pufflix123 Sebastián Súcñer

Durante sus vacaciones de verano, Julio dejó de dormir por las noches para dedicarse a todo aquello que de día no concretaba. Descubrió en el tiempo nocturno un ambiente más calmo e interesante, desde su habitación disfrutaba del silencio y la oscuridad; pero, lo que más deseaba era explorar el exterior, pues veía en este la huella de un misterio oculto, de la presencia de un secreto nunca antes descubierto.


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Kurzgeschichte
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El noctámbulo

Cuando la luz de la habitación de sus padres se apagó, supo que la noche había comenzado. En la tenue oscuridad de su cuarto, Julio inició su rutina nocturna tomando su celular del escritorio. Revisó como sumido en un trance las notificaciones: la lista de chats, los videos que dejó pendientes horas antes, los videojuegos que le reclamaban su sesión diaria. Una vez terminada esta primera tarea, se levantó de la cama y comenzó a tenderla. Desde el inicio de sus vacaciones de verano, había adoptado la costumbre de un noctámbulo.

Recordó que la primera vez que lo hizo no fue planeada. Como por azar o quizá el efecto de una esporádica siesta en la tarde, Julio no sintió sueño aquella madrugada. Resolvió nervioso en revisar obsesivamente cada red social que podía y cuando estas se le acabaron, decidió sumirse en un atracón de videos de todo tipo, desde gatos, curiosidades del mundo, críticas a películas e incluso algún clip musical. El reloj digital marcó las cuatro y un nerviosismo violento subía por su espalda. Sentía que algo no iba bien, que, incluso siendo sábado, tenía que dormir. Un temor irracional lo embargaba, como si algún castigo divino fuera a caer sobre él si no cumplía esa cuota de sueño. La cara le ardía y pequeñas gotas de sudor iban emergiendo de su piel. Comenzó a renegar de sí mismo por no caer dormido, a implorar a Dios para que lo suma en un profundo letargo que le recupere las horas desperdiciadas. Sin embargo; el cansancio no parecía penetrar en sus párpados, sus ojos permanecían clavados en el techo y su pecho se agitaba conforme corría el tiempo.

Terminó de ver un video cuando recordó esta primera experiencia. La mañana de ese día hasta las dos de la tarde se la pasó roncando, despertó para almorzar y con el estómago lleno continúo el descanso hasta la temprana noche. Ahora todo ello le resultaba ridículo, por qué atribuirse la culpa de aquello, por qué humillarse ante Dios por algo tan vano y, sobre todo, por qué desperdiciar toda una noche estresado y llorando. Había descubierto en esas horas silenciosas toda una gama de posibilidades. Podía leer o dibujar sin que ninguna voz ni grito de los vecinos le arruinase el clímax de algún poema o le desconcentrase de su tecleo. Además, darle mantenimiento con tranquilidad y a su propio ritmo al espacio donde habitaba, que veía entre cuadernos, hojas y ropa arremolinada en cada rincón. Eso hizo durante los primeros días, se la pasó a oscuras entre poemarios, borradores y trapos llenos de polvo, organizando ropa, arrugando exámenes y paquetes de galletas vacíos, iluminado por una lámpara led pequeña en su escritorio. Su habitación lucía para sus padres inexplicablemente pulcra, producto de tantas jornadas de ocio y trabajo.

Pronto los escasos metros cuadrados de su pieza le resultaron diminutos. Incursionó hacia el pasadizo una vez que se aburrió de revisar un manual de cómo aprender a tocar guitarra. Abrió la puerta con cautela y atravesó lentamente la casa escuchando los ronquidos de sus padres. Llegó a la sala y se detuvo para observar la calle iluminada por un poste de luz que teñía la pista, la vereda y las fachadas de las casas con un tono ámbar, imagen que lo fascinó. Regresó a su habitación satisfecho con su victoria y repitió esto mismo durante una semana hasta que se habituó a dar paseos por la cocina y la salita de juegos, hurtando algún bocadillo o quitando el polvo a los ventiladores de su consola.

Fue formalizando cada vez más su horario, se duchaba a las diez cuando el ruido del agua difícilmente despertaba alguna sospecha de lo que tramaba; se aventuraba en lecturas cortas a hasta llegar a la primera hora del nuevo día. Una vez sus padres se echaban a dormir, jugaba videojuegos y revisaba sus redes sociales durante un par de horas, parando a las dos y media para aplacar con su libido adolescente; a las tres dedicaba un tiempo a revisar los objetos que adornaban su habitación, descubriendo cuentos infantiles y dibujos hechos con garabatos de crayolas. A las cuatro, abandonaba la rutina para contemplar con la curiosidad de un niño pequeño su barrio durante la madrugada. Desde su segundo piso tenía una vista a la altura adecuada para inspeccionar los postes, la pista resquebrajada y las casas a oscuras, envueltas en un silencio misterioso que, para Julio, sin duda guardaba un secreto siniestro. La idea de que debajo de la tela amarilla de calma de la calle encontrara algo que nadie jamás pudo solo le hacía obsesionarse con el deseo de salir.

Y así fue, una de sus noches fue la designada para emprender la travesía hacia el mundo nocturno. Recogió su copia de las llaves de su mesita y con la cautela de un gato que se escabulle a medianoche, bajó las escaleras hasta el portón metálico. Lo abrió cuidadosamente.

Dio el primer paso sobre la vereda y sintió que atravesaba un portal como los de las películas de ciencia ficción. Respirando un aire totalmente nuevo, vio todo su cuerpo cubrirse por la iluminación amarillenta del alumbrado público. Todo parecía detenido en el tiempo y así lo habría pensado Julio de no ser por un taxi que cruzaba la calle indiferente. El viento era tan débil que era casi imperceptible el movimiento de las hojas de los árboles.

Estuvo parado en el mismo lugar durante varios minutos, expectante de algún hecho extraordinario imposible de verse a la luz del día. Sin embargo; esto no sucedió, nada se movió de su sitio ni un auto volvió a aparecer por la esquina. Todo se hallaba en un silencio muerto. De pronto sintió que todo aquello era una pérdida de tiempo, que debería volver a su casa y que debería abandonar su hábito nocturno. Pero, un instinto en él le dijo que más allá de su barrio encontraría lo que buscaba.

Avanzó hacia el letrero que unía a otras calles, idénticas en forma a la suya, con casas multicolores que exhibían, si bien no el lujo, la comodidad. Vio pasar únicamente a un perro negro con las patas que antaño blancas lucían un gris deprimente, hurgaba entre las bolsas de basura. A Julio le pareció que los animales eran envidiables, nunca padecían ni disfrutaban, existían solo para ellos mismos.

Siguió avanzando sumido en un trance por aquellas calles. Cada cierto tiempo, un auto corría apresurado por la pista como si huyera de alguien, algún borracho se tambaleaba sosteniéndose en un poste de luz y se podía escuchar la cumbia protagonista de fiestas dentro de las casas. Cuando volvió en sí, descubrió que se encontraba camino a su colegio, en el parque de la Amistad. Vio el arco inmenso, bajo el que muchas parejas juveniles iban a besarse o reforzar sus promesas. Sonrió un poco al imaginarse con alguna chica de su escuela, alguna a la que pudiera hablarle. Decidió adentrarse en las calles aledañas, tomando los atajos que solo él conocía, quería contrastar cómo se veían. Corrió hasta una esquina y dio la vuelta solo para detenerse en seco

Su respiración se detuvo, sintió que un vacío enorme expulsaba la sangre de su pecho. Había un hombre alto, de edad avanzada, mirándolo fijamente, llevaba una gorra con visera azul y esbozaba una sonrisa escalofriante. De pronto un inexplicable ser religioso despertó en él e imploraba a Dios que lo salvase. El sudor comenzó a bajar por su frente y su corazón volvía a llenarse para agitarse violentamente.

Quiso pensar en la posibilidad de que alguien pasara, que algún patrullero diera con él, pero cuando la siniestra figura dio el primer paso adelante, supo que en la noche no había más que un silencio muerto.


Lima, 2020

2. Mai 2020 21:27:58 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Sebastián Súcñer Escritor aficionado, apasionado lector de Julio Ramón Ribeyro.

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