Santiago & Elías Follow einer Story

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Dos conejitos traviesos rompen un recuerdo de su padre, al entender el valor de las cosas, deciden confesar lo que hicieron y escuchar la historia que papá conejo tiene que contar... Un cuento infantil dedicado a mis hijos Santiago y Elías


Kinder Alles öffentlich.

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8
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El valor de las cosas

I


Los hermanos jugaban, como era costumbre, en la sala principal debajo del gran roble, lugar donde estaba su madriguera. Eran dos conejos contentos y saltarines, andaban de un lado a otro de la casa sin cansarse nunca. Tenían muchos juguetes para divertirse, aunque pasar el tiempo juntos era su más grande alegría.


—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Elías mientras buscaba en su cajón de juguetes.

—No sé, ¿jugamos a los piratas? —preguntó ahora Santiago.

—Ya jugamos a eso, y a ladrón y policía, y a la búsqueda del tesoro y a las escondidas... Creo que ya jugamos todos los juegos del mundo.

—¿Qué haría papá para no aburrirse cuando era pequeño?

—Supongo que leer, es lo que hace a diario...

—¡Ya sé! Podríamos jugar con las cosas de papá.

—Sus libros ni siquiera tienen dibujos.

—No con sus libros, ¿recuerdas los huevos de pascua que tiene en la repisa de su estudio?

—¿De los que suele hablar?

—¡Sí! Son lindos y brillantes y según él están rellenos de chocolate...

—Se molestará si los tocamos.

—¡Vamos! Solo quiero verlos de cerca —dijo Santiago.

—Solo verlos, ¿vale?


Los conejitos empezaron a caminar de puntitas con sus patitas peludas, no querían alertar a nadie con sus pasos y llegar hasta el estudio de papá conejo a salvo. Al entrar, encontraron cientos de libros de distintos colores, aunque no podían leer sus títulos, estaban maravillados. Sin embargo, su atención no se desviaba de su objetivo, aquellos huevos de pascua que estaban en una repisa al centro de todo.

Eran tres, uno amarillo, uno rojo y uno azul, se encontraban en un nido adornado con listones de diferentes diseños.


—¡Ahí están!

—¡Mira como brillan! —dijo Elías tan admirado como su hermano.


Los pequeños, llenos de asombro, veían como aquellos huevos brillaban con la luz que entraba por la ventana, era muy temprano por la mañana y el sol iluminaba con fuerza.


—¿Quieres uno?

—¿Qué?

—Vamos y cojamos uno, tienen chocolate por dentro, podemos comer la mitad cada uno —dijo Santiago.

—Papá se va a enterar...

—¿Has visto cuando viene al estudio? Mete su nariz en algún libro toda la tarde, no se dará cuenta.

—Pero... ¿estás seguro de que no irá a regañarnos?

—Lo prometo por mi cola esponjosa.

—De acuerdo —suspiró—, ¿como subiremos hasta allá?


Ciertamente, el nido estaba muy arriba, aún subiendo uno sobre los hombros del otro no serían capaces de llegar hasta ahí. Pensaron en saltar, llevar al estudio la escalera del jardín e incluso hacer una montaña de libros para escalar en ellos. Pero ninguna idea parecía ser buena. Santiago se imaginó volando sobre uno de sus aviones de juguete hasta llegar al nido mientras que Elías soñaba despierto con un tren que los cargara a ambos hasta arriba. Los minutos pasaron y no encontraban respuestas a su predicamento.





—¿Que tal si le preguntamos al señor Lucho?

—Es una lechuza ocupada, se la pasa trabajando en la biblioteca —respondió Santiago.

—¡Podríamos escalar por las repisas de los libros!

—¡Como lo hace Miguel, la iguana! Sube los árboles como si tuviera goma de mascar en las patas.

—Nosotros no tenemos goma de mascar...

—¡Pero hay miel en la alacena!


Con una peculiar idea, fueron hasta la cocina, su mamá trabajaba en su estudio, era una dibujante prodigiosa. Sin que nadie los observara, ni alertar a su abuela, tomaron el tarro de miel y de regreso al estudio de papá. Untaron miel en sus cuatro, más bien, ocho patitas y comenzaron a escalar.

Imaginaban que subían por la ladera de montaña y que debían rescatar a los huevos de pascua.


—¡Hermano, ya falta poco!

—Hace mucho frío aquí arriba, ¡debimos traer un abrigo!

—Lo sé, ha empezado a nevar...


Imaginaba una aventura mientras realizaban una travesura. Estaban absortos hasta que recordaron que en realidad no tenían mucho tiempo. Saliendo de su papel de montañistas, apresuraron sus pasos para llegar lo antes posible al nido.

Cuando lograron alcanzarlo, el nido y los huevos de pascua cayeron al suelo, rompiéndose en el acto.

Bajaron tan rápido como sus patitas llenas de miel les permitieron, con lágrimas en los ojos, pero ambos se esforzaron para no llorar.


—Papá nos regañará.

—Estará muy enojado, ¿qué hacemos?

—Podríamos decirle a mamá —sugirió Elías.

—¡No! ¿Quieres que nos reprendan dos veces?

—¿Entonces que hacemos?

—¿Y si los reparamos?

—No creo que podamos.

—¡El señor Lucho debe saber como!

—Él sabe muchas cosas, ¡es una gran idea!


Fueron al estudio de mamá luego de limpiarse la miel, y prometiendo que tendrían cuidado fueron hasta la biblioteca, que quedaba en un sauce cerca de casa. Sus saltos eran rápidos, estaban preocupados por la reacción de papá si este se llegara a enterar de lo que hicieron.

El señor Lucho observó a los conejos, tenía una vista formidable, era capaz de ver a las hormigas en el suelo desde la copa del sauce donde solía pasar el tiempo.


—Esos dos traman algo —dijo la lechuza.

—Buenas tardes, señor Lucho.

—Buenas tardes...

—Vaya, veo a dos conejos muy educados, pero en sus orejas caídas notó preocupación, ¿sucedió algo?

—¿Podría guardar un secreto? —preguntó Elías expectante.

—Los secretos a veces no son buenos, los niños y los adultos no deben tener secretos, sin embargo, la preocupación de sus ojos me dice mucho, no prometo guardar un secreto, pero estoy dispuesto a ayudar.


Ambos conejos se vieron uno al otro, decidiendo con sus miradas contar lo sucedido al señor Lucho.


—Y eso fue lo que pasó.

—Entiendo, recuerdo haber escuchado más de una vez a su padre hablar de esos huevos de pascua.

—¿Estamos en problemas?

—Sí, son piezas valiosas.

—Si vendemos nuestros juguetes, ¿podríamos comprar otros huevos? —dijo Santiago.

—Muchacho. Existen dos tipos de valor en el mundo, el valor que los demás le dan a las cosas y el valor que tú le das a las cosas.

—No entendemos.

—Vengan...


Lucho voló entre las ramas en silencio, como toda buena lechuza. Escondido en el hueco del tronco, muy arriba, sacó algo y lo llevó hasta los conejitos que esperaban abajo.


—Este es mi tesoro, es lo más valioso que puedo encontrar en esta biblioteca.


La lechuza colocó frente a los conejos algo envuelto en un pañuelo, con sus filosas garras desató el nudo y sacó un libro muy pequeño, su portada había sido dibujada a mano y el color amarillo era predominante.

—Parece un libro muy viejo.

—Lo es, el primer libro que leí, fue un regalo de mi abuelo.

—¿Es muy valioso? —preguntó Elías.

—Vale menos que un caramelo, pero para mí es lo más precioso en todo esta biblioteca y no lo cambiaría por nada del mundo.

—Creo entender.

—El valor que tienen esos huevos de pascua son una historia que deben escuchar de tu padre en persona, creo que entenderá.


Los conejos sintieron algo en el pecho, una especie de latido fuerte, encontraron una respuesta. Regresaron a casa y contaron lo sucedido a mamá, quien los felicitó por haber dicho la verdad y los alentó a esperar a papá conejo y escuchar una historia de cuando era joven.


17. Juli 2019 03:46:00 0 Bericht Einbetten 6
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