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eljuglar Leonel Insfrán

Algo está mal en el mundo. Debemos tomar cartas en el asunto, antes de que sea demasiado tarde. Sumate, no hay tiempo que perder.


Humor Alles öffentlich.

#Relato-Cosasdelavida-LeonelInsfrán
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¿Todo mal?

Llega un momento en la vida en que tenemos que dejar de hacernos los tontos, de mirar hacia un costado. Hay cosas en este mundo que no están bien, y no puede darnos lo mismo. Lo establecido, cuando no funciona, debe cambiarse. Y creo que ese momento llegó, es imperiosa la necesidad de un cambio. No podemos seguir así, soportando algo, por el solo hecho de que estamos acostumbrados a ello. ¡Basta! Nuestro mundo (y no me refiero al planeta en sí, sino al universo del entorno en el que nos desenvolvemos), nuestras relaciones interpersonales, se ven amenazadas hoy, por algo que antaño sirvió, pero ha quedado obsoleto. Me refiero a la base, a la puerta de entrada a la comunicación entre dos personas. Es hora de reconocerlo y actuar en consecuencia. Me da miedo escribir esto, pero no tengo opción, alguien tiene que decirlo: nuestro saludo está mal, pasado de moda y no cumple su función principal, que no es otra, que no tener que hablar con la persona que estás saludando más de seis palabras y seguir feliz o infeliz tu camino por la vida.

En otra época, más feliz o naíf, funcionó muy bien, eran otros tiempos, era otra la historia, no había medallas solo hambre de gloria (uy, perdón, me ganó una melodía del pasado). Retomando. El esquema funcionaba bien, porque era otra instancia del mundo, del país. Pero ya no. El éxito radicaba en la simpleza. Al principio de los noventa, te cruzabas con un amigo que hacía mucho que no veías, mientras caminabas por la calle; él se estaba tomando una coca que había pagado dos pesos, y vos estabas estrenando un discman fascinado por ser el protagonista de tu propio videoclip. Tu amigo venía sonriente, sin necesidad de hablar, ni de ponerse al día, si fuera el caso podían arreglar para otro momento. Entonces, cruzaban miradas, y sin detenerse, calculando los pasos requeridos para la conversación, uno de los dos decía: “Hola, ¿todo bien?”, “Sí, todo bien por suerte”, respondía el segundo justo mientras se cruzaban (o “todo bien, gracias a Dios” o su variable sin eses, si era más espiritual), “Buenísimo, me alegro” respondía el otro, mientras ya le daba la espalda para seguir en lo suyo. Seis palabras de un lado, unas cinco o seis del otro, y los dos continuaban su camino. No había necesidad ni de sacarse los auriculares, porque todos conocíamos el diálogo de memoria. En la superficie estaba todo bien, aunque en el entramado oculto de las profundidades estaba todo mal, como bien nos enteraríamos unos años después. Era una charla corta, concisa, efectiva. “¿Todo bien?” “Sí, todo bien.” Listo, basta de conversación y a vivir la vida.

Pero las cosas cambiaron, y aunque por un tiempo intentamos aferrarnos al viejo esquema como quien se aferra a esos tiempos felices que se van, llegó el día donde uno, no lo pudo sostener, se cansó de fingir y respondió con la verdad, con la situación actual, con el fin del uno a uno, con la inflación y sin la coca: “Más o menos, está difícil”, dijo. El interlocutor, descolocado, sin saber muy bien qué hacer, frenó su marcha, y se sintió en la obligación de indagar, con el afán de ayudar al menos prestando oídos. Ese día uno de los dos llegó tarde algún lugar, por una conversación no programada. Hasta ahí, no era grave, era un caso aislado, como esos de varicela que cada tanto hay, pero que no afectan con peligro a toda la población. Tal vez era cuestión de aislarlo al tipo y ya, pero nadie se tomó el trabajo, ni salud pública, ni gendarmería, nadie fue capaz de percibir lo que se estaba incubando. No sé si el chabón lo sintió como una experiencia liberadora y lo comentó con sus allegados, extendiendo así la práctica, o fueron casos importados de otros países, como Uruguay o Paraguay, que hablan también nuestro idioma, pero la cosa se extendió. Cada vez más gente abandonó el discurso esperado, metiendo una verdad incómoda, contando sus problemas, respondiendo incluso “la verdad que no, no está todo bien… está todo mal”.

Hoy en día es común, ante el saludo, que el otro se salga del libreto y aproveche para contarte sus problemas, sus quejas contra el gobierno, contra el trabajo, contra los once muertos que defienden los colores de su equipo de fútbol, contra su suegra, contra la hija de su suegra, contra su amante. Que aprovechen tu noble intención de demostrar que se conocen y que te acordás, para contagiarte su negatividad, o contarte aspectos de su vida, que, como el resto de esta, no te interesa en absoluto. Porque lo único que buscabas al saludar era no quedar mal, no ser maleducado, porque tu vieja desde chico te metió en la cabeza que uno tiene que quedar lo mejor posible con las personas. Hoy por culpa de esta plaga que se extiende, te ves obligado a interrumpir un libro que sí te interesa, una canción a la que sí le tenés cariño, una página de memes que sí te hacen reír… para prestarle atención a alguien que no querías encontrarte mientras te cuenta algo que no querías saber. No son todos, algunos tienen aún la virtud, de no confesar sus penas, y dicen el “todo bien” que no sienten, pero que saben que deben decir. ¡Salud por ellos! Pero, aunque no son todos, son muchos. Hay que ponerle un fin, y tiene que ser ya.

Debemos reconocer los malos tiempos que vivimos, preguntarle a alguien hoy si está todo bien, suena incluso hasta irónico. O sea, sí, hay unas cien personas que podrían responder que sí, debido a que son responsables de las desgracias del resto, pero a los demás casi que los estamos obligando a mentir si pretendemos la respuesta corta. Por eso, les pido su colaboración, súmense a esta noble cruzada, aporten ideas, generen debates, foros, creemos un evento en Facebook, generemos retweets, agreguémoslo como hashtag en Instagram, desafiemos sus nuevos algoritmos, pongamos un día para ir al obelisco, hagámonos escuchar, por el bien de nuestra salud mental. Por lo pronto, y como llevo ya varios años estudiando el tema, preocupado por esta situación, les comento lo que creo una solución, para poder regresar a un saludo genérico, que no nos robe valiosos minutos de vida.

Creo que la época de esplendor de nuestro saludo vigente se debe a que nació en un momento en el que estar bien, aparentemente era lo común, lo que más se usaba. Cuando la situación cambió, no lo pudimos superar, nos aferramos a ese pasado y tratamos de perpetuarlo al presente mediante el saludo. Pero seamos sinceros, el mundo se está cayendo a pedazos. Cada vez hay más terremotos, tsunamis, huracanes, bichos venenosos, cucarachas que vuelan, hormigas que se comen todo, suegras, cosas nocivas, contaminación… y ni hablar de la economía, la inseguridad, la defensa de La Selección. Sumemos estas cosas, y digamos la verdad… ¡Estamos mal! ¡Eso es lo común en estos días! ¿Qué bien ni bien? ¡Mal, muy mal estamos! ¡Pésimo! Y ahí está, usemos lo común, no la excepción a la regla. Cambiemos el “¿Todo bien?”, por un más sensato y generalizado: “¿Todo mal?”

Yo sé que suena raro al principio, pero es solo por la falta de costumbre. Visualícenlo:

A juan lo acaban de echar del laburo porque siempre llegaba tarde, debido a que se olvidaba de cargar la Sube (que ahora se descarga más rápido) y a que en la bajada de Huergo están haciendo una especie de corredor para camiones que supuestamente va a solucionar los problemas de tránsito desde capital hasta Australia, y tuvieron la magnífica idea de poner a unos tipitos vestidos como recolectores de basura a trabar el tránsito que fluye hacia capital a puro silbato (siempre que hay quilombo están ellos, por ende, para mí son los responsables). Camina cabizbajo, abatido. Se encuentra con Jorge, que viene tomando agua de la canilla en una botellita de agua mineral reciclada de hace tres meses (la coca olvídate, si está como cincuenta mangos), su esposa lo dejó por su mejor amigo, cansada de inventar excusas para meterle los cuernos, sus hijos ya le dicen papá al que siempre fue el “Tío Sergio” por aquello de ser como de la familia. Hace mucho no se ven, algo escucharon de las desgracias del otro, porque en el barrio se habla. Y entonces, la magia:

— ¿Qué hacés Juan? ¿Todo mal?

— Si che, todo mal.

— ¡Que bajón, chabón! Que mejore…

Ninguno frena, cada uno sigue en lo suyo. No ahondan en los problemas del otro, no se solidarizan falsamente, no se aburren, ni fingen verdadero interés. Saben que es el saludo, solo eso. Así con todos, si estamos casi todos igual, algunos más algunos menos, pero casi todos mal. Y si tenemos la mala suerte de cruzarnos a uno de los que está bien y tiene ganas de hablar, en el peor de los casos nos hará perder tiempo, pero nos contará algo que tal vez nos dé esperanza, quizás hasta nos contagia un poco de su alegría y nos cuenta como se hace. Salvemos las relaciones, evitemos el estrés y el negativismo ajeno, es hora, no perdamos más tiempo, en nuestras manos está el poder de cambiar el futuro. El cambio empieza por nosotros. Al menos intentémoslo, al llegar a casa sin ganas de hablar, preguntemos a esos seres queridos de caras extenuadas: “¿Qué onda el día? ¿Todo mal?”, y disfrutemos en sus rostros el placer, y la sonrisa que se dibuja al descubrir, que ya no es necesario mentir. Después, libres de culpa, y sin haber perdido tiempo, tiremos nuestros cuerpos en la cama o un sillón cómodo y disfrutemos de las desgracias de otros en Netflix o Youtube, con una sonrisa morbosa y satisfecha en los labios.

12. Juni 2019 05:38:44 0 Bericht Einbetten 0
Das Ende

Über den Autor

Leonel Insfrán "Buscando todos los ángulos en las letras, todos los sinónimos en las imágenes, todas las notas en los paisajes y todo el aire puro en las canciones"

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