caso era prácticamente imposible. Nos dijeron que gracias a un problema con los controles (no querían inculpar a los nuevos protozoarios de la universidad que contrataron para hacerles de manda-recados) ahora teníamos un muy lento agujero negro en la parte más externa de la atmósfera terrestre que de alguna manera u otra nos acabaría succionando a todos.

Mientras dejaba de ver el punto negro en el cielo, justo al lado de donde se encontraba el sol a esas horas del día, me colé por entre la densas arboleda de la selva sudamericana. Podría haber tomado el camino seguro y tranquilo de la carretera principal, pero últimamente una extraña secta se había diseminado por toda la ciudad, y trataba de evitarlos a toda costa. Así que el camino largo con mis amigos los mosquitos vampiros llenos de malaria era una mejor opción.

–Muy buenas tardes, señorita Rebeca. ¿Le interesaría que le habláramos un poquito de la iglesia del Banano Ausente?

El grito que di debió escucharse hasta el lado oscuro de la luna, si no es que ya se encontraba viajando por Marte.

–Estamos en medio de la selva, ¿cómo me encontraron y cómo saben mi nombre? – Les dije tratando de calmarme el susto y sintiendo como un parpado comenzaba a saltarme.

– Oh, bueno, su amigo Juan nos ayudó un poco. – La media sonrisa que todos pusieron al mismo tiempo me causó escalofríos en la parte alta de la espalda.

–TRAIDOR – grité hacia las copas de los árboles. – Escuchen, no me interesa formar parte de ninguna iglesia, y menos una con un nombre tan ridículo como el suyo. Llévense su banano a otra parte, raros de mierda.

–Eso es lo interesante, señorita Rebeca. Parece que usted no entiende, y por ello queremos iluminarla. –Me tomó por los hombros al momento que me clavaba la mirada.

–Yo no quiero ser ilu...

–Sí quiere. Verá: Nuestro gurú caminó y caminó cierto día. Había tenido la noche llena de pesadillas. Mientras caminaba por la vereda escuchó una cancioncilla que le decía que se asomará por la cerquilla. Ahí fue cuando vio al bananero.

–Eso no rima mucho que digamos.

–Cállese. El bananero era como todos los que usted conoce, pero le hacía falta algo. Algo muy importante. ¿Sabe usted lo que era?

–Un... ¿banano? – dije insegura.

–¡Sí, un banano! ¿A dónde fue? ¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Entiende, señorita Rebeca, lo importante que es esto para nosotros?

Todos actuaban de manera histérica arrancándose los pelos de la cabeza y gimiendo como bebes. Esto se había convertido en un circo.

–Ustedes son unos chiflados, métanse el banano por el culo. – Salí corriendo despavorida por entre los matorrales.

Genial, ahora no tenía escapatoria. Tendría que encontrar otro camino al instituto.

Por fin había llegado, lo que significaba que el frescor del aire acondicionado y el olor a antisépticos hacían que recobrara la poca sanidad que me quedaba.

Con el tiempo me había acostumbrado al clima general de la isla, al constante cuchichear de los locales sobre mi cabello alborotado, a los mosquitos, y al real imaginario que inundaba a esa parte del mundo. Todavía recuerdo el primer día que llegué y tras un ligero paseo de 20 minutos terminé en el hospital por inanición. Al menos el médico paquicefalosaurio que me atendió fue muy competente, a pesar de que insistía en golpear la mesa con su cráneo. Adaptarme a la vida de laboratorio como geóloga telepatista fue mucho más fácil de lo que pensé; seguía haciendo lo mismo que en mi antiguo trabajo: escuchar los pensamientos de las rocas expresados en vibraciones y traducirlos para trabajos de investigación. Tenía mi trabajo soñado en un rincón alejado de la civilización, ¿qué podía ser mejor que eso? Ah, sí, lo olvidaba, estamos a punto de morir por culpa de Juan.

Caminé a paso rápido por entre los pasillos, las escaleras; a través del mar de papeles regados, suaves murmullos frustrados; decenas de batas blancas y cabellos atados; gases de olores putrefactos, gruñidos de las maquinarias de formas imposibles y de propósitos ocultos; y todo para llegar a la dichosa puerta. La abrí sin tocar y me encontré al Dr. Juan Barcazas, el hijo inútil del director del Instituto Guardián de la Vida Reptante oculto bajo su escritorio.

–Solo te pedí una cosa, solo una. Y no solo no lo hiciste, sino que de alguna manera que escapa a mi raciocinio lo arruinaste de forma colosal. Debo darte crédito por ello, sí que nos metiste en un lío, niño de papi. – dije mientras lo sacaba de su escondrijo jalándolo de los pantalones.

– Ya sé, ya sé. No debía molestar al bebe del Pterodáctilo, pero es que no dejaba de meterse en mi mente y decirme que la vaca voladora se me iba a aparecer en sueños.

–Ahg, la vaca voladora solo se les aparece a sujetos que valen la pena, no a tipos asquerosos como tú. Ahora, dime, ¿cuánto tiempo nos falta? Responde rápido.- Mi paciencia se agotaba, y la del monte Tiawanako también.

–No mucha. De verdad, no creo que alcances a llegar a la cima del monte y logres aplacar la ira de los dioses, por el camino se me cayeron todos los dulces. – dijo mientras se cubría la cara con sus sudorosas manos de puerco.

–¡¿Se te cayeron los dulces?! Demonios, llama a Teresa cuanto antes.

Me serví un vaso de whiskey que Juan guardaba en una cajita al lado de un montón de archivos mientras observaba como éste marcaba con manos temblorosas los botones del teléfono. En menos de un minuto Teresa se encontraba en la oficina.

–Excelente. Teresa, ¿crees que podrías llevarnos en tu jeep a la cima del monte Tiawanako? Estamos intentando salvar a la isla de su inminente destrucción.

Teresa, acomodándose las gafas y con su calma características, solo atinó a decir:

–¿Ahora que hicieron ustedes dos?

–¿Qué hicimos nosotros dos? Que hizo él. Pero no hay tiempo para explicar, debemos irnos.

Salimos disparados hasta el estacionamiento y nos metimos en el jeep de Teresa. El viaje a través de la selva húmeda ocurrió sin obstáculo alguno, si acaso arrollamos a un tipo de la banana ausente, pero nada importante.

Cuando el camino se hizo muy escabroso nos bajamos y seguimos a pie. El monte Tiawanako es en realidad un volcán activo, bastante activo para mi gusto, pero que es hogar de una variedad muy peculiar de piedras volcánicas con pensamientos muy tétricos que eran parte de una de mis investigaciones personales.

A Juan le faltaba el aire, lo que faltaba, pero como no podíamos perder más tiempo decidí subirme al mastodonte a los hombros. Le dije a Teresa que nos tomara una foto, disfrutaría mucho el mostrársela a los demás cuando se acercara la posada navideña. Un súbito terremoto hizo que los tres cayéramos.

–Me lastimé mi rodilla. – dijo Juan mientras chillaba como niño en primer día de clases.

En ese momento una sombra gigante nos pasó por encima, el graznido del Pterodáctilo nos tomó por sorpresa al momento que unas garras nos tomaba a los tres y nos elevaban por los aires. El pajarraco nos llevó hasta la cima del monte, donde se encontraba el cráter con lava al rojo vivo. Teresa y Juan no paraban de gritar y llorar, estoy segura de que ya se habían cagado en los pantalones.

El Ptero aterrizó a nuestro lado con su mirada prehistórica y se nos acercaba sigilosamente con su caminar reptiliano.

–Juan, rápido, dinos qué está pensando. Tú eres el que entiende a estas cosas.- Al momento de decir esto otro terremoto sucedió, esta vez haciendo grietas inmensas entre el volcán. La cosa iba a explotar y en el camino la lava y cenizas cubrirían al pueblo. – Rápido, Juan. Esto se convertirá en Pompeya.

–No puedo, no puedo, sigue hablándome sobre la vaca.

–La vaca no existe. Es solo un invento del gobierno para desviar recursos. – dijo Teresa sosteniéndose de una roca.

–¿Qué? – dijimos Juan y yo al mismo tiempo.

–¿O sea que hemos vivido engañados todo este tiempo? Ah, por eso tengo problemas para confiar en la gente. Estúpido gobierno, estúpida gente, estúpido mundo. Ahora moriré en esta isla del orto. – dije en un arranque existencialista.

De repente pude ver como el Ptero comenzaba a graznar al momento que hacía movimientos erráticos.

– ¡Una virgen! – gritó Juan.

–¿Una qué?

–El Pterodáctilo dice que los dioses le pidieron una virgen para calmar la calamidad que pretenden darnos.– dijo viendo directamente a Teresa.

–¿Solo una virgen? ¿Eso es lo que quieres pájaro con esteroides? Bien, eso te daré.

Y tratando de estabilizarme tomé de la mano a Juan y con toda la fuerza que poseía lo lancé hacia la lava ardiente. Sin pasar un minuto más dejó de temblar, el monte se calmó y el agujero negro desapareció. ¿Qué tenía que ver el agujero negro con todo esto? Nunca lo supimos.

Y así fue como salvé a la isla y al mundo, dicho sea de paso, de desaparecer. Al final nadie echó de menos al menso; Teresa se volvió directora general; los raros de la secta encontraron su banano. ¿Y yo? Se preguntarán. Pues me casé con el Pterodáctilo, y tuvimos bebes mutantes espaciales.

FIN

May 10, 2020, 10:35 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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Diphylleia Grayi Alguien que existe solo en los recuerdos de los demas, y que de vez en cuando escribe.

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