pufflix123 Sebastián Súcñer

Sara recibió la noticia sobre el estado crítico de su madre y atraviesa el pasillo final aferrándose a los recuerdos de su complicada niñez. La muerte es más dolorosa cuando llega a quienes amamos.


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Kurzgeschichte
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Terminal

Se sobresaltó al descubrir que se había quedado dormida. Aclaró su visión y se tapó la boca para bostezar, luego, sacó el teléfono de su cartera y revisó la hora: las seis y media. La sala de espera del Hospital Rebagliati estaba abarrotada de personas que murmuraban nerviosamente, unos hablaban por celular explicando las situaciones de sus familiares, otros simplemente mascullaban oraciones, también estaban los silenciosos, con rostros marcados por una profunda angustia; sin embargo, entre todos conformaban una esencia lúgubre, la de los suaves pasos de la muerte.


La rutina de Sara cambió desde que la doctora les informó sobre el estado de su madre, ya habían pasado dos semanas desde que la habían internado y hacía visitas para verla. Ella ni siquiera podía hablar, solo era una figura pálida, muda, opuesta a lo que alguna vez fue. Las primeras veces, Sara le contaba su día, el trabajo, la familia; pero, con el tiempo, cada palabra le dolía en la garganta. Se limitó a reflexionar en silencio a su lado cuando le permitían estar con ella. "Tiene cáncer hepático, morirá a lo mucho en seis meses" dijo la doctora, sus ojos no parecían albergar calidez alguna, ni siquiera pesar. Su madre rompió en llanto, Sara y Claudia también lo hicieron. Los primeros días la casa se inundó de un silencio asfixiante.


El teléfono vibró en su mano. Lo encendió nuevamente y vio que era Claudia. Le había enviado un mensaje: «Por favor, vuelve a tu casa. Tu hijo está solito, anda, yo la voy a visitar esta vez». Vaciló durante unos minutos, sus ojos se humedecieron y dentro del pecho le ardía, sentía algo inmenso atorado dentro de la tráquea, le dolía. La recordó por un momento, fue cuando venían los apagones durante la época del terror, cuando afuera explotaban autos, recordó cómo su madre la aferró contra su pecho y pudo sentir la suavidad de su vestido, siempre llevaba ese bonito vestido morado, ella le dijo: "Tranquila, hijita, todo va a estar bien, yo estoy aquí contigo".


Una sensación de culpa la inundó caminando hacia la salida. Se sumergió en la densa tarde de Lima: el azul intenso del cielo ordenaba a los postes a despertarse y alumbrar las avenidas, los transeúntes abordaban buses y combis de vuelta a sus hogares, los cláxones resonaban en el monstruoso barullo de las autopistas. Esperó un taxi que la llevase a casa. Uno se acercó y dentro el conductor la saludó, permaneció callado el resto del recorrido. Sara observaba a través de la ventana del auto las luces amarillentas de la calle.


Los momentos con su madre se arremolinaban en su mente. Estaba en una habitación sucia y hedionda con ella, Sara era muy pequeña y, silenciosa, la observaba desde el marco de la puerta hablando con Carlitos, un joven alto y escuálido, sus ojos estaban enrojecidos, pero ella no estaba segura si era solo por llorar. Le gritaba algo irritada, le pedía algo, el chico rompió en llanto y se arrodilló abrazándola. "Perdóname, mamita, perdóname, no puedo, es muy fuerte y no puedo dejarlo, me arden los brazos, el cuello, no puedo". La madre de Sara simplemente acarició su pelo. Carlos era producto de la infidelidad, no era su hijo, pero lo amaba como a uno. Sara nunca habló con su hermanastro, esa era la única imagen viva que tenía de él.


Su teléfono volvió a vibrar, era Claudia quien le envió un mensaje en el que avisaba que había llegado al hospital. Respondió con un "Ok" y volvió a bloquear el dispositivo.


El ser la última hija la hizo foco del cariño de sus hermanos y su madre. El día de su cumpleaños era muy especial porque toda la familia ponía de su parte para celebrarlo. Claudia le compraba un vestido, Rufo pasaba más horas pintando fachadas y vendiendo caramelos, su mamá volvía temprano ese día de la casa de la señora Martínez para cocinarle puré con asado. La casa al fondo de la quinta en que vivían se limpiaba totalmente y desprendía una alegría inaudita respecto a los demás días. Por un breve espacio de tiempo que Sara deseaba nunca acabase, las riñas, los gritos y los bebedores desaparecían. Solo era ella a quien cantaban en la oscuridad iluminada por las velitas.


—¿Ha oído las noticias? —preguntó el taxista. —Esas ratas han estado robando las ayudas a las víctimas del terremoto. Ni con la muerte se apiadan de la gente, qué porquerías.


No le prestó mucha atención, se limitó a responder vagamente. "La muerte" pensó. El primer contacto que tuvo con algo así fue el día que Carlos murió por sobredosis. Sus demás hermanos trabajaban y solo ella podía acompañarla. "Vi llorar a mamá por primera vez" recordó. Pero no fue un llanto leve, no fue corto, fue interminable, silencioso y desgarrador. En la morgue, los señores que allí trabajaban tuvieron que sostenerla para que no se lance hacia la bolsa negra. Sara tuvo que identificar el cuerpo. Los hombres revelaron la cara fría, pálida y muda del cadáver.


El taxi se acercaba a su casa y ella dio las últimas indicaciones. Frente al portón de madera, desembolsó tres monedas de cinco soles y salió. Abrió la puerta anaranjada, subió las escaleras hasta su piso. Su suegra cuidaba del pequeño Lucas, el niño corrió a abrazarla. La señora se despidió y salió dejándolos solos. Lo dejó mirando televisión y fue hasta su cuarto a sentarse al borde de la cama.


"No la veré de nuevo" se dijo a sí misma. Aunque había visto a aquel cuerpo muerto cuando era niña, solo ahora entendía el significado del final de una vida: no vería más a su madre, no la escucharía cantar sus alabanzas a Dios, no sentiría su piel, su vestido morado, su pelo lacio, no la miraría fijamente a los ojos castaños, ella no vería crecer a su nieto, no le daría más de comer, Lucas no haría dibujos de ella. Finalmente, rompió a llorar, sintió en su corazón un vacío inmenso, su nariz ardía y las lágrimas caían sin detenerse.


El sonido de los zapatitos de su hijo la alarmó, intentó rápidamente enjugarse las lágrimas y respirar hondo. Se asomó a verla desde el marco de la puerta. La notó llorando y se le acercó.


—Tranquila, mamá, todo va a estar bien, mamá. —un profundo vacío dentro de ella se llenó, no entendía cómo ni por qué. El niño la abrazó. —Yo estoy aquí, mamá.


Sara lo besó en la cabeza, lo abrazó como nunca, como si abrazase a alguien más dentro de aquel cuerpecito, como si se despidiese de alguien más. Lo cargó entre sus brazos hasta su cuna y le leyó un cuento hasta que se durmió. Sara volvió a su cama, apagó la luz y se echó.


Pasó media hora hasta que su teléfono volvió a vibrar. Claudia la llamaba. Al responder, escuchó la voz de su hermana balbuceando su nombre, lloraba.


—¿Ya pasó? —preguntó Sara, respiró hondo


—Sí, Sarita, —sollozó su hermana. —ya pasó.


—Voy para allá.

26. April 2020 02:13:48 1 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Sebastián Súcñer Escritor aficionado, apasionado lector de Julio Ramón Ribeyro.

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Diego E. Diego E.
Sin palabras; sin palabras. El final es duro; muy duro. Me identifico un poco. Muy buen trabajo!
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