La Batalla de los Espectros Follow einer Story

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Glorfindel, señor de la Casa de la Flor Dorada, es quien ahora lucha contra los Nazgül, con la ayuda de Gwaihir, señor de las águilas y Eärnur hijo del rey de Gondor ¿que le espera al elfo de los cabellos dorados? este relato cuenta sus aventuras... Fanfiction de: El Silmarillion


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De camino a Fornost

I


Asfaloth era un corcel meara, blanco como la nieve y veloz como ningún otro caballo en toda la Tierra Media. Al ser un descendiente de Felaróf, poseía la inteligencia de un humano y entendía tanto la lengua común como el quenya, llegando a cumplir órdenes bastantes complejas. Sobre aquella majestuosa bestia, montaba otro ser, no menos majestuoso: Glorfindel.

Era un alto elfo, el cual se equiparaba en valía y belleza con cualquier rey noldor que haya existido. Sus cabellos eran dorados como el sol y resplandecía de una manera que parecía envuelvo en una capa divina todo el tiempo. Portaba consigo una armadura dorada y a Ninquë, una espada de hoja blanca, creada bajo la luz de la luna de Rivendel por los mejores forjadores que existían en aquellos tiempos y que rivalizaba en perfección con Ringil, la espada perteneciente a Fingolfin, rey supremo de los noldor.

A su lado cabalgaban otros tres elfos de familias nobles que habían dedicado su vida a proteger los intereses de Rivendel, Elrond y de todo lo que fuera bueno. Sus nombres eran Ilitharath, Erlathan y la medio elfo Irimë, aunque no hay que confundirla con la hija de Finwë.

Los caminos que llevaban lejos de las Montañas Nubladas eran difíciles de transitar aún en caballos de buenas piernas, por lo cual avanzaban a una velocidad menor a la que Glorfindel hubiera deseado.


—¿Nos explicarás lo que sucede? —intervino Irimë, luego de un largo silencio.

—¿Decidieron seguirme sin tener una idea de lo que pasaba?

—Sí, verás, sabemos que no sales seguido de Rivendel con tu armadura si no es que una batalla de importancia ocurre en alguna parte —respondió Ilitharath—, era entonces la oportunidad perfecta de combatir a tu lado, pero a decir verdad, no sabemos nada, solo hacemos suposiciones.

—Sucede algo y es muy crítico. Las fuerzas de Angmar han atacado Fornost, la capital del reino de Arthedain, el rey Arvedui, ha solicitado ayuda a todos aquellos que aman la luz y aborrecen todo lo que haya sido mancillado por Sauron. Así que iremos.

—¿Angmar? No pensé que atacarían de esta manera un reino —agregó Erlathan.

—Sauron siente un especial odio por la sangre numeroniana, supongo que eliminar a los herederos de Arnor es una orden directa del señor oscuro.


El silencio volvió a cernirse sobre los elfos, lo único que se mantenía sonoro eran los cascos de sus corceles. El camino que habían elegido era angosto, con espacio apenas para dos caballos lado a lado. En cierto punto, el verdor del bosque cambió de forma abrupta por un color más grisáceo y enfermizo. Faltaba aún día de cabalgata para llegar a el Gran Camino del Este que cruza todo Eriador. Glorfindel sospechaba que, de haberse enterado los sirvientes de Angmar que habían solicitado ayuda a Rivendel, de alguna manera enviarían a alguien para entorpecer el camino de quienes atendieron al llamado de ayuda. Y tal como había previsto, en cuestión de segundos fueron rodeados por no menos de cuarenta orcos, entre ellos algunos Uruk-hai.


—Erlathan, haz que los caballos esperen en un lugar seguro, los demás, conmigo.

—¡A la orden!

—Irimë, ¿qué crees que debemos hacer?

—Capitán... Ilitharath nos cubrirá con sus flechas desde los árboles, no traen arcos, así que no será un problema. Nosotros dos atacaremos de frente, si derrotamos a los Uruk-hai, los demás quedarán dispersos y confundidos.

—Muy bien, haremos las cosas según Irimë.


Ilitharath trepó hasta las ramas de una frondosa haya, atrayendo la atención de los orcos comunes. Con su arco, que era plateado y que poseía una esmeralda en el centro, lanzó varias flechas que impactaron el los primeros en acercarse, fueron disparos certeros y que mataron de inmediato a la mitad de estos, los otros quedaron fuera de combate o murieron después por la hemorragia. Erlathan, habiendo llevado a los caballos a un lugar seguro, regresó con su lanza y luchó contra los orcos que encontraba a su paso, sus movimientos eran gráciles y más ágiles que los de sus enemigos, utilizaba su lanza tanto para atacar como para defenderse y era habilidoso en ello. Entre los dos acabaron con facilidad con casi la mitad de los invasores.

Glorfindel junto a Irimë estaban lado a lado frente a siete Uruks, que eran notoriamente más altos, incluso más altos que el mismo Glorfindel; fuertes y más inteligentes que cualquier otro orco presente. Usaban armaduras pesadas y su piel era negra y habían cubierto sus rostros con sangre humana, dándoles una apariencia grotesca, digna de los seres que habitaban las tierras malditas de Mordor y Angmar.


—Ustedes no pasarán... —dijo un imponente Uruk.

—Es la primera vez que escucho a un orco hablar.

—¿Nunca luchaste con un Uruk-hai?

—No —respondió Irimë— he batallado con orcos normales y contra los haradrim, pero nunca con Uruk-hai.

—Ten cuidado, son mejores incluso que algunos humanos. Iré primero, observa sus movimientos y luego ven.

—Entendido.


Glorfindel desenvainó de su funda a Ninquë, la cual resplandeció como si estuviera en llamas, asustando a los orcos comunes que estaban detrás de los Uruks. Su fijo era perfecto y blanco sin igual y estaba forjada de tal forma que al cortar el aire emitía un silbido como de ave, razón por la cual algunas la llamaban Laerälagos, que en élfico significa viento cantante. El Uruk que había hablado antes permaneció sereno, era inteligente y no le temía al fuego sin razón, dos más se quedaron junto a él. Llevaban en sus manos pesadas espadas de filos irregulares y uno de ellos tenía una masa de hierro más pesada incluso que la joven Irimë. Glorfindel camino unos pasos adelante y afirmó los pies en el suelo, cerrando los ojos unos segundos para tomar aire. Antes de que terminara de exhalar el aliento, el orco de la masa se abalanzó para atacarle. La fuerza de ese Uruk era descomunal ya que movía la masa como si de una rama seca se tratara, sin embargo, la velocidad del alto elfo era superior y esquivó el golpe apenas moviéndose unos centímetros. El golpe de la masa hizo añicos una roca al borde del camino, logrando, con un solo golpe, que la tierra se sacudiera. Glorfindel permaneció inamovible. Irimë observaba todo con atención y como era su costumbre, aprendía solo con ver.

Glorfindel entonces, tomando a Ninquë con ambas manos, realizó un tajo en diagonal, desde la parte inferior derecha hacia arriba, en dirección opuesta al golpe realizado por al Uruk hace unos segundos. El corte fue limpio, atravesando el abdomen y el pecho de aquel orco fornido. La sangre negra del orco no tardó en aparecer, la cual Glorfindel esquivó realizando un leve salto hacia atrás. El Uruk cayó inerte al suelo, y los demás gritaron u aullaron furiosos.


—¡Elfo debe morir! —gritó el Uruk que parecía el líder, alzando la espada que empuñaba, los demás se lanzaron al combate.

—Son fuertes, pero si eres veloz no podrán hacer nada, pero si te sujetan o te acorralan entre varios, estarás perdida ¿entiendes?

—Capitán... Sí, entiendo.


Ambos elfos corrieron al encuentro de los Uruks, mientras Glorfindel hacía una señal a los otros dos que esperaban en la retaguardia, de manera que les ordenó quedarse ahí y cubrirles las espaldas. Irimë se adelantó a su capitán y con las espadas gemelas que portaba en manos, Nen y Naur (agua y fuego en élfico) chocó filos con un orco espadachín. De haber tenido solo una espada para recibir el golpe quizás no lo habría detenido, pero con ambas libró el corte y valiéndose de la inercia de su enemigo, puso hacer que este perdiera el equilibrio y cayera al suelo, contándole el cuello al instante. Glorfindel también había chocado filo contra otro orco, al cual desarmó con facilidad, acabando con él con un corte en el abdomen.

El Uruk líder observaba la lucha y esperaba.

Atrás, las flechas de Ilitharath hacían el mayor daño posible en un área amplia para limitar los movimientos de los orcos y eliminar a algunos cuantos, Erlathan hacía lo suyo con los pocos que separaban del grupo principal. Al cabo de unos minutos, solo quedaba un Uruk-hai en pie.


—¿Están bien?

—Lo estamos —respondió Irimë, enfundando sus espadas, luego volteó su mirada a sus compañeros—, ¿verdad?

—Sí...

—Todo bajo control.

—Son mejores combatientes de lo que imaginé —dijo Glorfindel sonriendo.

—Ahora, ¿vamos todos a por él? —cuestionó Ilitharath, tensando una flecha en la cuerda de su arco.

—No, lo haré yo —respondió el capitán.

—¡Malditos elfos!


El grito del Uruk-hai fue un estruendo que se escuchó a varios kilómetros, haciendo que las hayas alrededor se sacudieran, dejando caer sus hojas. Glorfindel empuñó a Ninquë con fuerza y se dirigió hacia su oponente.

En medio del camino que se convirtió en un campo de batalla, sus espadas colisionaron. La fuerza física del orco era abrumadora, pero Glorfindel era un guerrero forjado en los campos de batalla, sobreviviente a la caída de Gondolin y que en antaño había luchado y vencido a un Balrog, un orco no era algo que pudiera causarle complicación alguna. Empujando al orco con su espada, este retrocedió sin poner mayor resistencia a pesar de lo pesado que parecía. El elfo no perdió tiempo y ante la inevitable caída del orco, espetó su espada en el pecho del Uruk.


—Angmar y Mordor prevalecerán... Sauron reinará...


Fueron sus últimas palabras antes de morir de pie.

Glorfindel tomó en el aire unas hojas de haya que caían para limpiar de su espada la sangre negra el orco, y regresó a reagruparse con el resto.


—Ese Uruk-hai era enorme, lo hiciste ver fácil.

—Los orcos no son seres pensantes, aunque los Uruks lo aparenten. Son seres nacidos de la oscuridad y solo traen consigo muerte. Odian todo, incluso a ellos mismos. Andando, debemos apresurarnos.


Erlathan trajo de donde había ocultado a los caballos y todos montaron. Glorfindel arreó a Asfaloth para que marcara el paso de los demás, habían llegado a una parte del camino donde podían ir al trote sin dificultad.



—¿Qué sucede, Irimë?

—Es raro, ¿no crees?

—¿Qué cosa?

—Eran demasiados para una misión de reconocimiento, además atacaron primero, y eran muy pocos para una invasión y ni se acercaron a Rivendel.

—Ahora que lo dices... —Erlathan calló unos segundos— Parecían interesados en atacar y morir, no en avanzar o hacer un reconocimiento de terreno...

—Es porque solo eran orcos —interrumpió Glorfindel—, se los mencioné, no son seres pensantes, aun teniendo Uruk-hai entre sus filas, necesitan a un líder que los gobierne. Normalmente un haradrim o los espectros del anillo.

—¿Los espectros son reales? —preguntó Ilitharath, quien permanecía en silencio hasta entonces.


El viento tuvo un cambio repentino, volviéndose más frío. Los caballos de Irimë y de Erlathan se asustaron, pero no perdieron el control. El ambiente, ahora sombrío, oscureció también la mirada de Glorfindel.


—Los nueve anillos que Sauron entregó a los hombres fueron hechos para corromperlos y sumirlos en la oscuridad. Son seres sin forma física, invisibles y que hablan en una lengua horrible. Su única misión en cumplir las órdenes de su amo y buscar el Anillo único a como dé lugar. El más poderoso de ellos es sin duda el Rey Brujo de Angmar.

—¿Tenemos oportunidad contra ellos? —preguntó Irimë.

—Eso espero, de ello depende que Arthedain no caiga a manos de las hordas malignas de Angmar.


Glorfindel tomó aire y al hacerlo, el sol volvió a brillar sobre los elfos. Su cabellera rubia, que iba trenzada, resplandeció como oro, llenando de ánimo a sus compañeros que por un instante habían sido rodeados de oscuridad.


—Hablar de los espectros me causó cierto malestar.

—¿A ti también, Erlathan?

—Su nombre de espectros no es en vano —agregó el capitán—, son seres de espanto... Miren, allá está en Gran Camino del Este, cuando lleguemos iremos al galope hasta llegar a los menhires de las Quebradas de los túmulos, ahí descansaremos un poco. Son dos días a galope, ¿están preparados?

—En cierta ocasión galopamos cinco días hasta llegar más allá de Gondor, por orden de Elrond...

—¿Y qué hicieron ahí?

—Nada, capitán.

—¿Nada?

—Verá —interrumpió Irimë—, estos dos idiotas molestaron a Arwen esa vez, querían hacerla decir cual de los dos le parecía más atractivo y ella se puso incómoda. Elrond se enteró y los mandó a la tierra de nadie en forma de castigo, yo fui con ellos para evitar que se perdieran.

—¿Molestaron a la señorita Arwen? —la mirada de Glorfindel se dirigió a los dos elfos.

—Capitán, sus ojos asustan.

—Solo éramos dos jóvenes tontos, no fue intencional.

—Ya fueron castigados, Elrond es muy misericordioso, yo hubiera ordenado que fueran a Mordor de ida y de regreso.

—¡Capitán! ¡Sus ideas son muy oscuras, no concuerdan con su apariencia! —dijo Irimë con tono burlón.

—Realmente es bueno estar con muchachos como ustedes, soy un anciano que ya vivió una vida y ahora va por la segunda. Vamos a Fornost y regresemos a casa, Elrond y Arwen esperan por nosotros.


Asfaloth galopó a la orden Glorfindel, dejando a los demás atrás en cuestión de segundos, Irimë fue la primera en salir para intentar alcanzar a su capitán. Los cuatro partieron hacia el Gran Camino del Este, sin saber lo que les esperaba.



8. Juni 2019 03:05:08 5 Bericht Einbetten 5
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Post!
Ibán José García Castillo Ibán José García Castillo
Una gran historia la cual ha sabido exprimir lo mejor del mundo de Tolkien. Me ha hecho gracia ver aquí a los Uruk que aparecen también en la historia de mi reto. Muy buen capítulo repleto de acción bien llevada a cabo, que es lo importante.
24. Juni 2019 04:52:20
AV Aura Vargas
Me encanta, continua así
21. Juni 2019 19:59:49
K.H Baker K.H Baker
¡Que bueno! Me sentía como si estuviese leyendo algo del mismísimo Tolkien... Que ganas de saber como continúa... ^^
8. Juni 2019 02:02:31

  • Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
    Muchas gracias! Es el mundo de fantasía que más amo, así que quise estar a la altura 8. Juni 2019 08:19:57
~

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