u15613446511561344651 Jacqueline Q-Herrera

Esta historia la escribí hace años, cuando estaba en el Taller LVS y necesitaba un cuento de 1500 palabras como máximo. Escribí como 4 de ciencia ficción. Es uno de los que no quedó seleccionado ni para ese taller ni para el libro #Fantásticas donde aparece un cuento mío, Nación Independiente de Maipú, donde se mantiene este universo desde otra perspectiva. Hace un par de días lo recordé pensando en nuestra actualidad.


Kurzgeschichten Alles öffentlich.

#distopía #terror
Kurzgeschichte
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Niebla - Estado de sitio

El niño entró corriendo con el abuelo a la bodega. Cada uno a una esquina, tirando juguetes y trastos a todos lados. La mamá grita desde la casa tengo los fósforos, el niño se detiene un poco, busca frenéticamente en otro lugar. El abuelo, por su parte, revuelve otro estante, dejando algunas cosas. Aquí está, grita el niño, sacando del fondo otro aparato, dándolo vuelta, buscando la característica que les permitiría usarlo en aquellos momentos. Hay otro, gritó el abuelo, tomando y prendiendo la radio a pilas. Agarró también una batería de auto, unos cables, el alicate, y entraron de vuelta a la casa en momentos que terminaban de amontonar las botellas de agua en el living. Habían cerrado las cortinas, así que una luz muy tenue amenizaba aquel atardecer. El ruido blanco variaba en tonos de agudo, y de shhh mientras el abuelo giraba las perillas buscando una señal. Los celulares no tenían señal, pero en este país, acostumbrado a los desastres naturales, casi todos poseían ese simple aparato: una radio.

La familia antera se encontraba pendiente entonces de ese minúsculo adminículo que significaría tener noticias. La mayoría de sus vecinos se habían ido corriendo al ver la explosión, no es para menos si le siguió un terremoto. Las zapatillas estaban con tierra sobre la alfombra, así de distraída estaba la mamá, mordiendo sus manos juntas. Ella había ido corriendo a buscar a Bastián donde su amigo, dos casas mas allá, apenas se dejó de oír el estertor y pasó esa onda de viento que tumbó algunos árboles y activó la alarma de los autos. Habían llegado justo cuando el piso empezó a moverse como jalea, balanceando los edificios de más allá. Se habían quedado ahí, en la puerta, abrazados, y los demás miembros de la familia se les habían unido hacia el final. Vieron cómo muchos de sus vecinos corrían fuera de casa, con o sin bolsos, y subían a sus autos, frenéticos, despeinados. Sin mirar.

Ellos habían cerrado las puertas y ventanas, cortinas y visillos, y se habían reunido silenciosos y angustiados en aquel living, cuyo tapiz en veinte años no se habían cambiado.

y he aquí ciudadanos” se escuchó en un momento. El abuelo los miró a todos con la luz en los ojos “donde debemos mantener la calma. La situación se encuentra estable, dentro del grave ataque que hemos sufrido (interferencia) el fuego está siendo controlado (más interferencia) rogamos a la gente que se encuentra en sus casas se quede donde están, pongan banderas o telas blancas en el techo si necesitan ayuda. Cierren puertas y ventanas, por dos días se decreta toque de queda, nadie puede permanecer tras este atardecer en la calle o podría ser derribado…

—¿Qué? — Mamá habló por primera vez en todo ese rato. Todos le dijeron “shhh” porque la radio ya era difícil entender.

El humo la voz seguía explicando, ellos reconocían como del presidente, es realmente tóxico. Nunca en la historia de nuestra nación nos hemos enfrentado con semejante tragedia, pero no nos quedaremos de rodillas. Lograremos sobrevivir de esto. Traten de no tomar agua de las cañerías, saquen solo dos o tres litros, y el resto, no lo toquen hasta nuevo consejo. No abran las cortinas ni miren cuando toquen la puerta, incluso si reconocen la voz. Estaremos dando mas noticias por este mismo medio, permanezcan sintonizados.

Tocó la banda presidencial, y una voz dijo lo obvio… ese fue nuestro presidente. El abuelo apagó la radio. Los cinco se quedaron angustiados largos segundos, antes que querer hablar. El sol naranjo del atardecer se colaba hacia el silencioso lugar. Finalmente, el abuelo soltó el aire y la radio, dejándola sobre la mesa, y relajando su cuerpo hacia el suelo. La mamá se apretó más el delantal entre las manos. Estaba lavando la loza cuando fue la explosión. Tenía dos o tres botellones de agua, dos sellados y uno al menos de agua de llave. Siempre se podía usar el hielo del refrigerador, total eran dos días… pero habría que racionar, porque tal vez se alargaría todo esto.

Todos rumiaban sus dudas. No había explicación clara de lo que había sido todo eso, ellos se habían entrado enseguida a revisar que estuviera todo, como era el plan. Porque habían hecho un plan familiar que se había cumplido, juntarse en la puerta, buscar rápido el bolso botiquín y las billeteras de todos, celulares, cada uno tenía una muda de ropa lista, una parka, una frazada a mano. Incluso una toalla. La mamá siempre insistía en el orden de las cosas pequeñas, así era mas fácil huir. Pero no había para donde ir. Debían quedarse 48 horas, encerrados, sin abrir la puerta.

—lo que no entiendo es qué fue eso. Tengo mucha curiosidad.

—Lo sé, hijo, pero no podemos salir. Tal vez qué anda afuera.

— ¿Cómo qué anda afuera, mamá?

­­—Me tinca que fue la Reina.

—¿Qué hay en La Reina, tata?

—Había un centro de experimentación nuclear. En una falla de la tierra.

—¿Así como Chernobil? Papá, nos habrían evacuado.

—No lo sé… mientras temblaba igual miré y si parecía un hongo, un ojo gigante.

—Eso explicaría por qué piden no salir a la calle, pero… ¿que no abramos la puerta?

“eso está raro” coincidieron los cinco.

—Arreglemos para dormir temprano entonces— la mamá se puso en pie —no podemos quedarnos en pie así, gastaremos las pocas velas que tenemos. Tomemos once, y nos vamos a acostar.

Los niños —uno de doce, y una de dieciséis— por unos segundos intentaron protestar, pero se la pensaron. Tampoco tenían ganas de hacer mucho.

La mañana transcurrió lenta. Como un domingo, pero sin tele y obligado. Ya se les había pasado el miedo inicial a los hijos del matrimonio, pero aún no salían de su inquietud. Estaban amurrados en el living. La mamá no quería admitirlo, pero es que era tan raro esto de estar aislados en medio de la ciudad… la línea de internet y la eléctrica estaban cortadas. Menos mal la cocina era a gas. Pensaba cómo comunicarse con los vecinos. La tentación de atisbar tras la cortina era demasiado fuerte, la curiosidad la mataba. Si sólo hubiera una forma, pensó. Tras comer, recordó una forma antigua… pero ¿Cómo avisarles?

Habría que abrir la ventana del segundo piso, si o si.

Lavó en silencio los tarros, mas bien los limpió, para no desperdiciar agua. Los niños susurraban si querían algo, y les explicó lo que quería hacer con cuidado. Se había criado en esa casa, que ocupó nuevamente tras la muerte de su madre. Era un barrio antiguo, y justo frente a su ventana de costado, estaba la de su vecina, amiga de la infancia. Ahora la ocupaba un sobrino, pero alguien había. Fue con sus hijos al segundo piso. Primero entreabrieron la cortina, miraron con desconfianza la nube que había cubierto el piso hasta dos metros. Se alejaron un poco, haciendo mas preparativos. Revisaron nuevamente los celulares. Nada, ni un poco de señal. La chica tomó una toalla, el niño un arco y flecha con chupón por punta. Abrieron la ventana sólo lo suficiente para que pasara la flecha, y ella cerró el resto con la toalla. Disparó varias veces, hasta que el joven asomó su cara, y saludó sonriendo. Entonces, ella le mostró el tarro, y tres dedos. Abrieron al unísono las ventanas, lo recibió al segundo intento, y cerraron, quedando conectados con el cable.

—Me escuchas?

—Fuerte y claro.

—¿Sabes qué pasó?

—No. Pero he visto cosas raras por las ventanas. Máquinas silenciosas que pasan sobre la nube. Cierren todo.

—Nosotros tenemos una radio.

—Si tuvieran un fax, podríamos armar un modem.

La joven se quedó pensando. Recordó el documental que vieron sobre hacktivismo en el colegio. A ella le encantaba meterse a hacer robots.

Tenemos uno, dijo, y salió corriendo. Bajó a la cochera, consiente que les habían dicho que no lo hicieran. No se molestó en buscar algo específico, sólo agarró todo electrónico y batería vieja y las tiró a la cocina. Su adrenalina se disparó cuando notó que la nube, el humo, empezaba a entrar por debajo de la cochera. Terminó por tirar una caja de herramientas dentro, y cerró la puerta pálida. Su madre la abrazó unos segundos, y frenéticamente cubrió la puerta de la cocina con las frazadas de emergencia, cada agujero posible. Luego, la de la entrada. Agarró masquin tape, y pegó las cortinas a las murallas, no dejando espacio.

—En estos momentos, una cámara de vigilancia nos hubiera servido.

—El vecino tiene pos, ¿no te diste cuenta que por eso dijo que había visto cosas?

—Ya queda poco tiempo. Ya se cumplirán los 48 horas. El abuelo miraba su radio, buscando inútilmente alguna señal. De repente se escuchó una voz alterada, gritando. Jadeando. Luego volvió sólo estática. La chica buscaba un atornillador, y el abuelo fue a la caja correcta y le ayudó a desarmar el fax. Mamá había traido toalla de papel, y limpiaron los aparatos electrónicos de la caja. El vecino llamó, tirando del tarro varias veces. El niño fue a contestarle. Volvió a los pocos minutos.

—Dice que logró ubicar una radio. Que la moneda ya no existe. Que te pasó una vez un documental donde salía cómo armar un aparato de internet independiente…

—Si, fue cuando hice un trabajo sobre la primavera de Egipto. Ella dejó las cosas y fue a su cuarto, probablemente. Volvió un rato después con el plano, y el abuelo le ayudaba a montar la cosa, con las pilas y todo. El niño revisaba la radio. Volvió a escucharse una voz, temblorosa esta vez.

Transmito desde mi casa, en Metro Moneda. Desde aquí se ve parcialmente lo que pasa. Con los vecinos del edificio nos organizamos, nos hemos comunicado por mensaje con el edificio del frente (ruido) y tenemos una red, es una situación de emergencia. Hola, es Jorge, desde mi casa en la moneda. Si alguien escucha estamos en estado de sitio en Chile, el humo, o nube, lo que sea, cubre hasta un metro y medio del piso. Es espeso, como agua, y se ven formas avanzando, como si nadaran. Creemos que son extraterrestres. La luz blanca en La Reina parecía una explosión nuclear, pero no estamos seguros. Poco después La Moneda estalló, nos han dicho que hay un agujero negro, pero nadie sale de su casa. No se ven carabineros ni ejército en las calles. Seguiremos hablando por este canal cada media hora, si me escuchan del extranjero, necesitamos ayuda. No hay luz, y el humo intenta entrar cada que salimos, nos quedaremos sin agua los que vivimos en altura.

Normalmente mamá no dejaba que tocaran su inmaculado living, ahora el polvo le dio lo mismo. Hizo maletas, y no le importó que su hija dejara un desastre, es mas, le preguntaba si necesitaba ayuda. Era un armado frenético, contra el tiempo. El papá dejó su nulidad para ayudarla a romper algunos juguetes y hacer un carro. Ellos tenían cortinas gruesas, y no habían visto nada, pero no dudaban de la historia sobre las criaturas allá fuera, en el humo.

—No tenemos auto— se lamentó de repente. —Creo que si tuviéramos auto, podríamos correr a la cochera.

—Pero ¿no entraría el humo? Dijo el niño como cuando ella fue por las cosas.

—Es que es raro, porque las ventanas no son selladas tampoco. Si hubiera querido, la nube ya estaría dentro.

—Tal vez es demasiado espesa. Iré a hablar con el vecino—. Se puso de pie, dejando la radio. El abuelo la tomó, la joven estaba terminando de armar el modem y había dejado aparte materiales para armar una radio de transistores casera, para comunicarse. Dejó el estaño de lado, había tratado de usar el calor lo mas rápido y eficiente posible. Tomó su celular y le sacó la Sim, para instalarla. Finalmente, conectó las baterías. Hubo una luz y nada funcionó.

Respiró hondo y siguió intentando. El abuelo sintonizó otra vez, y se escuchó la banda del presidente. Pidió mantener la calma, y se cortó su señal. Vino otra, al parecer no eran los únicos en tratar de hacer una radioemisora, de comunicarse con el exterior. Algunos parecían locos, hablaban de ballenas alienígenas que navegaban en las calles, largas, cuyas barbas iban como cables tocando todo lo que pasaba cerca, de anémonas flotantes con ojos en cada extremo de sus filamentos, de dientes impulsados por aletas fluorescentes. Nada humano, ni humanoide.

Ella logró dar señal, y preguntaba si alguien había tomado contacto con una comisaria. De a poco obtuvo respuestas. Finalmente, un carabinero que quedó acuartelado tras el temblor, le respondió “estamos solos”.

El mundo está en silencio, llevo horas jugando con esta radio, y nadie responde. Si escucho algo, avisaré por 10 minutos seguidos. Traten de no gastar sus baterías. Las 48 horas ya pasaron, y estos alien no se van.

—Mamá— había llegado de vuelta sin que se dieran cuenta — ¿Cómo saben que son alien?

—Deben tener información que nosotros no —el abuelo seguía manipulando la radio, y logró captar otro.

El presidente (ruido) sigue encerrado con esa cosa (ruido) están haciendo un trato. No sé cómo funcionan sus aparatos. Son mocos, reales mocos sin forma. Uno usa un gel sobre la boca y ellos entienden. Escriben en una pantalla y reproducen voz humana.

Los presentes tragaron saliva, además de ruido blanco se escuchaba ruido… húmedo. Como cuando las cosas húmedas, la boca, la saliva se mueven.

Ellos exigen una serie de situaciones, entre ellos, algunos humanos de rehén y ocupar territorios al sur. De momento, la gran nube que nos tiene rodeados es una especie de atmósfera artificial. El presidente les está dando cuencas de lagunas, algunos vacíos, para que habiten. Apenas firmen, se desocuparán las calles, y dará otra conferencia.

Todos tomaron la radio hechiza, para intentar hablar y ubicar conocidos y comentar qué era eso. Se acabó la pila. Oscurecía de nuevo, y esperaban, recién llevaban 24 horas… el presidente habló, diciendo:


Bienvenidos a la república de igdranosh.

9. Mai 2020 01:29:48 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

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