Expediente Richmond Follow einer Story

khbaker K.H Baker

Puede que pienses que tienes el empleo más aburrido del mundo, pero no subestimes al mal, cuando actúa, ya no volverás a ver tu puesto de trabajo del mismo modo.


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Algo no va bien

Siempre había tenido muy claro lo que quería ser. Mi padre era forense y, tras su muerte, quise de algún modo que él permaneciera conmigo. Nunca faltaban los comentarios del típico compañero que intentaba hacerse el gracioso metiéndome miedo con alguna absurda historia de esas que comienzan con “¿No lo sabías? Hace mucho tiempo, en esta misma morgue…”. Nunca fui tan ingenua como para creerme esas historias, lo achaqué a que estaba curada de espanto aunque, tal vez fuera cosa de mi forma de ser. Me costaba entablar conversación con las personas, no por vergüenza, sino por falta de interés. Consideraba que las personas no tenían el suficiente interés en mí como para preocuparse de verdad por lo que yo decía, hacía o sentía, y comencé a devolverles ese mismo interés. Por eso me gustaba tanto mi trabajo, un lugar silencioso donde no tenía que hablar con nadie, donde nadie miraba con lupa lo que hacía, donde nadie se quedaba más de diez minutos. El lugar perfecto para mí. Al menos hasta aquella tarde…

No había demasiado trabajo que realizar por lo que, aquella tarde, estaba yo sola en la morgue. Alrededor de las siete de la tarde, crucé las puertas que separaban el hospital de aquella sala que yo consideraba como de otro mundo. Tenía jornada intensiva del turno de noche, algo que me tocaba hacer a menudo. Dejé sobre mi mesa el café que me había comprado en la máquina, más por rutina que porque realmente me gustase su sabor, cogí unos nuevos guantes de látex de la caja y me los puse.

Había algo en los guantes que siempre me ha gustado, aunque nunca supe ni sabré decir qué es en realidad. Quizá el tacto del talco que lleva en su interior y que facilita el poder ponerme los guantes, o tal vez sea el olor del propio látex. En cualquier caso, es una peculiaridad que me agradaba.

Tras ponerme los guantes, apreté mis manos repetidas veces como hacía siempre. Eso ya no era manía, lo cierto es que sufría –y todavía sufro– parestesia. El hormigueo me asalta las manos cuando menos lo espero, aunque supongo que estoy tan acostumbrada a ello que, al menos en mi horario laboral, mi mente lograba mantener ese cosquilleo a raya. El cosquilleo molesto de las manos mitigó tras aquellos movimientos espasmódicos, ya no era tan intenso y eso me dejaría trabajar en paz al menos la primera hora.

El tintineo de las luces era algo normal allí abajo, por lo que ni me molesté en preocuparme por ello, no era la primera vez que las luces parpadeaban y tampoco será la última. De vez en cuando, incluso se iba la luz un par de minutos, pero para aquello ya estaba preparada. Tenía unos focos de emergencia que funcionaban con baterías autónomas y se activaban cuando los plomos saltaban. La luz no era tan intensa, pero servía.

Apreté una última vez mis manos, con lo que provoqué que los guantes chirriaran ligeramente, antes de coger el único historial que reposaba sobre mi mesa. Lo leí detenidamente y asentí para mí misma. Pensaba que ya nada podría impresionarme, pero me equivocaba.

El joven que yacía inerte en uno de los compartimentos del frigorífico, era un varón de veinticinco años, alumno del Richmond College, miembro del cuadro de honor y el hijo de Terrence Richmond, el fundador de la universidad, y último sucesor de la familia ahora que su hijo estaba muerto.

Por alguna razón, el joven se había visto envuelto en malas compañías y, como consecuencia, había comenzado a tontear con drogas, o al menos eso era lo que ponía en su historial, ya que la causa de la muerte era una sobredosis de heroína.

—Pobre chico —susurré para mí misma mientras negaba con la cabeza.

El procedimiento habitual consistía en que debían dejar el cuerpo fuera de los frigoríficos para que yo le hiciera un examen externo tanatológico y traumatológico, sin embargo, cuando llegué ya estaba dentro de su cubículo. La cámara donde estaban los cuerpos emitió un chasquido y un sonido gaseoso, tal y como si fuese una cámara de descompresión, cuando giré la palanca que mantenía cerrada la puerta. Al abrir el compartimiento y deslizar la camilla hacia fuera, me sorprendí al ver que también habían desvestido al joven, algo que también formaba parte de mis ocupaciones.

No habían dejado nada que yo pudiera inspeccionar antes de hacer la autopsia por lo que, antes de hacer nada más, apunté el dato en el historial y me dispuse a hacerle la autopsia.

Examiné su cuerpo, sus ojos habían perdido el color, adquiriendo un tono grisáceo a pesar de que todavía no habían pasado las horas necesarias para que aquello ocurriese. Después examiné sus manos, debajo de sus uñas, tomé sus huellas y le hice las fotografías pertinentes.

Desde el momento en el que vi que habían hecho parte de mi trabajo, la situación se me antojó bastante extraña, pero lo peor fue cuando cogí la sierra para cortar el cráneo. Me giré para cogerla y juré, tan solo por un instante, que el cuerpo había susurrado algo que escapaba a mi entendimiento. Lo atañí al escape de gases del cuerpo, se habían documentado casos en los que un cadáver incluso había gritado.

Encendí la sierra y procedí a hacer un corte en el nacimiento de su cabello. Intenté no concentrarme demasiado en todo lo que había ocurrido hasta el momento, me parecía de locos y, por un momento, todas las historias que nunca había creído, volvieron a aparecer para intentar asustarme una vez más.

El peso de su cerebro era totalmente normal para un varón de su edad, sin embargo, el líquido cefalorraquídeo era de un color grisáceo bastante anormal. Nunca se había dado el caso, pero lo anoté todo tras quitarme los guantes, quería investigar si aquel fenómeno era típico en los casos de sobredosis.

Hice una pequeña pausa para tomar el aire, aquel día estaba volviéndose extraño por momentos, lo cual comenzaba a hacer mella en mi cabeza. Me encontraba paseando de un lado a otro del pasillo cuando escuché el sonido de la sierra craneal. Pensaba que, con todos aquellos nervios, tan solo eran alucinaciones mías pero, al entrar de nuevo, la sierra estaba encendida y en el suelo.

Di tres grandes zancadas y cogí la sierra para apagarla y dejarla en su lugar. En aquellos momentos solo quería acabar el trabajo y salir de allí cuanto antes.

Me puse una mascarilla y cogí el escalpelo. Entonces ocurrió lo que me ha llevado hasta aquí, hasta el despacho de un psicólogo que debe evaluar si mi estado mental es el más adecuado para seguir desempeñando mi empleo.

En fin… Hice los cortes pertinentes, uno a lo largo del abdomen y dos trasversales a la altura de la clavícula. En el momento en el que hundí el bisturí en su cuerpo, una sustancia negruzca comenzó a manar del mismo. El color de su sangre era la última de mis preocupaciones pues, al cortar sus costillas y abrir su caja torácica, pude ver con claridad como sus órganos estaban en pleno funcionamiento.

Retrocedí un paso y respiré profundamente al mismo tiempo que cerraba los ojos, aquello no podía estar pasando, no podía ser real. Por fuerza, debía ser producto de mi mente pero, cuando abrí los ojos, la situación se volvió todavía más insostenible. El cadáver se había sentado sobre la plancha metálica en la que reposaba, me miraba con los ojos inyectados en sangre, me señalaba con su puntiagudo dedo y curvaba una sonrisa espeluznante en su rostro.

Caí de culo en el suelo, no podía moverme, estaba aterrada y en shock. Cerré los ojos de nuevo cuando el cadáver bajó de la camilla y comenzó a acercase a mí. Grité con todas mis fuerzas esperándome lo peor.

No recuerdo cuando tiempo estuve gritando, solo recuerdo que mis gritos alertaron a Brandon, el vigilante nocturno y que, cuando abrí los ojos de nuevo, el cuerpo volvía a reposar sobre la camilla.

Algo no va bien, se lo dije a Brandon, se lo dije al psicólogo y lo digo una vez más aquí, por escrito, aceptando mi suspensión de empleo. Solo añadiré una cosa más, aquello que pasó, no fue el final y, cuando el mundo sea capaz de darse cuenta, os lamentaréis por no haberme creído desde un principio.

1. Juni 2019 07:51:50 1 Bericht Einbetten 8
Das Ende

Über den Autor

K.H Baker Escritora, melómana, amante del terror y de los retos en general. Hago lo que esté en mi mano para cumplir mis objetivos y si es con una buena historia y un buen café, mucho mejor ^^ Instagram: @kh.ankathi

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Dagmara Rice Dagmara Rice
Me gustó cómo manejaste los tiempos. Pude sentir la tensión que iba en aumento. Me gusta cómo se expresa la protagonista, y todos los detalles que diste de ella parecen ir acorde con su personalidad: retraída, sincera, de aspecto reacio, pero, al mismo tiempo, una chica de buenos sentimientos. Voy a seguir leyendo, a ver qué tal. Hasta ahora me gustó mucho. Eso es todo, autora ;)
9. Juni 2019 20:16:26
~