sernine Luis Dieulefait

Mycroft Holmes, hijo del célebre detective, acompañado por el incansable Dr. Watson, es contratado por Harry Houdini para desenmascarar a una banda de timadores cuyo jefe resulta ser.....


Thriller Alles öffentlich.

#espiritismo #policial #Watson #Holmes
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La aventura del príncipe de corazones: un caso de Mycroft Holmes

Había estado tres días encerrado en su gabinete sin dar la menor señal de vida. Cada vez que se me ocurría pasar por el comedor miraba hacia su cuarto y me preguntaba qué estaría haciendo en ese momento.

Por fin aquel dichoso día de la primavera de 1926, mientras fumaba mi pipa de nácar, sentí un chirrido y me asomé.

Igual que su padre, aunque con los rasgos algo más afilados, se hallaba allí, firme en la puerta, con las ojeras propias del insomnio y la cara demacrada por el encierro. La piel blanca en extremo, de acusada delgadez, aparentaba mucho más que sus 20 juveniles años.

Ese día más que nunca me recordó a Sherlock. Ambos eran ágiles y fuertes en su trabajo, pero luego de alcanzar el costoso triunfo, el enorme gasto de energía los derrumbaba terriblemente.

Pero, a diferencia de su padre, a pesar de hallarse derruido, se encontraba hipócritamente firme, y con un gesto cortante y seco me dijo mientras abría la puerta de calle:

- Vamos, Watson.

Así, con mis 70 y tantos años a cuestas, salimos del hospedaje de la calle Baker y subimos a un taxi.

- Bien, Watson - dijo palmeándome suavemente - nos dirigimos al otro lado del Támesis a realizar una investigación rutinaria. He recibido una llamada de Mr. Harry Houdini solicitando inmediatamente mis servicios. Como verá, no se trata de nada importante.

Era esa superioridad con que trataban los casos de antemano lo que me fascinaba de los Holmes, esa autoconfianza inquebrantable.

El coche cruzó el Támesis y en pocos minutos atravesábamos Battersea, uno de los barrios más adinerados de Londres. Mycroft no pronunció ninguna palabra más en todo el viaje.

El coche se detuvo en una mansión en Hartford Street. Cuando me disponía a pagarle al chofer, una voz me intimó a no hacerlo. Me di vuelta y comprobé para mi asombro que Harry Houdini se hallaba a mi lado.

Al descender nos hallamos en medio de un hermoso jardín, decorado con buen gusto al estilo francés, aunque con una cantidad exagerada de rosas blancas.

Entramos en una habitación siguiendo al mayordomo y nos sentamos en frondosos sillones. Mientras esperábamos a Houdini, Holmes me comentó sus actuaciones y luego me explicó sus secretos.

A su vez, me hizo notar la existencia de compartimentos ocultos que eran en extremo sofisticados, cosa nada extraña tratándose de la casa del rey del escapismo.

En eso estábamos cuando entró Mr. Houdini y nos expuso su problema:

- Mr. Holmes, he oído de usted y de sus logros desde hace un par de años pero nunca precisé de sus servicios, pero ahora me hallo en una encrucijada. Como usted sabrá, mi madre ha muerto, y unos espiritistas, conducidos por un tal reverendo Blake, han logrado supuestamente que me comunique con ella. Pero por razones que sería muy largo detallar, estoy convencido de que me están engañando. Concretamente, lo que le pido es que desenmascare usted a estos impostores.

Luego de haber apuntado la dirección de los espiritistas, nos dirigimos hacia Regent's Park.

Mycroft pasó largo rato dando de comer a las palomas. De pronto, se detuvo y me dijo:

- Mi querido doctor, tengo una misión para usted.

Eran ese tipo de reacciones las que hacían de él una precisa copia de su padre. Se comprenderá que por nada del mundo me opondría yo a prestar mi ayuda a un Holmes, así que contesté instantáneamente:

- Pida usted lo que quiera, Mycroft, y delo por hecho.

- Fabuloso, Watson - replicó sonriente - fabuloso. Es sabido que no le expondría a usted a ningún peligro excesivo, pero su confianza en mí no deja de asombrarme. Bien, a lo nuestro. Le decía, Watson, que debe usted ayudarme imperiosamente. Esta noche irá usted a lo de estos hombres fingiendo querer comunicarse con el espíritu de Eduardo VII. Yo entraré en escena en el momento oportuno y usted deberá decir, señalándome fijamente: "Es él", poniendo cara de extremado asombro.

Miró hacia arriba y su rostro se llenó de alegría, como si ya estuviera viendo concluido su plan.

- Bueno, mi querido Watson, le dejo. - siguió diciendo Holmes - Estaré en Baker Street sin falta a las 19 horas, 20 minutos antes de nuestra partida.

Llamó un taxi, me indicó que subiera, y dijo alegremente:

- ¡Au revoir!


Me encontraba yo en Baker Street, hilando los recuerdos de mi casi entrada en la guerra de Transvaal con los del día en que el gran Eduardo VII finalizó con ésta y los festejos que tuvieron lugar, cuando hizo irrupción en la sala el príncipe Eduardo en persona.

- Disculpe - dijo - ¿Es éste el 221 bis de Baker Street?

No respondí. Estaba con los ojos desorbitados y clavaba una mirada de asombro en aquel extraño personaje.

- ¿No me reconoce, Watson?- dijo el hombre, cambiando de voz.

- ¡Holmes! - respondí incrédulo.

- Así es - dijo serenamente mi amigo - ¿Ve lo que se puede lograr rellenándose de botargas, empastándose la cara y añadiéndose bigotes y cabello? Ah, mi querido Watson, el maquillaje es algo verdaderamente increíble.

Holmes se sentó en su sillón acomodándose en él plácidamente.

- He podido averiguar - comenzó a decir - que la banda que nos ocupa tiene su jefe en la alta sociedad: Sir Arthur Conan Doyle. Este jefe probablemente intervenga de manera directa en la mayoría de las ocasiones, además de ser quién planea todos estos fraudes y quién se queda con el porcentaje más alto del botín. Bien, Watson, en marcha que ya es la hora.


Nos separamos para no despertar sospechas y me dirigí a York Street, en los suburbios, que era donde trabajaban los espiritistas.

Había en la puerta un hombre de piel oscura, seguramente africano, que me condujo a una sala completamente falta de luz.

- Bienvenido. - dijo una voz arrulladora - Tome asiento, por favor.

Palpé la silla detrás mío y me senté, no sin sentir un escalofrío en todo el cuerpo. La sala no tenía más abertura que la puerta por la que acabábamos de pasar y ésta había sido cerrada con doble vuelta de llave. ¿Por dónde entraría Holmes?

Estaba inmerso en estos pensamientos cuando la voz hipnótica me dijo:

- ¿Qué desea?

- No sé cómo decírselo. - exclamé fingiendo - El príncipe de corazones, Eduardo VII, fue como un padre para mí, fui un ciudadano ejemplar en su tiempo y un firme seguidor de todas sus iniciativas. Quisiera hablar con él, para saber qué piensa de mí.

- Muy bien, - dijo la voz, de quien luego supe era el reverendo Blake - deme ésta mano a mí, la otra a Kaluga, y concéntrese en su deseo.

De repente una luz iluminó verticalmente sólo un definido sector de la sala y allí apareció Eduardo VII.

Siguiendo con mi papel, puse cara de asombro y exclamé señalándole:

- ¡Es él, es él!

Viendo que la aparición no hablaba, Blake comenzó a decir:

- Si, es él. Es el espíritu de Eduardo VII que habla dentro de mí.... Buen hombre - siguió diciendo, esta vez con voz más gruesa - has sido un súbdito leal, por eso te permito ver mi espíritu, que se halla vagando....

-¡Basta!- interrumpió una voz.

Era el inspector Barrows de Scotland Yard, quien encendió las luces quedando al descubierto otra habitación tras una pared de cristal, de la cual salían cinco agentes de policía, dos de los cuales llevaban esposado a Conan Doyle.

- Buenas tardes, Mr. Holmes - exclamó Conan Doyle - le felicito por su disfraz, está usted igual a Eduardo VII.

- Es de no creer que gente como usted lleve el título de Sir- respondió Holmes.

- Pues le diré que su padre ha tenido mucho que ver en ello.

- ¿Conoció usted a mi padre?

- Podría decirse que sí - respondió Conan Doyle con aire misterioso.

En ese momento se despidieron con una pequeña reverencia. Por alguna extraña razón, Conan Doyle estaba emocionado. Por su parte, Holmes permanecía inmutable por fuera, saboreando por dentro el placer de la victoria.


De regreso en Baker Street, Barrows interrogaba a Holmes:

-¿Cómo supo que Blake no sospecharía al ver algo que estaba tan fuera de sus planes como la aparición?

- Se engaña usted, Barrows, - dijo serenamente Holmes, mientras fumaba su pipa favorita - no estaba fuera de sus planes puesto que Conan Doyle hacía su falso espiritismo desde la habitación contigua, con los sonidos y demás trucos que se le iban ocurriendo, de forma tal que sus hombres no sabían lo que iba a ocurrir en cada momento. Estos creyeron seguramente que Conan Doyle ya estaba al corriente del pedido del Dr. Watson y la aparición formaba parte del plan que había diseñado por cuenta propia.

- Muy interesante- dijo Barrows.

- Así fue cómo - prosiguió Holmes, dirigiéndose a mí - entré por un sótano que comunica el jardín con la habitación, y luego el inspector y sus hombres entraron y atraparon a Conan Doyle mientras yo hacía mi actuación, la cual dejaba en evidencia a este grupo de timadores.

- Brillante - dije - mi querido Holmes, usted nunca dejará de sorprenderme.

- No ha sido nada- respondió Holmes modestamente.

- Bueno, Mr. Holmes, - dijo el inspector - me esperan en Scotland Yard, así que será mejor que me marche, desea usted que su nombre....

- No, inspector - le interrumpió Holmes. - El mérito es suyo, sólo suyo. Sólo le pido que no olvide comunicar a Mr. Houdini los resultados obtenidos.

- Lo haré sin falta. Adiós, señores, que tengan buenas noches.

Dicho esto el inspector se marchó cerrando fuertemente la puerta.

Holmes estuvo un rato sentado, meditando, cuando de repente se incorporó y me dijo:

- Una vez pregunté a mi padre si había sido derrotado por alguien, pues su aspecto era sumamente lúgubre. Recuerdo que respondió con una sonrisa casi imperceptible: "La única persona que consiguió derrotarme fue Irene Adler, tu madre".

Reí ante la salida de Sherlock y ante el tono grave con que Mycroft imitó la voz de su padre.

- ¿Va a incluir este caso en sus memorias, Watson? - inquirió Mycroft.

- Quizás - le respondí con la vista clavada en el infinito.

- En cualquier caso, no será hoy. - dijo Mycroft con una energía que me sacó del letargo en que había caído pensando en mi viejo amigo Sherlock. Cogió su abrigo y su sombrero y dijo:

- Hemos tenido un día muy ajetreado, amigo. Para olvidar las fatigas pasadas, ¿no desea ver el espectáculo del gran Houdini? Le apuesto cinco a uno a que logro descubrir el truco del número del camión blindado, ¿lo conoce?, es uno en el cual......

20. November 2019 16:13:12 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Luis Dieulefait Matemático, investigador y profesor universitario de profesión.

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