Kurzgeschichte
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Comediantes.

Como timbales retumbaban en su cabeza los abucheos. Una mezcla de vergüenza y rabia lo estaba quemando por dentro con mucha más fuerza que el quinto coñac que acababa de meterse entre pecho y espalda. No había conseguido arrancarles a aquellos cretinos otras carcajadas que las que induce el desprecio. Risas con sorna, cínicas burlas malintencionadas que duelen más que una puñalada en el hígado.

Levantó la mano y en cuanto la camarera se le acercó señaló la copa vacía. La mujer escanció el licor sin quitarle el ojo a aquel individuo que empezaba a mostrar síntomas de embriaguez. El brebaje desapareció en un suspiro por su garganta, exigió que le sirvieran otro trago. Le fue suficiente a la camarera cruzar la mirada con quien parecía el encargado, para mandarle un claro mensaje de alerta. Este asintió y la copa volvió a estar llena.

¿Qué podían saber los parroquianos de aquel tugurio de mala muerte sobre lo que es el humor "inteligente"? Debería de haber abandonado el local a toda prisa después del desastre de su actuación, pero eso sería como asumir que "ellos" tenían razón y admitir su propio fracaso.

El séptimo coñac traía consigo por "tapa" una nada desdeñable ración de auto compasión. Debía de admitirlo de una vez por todas, no tenía talento, iba siendo hora de que desistiera. Sus monólogos carecían de gracia y tenían menos ritmo que una cursa de caracoles. "Una cursa de caracoles" ¡Menuda comparación de mierda! De todo pretendía siempre sacar un chascarrillo, incluso de su desgracia, pero su ingenio se quedaba ahí, en lo trillado y mediocre.

Con la octava copa su percepción de las cosas dio un giro de 360 grados. Su actuación rozó la perfección, había estudiado al milímetro todo el guion durante días. Enlazó cada chiste con suma maestría y los había dotado de un "valor añadido" gesticulando según mejor convenía en cada ocasión. Acentuó el tono cuando era necesario llamar la atención, hizo guiños cuando la ocurrencia requería de la complicidad del público, enfatizó los gestos cuando se suponía que llegaba el clímax. No era culpa suya si aquellos palurdos eran idiotas. A fin de cuentas, solo era un local de copas y la gente estaba más por ver a quién se llevaban a la cama al finalizar la noche, que por prestar atención a su monologo.

Levantó la mano, pero en esta ocasión fue el encargado el que se acercó.

—Se ha cerrado el grifo, a partir de ahora has de pagar lo que bebas.

—30 euros y barra libre, eso era lo acordado. - Protestó el beodo.

El barman señaló un local a medio aforo. —Lo acordado era que dejarías secas las gargantas de estos por las carcajadas y me llenarías la caja, de a poco no me los espantas a todos. Ya tienes tu dinero, lo mejor será que te marches a dormir la mona.

—Sirve la última al menos.

—Serán 10 euros.

—¡Y una mierda! No voy a pagarte, pon otra y esta que no sea garrafón.

El camarero se encaró con el borracho sacando fuera de la barra medio cuerpo. Era un individuo enorme acostumbrado a ese tipo de situaciones. - ¡Lárgate por las buenas o les daré a mis clientes el espectáculo que tú les has negado! Ellos se troncharán de la risa igual que lo hará tu brazo. - Lo agarró con fuerza de la extremidad con la que sujetaba el vaso vacío.

—Yo pagaré esa copa. —Los contendientes se giraron al unísono. Junto al cómico se había sentado un personajillo que parecía sacado de una mala telecomedia. El barman sirvió la bebida a regañadientes y continuó con sus tareas.

La clientela perdió pronto el interés por la escena, no habría un desenlace violento. Defraudados, también ellos siguieron a lo suyo.

El cómico escudriñó a su benefactor de arriba a abajo. Los ojos pequeños y una nariz chata que apenas ocupaban espacio en una oronda cara. En contraste, la boca si era grande y al sonreír asomaban unas marcadas encías sobre unos dientes menudos. El borracho entrecerró los ojos intentando enfocarlo mejor. —¡Por Dios, menudo cabezón! —Pensó. —Ahí podrían anidar una bandada de cigüeñas y aún quedaría espacio para un helipuerto. —Reparó en cómo le colgaban los pies en el taburete y se balanceaban. —¿Qué coño querrá este enano "mongoloide"? —Contuvo la risa, el tipo peinaba como un crío en su primera comunión. La raya al lado intentando cubrir, sin conseguirlo, los estragos de una alopecia galopante. Tampoco escaparon a sus burlas mentales las ropas. Pantalones de pinzas demasiado cortos que dejaban al descubierto unos calcetines blancos. Los zapatos parecían los de un niño, la camisa abrochada hasta lo más alto del cuello y pulcramente planchada. Solo le faltaba, como "attrezzo", lucir pajarita para resultar del todo risible. El colofón fue comprobar como aquella "micro nariz" sostenía, fuera de todo pronóstico favorable, unas enormes gafas de pasta.

Agarró su coñac dispuesto a ignorar a aquel grotesco entrometido.

—¡Me ha encantado tu actuación!

El interés del comediante se reafirmó de inmediato. El tono exaltado y el brillo de aquellos ojillos miopes demostraban una admiración sincera. No tardó el desencanto en volver. ¿Qué peso podía tener la opinión de aquel subnormal?

Su asombro fue en aumento mientras el hombrecillo diseccionaba su monólogo y lo analizaba frase por frase. Todo eran halagos y la interpretación de muchos de los chistes que el enano hacía ni se le habían pasado por la cabeza. Desde ese punto de vista, el de un miope cabezudo muy convincente, tomaban un cariz que rozaba la genialidad. Se dejó regalar el oído durante un buen rato sin atreverse a interrumpir a su admirador.

—Yo también soy humorista.

De sopetón abandonó el sopor en el que se encontraba. Que idiota se sentía, debió de suponer desde el principio que había una trampa oculta. Por fin la temida frase.

—He traído uno de mis monólogos, me encantaría que un profesional me diera su opinión.

El "mongoloide" sacó del bolsillo de la camisa dos cuartillas, las desplegó con cuidado y se las ofreció.

—¡Joder, necesito otra copa!

No se hizo de rogar el aspirante a comediante en pedirle la bebida, él se tomaría un agua con gas. Estaba perdido, ahora tendría que ceder al chantaje de su generosidad echando un ojo a lo que vaticinaba un bodrio insufrible. Le arrancó de malas maneras las cuartillas de las manos con la intención de simular leerlas. Para su sorpresa quedó enganchado desde la primera línea.

Se maldijo, el enano era bueno. ¡Buenísimo! Le costó horrores contener la risa y mantener una actitud distante y fría. ¿Cómo era posible que aquel estúpido tuviera toda la chispa que a él le faltaba? Aquello lo enfureció mucho más que las burlas durante la actuación. Alguien tenía que pagar por su frustración, alguien a quien tenía muy cerca.

—Lo siento chaval. — En realidad el medio enano debía de rondar su misma edad, pero sus rasgos lo hacían parecer mucho más joven. —No quiero que te hagas falsas ilusiones. —Le devolvió las cuartillas. —Podría mentirte como pago a tu generosidad, pero darte alas no te ayudaría. Esto es muy flojo.

Pudo ver, pese a su evidente cogorza, como se hundía el ánimo del aspirante a humorista. Aquello, lejos de afligirle, lo reconfortó. —Estoy seguro de que tienes muchas otras aptitudes, no pierdas el tiempo con esto, el humor evidentemente no es lo tuyo.

—Entiendo. - La voz del medio enano pasó de lo jovial a lo apesadumbrado.

Aunque estaba cabizbajo y no podía ver sus ojos, pudo imaginar cómo intentaba reprimir las lágrimas. Le dio una palmada en la espalda. —No desesperes chaval, encontrarás tu camino. Que se yo, quizás como probador de sombreros, con semejante cabeza seguro que no te faltaría trabajo.

¿Realmente era necesario ser tan cruel? ¡Por supuesto que sí! Aquel semi retrasado se lo merecía. No era justo, no, no era justo que tuviera más talento que él.

Se despidió humildemente dejando 10 euros sobre la mesa. - Toma un último trago en justo pago por dedicarme tu tiempo. Te agradezco que me hayas abierto los ojos.

Lo vio salir por la puerta con la espalda curvada y arrastrando sus cortas piernas. Agarró enseguida el dinero y lo agitó delante del barman.

—¡Pon otro coñac!

Que rico le estuvo aquel último trago, se relamió para saborear lo que quedaba del dulce licor en sus labios. Hora de marchar, no gastaría su propio dinero en aquel bar de mierda.

Al levantarse reparó en las hojas que seguían sobre la barra. El idiota se las había olvidado, o simplemente las abandonó convencido de que eran basura. ¿Que otro término que "idiota" merece alguien que fía más en la opinión de un extraño que en sí mismo? - Miró a su alrededor antes de ocultar las cuartillas en un bolsillo, se sentía como un ladrón.

De los 30 euros que había cobrado gastó más de 20 en un taxi para regresar a casa. Menudo negocio había hecho.


Al día siguiente se levantó con una resaca de mil demonios, la cabeza aún le daba vueltas y sentía unas nauseas que, irremisiblemente, lo condujeron a introducir la cara en el inodoro. Vomitó durante un buen rato, solo bilis salía de su estómago. ¿Cuánto haría que no probaba bocado?

Reparó en que había dormido vestido, ahora además de la peste a alcohol, se le había adherido a cuerpo y ropas el hedor de los vómitos. Necesitaba de una buena ducha fría.

Tras pasar bajo el grifo media hora y ya más despejado, buscó por la nevera algo comestible. Olfateó unos "tranchetes". Los acompañaría con algo de pan duro, no tenía ganas de bajar a la calle a comprar.

El improvisado desayuno no tardó en causarle una atroz acidez de estómago. - Menuda mierda de existencia. - Pensó. La verdad es que, para ser un pretendido humorista, su actitud ante todo y todos era claramente sombría.

Las últimas horas de la pasada noche quedaron difusas en su mente, poco a poco, los retales que como fogonazos le llegaban se fueron uniendo hasta que el puzle estuvo completo.

Recordó al enano "mongoloide" y corrió a toda prisa a buscar entre los bolsillos de sus ropas. Las había dejado tiradas esparcidas por el cuarto de baño.

En los pantalones no estaban, tampoco en la camisa. ¿Lo habría imaginado? Quizás se habían caído en el dormitorio, lo revolvió todo hasta encontrarlas entre las sábanas. ¡Ahí estaban las dos cuartillas!

No, no había sido el alcohol el que había perturbado su percepción, ahora estaba sereno (o casi) y el monólogo en ellas escrito le parecía aún mejor que la primera vez que lo leyó. ¡Era fantástico, una auténtica maravilla! Lo tenía todo: sarcasmo, ternura, mala uva, ironía... todo atado y bien atado, sin estridencias ni salidas de tono. Pulcro y exquisitamente enlazado, con un ritmo trepidante que no daba tiempo al respiro. Maldijo a aquel pobre diablo, seguro que tenía su autoestima por los suelos, (con aquellas pintas no era para menos) y por eso le fue tan fácil hundirlo en la miseria.

Durante toda la mañana leyó y releyó el monólogo hasta aprenderlo de memoria. El destino lo había puesto en sus manos, si, fue el destino el que le envió a aquel idiota. El cretino solo era el mensajero, el portador de una suerte que por fin le sonreía. No podía darle la espalda al destino, eso sería un feo gesto, lo escrito era suyo y solo suyo. ¿Quién podía discutírselo? ¿El enano? ¿A quién creerían, a él o a aquella piltrafa con patas?

El siguiente sábado habría un concurso para amateurs, no en un "chiringo" de mierda como el de la otra noche, sería en un pequeño teatro de verdad. Ya estaba anunciado meses atrás pero no tuvo intención de participar. Le faltó valor para inscribirse, no confiaba en que ninguno de sus monólogos estuviera a la altura de un ganador y si no es para ganar... ¿para qué coño presentarse? Ahora era diferente, tenía entre las manos a un auténtico "pura sangre". La gloria a una sola semana de distancia, tiempo más que suficiente para prepararse a conciencia. Ya se soñaba en la televisión, recogiendo aplausos en un baño de multitudes.


Eternos se le hicieron los días, pero por fin llegó el momento. El pequeño teatro estaba a rebosar y le había tocado en suerte actuar en tercer lugar. Era un buen puesto, los dos primeros participantes habrían caldeado el ambiente y estaba seguro de que el resto desistirían de concursar después de escucharle.

Los había visto ensayar entre bastidores, ninguno estaba a su altura.

El primer participante se retiró dejando tras de si unos fríos aplausos de consolación, se regodeó en el desencanto de su competidor. No por ello lo privó de una rastrera palmadita en la espalda cuando se cruzó con él.

¡Maldita sea! El segundo resultó ser bueno de narices. El "respetable" no dejaba de reír. Aquel cabrón se movía por el escenario como pez en el agua y era capaz de improvisar ingeniosas respuestas a las provocaciones de algunos de los asistentes. Al contrario que los de su predecesor, los aplausos a él dedicados eran tan sinceros como los vítores y los "bravos". A este ni lo miró cuando abandonó las tablas y se cruzaron.

Era su turno, respiró hondo e intentó tranquilizarse mientras el maestro de ceremonias lo anunciaba. Se lo había trabajado mucho. Puede que él no tuviera el desparpajo de su predecesor, pero sin lugar a dudas su monologo lo superaba con creces. Salió a escena cuando escuchó su nombre, lo hizo dando largos pasos alternados con pequeños brincos, queriendo aparentar un dinamismo y una despreocupación que en verdad le eran ajenas.

Lo recibieron con un protocolario aplauso.

Al llegar al micrófono se paró en seco y miró la platea. Los focos le apuntaban y solo podía ver las siluetas de los asistentes. Se hizo el silencio y el miedo escénico lo dejó petrificado, comenzaron los primeros murmullos de desaprobación. En un movimiento intuitivo miró hacia los bastidores, el maestro de ceremonias lo animó mediante un gesto de las manos a que comenzara. Se sentía como un borrego a punto de ser degollado, si no reaccionaba enseguida su defenestración sería inevitable.

Golpeó con el dedo el micro en un intento de ganar segundos.

—¡Si... ¡Si... Probando!

Debió de poner una cara realmente estúpida porque en las primeras filas se escucharon risas ahogadas.

—¿Se han preguntado alguna vez el por qué...? —Fue como arrojarse por primera vez en paracaídas, si lo piensas no lo haces. A partir de entonces fue una caída libre, toda una descarga de adrenalina. No tardaron en escucharse las primeras carcajadas, como un virus contagioso se fueron esparciendo por todo el patio de butacas. A más iban en aumento, más pletórico se sentía el comediante.

Todos los miedos se habían diluido entre las risas y su voz sonaba ágil y fluida, sin los tartamudeos y las lagunas mentales que acostumbraban a asaltarle en sus contadas actuaciones lejos de un espejo.

Se movía de un lado a otro del escenario enlazando ocurrencias, cada una más desternillante que la anterior. También desde bastidores le llegaban las risas. El maestro de ceremonias, sus adversarios, los encargados de iluminación y sonido, todos se habían unido al público y reían a mandíbula batida.

A medida que se aproximaba a la traca final, al desenlace de su monologo, las carcajadas se trasformaban en un clamor ensordecedor. El comediante se sentía en una nube, gesticulando, exagerando todos sus movimientos para enfatizar el punto y final a una actuación memorable.

Tal como esperaba, el último chiste fue el colofón, todo un orgasmo humorístico.

Las carcajadas no cesaron en minutos, momentos que paladeó brazos en cruz, haciendo continuas reverencias, haciéndose participe de aquel éxtasis que había invadido todo el teatro. No hubo, sin embargo, aplausos.

Las risas se fueron apagando poco a poco hasta que por las filas del medio se escucharon las últimas seguidas de algunas toses ahogadas, después el silencio fue total.

Continuaba el comediante haciendo reverencias, esperando unos aplausos que no llegaban. El extraño silencio lo sobrecogió. Miró a las butacas, las siluetas permanecían tan inmóviles como mudas. ¿Qué demonios estaba pasando? Giró la cabeza hacia los bastidores, pero no vio a nadie. Un frío repentino le recorrió la espina dorsal e hizo que sufriera unos espasmos leves.

—Gracias, gracias a todos... —Tartamudeo tímidamente, no hubo respuesta. Se aproximó al borde de la tarima intentando distinguir mejor a aquellas siluetas. Puso su mano derecha a modo de visera protegiendo los ojos de los focos, pero seguía viendo sólo sombras.

El escenario no era mucho más alto que tres peldaños de una escalera, intentó descender, pero algo dio un tirón de él. El susto le encogió el corazón.

Solo era el cable del micrófono que había llegado al límite de su extensión. El pulso se le había acelerado a un ritmo frenético y el sudor frío le empapaba la cara. Arrojó al suelo el micro que se acopló con los altavoces emitiendo un chirrido estridente.

Ya en la platea comenzó a caminar entre las butacas, sus ojos tardaron unos minutos a habituarse a la penumbra. Continuó andando casi a tientas, algo hizo que resbalara y a poco no cae al suelo de no haberse agarrado a un tipo. Bajo sus pies lo que parecía un charco.

Pese a que el agarrón debió de haberle hecho daño, aquel individuo no emitió ningún quejido, ninguna protesta. El humorista buscó entre sus bolsillos y sacó de uno de ellos un encendedor. Le temblaba tanto el pulso que no fue capaz de hacerlo funcionar hasta el cuarto intento. Su alarido sonó amplificado por la acústica del teatro y esta vez si cayó de culo. El encendedor iluminaba lo suficiente como para poder ver a un par de metros de distancia. El tipo al que había agarrado lo miraba, tenía la mandíbula desencajada en un rictus semejante una siniestra mueca. El comediante se incorporó y se limpió asqueado las manos en la camisa, aquel charco no era otra cosa que orines. Aquel individuo se lo había hecho todo encima.

Desplazó la pequeña llama, en el resto de sillones la misma escena. La mayoría de los asistentes se habían meado y todos, sin excepción, tenían el rostro deformado con aquella aterradora sonrisa.

El mechero se había puesto al rojo y una súbita quemadura lo obligó a arrojarlo al suelo, cayó en los inmundos orines.

De nuevo estaba en penumbras.

El silencio fue alterado por unos aplausos, por el repicar de dos únicas manos.

- ¡¿Quién anda ahí!? ¿¡Que significa esta macabra broma!? - Agarró por la pechera a quien tuvo más a mano, una mujer de mediana edad. La zarandeó con todas sus fuerzas, la cabeza de ella se movía de un lado a otro como la de una muñeca de trapo. La arrojó lejos de sí.

—¡Hijos de puta! ¡No tiene ninguna gracia!

Se reanudaron los aplausos, ahora sonaban un poco más cerca.

—Mis felicitaciones, nunca me defraudan tus actuaciones, en cada una de ellas te superas.

El cómico entrecerró los ojos, creyendo de forma ingenua que así podría ver un poco mejor.

—¿Quién eres? ¡Da la cara!

—Entiendo que a alguien tan anodino como yo se lo olvide con facilidad.

Los ojos del cómico se abrieron como platos.

—¡Tú!

Tenía enfrente al hombrecillo de la semana anterior. La misma nariz chata, la misma cara de pan y la misma apariencia hortera, pero sus pequeños ojos miopes eran distintos, como también su expresión. Seguía siendo casi un enano, rollizo y blanquecino. No supo el comediante si achacarlo a la situación o a la pobre iluminación, pero en esta ocasión daba miedo... mucho, mucho miedo.

—¿Qué es esto? ¿Una cámara oculta? Reconozco que te lo has montado muy bien, casi me cago del susto. Ahora que os habéis reído a mi costa podéis encender las luces y dar por finalizada esta tomadura de pelo.

—¿Te parece una broma? Me apena tu actitud, deberías de estar orgulloso de tu obra. ¿Cuántos cómicos pueden alardear de que su audiencia haya muerto de risa...? ...literalmente. — Siniestra la mueca que se dibujó en la oronda cara del "mongoloide".

—¡Te voy a partir la cara tarado!

El hombrecillo agarró de las muñecas al comediante inmovilizándolo sin dificultad. Quedó este asombrado por una fuerza que no esperaba en un tipejo de tan menguado tamaño.

—¿Quién eres tú? - Le preguntó aterrado.

—Solo un comediante con un peculiar sentido del humor, un incomprendido igual que tú.

—¡No, no, nada de esto es real! ¡Estoy soñando, no es más que una pesadilla! Despertaré en casa y de este mal sueño solo me quedará la resaca.

—Si es un sueño no tienes por qué preocuparse por estos que llegan. - El inconfundible sonido de las sirenas de la policía se escuchaba acercándose a toda velocidad.

—¿Cómo pueden estar aquí tan pronto? ¡Tú, maldito cabrón, tú los has avisado!

El hombrecillo lo soltó, el cómico desistió de intentar agredirlo.

—Solo es un sueño según dices, qué más da quien lo haya hecho.

—¿Y si no lo es? ¿Como voy a explicar esto? ¿Qué voy a contarles?

—A mí no me preguntes, yo solo soy un aficionado sin talento...

Haz lo que mejor sabes, cuéntales un chiste.


Justo en el momento en que la policía derribaba la puerta del teatro, el hombrecillo se desvaneció en la oscuridad.

16. April 2020 09:27:34 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Tinta Roja ¿A qué viene todo este teatro? No expondré el por qué, el cómo ni el cuándo. Condenado de antemano por juez y jurado, me voy caminando despacio hacia el árbol del ahorcado. Mira el verdugo la hora y comprueba la soga, que corra el nudo en lugar del aire. Se hizo tarde y el tiempo apremia por silenciar mi lengua. Y ahora ya sin discurso, ni me reinvento ni me reescribo, solo me repito. Y si me arrepiento de algo, es de no haber gritado más alto.

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