El Rey de los Cuatro Confines: La Estrella Caída Follow einer Story

kenlee-withoutyou1536002035 Kenlee Withoutyou

La paz duradera en los Cuatro Confines se sostiene con pinzas. Las dos superpotencias mundiales (los Dominios Aliados de Kramel y la Comunidad de Vyneran) tienen suficientes reservas del mineral mágico úrüm para lanzarse Cañones de Sizla entre ellos y aniquilar a todo el planeta. En estas frágiles circunstancias -conocida como la Guerra Sigilosa- el Consejero Real Oxdon (en nombre del Rey Drogivus de los Dominios) llega a lomos de su dragón Flecha de Fuego a la Fortaleza Roja para parlamentar con el Rey Kurvezh, amenazado por todos los frentes posibles. El acercamiento entre los dos países se irá sucediendo de forma sorprendente, dejando ver la cara más oscura de todos los personajes involucrados en este conflicto de intereses. En un mundo donde existe la magia, dragones, criaturas míticas y lugares extraordinarios, el peligro reside en los propios seres humanos y su deseo de poder, dispuestos a hacer lo que sea para dominar al resto. Aún así, una nueva amenaza oculta está surgiendo sin que nadie, o casi nadie, quiera verlo. Concretamente del cielo. «Si la Guerra Fría sucediera con magia en "Juego de Tronos"».


Fantasy Episch Nicht für Kinder unter 13 Jahren.

#medieval #fantasía #novela #341 #328 #juegodetronos
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Preludio: La Profecía

«—Nuestros primitivos ancestros alzaban sus miradas al Cielo y creían que se les caería encima. En consecuencia, regían sus vidas bajo el yugo celestial. Por el día estaban tranquilos, pues se sentían protegidos por el Rey Sol y no tenían que temer a nada ni a nadie. Pero cuando este se iba a dormir y la oscuridad se cernía sobre ellos, su malvado hermano menor, el Príncipe Luna, se sentaba en el Trono de la Bóveda Celeste y, junto a su miríada de hijos-estrellas, atemorizaban a los humanos. De manera que dormimos por la noche y no por el día, porque dicen que el Príncipe Luna y sus Hijos Luminosos solo atacan a los que están vivos, y si cierras los ojos y no te mueves, así parece que estés muerto.
Y es por eso, pequeño, que tienes que irte a dormir ya si no quieres que te descubran».

Esa era la advertencia que indicaba que el cuento ya se había terminado.
Ziga le subió la manta hasta el cuello y le dio un cálido beso de buenas noches en la mejilla.

—¡No, madre! Cuéntame más —protestó el pequeño Vigon, acurrucado bajo el cobijo de la piel de oso—. Cuéntame más cosas de la Profecía.

Ziga arrugó los labios.

—No, que luego no duermes.

—¡Venga! —protestó el Príncipe de Vyneran.

La reina suspiró con resignación y volvió a sentarse en un lado de la cama.

—Está bien, pero será breve y prométeme que después te acostarás —le advirtió apartándole el largo flequillo rubio ceniza de la frente, como solía hacerlo por costumbre—. Tu padre tiene que atender una visita muy importante por la mañana y tenemos que estar bien descansados.

El pequeño Vigon afirmó con la cabeza sonriendo pletórico. Le encantaban los cuentos y le apasionaba la astronomía, y esta historia aunaba ambos elementos.

—¿Ves todas esas estrellas que hay en el cielo? Son todos hijos del Príncipe Luna. Son miles, un ejército entero e iluminan cada noche el Firmamento, a la espera de poder cumplir la Profecía de la Noche Eterna. Se agrupan en Constelaciones, que son como los escuadrones de nuestras huestes, y cada una de ellas tienen sus propios capitanes y caballeros de legendaria envergadura. El Príncipe Luna odia a su hermano porque fue coronado Rey al ser este el primogénito, como es de ley. Así pues, dicen que un día las estrellas caerán del cielo y sembrarán el caos en la tierra: primero, los capitanes matarán a los primogénitos; después, los caballeros a sus progenitores y, finalmente, el resto de soldados astrales acabarán con todos los seres que queden vivos. Por eso se dice que "cuando veas una estrella del cielo caer, teme por tu cabeza, pues será la siguiente en descender".

Vigon no había respirado durante todo el relato y se permitió soltar todo el oxígeno de golpe cuando su madre se levantó.

—Y ahora sí, cierra los ojos y duerme, mi pequeña polilla, si no quieres que te corten esa cabecilla —le recitó su madre con ternura.

Vigon no podía dormir, estaba demasiado despierto. Pero no por lo que había narrado su madre, pues ya se lo sabía de memoria. Esa fábula se la cuentan a todos los niños de los cuatro confines desde la cuna. Y se les enseña que era precisamente eso: un cuento, un mito, el modo que tenían sus antepasados de explicar el mundo extraño que les rodeaba. Y que, obviamente, nada era cierto. Y menos todavía la Profecía. Es más, a Vigon le entusiasmaba todo lo que tuviera que ver con el Príncipe Luna y su Ejército de Hijos Luminosos, se sabía todos los nombres de las Constelaciones y de las estrellas que las formaban: desde el valeroso caballero Xhor, la estrella mas brillante de la Constelación del Protector, con su pelo plateado y la armadura azul; pasando por los despiadados hermanos gemelos albinos Kibos, de la Constelación del Asesino; hasta Zochi, la estrella fugitiva, de la que se dice que fue expulsada del Ejército por desobedecer a su padre. Aunque su favorita era Dy, la Mensajera de Luz, la más bella estrella del Firmamento, por la que bebían los vientos hasta en el último rincón del cielo y de la tierra, incluido él mismo (aunque sabía que prendarse de un cuerpo celeste sin vida fuera una idea de por sí ridícula).
Pero todo eso eran viejas y denostadas leyendas a las que ya nadie prestaba atención. Y aún así, Vigon estaba intranquilo. El pequeño príncipe clavó su mirada a la ventana abierta, que le mostraba el cielo estrellado.

—¿Y entonces —se atrevió a preguntar a su madre al fin—, si todo eso no son más que patrañas fruto de la ignorancia de nuestros antepasados y se utilizan para asustar a los niños, por qué falta una estrella en el cielo?

—¿Cómo? —preguntó Ziga sin perder su sonrisa maternal.

—Ahí, en la Constelación del Copero —dijo señalando sobre el ecuador celeste—. Siempre ha tenido 174 estrellas, ¿no?

—Ehm... no sé. ¿Sí? Tú eres el experto en estas cosas, cariño —le contestó su nesciente madre, que no le prestaba atención a tan aburrida materia.

—Pues desde ayer tiene una estrella menos. Lo he repasado cientos de veces y siempre me ha salido el mismo resultado: 173.

—¿Qué? Menudo disparate, amorcito.

Ziga se acercó a la ventana y miró a través de ella con angustia. Temía por la vida de su hijo —el Primogénito— pero no porque se creyera ni una sola palabra de lo que le había contado, chiquilladas al fin y al cabo. No desconfiaba de las estrellas si no de algo más terrenal, aquí abajo, en la superficie. Su patria y su Rey tenían muchos enemigos. En Occidente, mantenían una Guerra Sigilosa con la gran potencia de los Dominios Aliados de Kramel. En las lindes, no contaban con las simpatías de las Tierras de Labranza al Este, el Vestigio al Oeste y los territorios divididos de Kayo al sur del continente. Aunque lo peor eran las amenazas que se encontraban dentro de sus fronteras, delante de sus propias narices. Como pudiera ser ahora mismo, en el extenso bosque que se abría delante de la ventana.

La mujer se apretó la capa de piel de conejo cuando recibió un golpe de frío en el cuerpo, provocado más por el miedo a pensar en que podían atentar en cualquier momento contra la vida de su hijo que por el viento que movía con furia las copas de los árboles del Bosque Espeso, donde —por cierto— podían estar escondidos destacamentos de las tropas del Emperador de las Islas del Soplo, cuyas últimas informaciones apuntaban a que tenían encomendada la misión de acabar con la vida de su retoño. Y recordando al temible Comandante Kársikan le entró mal cuerpo y cerró la ventana de par en par con súbita alarma. Su hijo la miró como si ella se hubiera enfadado con él.

—Es verdad. Compruébalo tú misma —la retó cogiendo el instrumento que custodiaba la repisa de la ventana de su habitación. Era la lente astronómica que le regaló su padre para su quinto cumpleaños, su objeto favorito de todos. Con él observaba el cielo todas las noches con gran fascinación.

—No hace falta, lechuza. O estás errado o esa cosa se ha estropeado. En cualquier caso, es imposible. Si fuera así, los Samitas —agrupación de hombres cultos e instruidos, en posesión de todos los conocimientos del mundo— habrían dado parte a la civilización, ¿no crees?

—Que te digo que es verdad, madre. Se ha caído una estrella del cielo. ¿Y si la Profecía fuera verdad?

—Anda, hijo, ¿no te ha enseñado tu nyanya que todo eso no son más que una sarta de embustes? Venga, a la cama ya.

Vigon abrió la boca para seguir protestando, pero su madre lo envolvió tan fuerte con la manta (como una de esas empanadas de carne que le preparaba Gritta, la cocinera) que casi no podía respirar.

—¿Qué te he dicho antes? Que hay que irse a dormir ya, que mañana nos espera un día ajetreado. Buenas noches, mi pequeña polilla.

Vigon resopló con impotencia.

—Buenas noches, madre —entonó resignado.

Ziga apagó la luz de la candela y salió de la habitación con más serenidad, pensando únicamente en lo impresionable que era su hijo y lo poco que le gustaba ese aspecto de él a su marido, el Rey de la Comunidad de Vyneran. Resolvió que no le iba a contar esta conversación a su esposo, pues no quería que siguiera pensando que su amada criatura, su heredero, tenía una mentalidad débil y maleable y fuera aún más riguroso con él.
«Son cosas de niños. Ya se le pasará cuando crezca y madure», pensó ella.

Vigon, en cambio, seguía firme en su pensamiento. No pudo pegar ojo en toda la noche, observando de reojo la Bóveda Celeste que se entreveía por las cortinas de la ventana y, concretamente, la Constelación del Copero, donde estaba completamente seguro de que faltaba una estrella. Una estrella fugitiva.

«Y cuando una estrella del cielo veas caer...»

Vigon se revolvió en la cama. Le entraron ganas de llorar pero tenía miedo de que sus padres lo oyeran, aún siendo el castillo más grande que el mismo cielo.
Él era el Príncipe de Vyneran. El Primogénito.

«...Teme por tu cabeza,pues será la siguiente en descender».

27. August 2019 12:15:14 0 Bericht Einbetten 2
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