criandomalvas Tinta Roja

Que una lectura te atrape en cuerpo y alma no es necesariamente positivo.


Horror Gothic horror Nur für über 18-Jährige.
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La letra con sangre entra.

Su mente estaba más en blanco que aquellas espléndidas hojas. Se las compró al extraño buhonero que había instalado su parada en la plaza de la villa. Era un papel estupendo, excepcional. Siempre utilizó cuartillas sueltas de mala calidad, su economía no le permitía apenas pagar ni por una tinta decente. Llevaba toda la vida escribiendo, pero tan solo había conseguido publicar un par de novelitas que no alcanzaron ninguna repercusión. Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, la loca de Teresa de Jesús, años atrás y ahora Quevedo, Góngora, Tirso de molina, Calderón de la Barca e incluso ese mindundi de Cervantes, con su ridícula historia sobre un hidalgo loco, habían conseguido fama y reputación.

Miraba las cuartillas, estaban ya encuadernadas, una verdadera excentricidad, pero cuando vio el libro en blanco en el tenderete de aquel comerciante y comprobó la exquisitez del papel, no pudo evitar el gastarse lo poco que llevaba en los bolsillos, con todo le pareció un buen trato.

—Una gran adquisición, si me permite que se lo diga, podrá comprobar que las palabras manan limpias y cristalinas del manantial de su mente. Tan solo tendrá que cavar un poco y fluirán como un torrente durante el deshielo.

No prestó demasiada atención a la verborrea del inquietante buhonero, había algo en aquel sujeto que no le agradaba. Pagó el precio sin ni siquiera intentar regatear. Cogió el tomo y se apresuró a regresar a casa, estaba impaciente por moldear con palabras lo que se le antojó comparar con una pieza de hermoso mármol. Su pluma sería el cincel y él se convertiría en el mismísimo Miguel Ángel. Sin embargo, después de varias horas sentado con la mirada fija, la primera página seguía virgen e impoluta. Comprobó nuevamente la calidad del papel, era finísimo, tanto que el borde le produjo un pequeño corte en el dedo. Una gota de sangre cayó sobre la cuartilla y esta la absorbió sin que quedara rastro de ella. Lejos de asombrarse por aquel extraño fenómeno, el escritor se sintió pletórico, desbordado por un torrente de ideas tal como le aseguró el buhonero que pasaría. Mojó su pluma en la pequeña herida y escribió las primeras palabras. Un título magistral que invitaba a sumergirse en lo que, sin ninguna duda, sería una historia formidable. El corte del dedo cicatrizó rápidamente. A la mente del escritor regresaron las palabras con las que tanto le habían presionado en sus años de estudiante. – “La letra con sangre entra” —Rio a mandíbula suelta. —Que gran verdad es esa. — Se dijo antes de hundir un abrecartas en su antebrazo. Se infligió una herida de varios centímetros a lo largo, pero de escasa profundidad. Por desgracia, las ideas fluían a un ritmo mayor que la sangre. En la siguiente ocasión el corte fue más profundo.

Estaba pletórico, las musas formaban un auténtico harén, fornicaban con él, y de esa cópula nacían cientos de ideas que plasmaba sobre el papel. Poseído por una pasión desenfrenada se desnudó por completo, buscando partes de su cuerpo libres de heridas en donde hundir el pequeño cuchillo. El libro mamaba de la sangre como si de un bebé hambriento se tratara. Poco a poco, las páginas se completaban una tras otra y una apasionante historia tomaba forma. Sin ninguna duda sería la mejor novela de todos los tiempos.

La imagen era terrible, el escritor desnudo, cubierto por completo de su propia sangre, escribía a un ritmo febril, como si estuviera poseído por algún tipo de fuerza que no pertenecía a este mundo. Habían pasado dos días, pero él no era consciente del tiempo, ni de nada de lo que le rodeaba.

Sus fuerzas habían llegado al límite, en su cuerpo apenas quedaba sangre y el libro seguía hambriento de palabras. Unas pocas páginas más y la mejor obra jamás escrita estaría concluida. Solo unas pocas palabras, unas pocas letras, y por fin un punto y final. Exhausto, casi muerto, el escritor quiso repasar su obra. Su horror fue mayúsculo al comprobar que todas las cuartillas volvían a estar en blanco. Maldijo a Dios, a sus arcángeles, a los santos, al Papa de Roma y a toda su iglesia. Se maldijo a sí mismo antes de desplomarse sin vida sobre un charco de sangre ya seca.

El buhonero apareció en ese momento en el escritorio de aquel desgraciado al que la vanidad había arrastrado a tan trágico final. Cogió el libro y echó una ojeada. Sin ninguna duda aventajaba a toda la obra de Shakespeare junta, a todo lo mejor de la literatura del pasado, del presente y de la que estaba por venir. Arrancó el cortafríos de la mano del desafortunado escritor y buscó una zona del cuerpo libre de heridas. Su brazo no alcanzó una amplia zona de la espalda, —Será más que suficiente, —Pensó el buhonero. Lo desolló, curtió la piel y con ella forró el libro. Grabó en la cubierta con hermosos caracteres el atrayente título de la obra y en letras más pequeñas el nombre de su autor. Por último, encerró el alma de este en su interior y regresó a su destartalado carromato. Poco después del amanecer abriría su tenderete y pondría a la venta aquel manuscrito único.


Era joven y muy hermosa, aunque la literatura decididamente no era lo suyo. Buscaba un regalo para el cumpleaños de su padre y aquel libro, de bella encuadernación y título enigmático, parecía perfecto para un lector compulsivo como era su progenitor. Pagó un real de plata, una auténtica ganga. No se molestó ni en echar un vistazo a su interior, tenía prisa por regresar a casa y sorprender a su anciano padre.

Un sujeto de aspecto sospechoso la vigilaba, estaba sucio y sus ropas raídas dejaban bien a la vista su extracción social. Al contrario que él, ella era muy elegante, su vestido debía de ser muy caro. El villano la vio alejarse mientras acercaba, de forma "distraída", la mano a la mercancía del buhonero. Palpó la piel de una mano áspera y peluda. Cuando giró el rostro se encontró de frente con los ojos del comerciante. Aquella mirada le heló la sangre. En un acto reflejo dio un salto hacia atrás.

—¿Cómo te llamas gañan?

El pícaro se despojó de su viejo sombrero en una falsa actitud servil y respondió. —Lucas, Lucas Trapaza, para servirle a Dios y a usted.

—Bien Lucas, tengo un trabajo para ti.


El anciano padre de la muchacha estaba entusiasmado con su regalo. Cenó de forma apresurada y corrió a encerrarse en su cuarto. Pasó una y otra vez la palma de la mano sobre el espléndido cuero de la encuadernación acariciando la portada. Deslizaba delicadamente la yema de su índice sobre los surcos que formaban el título de la obra. Tal era su excitación, que apenas tuvo valor suficiente para abrir el libro por su primera página. Respiró hondo al tiempo que cerraba los ojos. Al abrirlos de nuevo, las letras, las frases, tomaban forma, surgiendo de la nada en sinuosos caracteres de un rojo brillante e intenso. Era un manuscrito de caligrafía impecable.

Lejos de extrañarse por lo extraño de aquel fenómeno, el anciano quedó fascinado por el adictivo relato, perdiendo toda noción del tiempo y del espacio. En cada nueva página se repetían las mismas pautas. Ante la mirada del viejo, la hoja en blanco se llenaba de palabras a medida que seguía leyendo de forma compulsiva. Letras en rojo sangre, hermosas e hipnóticas. Era incapaz de detenerse, la historia lo atrapó, lo amarraba a la silla y su mirada, cansada por la edad, no le supuso un obstáculo, tampoco la mal iluminada habitación. Tan solo necesitaba de una vela que alumbrara lo suficiente para proseguir con aquella enfermiza lectura. Perdía color, palidecía a medida que leía como si el libro le robara la vida, le chupara la sangre. Se notaba desfallecer, pero era incapaz de detenerse, ni siquiera cuando comprendió que de seguir moriría.

Encerrada en el interior de la novela, el alma del escritor maldecía su suerte. Demasiado viejo, aquel anciano no conseguiría leer ni la mitad de su gran obra. Si no la completaba de nada habría servido su sacrificio. Su libro merecía ser apreciado por todos, traducido a la totalidad de los idiomas para que el mundo entero reconociera su talento y si aquel maldito carcamal perecía en el intento a medio relato, todo habría sido en vano.

Tal como esperaba, el anciano murió. Le falló el corazón y su cabeza se desplomó sobre la novela. La piel blanca como el papel, sus venas y arterias secas de sangre.


La muchacha llamó repetidas veces a la puerta sin obtener respuesta, era ya tarde y su padre nunca permanecía tanto tiempo despierto. Abrió despacio y entró en la dependencia con pasos furtivos. Sus ojos tardaron un poco en adaptarse a la escasa luz. Las pupilas se le dilataron al máximo y una expresión de horror le deformó su hermoso rostro en una mueca de histeria. Corrió gritando hacia donde se hallaba el cuerpo sin vida de su padre. Lo abrazó llena de dolor, sus sollozos podían escucharse en toda la casa, pero nadie acudiría, vivían solos. Fue entonces cuando reparó en el manuscrito abierto por sus páginas en blanco. Se maldijo a sí misma por haber comprado aquel nefasto regalo, al que atribuyó sin dudarlo la reciente desgracia. Lo asió con ambas manos, levantándolo en un ademán colérico con la intención de arrojarlo al fuego de la chimenea. No pudo hacerlo, algo la impulsó a detenerse, la atrapó la curiosidad y un irrefrenable deseo de echarle un vistazo. Tomó asiento al lado del cadáver olvidándose de él por completo. Al abrir el libro quedó extasiada de inmediato. De nuevo el mismo ritual, las letras tomaban forma a medida que extraían su sangre.



Tal como le había asegurado el buhonero no había nadie en la casa. Una moneda de oro por un asqueroso libro era un buen trato, un trabajo fácil. Lucas escudriñaba atentamente todas las dependencias por las que pasaba en busca de joyas o dinero. Los dueños del lugar eran ricos sin ninguna duda, podría sacarse unas cuantas monedas más robando algunas cosas de valor. Se encontró los dos fiambres uno junto al otro.

—Mercachifle hideputa. —Pensó para sus adentros, en la convicción de que el inquietante comerciante le había preparado una encerrona. Permaneció alerta y en silencio unos minutos que se hicieron eternos, pero no hubo sobresaltos, no apareció la guardia para arrestarlo.

Respiró hondo intentando tranquilizarse. Sobre las manos de una joven se encontraba el libro, era tal como lo describió el buhonero. Estaba abierto por sus páginas centrales, Lucas miró las cuartillas y estas de inmediato empezaron a llenarse de extraños símbolos. El pícaro era analfabeto, sin hacer mayor caso lo cerró y guardó en un zurrón el grueso volumen. Se hizo con una sábana, la expandió sobre el suelo y empezó a depositar sobre ella todo aquello que consideró de valor. Fue entonces cuando la reconoció, era la joven del mercado, pero ahora estaba blanca, de una palidez que le daba la semejanza de una muñeca de porcelana. Vestía el mismo bonito vestido que lucía por la mañana, realmente debía de ser muy caro. Sin pensarlo dos veces la desnudó y arrojó las ropas sobre la sábana junto a candelabros de plata y algunas otras baratijas que había reunido. Hizo un enorme hatillo y se dispuso a huir del lugar, entonces miró el cadáver de la joven. Lo había dejado tendido sobre el suelo, ahora le prestó más atención. Era realmente hermosa, aun con la piel totalmente falta de color. El negro vello de su pubis resaltaba sobre la piel blanca y sus senos, pequeños pero redondos y firmes, lo enfermaron de lujuria. Repicaron por cuatro veces las campanas desde el campanario. Las cuatro de la madrugada, aún faltaban un par de horas para el amanecer, tenía tiempo.

El buhonero no quiso saber nada del resto de mercancía que le ofrecía el pícaro, tan solo se interesó por el libro. Una moneda de oro, ese fue el pago tal y como habían acordado.

—Ven a verme esta tarde cuando empiece a oscurecer, tengo más trabajos para ti.

Lucas se alejó del mercado, el enorme fardo que acarreaba sobre la espalda era demasiado sospechoso, ya buscaría un perista, pero ahora debía ocultar el botín en su mugrienta choza.



Vestía el elegante uniforme de capitán de la guardia. En su cinto el florete y dos pistolas. Altivo y orgulloso, arrojó con desprecio el real de plata a la cara del buhonero que lo atrapó al vuelo.

—No se arrepentirá gentil caballero, le aseguro que es un libro muy bueno. Le enganchará desde el primer capítulo, le atrapará en cuerpo y…alma.

El comerciante le regaló una amplia e inquietante sonrisa, pero el soldado no reparó en ella. Cogió el grueso libro y se alejó sin brindarle siquiera un saludo de despedida. —Este es fuerte y robusto. —Pensaba el espíritu atrapado del escritor. —Leerá mi obra y sacará a la luz todo mi ingenio, el mundo tendrá que reconocer por fin mi talento.

Al anochecer se presentó tal como habían convenido. Cuando el comerciante le informó de su nuevo objetivo, el pícaro no disimuló su satisfacción.

La casa del capitán de la guardia estaba en silencio, Lucas se lo tomó como un reto personal y no pudo menos que reír complacido, cuando lo encontró tendido como un pelele de trapo, blanco, con los ojos desorbitados y la boca abierta.

El capitán había encerrado varias veces al bribón por hurtos menores y a punto estuvo en una ocasión de mandarlo a galeras. Gracias a su labia, a su habilidad para humillarse delante del juez, burló la condena.

El libro estaba abierto por las últimas páginas, lo recogió y lo guardó en su zurrón sin prestarle mayor atención, sin hacerse preguntas.

—¿Qué ha sido del graaaan capitán? ¿Dónde están ahora tus modales de caballerete? ¿Qué fue de tu distinguiiidoo porte, de tu chulería de mierda?

Escupió sobre el cadáver, pero no le pareció lo suficientemente vejatorio, así que se bajó los calzones y orinó apuntando a la boca abierta. Desvalijó la casa y de nuevo reunió sobre una sábana todo lo que consideró de valor.

Tampoco esta vez se interesó el buhonero por otra cosa que no fuese el libro y Lucas escondió la carga en su cubil.



No era día de mercado y el comerciante tuvo que instalar su carromato a las afueras de la villa. Muy pocos se acercaron a echar un vistazo a sus mercancías y ninguno se interesó por el libro. El buhonero no se inquietó por ello, su paciencia era “eterna”.

Durante todo el día no se habló de otra cosa en la villa que no fuera el macabro incidente de la casa del notario. De cómo los habían hallado a él y a su hija muertos, sin una gota de sangre, pero libres de heridas. Lo más escabroso, lo de la pobre muchacha, la encontraron totalmente desnuda, tendida en el suelo y al parecer la había poseído. La imaginación de aquellas gentes, analfabetas y supersticiosas, era sorprendente. Se hablaba de brujas, de vampiros, de demonios. Todos estaban aterrados, y mucho más desde que aquella misma mañana había aparecido el cuerpo, en las mismas condiciones, del mismísimo capitán de la guardia. El burgomaestre había escrito una carta al inquisidor de la comarca y otra al señor conde pidiendo más soldados. La histeria se había desatado.

El buhonero los observaba divertido y en el interior del libro el alma del escritor se desesperaba. Ni tan solo aquel fuerte oficial había sido capaz de concluir su obra. Ahora ya no estaba solo, perdidas, sin conciencia de lo que realmente les había pasado, gemían padre e hija junto al soldado.

Cuando estaba a punto de recoger los aperos apareció el palanquín transportado por dos fornidos mozos. Eran dos espléndidos ejemplares, unos auténticos atletas, pero se les notaba agotados. Cuando descendió del habitáculo aquel individuo de carnes flácidas, de una obesidad mórbida desproporcionada, el buhonero comprendió la falta de aliento de los porteadores. El gordo vestía ropas ostentosas, las manos, dedos y cuello estaban engalanados por joyas de todo tipo, sin embargo, aquel mezquino intentó regatear el precio del libro.

—Un real de plata, gentil caballero, ese es su precio. Ni más, ni menos.



Los fornidos mozos depositaron el palanquín suavemente en el suelo, uno de ellos se apresuró a abrir la puerta. El señor obispo descendió lentamente, más que andar, parecía arrastrar su cuerpo y tomaba aliento a cada paso. En la entrada de su mansión esperaba el servicio, el ama de llaves y un jovencito de mirada triste. El zagal vestía elegantes ropas, pero no se ajustaban a su fino cuerpo, estaba claro que correspondían a las medidas de un anterior dueño. Los porteadores recogieron el palanquín, ahora si corrían ligeros y aliviados hacia el gran patio central, donde se encontraban las cuadras junto con las dependencias de los criados de más bajo rango.

El ama lo acompañó al salón donde el gordo prelado tenía su despacho. Apoyaba su peso en el hombro del muchacho, al parecer hacía las funciones de báculo, su rostro carecía de expresión alguna.

El despacho estaba rodeado de estanterías y estas repletas de libros lujosamente encuadernados, pero si alguien se fijaba detenidamente, no le sería difícil comprobar que apenas ninguno de ellos había sido abierto nunca.

El gordo se dejó caer sobre una amplia butaca, convenientemente acolchada con cuantiosos cojines. Depositó el libro en la mesa. Observó durante un instante la cuidada encuadernación y el sugerente título antes de decidirse a abrirlo. Inmediatamente las palabras empezaron a tomar forma, con aquel tono rojo violento y brillante. Tampoco el obispo pareció preocuparse por aquel fantástico fenómeno, se limitó a empezar a leer como si nada.

El escritor estaba defraudado, aquel tipo casi no podía respirar por culpa de su desmesurado sobrepeso. Imaginó que su corazón estallaría antes de llegar siquiera al tercer capítulo.

Pasaban las horas, y para regocijo del autor, su nuevo lector continuaba vivo. Casi había llegado al ecuador de la novela. Como los anteriores, no podía parar de leer, lo hacía de forma compulsiva. A cada página, las palabras se dibujaban en sangre ante la ávida mirada del obispo. Pronto perdió la esperanza el escritor, el gordo ya estaba completamente pálido, sus labios morados y su respiración cada vez era más acelerada.

Empezaba a ser tarde, muchas horas forzando la vista en la lectura, pidió que le trajeran algo para iluminar con más claridad el salón. El ama de llaves no tardó en aparecer con un candelabro de 8 velas en la mano. Lo dejó sobre el escritorio y se sobresaltó al comprobar de cerca el mal aspecto de su señor.

Estaba desfallecido, su agotamiento no pasaba desapercibido al escritor que se desesperaba. Tres tercios de su gran obra ya habían pasado página, pero no daba la sensación de que el gordo pudiera continuar por más tiempo, y así fue. Dejó el libro abierto sobre la mesa y se tumbó en el respaldo de la silla, desabrochó los botones del cuello de su camisa de seda en busca de facilitar el camino del oxígeno a los pulmones. Intentó inútilmente levantar la voz, solo un susurro salió de su garganta, pero el ama apareció.

Preocupada por la salud de su señor, no lo había perdido de vista en todo el tiempo. El gordo pidió la cena, eso tranquilizó a la anciana mujer, se había hecho muy tarde y el obispo, jamás en los muchos años que llevaba a su servicio, se saltó una cena.

La mesa se llenó de sabrosas viandas que el gordo devoraba acompañadas por un buen vino. Zampaba casi sin masticar, tragaba enormes trozos de carne que agarraba con la mano prescindiendo de cualquier cubierto. Poco a poco empezó a recuperar el color. Cuando se sintió mejor retomó la lectura.

El escritor desde su encierro montó en cólera, aquel cerdo estaba manchando con sus dedos grasientos su preciado texto. Se tranquilizó, parecía que el tipejo había recuperado las fuerzas y ya le quedaban muy pocas páginas para llegar al sorprendente final de su extraordinaria novela. —Solo un poco más. —Pensaba el escritor. —Solo unas páginas más.

El obispo no dejaba de comer, soltó algún que otro eructo, pero continuaba leyendo y eso es lo único que importaba. El escritor estaba convencido de que cuando hubiera completado la lectura, aquel tipo saldría corriendo arrastrando todo su tonelaje hacia una imprenta con el encargo de editar muchas copias de su fantástica novela. Pronto el mundo lo conocería y respetaría como merecía.

El gordo se detuvo, el escritor no entendía el motivo. Apenas quedaban 15 páginas para el final y aquel cretino cesó de leer. Se ladeó en la silla alzando las posaderas y soltó un sonoro y prolongado viento. Cogió por el hueso un muslo de pavo que devoró de dos bocados. De nuevo tomó el manuscrito, lo miró unos segundos. El autor estaba perplejo y expectante. —¿Qué demonios pasa ahora? — El obispo cerró el libro al tiempo que exclamaba. —¡Menuda basura! —Lo arrojó al fuego de la chimenea. El manuscrito se consumió enseguida y el alma del escritor sintió como las llamas, en una especie de anticipo del infierno que les aguardaba, también lo devoraban a él y a los desafortunados lectores allí atrapados.

El obispo se quedó dormido, en la mesa los restos de lo que parecía había sido el banquete de muchos comensales.



Lucas apareció una hora antes de que amaneciera, se coló en la mansión sin dificultad siguiendo las instrucciones del buhonero. Al llegar al despacho lo encontró recostado en un sillón, era un tipo gordo. Tenía los ojos cerrados y la boca muy abierta. El truhan buscó por todos los rincones el libro sin resultado. No tardó en desistir en el empeño. Aquella mansión era muy lujosa y sin duda podría sacar de allí un botín mucho mejor que la asquerosa moneda que le ofrecía siempre el extraño comerciante por aquel libro.

Se fijó en las joyas que lucía el gordo. Pensando, que al igual que los otros también estaría muerto, intentó arrancarle los anillos sin ningún tipo de cuidado. El obispo despertó y gritó al ver a aquel extraño intentando robarle con tamaño descaro. Lucas no se lo esperaba, pero no se dejó amedrentar, sacó una gran navaja de su faja, desplegó la hoja y le rajó el cuello de oreja a oreja.

Para su desgracia, el ama de llaves, preocupada por su salud, había decidido vigilar al obispo. Vio entrar al asaltante, y sabiéndose incapaz de enfrentarse a él, corrió en busca de ayuda. Allí apareció junto a los porteadores justo en el momento en el que Lucas mandaba al otro barrio al señor obispo. Sorprendido, intentó inútilmente hacerles frente, los porteadores lo redujeron con facilidad.



El buhonero estaba satisfecho, ni siquiera él pudo predecir el giro de los acontecimientos. Reía sentado bajo la luna y las estrellas en mitad de la solitaria plaza del pueblo.

Realmente aquel libro era lo mejor que jamás nadie había escrito nunca en el pasado, nadie lo superaría en el presente, inmejorable en el futuro. ¿Pero qué significa eso cuando topas con la mente de un ignorante? —“Menuda basura.” —Dijo el puñetero gordo. El buhonero soltó una gran carcajada al pensarlo, a su espalda unos pies se balanceaban. Se levantó del banco de piedra en el que descansaba y dando media vuelta miró sonriente el cadáver del ajusticiado. Se dieron mucha prisa en colgar al reo. El juicio fue rápido, todas las pruebas eran irrefutables. Lo sorprendieron acuchillando al obispo y al registrar su chabola encontraron los enseres de las otras tres víctimas. Todos dormirían más tranquilos esta noche en la pequeña ciudad.

Lucas parecía que lo miraba con aquellos ojos muertos y desorbitados, la lengua colgando muy fuera de la boca. El buhonero metió la mano en el bolsillo, sacó una moneda de oro y se la arrojó al cadáver. —Tu pago, buen trabajo.

31. März 2020 11:13:32 12 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Tinta Roja ¿A qué viene todo este teatro? No expondré el por qué, el cómo ni el cuándo. Condenado de antemano por juez y jurado, me voy caminando despacio hacia el árbol del ahorcado. Mira el verdugo la hora y comprueba la soga, que corra el nudo en lugar del aire. Se hizo tarde y el tiempo apremia por silenciar mi lengua. Y ahora ya sin discurso, ni me reinvento ni me reescribo, solo me repito. Y si me arrepiento de algo, es de no haber gritado más alto.

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Luis Rodríguez Luis Rodríguez
Buen trabajo. Es la primera vez que te leo y me ha gustado mucho. Gran personaje el buhonero.
Helena Nin Helena Nin
Me encanto <3 te voy a seguir para mas historias :3
July 04, 2020, 03:19

  • Tinta Roja Tinta Roja
    Pues gracias, espero que te gusten. Las de terror son una minoría, aunque el ambiente “insano” si está presente en casi todos mis relatos. July 04, 2020, 11:54
  • Helena Nin Helena Nin
    Okey las leeré jsjsjsj... Y me encantan todos los géneros asi que tranqui xd July 05, 2020, 03:28
Arturo  ML Arturo ML
Fue genial, sin lugar a dudas fijas muy altos los estándares en cuanto a originalidad para los que escriben terror. También, el no profundizar sobre el origen o naturaleza del libro lo veo como un acierto en lugar un error, pues creo que brinda la oportunidad de crear teorías y conclusiones propias, lo cual es muy enriquecedor para la historia. Por ultimo, siempre he pensado que ambientar un relato en épocas de antaño es muy desafiante, debido a los estilos y que debes de estar familiarizado con la cultura de esa época. Excelente historia, gracias.
July 03, 2020, 23:19

  • Arturo  ML Arturo ML
    Horror* disculpa July 03, 2020, 23:20
  • Tinta Roja Tinta Roja
    Gracias por el comentario. En lo que llaman el Siglo de oro de las letras españolas, curiosamente, las gentes humildes eran en su inmensa mayoría analfabetas e ignorantes. Me pareció un mejor escenario en el que ubicar al diablo que la actualidad. Si alguien albergaba alguna duda, sí, el buhonero es en realidad es el demonio. Es una época que, a mi parecer, como también la edad media, da mucho juego para este tipo de relatos. El imaginario cristiano está grabado a fuego en nuestra cultura y es más fácil llegar al lector cuando el tema le es tan familiar, por ese motivo he dedicado a mi “buhonero” varias historias cortas y un lugar privilegiado en otras más largas y ambiciosas. Un saludo. July 04, 2020, 11:48
Andrés Díaz Andrés Díaz
¡Me encantó! Desde ese inicio frenético hasta el irónico desenlace. El ritmo parece acelerado durante el desarrollo de la lectura. Tal vez sugeriría añadir otros diez minutos, profundizando las cualidades monstruosas y aberrantes del libro maldito para sostener el horror (el aura terrorífica que empezó bastante bien pero fue menguando de a poco hasta solo quedar la sátira con la aparición del personaje gordo). Es solo una opinión. Por lo demás, es una historia excelente. Leerte es siempre un placer. Observaciones constructicas: En cuanto a redacción, hay faltas de acentos, algunas escasas palabras perdidas, el detalle con los guiones en lugar de rayas de diálogo (—), minúsculas que debían ser mayúsculas. En cuanto a estructura: algunos párrafos llevados o escritos muy aprisa. La historia empieza bastante sólida pero el ritmo la languidece ligeramente conforme avanza por el frenesí. Tiene potencial para ser excelsa, solo habría que pulirla. ¡Te mando un saludo con admiración!
May 06, 2020, 03:09

  • Tinta Roja Tinta Roja
    Cuando comencé a escribir de forma más asidua (hará unos nueve años), sin otra expectativa que el mero entretenimiento, mis textos eran un auténtico despropósito. Largos párrafos sin puntos ni comas, ausencia total de acentos, faltas de ortografía que dañaban a la vista, por no hablar de la gramática. De aquel entonces data esta historia. Cada vez que la he sacado del cajón la he ido puliendo un poco en el aspecto técnico pues la trama nunca ha variado. Por desgracia repasar un texto me resulta tedioso y mi atención decae a medida que la historia avanza, lo que es muy obvio en el tramo final del relato. Intentaré subsanar esto en la próxima "edición". Es cierto que el horror que promete se en un comienzo se diluye poco a poco hasta ser casi residual al final de la historia, no era mi intención escribir un relato de terror "puro". Ese horror visual del primer tramo era necesario pero no creí conveniente que fuese constante. Al llegar al notario y a su hija intuimos que no es buena idea leer el libro, pero no sabemos que es lo hace. Preferí dotar a esa parte de suspense y prescindir del "gore". Por otra parte, ya sabiendo lo que hace y cómo funciona, no quise ser reiterativo y omití la escena en la casa del capitán de la guardia. En su lugar hice más hincapié en lo indeseable del personaje de Lucas para que al final de la historia sintamos, que al menos de algún modo,.se ha hecho justicia. No se me ocurre que más añadir a las "cualidades" del libro. El libro simplemente, tal como nos advierte el buhonero, te atrapa en cuerpo y alma. Más cosas: El gordo. La historia debía quedar cerrada y necesitaba de alguien capaz de sobrevivir al libro. La idea de alguien al que podía mas la gula que el ansia de lectura me pareció una buena idea, su voraz apetito le permite recuperar fuerzas y sangre para no perecer como el resto. También debía de ser un necio y así lo he remarcado constantemente, no así dar pistas de como había de acabar todo. Este personaje es grotesco, y sí, bastante bufo pero creo que ocupa el espacio correcto en el relato. Y por último, las rayas de dialogo. Siempre he utilizado los guiones por qué... no encuentro la tecla de las rayas de dialogo, siquiera sabía que existieran hasta que no las mencionaste. ¡Buf, me he extendido demasiado! Me queda agradecer tus comentarios y sugerencias y despedirme. Saludos. May 06, 2020, 13:51
  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Leyendo sobre tu explicación puedo entender más acerca de la historia. Insisto en que el comentario es solo mera sugerencia, hecha con respeto. Se entiende que el genio creativo de cada autor/a determine hasta dónde puede dar una historia. Te sigo leyendo y reseñando. Tus obras cada vez se siguen ganando mi admiración. ¡Saludos! May 06, 2020, 16:35
Proséf Chetai Proséf Chetai
Hola José. Saludos. Muy interesante la trama. Los personajes se destacan. En algunos momentos me parece que haces, desde la perspectiva argumental, algunos saltos un poco forzados.
April 02, 2020, 01:49

  • Tinta Roja Tinta Roja
    Nunca doy por cerrada una historia y cualquier sugerencia es bienvenida. April 02, 2020, 06:52
~