Alfa y Omega Follow einer Story

arismeyer Aris Meyer

Reese Constantinescu es la gobernante de Brestan. En sus manos yace la nación entera, y su figura de alfa es tan eminente que intimida a todas las castas por igual. A pesar de su apariencia casi divina, guarda un oscuro lado de sí, que sale a relucir cada vez que compra un "juguete nuevo" para saciar sus más bajos deseos carnales.


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—Y de esta manera, la sesión se da por terminada.

Todos en la cámara se levantaron, en una manera de dar la despedida y sus respetos a Reese Constantinescu, aquella bella y poderosa alfa a la cual todos se referían como “mi señora”. Ella era la máxima autoridad en todo Brestan, no solamente en su capital Dita. La mujer rubia, pues, se levantó de su lugar del senado, y procedió a retirarse, sin despedidas pomposas o siquiera palabras de agradecimiento. Apenas ella abandonó la cámara del senado, todos procedieron a hacer lo mismo.

Vaya si había sido un día ajetreado para ella. Tenían para empezar el problema de aquellos omegas y betas que estaban exigiendo sus supuestos derechos. Un grupo radical llamado Elefthería, que exigía un trato equitativo y oportunidades como los alfas. Era, por supuesto, una tontería pensar que criaturas tan inútiles y diferentes pudieran desempeñarse en un puesto o situación de la cual solamente los alfas estaban preparados. Sería un desperdicio de recursos públicos, y la primera entrada del país hacia la decadencia social, permitir que un beta, o peor aún, un omega, tuviera acceso a privilegios como lo eran la educación superior, política o siquiera trabajos que requirieran habilidades técnicas y específicas como ejecutivos, economistas… presidentes.

Presidentes, gobernadores, como ella.

Suspiró entonces, sin detener su andar hacia el elevador. Su figura de por sí era intimidante, siendo una mujer tan alta y que pareciese hecha de porcelana, y el ostentar el puesto de gobernante y presidenta de la Asociación por el Bienestar Social, la hacían algo parecido a un dios. Como si la mano de O Théos la hubiera creado exclusivamente para ser una diosa sobre la tierra. Eso debía ser Reese.

A pesar de que había prácticamente acabado su día laboral, había demasiados pendientes de los cuales tenía la necesidad de hacerse cargo. Una fiesta de caridad en la casa del diputado Fieschi era un ejemplo. Solamente tenía media hora desde este punto para cambiarse de ropa y ponerse presentable. Era una bendición y una decisión sabia el haber optado por acondicionar su oficina con una habitación contigua, donde pudo tomar una ducha mientras sus damas de compañía se encargaban de encontrarle un atuendo adecuado para la velada. Un precioso vestido de diseñador de seda negra y Georgette del mismo color, con acabados en hilo de oro blanco, y un abrigo pesado y elegante de color blanco eran la opción indicada.

En cuestión de incluso menos de media hora, se encontraba ya en la casa del diputado Fieschi,

Los invitados en cuestión, apenas ver a Reese llegar, se detuvieron de su andar con el único propósito de saludarla, alabar su atuendo, llenarla de cumplidos y adulaciones, mientras que la prensa se ocupaba en intentar sacarle información al respecto de Elefthería y de sucesos actuales. Reese, diplomática y misteriosa como siempre, no emitía ni una sola palabra hasta entrar al recinto.

—Mi Señora —apenas verla el diputado Fieschi, le sostuvo la mano para besar cada uno de los anillos de metales y piedras preciosas que enmarcaban los finos y esqueléticos dedos de la rubia.

—Es un placer verle esta noche, Fieschi —saludó ella, asintiendo al acto de discreta humillación de aquel alfa, mientras volteaba a ver al joven omega que lo acompañaba en ese momento, de manera intimidante.

—Por favor, pase, la subasta de caridad se llevará a cabo en la sala principal —Fieschi dijo mientras la guiaba a la misma sin soltar el delicado tacto de la palma de ella.

—Es de su saber que me agrada ayudar a esta clase de eventos. ¿Qué causa estamos favoreciendo esta noche? —Constantinescu mencionaba con el tono dulce y a la vez firme de su voz, sin despegar la vista de aquel precioso jovenzuelo omega que se aferraba discretamente del brazo de su esposo— Me temo que no me ha mencionado nada de su… precioso novio.

—Cierto, cierto, pero qué modales los míos. Mi Señora, le quiero presentar a Pietro, mi esposo —en ese momento, jaló de forma algo brusca el brazo, para hacer que el joven se presentara debidamente con ella. Así entonces, con temor y muy apenado, Pietro de Fieschi se hincó y tomó la mano de la albina para besar igualmente sus anillos.

—Es un placer conocerla, Mi Señora.

Reese asintió ante el acto, cosa que intimidaba mucho a Pietro. Terminó por levantarse de su posición para volver a aferrarse a la mano de su esposo, quien no dejaba de adular a la mujer. Fieschi era todo un palabrerío sin dirección alguna, y nunca se daba cuenta de lo que ocurría a su lado, como la manera en que Reese veía al joven, maldiciendo que estuviera ya evidentemente marcado.

Mientras avanzaban a la sala principal para la subasta en pro de una organización por la educación de los niños, Reese se acercó ligeramente a la oreja del diputado.

—La subasta de caridad es una cosa, muy interesante si me lo pregunta, pero, ¿esta noche nuevamente tendremos otra “subasta”? —la alfa preguntó con discreción, a lo cual el hombre robusto y casi tan alto como ella, asintió.

—A eso iba, Mi Señora. Le interesará quedarse una media hora después de la subasta de caridad. Esta ocasión trajeron nuevos ejemplares, estoy seguro que más de uno la van a cautivar.

Reese sonrió entonces, de manera complacida, mientras llegaban a la sala principal de la mansión. Tomaron un lugar en la primera fila, donde tenían la mayor visibilidad. En breve la subasta empezó, y la rubia albina se hizo de varios y curiosos objetos de gran valor comercial. El sirviente que la acompañaba se encargó de llevar tantos cuadros y reliquias de ornato a la limosina, incluso mandando a que las dejaran a la mansión de Constantinescu y volvieran antes de que ella deseara retirarse. No había mucho qué comentar sobre las compras hechas esa noche. Unos cuantos cuadros de estilos más o menos perturbadores, jarrones y muebles de diseños góticos, e incluso juegos de té de orígenes exóticos.

La subasta terminó de manera satisfactoria, con todo mundo admirado del poder adquisitivo de su querida y envidiada gobernante, halagando el mismo disfrazado de asombro por su generosidad. Anunciaron así la cena, y todo mundo pasó al comedor.

Tal como dijo Fieschi, una media hora a partir de que la subasta diera fin, se anunció el momento.

—Nuestros queridos omegas seguramente querrán un momento de esparcimiento —uno de las tantas alfas presentes mencionó—. Dejemos así a nuestros esposos convivir, en lo que vamos al otro salón a comentar de temas “de alfas”.

Los omegas presentes se voltearon a ver entre sí, asintiendo entonces. Era un momento ansiado tal vez por ellos, pues era un momento en el cual podían descansar de sus hartantes esposos y cotillear entre ellos. Actitudes femeninas que eran despreciadas y ridiculizadas tanto por betas machos como por los alfas. Y aunque era un alivio poder descargar en forma de chismes sus frustraciones, algunos tenían una fuerte curiosidad en lo que diablos hicieran los alfas cuando se retiraban a la sala de estudio de Fieschi.

Podrían tal vez hablar de política, de deportes, de cosas meramente masculinas en las cuales los omegas no tenían cabida. Pero grande podría ser su sopresa si se enteraran que cada vez que ellos se retiraban a la sala de estudio, realmente se movían a partir de ésta a otro lugar, una habitación debajo del primer nivel de la mansión donde el vicio y el desenfreno germinaban.

—Como les dije, esta noche tenemos ejemplares exquisitos y refrescantes —les dio la bienvenida con estas palabras una mujer alta y delgada, de cabello negro y ojos del mismo tono. Una beta preciosa—. Mi nombre es Della, y seré su anfitriona esta noche. Tomen asiento, mis queridos dignatarios, y permítanme presentarles la mercancía de esta noche. Chicas de pechos prominentes, muchachos de muslos tonificados, cuerpos delicados y femeninos, todos ellos perfectos ejemplares de belleza. Los omegas realmente eran una bendición, demasiado buena para el grupo de diablos ante los cuales estaban ahora.

Reese esta vez se hizo unas filas hacia atrás. Parecía huir de la vista del público, a pesar de que todos sabían que ella gustaba en especial de esta clase de subastas. Y ¿cómo no las disfrutaría? Siendo que era el pequeño mercadillo donde podía dejar su imaginación volar con aquellos dulces conejillos de indias. Así entonces, Della cogió la cortina del fondo para retirarla, mostrando así a trece preciosos omegas, desnudos y muertos de miedo y pena, empezando a desfilar ante aquellos alfas quienes empezaban a dejar ir sus instintos animales hacia ellos, silbándoles y haciendo comentarios vulgares de aquellos a quienes trataban como vil mercancía.

Los jóvenes desfilaban alrededor del escenario montado, y luego bajaban para caminar alrededor de los futuros dueños. Algunos llegaban a tocarlos de forma indecente en sus genitales, apretando o incluso metiendo los dedos en las cavidades reproductivas de cada uno. El espectáculo de depravación e inmoralidad había dado inicio. Todos eran, tal como la pelinegra había prometido, “exquisitos”.

—La subasta tomará lugar ahora. Ya que han observado la mercancía, pasaremos a nuestro primer omega en venta —la voz de Della irrumpió entre los vítores de excitación y euforia, mientras los jóvenes asustados pasaban de nuevo al escenario. Uno a uno, así, se colocaron en fila paralela, mientras la maestra de ceremonias los iba llamando uno por uno, mencionando sus virtudes cual objeto y luego anunciar el precio inicial. Uno por uno iba pasando al frente, mientras los alfas del público ofertaban pujas de alto valor monetario. Reese se mantuvo en silencio, pues no le interesaba ofertar en ninguno de ellos excepto aquel moreno que había visto en el desfile. Le recordaba mucho a Pietro Fieschi, pero éste omega anónimo tenía una apariencia aún más delicada. Seguramente era reciente su asignación, así que no debía pasar de precisamente los diecisiete años. Era sin duda bello, y no podía esperar a saber cómo sería el aroma de su celo, cómo se sentiría su interior.

—La siguiente adquisición lleva por nombre Issei, es el omega más joven de nuestro repertorio, y está a posiblemente pocas horas de tener su primer celo. Fue adquirido apenas hace tres días, y no tiene mucho de haber recibido su prueba. La oferta empezará en diez mil dalers crecientes.

El precio era alto, si se podía decir. Los omegas anteriores no habían rebasado el precio de venta de ocho mil dalers crecientes como precio final, y éste iniciaba con una cantidad tan alta para ser elevada aún más. Claro, el precio de una virginidad sí que lo valía. Era el precio de una flor recientemente germinada. Un botón de rosa que apenas iba a abrir sus pétalos, esperando ansiosamente a ser desflorado.

Alguien en el fondo exclamó la cantidad de diez mil dalers crecientes, cosa que hizo a Constantinescu alzar su paleta de subastas y entonces añadir cinco mil a la cantidad. Una batalla pequeña de pujas empezó, pero ella no había nacido para perder. Todo lo que quería lo conseguía de una forma u otra, y esta no sería la primera vez que probara la derrota.

—Veinte mil dalers —aquel caballero exclamó, lamiendo sus labios como imaginando probar las dulces mieles que aquel moreno le pudiera ofrecer.

—Treinta mil dalers —dijo así Reese, volteando a ver al otro alfa, con aires de superioridad.

—Cuarenta.

—Cincuenta.

Al rozar la cifra de ochenta, el otro se detuvo. Era demasiado evidente que empezó a fanfarronear en cuanto mencionó los cuarenta mil, pero la emoción de quizá poderle arrebatar algo a la suprema gobernante de Brestan le hizo ir más allá. Qué suerte que el atisbo de razón que le quedaba le hizo detenerse.

—Así que, ochenta mil dalers a la una, a las dos… vendido a nuestra Señora Reese Constantinescu —Della anunció así, mientras unos hombres altos le colocaban al muchacho un collar metálico y una correa, cubriendo después su desnudez con una manta oscura—. No se preocupe, Mi Señora, enviaremos al muchacho a su mansión como siempre —mencionó al acercarse Reese, para recibir su comprobante de pago.

—Espero que éste sea bueno. El último se murió en pleno acto, necesitan encontrar ejemplares que resistan los juegos fuertes —Reese le mencionó como un cliente que va a comprar un nuevo tostador después de que el anterior se averiara. Ante sus palabras, Della no pudo evitar tragar un poco de saliva, puesto que no era algo sorprendente que los omegas que la albina comprara terminaran en terribles condiciones. Aterraba pensar la clase de barbaridades que podría llegar a hacer para que pasaran esas cosas.

—Durará, es un muchacho de campo. Los chicos de campo son muy fuertes y aguantan bien.

—Cuento con ello —Reese guardó la nota en su bolso, la cual estaba notariada como parte de la subasta. Un donativo en blanco que serviría para despistar cualquier sospecha.

Reese así subió de nuevo y salió de la sala de estudio, despidiéndose de los omegas que conversaban y bebían con prudencia. Los sirvientes del recinto le acompañaron hasta su limosina, y así emprendió el camino a casa. Durmió unos cuantos minutos, quizá unos veintitantos, antes de que el auto se detuviera y el chofer le anunciara la llegada. La rubia se despertó poco a poco, estirando sus brazos para espabilarse un poco, antes de salir del vehículo. Sus sirvientes ya estaban esperando a su llegada, y habían preparado un refrigerio ligero para que, en el caso de llegar bebida, la resaca mañanera no le fuera a dar tan fuerte como usualmente. Pero no era necesario, apenas si probó la champaña y el vino de la cena fue de un grado muy ligero. No podía beber hasta perder el conocimiento, no cuando seguramente ya estaba su nuevo juguete esperando a ser estrenado.

—¿Ya lo trajeron? —preguntó a su mucama personal, una beta de aspecto apacible.

—Así es, no tiene más de diez minutos que arribó. La espera ahora en el cuarto de juegos —la beta le hizo saber de aquello. Issei seguramente habría de estar dormido en estos instantes, o a punto de dormirse. Tal como eran las reglas de Reese cuando se trataba de una nueva adquisición, no se le daba nada de comer y beber, a menos que se le notara a punto de la inanición, cosa que Issei no presentaba. Era demasiado obvio lo recién que fue su secuestro de la granja de sus padres.

Reese llegó a su habitación, despidiendo a la mucama y mandándola a dormir tras besar su frente. Cerrando la puerta tras de sí, fue a deshacerse de su vestido y a ponerse la bata de dormir. Estando lista, desmaquillada y con el cabello suelto, pasó a una puerta que estaba en el fondo de su habitación, cubierto con cortinas pesadas y gruesas. De su collar colgaba una llave pequeña, que servía para abrir el cerrojo de dicha puerta. Ella era la única persona que tenía dicha llave aparte de su querida mucama. Al abrirla, se encontró con un pasillo que la condujo hasta el tan querido y afamado cuarto de juegos. Y, tal como la mucama le dijera, Issei se encontraba ahí, recostado en la cama y más dormido que despierto. Se le notaba apacible, seguramente Della no lo estaba cuidando bien. O quizá fue el miedo que no le dejaba dormir bien en los días anteriores y hasta apenas pudo conciliar el sueño. Nuevamente echaba la culpa a Della, pues era de saber que escatimaba mucho los gastos con respecto a los cuidados de su mercancía, y tenía en su escondite camas de pésima calidad, con colchones viejos, con los resortes de fuera. Duros como piedra.

—Despierta, querido Issei, necesitamos conocernos un poco —sentada a un lado de él en aquella cama de terciopelo y satín, Reese acariciaba la mejilla de su querido omega, acercándose a aspirar su aroma. Olía a canela, a un rol con canela recién salido del horno. Pronto tendría su primer celo y ese exquisito aroma que empezaba a desprender era la prueba, y le causaba emoción a ella ser la primera en probar su fruta.

Issei se fue quejando ligeramente, como si hubiera llegado a pensar que lo ocurrido estos días había sido un sueño, y esperaba que al despertar viera a su madre, aquel omega mayor y cariñoso, que le anunciaba que había tenido nuevamente una pesadilla y casi cae de la cama. Ah, ¡cómo esperaba eso! Pero notó que había sido mejor eso un sueño, cuando vio el rostro alargado y de facciones delicadas pero imponentes de Constantinescu.

—Espero que hayas descansado bien estos, diez minutos —Reese adoptaba usualmente un tono de voz dulce y endiosado. De hecho, sus palabras usualmente tenían ese toque divino que suelen tener los líderes religiosos. Brindaba confort a todo aquel que le escuchara, pero, así como era algo cómodo de escuchar en sus discursos y anuncios, creaba también un ambiente de terror y estrés en situaciones como ésta—. Seguramente te preguntas qué te haré, o qué es lo que harás mientras te tenga aquí. Así que te explicaré por lo menos, lo que pienso hacer antes de dormir esta noche. Oh, pero… ¿qué tal si en vez de una explicación, te demuestro lo que haré?

Issei no podía hablar, tanto seguía adormilado, como estaba nervioso de lo que sea que la mujer fuera a hacer en ese momento. Pero esa pregunta estaba por ser contestada, al momento en que la vio bajar su rostro hacia el suyo, besando delicadamente sus labios. Los movía con caricias como aquel que quiere saborear y aprenderse cada grieta de la carnosidad de la piel, pero ese encanto se rompió cuando recibió la primera mordida. Reese estaba mordiendo su labio inferior, con una fuerza progresiva hasta que le hizo sangrar. Issei se quejó entonces, intentando quitársela de encima y sin poder aun pronunciar palabra alguna. Pero olvidó por un momento que se trataba de una alfa, y le fue recordada dicha condición cuando con tremenda fuerza ella le tomó de las muñecas y alzó los brazos del chico por sobre su cabeza.

—Sé bueno, es obvio que no quieres que te castigue —el tono dulce y casi divino de la voz de ella se vio de repente ensombrecido y fue el causante que de repente se asustara. Issei empezaba a temblar ligeramente del cuerpo, como un conejo que teme a su depredador.

Dicha reacción se volvía más tentadora para la mujer, quien sonrió de manera orgullosa, burlona.

—Tienes que saber que me excita cuando mi presa intenta escapar. Yo soy un lobo, y tú eres un dulce y frágil venado, mi querido Issei —su voz sonaba aun en ese tono, pero con un toque de vicio terrible. Y fue así, que, tras estar en esa intimidación constante con el otro, subiendo cada vez más encima suyo y frotando su intimidad contra él, puedo escuchar por primera vez su voz.

—Por favor, déjeme ir…

La voz de Issei era maravillosa. Tan trémula, de un tono un poco profundo, pero aun así no lo suficientemente varonil. Era perfecta, hacía tanto juego con su apariencia, con sus facciones tan rectas y su piel de tono tostado, y su cabello negro, brillante como el ébano.

—Qué bella voz tienes, ahora quiero escuchar tus gemidos —Reese empezó a rozar nuevamente los dedos contra el ano del muchacho, su cavidad reproductiva. Aprovechaba cada centímetro de piel que la desnudez de Issei le regalaba, y éste se aguantaba así las ganas de gemir. Misión fallida, puesto que aun cuando su boca permanecía cerrada o sus dientes se apretaban entre sí, en su garganta emanaba el sonido de delicados y profundos gemidos mientras era dedeado por la mujer. Los amplios dedos de la rubia se movían por la extensión de la cavidad anal de Issei. Era muy obvio por la forma en que los movía y abría que no era la primera vez que brindaba estos servicios a algún omega. La desventaja de los hombres omegas era que contaban únicamente con una entrada. En cambio, las mujeres tenían la vagina y el ano. Los hombres compartían dicho conducto por alguna razón. Pero si bien eso era una razón para tenerle algún nivel de asco a los hombres omega, Reese los encontraba especialmente eróticos.

—Dime qué se siente tu primera vez siendo acariciado por dentro —le decía al oído, escuchando atenta las negativas a responder o a siquiera gemir—. Tengo que reconocerlo, estás en especial apretado. Quiero imaginar que tendré que dilatarte bien antes de meterte mi verga hasta el fondo.

La diplomacia y buenos modales de Reese de repente se vieron desvanecidos, encontrando ahora a una versión vulgar y perversa de ella. Ni siquiera con sus amistades más cercanas llegaba a pronunciar una mala palabra. Alguna vez alguien le dijo que ella era como una diosa entre mortales, y ella se lo creyó, por lo que ocultaba todo defecto de ella, desde algún defecto físico, como el no tan firme vientre que poseía, o las ligeras marcas de caídas que sus piernas fueron ganando en su infancia y que no se lograron desvanecer por completo, hasta lo oscuro de su alma. Mantenía como secreto ese atisbo de oscuridad que tanto le fascinaba. Qué daría por dejarlo relucir, pero era por el bien de todo Brestan que ella debía permanecer con esa imagen inmaculada. Ella era, en efecto, una diosa, una mensajera de O Théos, y por ello estas perversiones se las reservaba para sí misma.

Fue abriendo los dedos como un par de tijeras en el interior de Issei, quien había empezado a rogar porque le dejara en paz. Cerraba sus piernas e insistía en que no lo disfrutaba, pero su cuerpo sensible y lo cercano de su celo lo dejaban en evidencia, no solamente al mojarse a causa del éxtasis, sino que también su aroma iba en aumento, inundando el ambiente y viciándolo con ese inocente aroma a canela. Reese aspiraba ese aroma que poco a poco le iba sacando lo más primitivo de su comportamiento sexual.

—Dime que lo deseas, que te coja tan fuerte que inutilice tus piernas por un día o dos. Anda, di que quieres que te folle con violencia, porque al menos eso es lo que yo quiero —decía como una orden, pero Issei seguía negándose.

—Suélteme, permítame volver con mi familia… aaah~ juro no decir nada de lo que está haciendo… —entre gemidos, el joven moreno le rogaba, pero era inútil rogar por clemencia.

—No quiero, he pagado demasiados dalers crecientes por ti, sería echar el dinero a la basura. Así que, aunque no me lo pidas, te voy a follar con fuerza —la advertencia estaba hecha, y se volvió una realidad cuando sacó sus dedos, y se levantó de encima suyo para quitarse la bata.

Mostró entonces su enorme falo. Demasiado exagerado para cualquier alfa. Incluso uno podía llegar a preguntarse cómo ocultaba aquel monstruo al usar aquellos vestidos entallados que eran de su costumbre. Issei incluso pudo temblar, pero gracias a la estimulación, y las preparaciones de Della de ese día, empezó a sentir un terrible calor adueñarse de su cuerpo. Su cavidad empezaba a chorrear fluidos como si fuera una boca salivante, hambriento de aquel enorme pene que Reese le presumía. Al verse libre del agarre de las manos de la alfa, se fue levantando poco a poco. Sus propias hormonas lo estaban traicionando, y su mente empezaba a nublarse. El calor lo estaba haciendo su rehén, y se fue acercando de a poco, cosa que Reese aprovechó perfectamente.

Issei se acercaba a gatas en la cama, mientras que Reese se mantenía erecta —en postura y en cuanto a su miembro—, arrodillada y acariciando el rostro del muchacho como si de un cachorro se tratase. Sostuvo entonces el falo con una mano mientras con la otra le proporcionaba caricias, las cuales fueron sustituidas por los ligeros roces con la cabeza del pene. Issei lo sentía suave, y lentamente iba ansiando más el probarlo. Intentó hacer que entrara a su boca entre esos roces, pero Reese lo castigó con el golpe de su verga en la mejilla del muchacho.

—Yo soy tu dueña, yo te diré qué hacer y cuando —dijo con voz dominante. Su voz adquirió de repente un tono grueso e intimidante, al cual Issei no se pudo resistir, asintiendo nada más.

Cerraba incluso los ojos para disfrutar el roce y hasta el aroma de semejante serpiente que yacía erecta entre las piernas de la soberana. Y estaba tan ansioso que fue inevitable que llevara una mano a su entrada chorreante para satisfacer sus ganas. Era un nivel de degradación disfrutable, en el que, fuera consciente o no, ambas partes estaban de acuerdo. Seguramente si le preguntaba a Issei en estos momentos si de verdad quería follar, la respuesta sería que sí. Incluso hizo la prueba, y tal como predijo, recibió una afirmativa.

—Dime qué tanto deseas que te la meta —ordenó Reese, con su voz de alfa.

—Quiero que me la meta hasta el fondo, que me rompa y sienta el golpe en mi vientre —las hormonas lo hacían hablar de esa forma. Él normalmente era un muchacho tranquilo y educado, caballeroso y más que nada, pudoroso. Pero estaba afrontando de forma apresurada su primer celo. Della les había administrado hormonas esa mañana para que se desataran en la noche, y estaba funcionando de manera formidable.

Reese no lo hizo esperar más. Lo hizo voltearse mientras aún estaba colocado en cuatro, y una vez con las manos sosteniendo su cadera, fue golpeando con la cabeza del pene la entrada, esperando haberlo dilatado lo suficiente. Pero como ella había dicho antes, Issei era bastante estrecho, y para el tamaño de la verga de Reese, iba a ser problemático. Issei soltó un gemido repentino que se escuchaba doloroso, al momento de sentir el falo invadir su cavidad anal. Sentía entonces que lo podría romper con el solo acto de entrar. Podía sentir cada músculo de su ano rasgarse ante el paso del pene de Reese, pero sería por la droga de Della o las hormonas que estaba generando, que Issei se dedicaba en alabar el tamaño y la textura de la verga de la alfa.

—Aaahh~ duele, pero… quiero más —exclamaba, cambiando progresivamente el tono de su voz, desde un leve susurro hasta un repentino grito.

—Así es como te gusta, ¿no es así? Tu interior es tan caliente… me pregunto si sangrarás más por la ruptura del himen o porque te destrocé el culo —la albina se tomaba en serio, muy en serio su papel de dominante, y se dejaba perder ahora en el exquisito placer que le proporcionaba el apretado ano de su omega.

El aroma de su celo hacía que sus sentidos se entorpecieran. La esencia de canela que emanaba de los poros de Issei la hacía enloquecer y comportarse de una manera bestial, que empeoraba conforme avanzaba. Lo que pareció una eternidad, la primera estocada, finalmente se había dado. Su pene estaba en el interior de la cavidad anal de Issei, y fue cuando Reese empezó a moverse. Entraba y salía primero de forma rítmica, y conforme iba cogiendo ritmo, las embestidas se iban tornando más fuertes. Issei apenas tuvo un momento para descansar como era debido, antes de que sus gritos de placer siguieran naciendo de su garganta. Sentía, en efecto, el ardor que dejaba en su entrada por el tamaño de la deliciosa verga que se cargaba la Señora, y como alivio solamente se podía aferrar a las cobijas de delgado terciopelo color rojo vino.

El punto del orgasmo llegó en cuanto Reese se rindió ante sus instintos. El acto podría ser demasiado simple ahora, pero esa intensidad con la que lo penetraba, y la manera en que Issei gritaba de placer hasta hacer cada palabra inentendible era lo que hacía tan único y delicioso el acto. Reese gimió profundamente cuando se corrió en el interior del muchacho, sacando poco a poco su falo, notando cómo el semen se mezclaba con la sangre, y de hecho su miembro tenía una ligera capa del fluido rojo. Era la primera vez, si se permitía la sinceridad, que estaba con alguien netamente virgen. Ni una sola muestra de masturbación en su cuerpo, ella lo había estrenado en su totalidad, y lo mejor es que a Issei parecía haberle gustado.

Issei estaba hecho mierda, sus piernas ya no aguantaban. Tanto así era, que apenas ella salió de su interior, el muchacho cayó en la cama. Respiraba agitado, y apenas si sentía que su deseo se había saciado. El calor en su cuerpo iba bajando, pero el aroma a canela que emanaba de su persona no disminuía. Reese se acercó a él a aspirar mejor ese exquisito y relajante aroma, besando sus hombros como si quisiera comprobar que su piel tuviera un sabor acorde con el aroma.

—Lo hiciste bien, las siguientes veces no seré tan condescendiente, querido Issei —Reese decía, volviendo al mismo tono dulce y divino que todo mundo le conocía—. Descansa ahora, que las próximas noches eso será algo que no puedas hacer.

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24. Juni 2019 07:26:20 0 Bericht Einbetten 2
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