La era del alma Follow einer Story

dacrow David Adam

Una amenaza oculta se cierne sobre el universo. Los seres de la Tierra sufren un repentino cambio cuando se manifiesta un nuevo poder que les permite usar su energía vital y mental de forma extraordinaria para crear, destruir, alterar e incluso materializar todo tipo de estructuras atómicas. Los humanos, uno de los habitantes más abundantes del planeta, bautizan esta nueva capacidad como "poder espiritual" o alma, ya que está muy relacionada con la mente e imaginación de cada individuo. Dando paso así a una nueva era; la era del alma. Sumérgete en esta misteriosa y apasionante aventura junto a una variedad de personajes que intentan sobrevivir al hostil mundo en constante cambio, y descubrir los secretos del alma.


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Capítulo 1 - En el camino

El chico llevaba varias horas recorriendo un angosto camino de tierra. Los restos de asfalto deteriorado que se asomaban bajo las capas de arena y piedra sugerían que anteriormente, hace mucho tiempo, esto había sido una carretera transitada por vehículos de motor. La mayoría de escombros de la superficie estaba cubierta de moho y camuflada entre la diversa vegetación que moraba la vieja vía. A pesar del estado de esta, las plantas y flores aplastadas a lo largo de la calzada dejaban claro que aún era una ruta en uso.

A la izquierda del chico se alzaba un gran muro de casi ocho metros de altura, hecho de bloques de piedra irregulares, apilados unos encima de otros y cementados, también cubierto de moho y maleza. El muro se prolongaba más allá del horizonte, y aunque en algunos puntos estaba parcialmente derruido, escalarlo hubiera sido una locura. El musgo convertía la dura piedra en una trampa resbaladiza. Un bloque podría salirse facilitando una caída a una altura considerable, peor aún, si acto seguido se produjera un derrumbamiento de rocas sobre el inocente escalador. La inestabilidad del muro era proporcional al tiempo que llevaba sin mantenimiento, tanto como la carretera donde se encontraba.

Por la derecha del joven se extendía un enorme bosque de pinos, cuyo suelo estaba cubierto por una alfombra de flores violetas, rojas, amarillas, rosadas, blancas, y zarzas, esas condenadas se extendían como un cáncer por todo el lugar y ya habían propiciado más de un corte al actual transeúnte. Los misterios ocultados en este paraíso natural, si los hubiera, serían ajenos a la vista de los viandantes. La disposición y el tamaño de los árboles reducía la visibilidad a menos de cien pasos. Sin embargo, los rayos del sol se las ingeniaban para cruzar tímidamente entre las copas de los pinos con un tono anaranjado. Pronto oscurecería.

La sed lo hizo detenerse, dejó la mochila que llevaba consigo apoyada en la pared y se dispuso a sacar un envase con agua. Primero se secó el sudor de la frente. Se frotó la cabeza quitándose un par de filamentos de pinocha de su corta y morena cabellera. Luego agitó sutilmente la botella para hacerse una idea de la cantidad de líquido que quedaba.

—No queda mucha, pero ya debo de estar cerca. —dijo el muchacho en voz alta, destapó la tapa del recipiente y bebió varios tragos.

Observó brevemente sus ojos castaños en el reflejo de este mientras disfrutaba del alivio que le proporcionaba la ingesta del líquido. Continuó bebiendo hasta que le llamó la atención un sonido que traqueteaba a lo lejos. Se dio media vuelta para mirar el camino por el que había venido. Al fondo pudo ver como dos manchas azules se acercaban a paso ligero. Se apresuró guardando el agua y se echó de nuevo la mochila a la espalda.

Al volver al sendero se fijó mejor, dos bestias con forma de oso y pelaje azulado se acercaban a cuatro patas. En sus redondas cabezas tenían un par de orejas largas y puntiagudas, que pasaban a través de unos cuernos en espiral. Sus ojos quedaban parcialmente ocultos bajo el pelo y sus hocicos recordaban al de un perro, pero estos animales podían cuadruplicar el tamaño del más grande de los canes. Los enormes cuadrupedos tiraban de un carro a través de un sistema de correas con sus robustos cuerpos.

El chico, maravillado con el andar de las bestias, no podía disimular su cara de asombro, y no percibió a la joven chica que conducía. Aminoraron el paso hasta detenerse completamente al lado del joven.

—¿Es la primera vez que ves unos satityas? —preguntó la muchacha con un tono dulce.

Aún con la cara de asombro, se fijó esta vez en ella. Una joven pelirroja se asomaba por el carro sonriendo. Los hoyuelos que creaba su sonrisa le parecieron adorables.

—Es la primera vez que veo unos tan de cerca —titubeó el chico—. ¡Son increíbles!

La chica soltó una risa de complicidad.

—Me llamó Sunna —dijo ella—. ¿Y tú?

—Lienard. —respondió él.

—Encantada Lienard, ¿a dónde te diriges?

—Hacia Nighar. Creo que estoy cerca pero la verdad es que ando un poco perdido —contestó con sinceridad Lienard.

—Nighar está a cinco minutos de aquí. Yo vivo allí —Sunna ladeó la cabeza en dirección a los satityas—. ¿Quieres que te lleven?

—No querría molestar, si está tan cerca puedo seguir a pie.

—¡Vamos! No es ninguna molestia. —dijo Sunna ofreciéndole el brazo.

Lienard dudó durante un instante, no era normal que un desconocido fuera amable, al menos no de donde él venía. Y el hecho de que le hubieran robado unos objetos importantes hacía tan solo unas horas antes, le hacía estar en alerta. Se fijó mejor en el carruaje. A parte de los asientos, llevaba un cargamento en la parte trasera con cajas, que contenían alimentos, líquidos y utensilios de campo. Su instinto le decía que podía confiar en la chica.

—Muchas gracias, eres muy amable. —dijo Lienard mientras agarraba suavemente su mano para subir al vehículo. Sunna tiró con una fuerza inesperada, era fuerte. Se sentó como pudo al lado de la joven, con la mochila a sus pies.

—Dáselas a ellos. —dijo Sunna señalando a las bestias, que reanudaban su andar.

—¿Son tuyos? —preguntó Lienard, inmediatamente el satitya de la derecha giró la cabeza y bufó. Sunna soltó una risa divertida.

—A Grou no le ha gustado tu comentario. Los satityas son libres, colaboran por propia voluntad. Para nosotros Nina y Grou son dos más de la familia. ¡Ah! Y entienden a la perfección nuestro lenguaje. —acabó Sunna, sin ocultar un ápice de orgullo.

Lienard la miró confundido, y luego, mirando hacia los satityas, dijo:

—En ese caso, gracias Nina y Grou, por llevarme —Los satityas soltaron un sonido agradable al oirle— ¿He dicho bien los nombres?

Sunna asintió con la cabeza mientras sonreía.

—Parece que están satisfechos con tus palabras, ¡pero ándate con ojo! —dijo con una mueca graciosa—. Y dime Lienard, ¿qué te trae por Nighar?

Lienard se fijó en su rostro, su pálida tez no concordaba con el trabajo en el campo, y sus manos no tenían callos ni heridas de trabajar la tierra. Ella lo miraba curiosa, con sus ojos azules. El joven no pudo evitar ruborizarse, era una chica hermosa, o al menos, a él se lo parecía.

Lienard abrió la boca para contestar pero antes de que pudiera gesticular una palabra un par de bloques cayeron del muro sobre el camino. El carro se detuvo en seco, los dos chicos rebotaron en el asiento. Lienard cayó de rodillas mientras que Sunna supo como acomodarse para no verse afectada. Los satityas bufaban alterados. Cuando Lienard se incorporó buscó el origen del derrumbe. Se fijó en el hilo de polvo que habían dejado las rocas en su caída. Una araña de al menos dos metros bajaba por el muro lentamente. Cubierta de filamentos capilares castaños similares al color de los troncos que les rodeaban. Sin duda, hubiera pasado desapercibida si las piedras no hubieran revelado su presencia. Sunna estaba paralizada.

—Eso no es normal, nunca he visto algo así —titubeó Sunna. Lienard envolvió con su mano diestra el anillo que llevaba puesto en la contraria—. ¡Tenemos que pasar! ¡Grou, Nina! —los satityas tiraron del carro con todas sus fuerzas. El chico chocó bruscamente contra el respaldo del asiento, juntó las piernas fuertemente para que su mochila no saliera volando y se agarró bien a lo que pudo.

Pasaron a toda velocidad al lado del arácnido, que aún se encontraba bajando por la pared. Saltó inmediatamente sobre ellos. Los chicos horrorizados vieron como la araña no alcanzaba el vehículo por una escasa distancia. En cuanto tocó el suelo salió corriendo detrás de sus presas.

—¡Nos está siguiendo! —gritó Sunna desesperada— ¡La entrada del pueblo está ahí delante! —dijo señalando a un desvío a menos de medio kilómetro. Entraron en un claro dónde los árboles empezaban a ser menos abundantes— ¡No podemos girar a esta velocidad, volcaremos!

—Y cuando bajemos la velocidad nos alcanzará —dijo Lienard mientras abría su mochila—. No tenemos tiempo —Lienard tanteó en el interior de su alijo y sacó un bastón extensible de acero que alargó sin espera. Sacó también una camisa que envolvió alrededor de uno de los extremos del bastón con un torpe nudo—. Tendrá que bastar, ¡te pagaré esta caja! —exclamó mientras la atravesaba con su bastón, se escuchó como varios recipientes de cristal se rompían y de la caja comenzó a emanar un líquido transparente. Lienard removió la camisa dentro de la caja y miró a Sunna— Entra en el pueblo, alerta a la gente y mándame refuerzos. Yo la distraigo. No hay tiempo para los detalles, ¡aminoren ya!

Volvió a meter la mano en la mochila y sacó un mechero, los satityas bajaron la velocidad, la araña que aún perseguía el carro comenzó a ganar terreno. Saltó sobre el cargamento, Lienard alzó el bastón con la caja incrustada y le aplicó fuego. La araña levantó las patas delanteras pero recibió un golpe de la caja ardiendo contra su cara. Cayó fuera del carro boca abajo mientras que la caja rodó por la tierra, apagándose. Lienard también se bajó, prendiendo ahora la camisa. La araña se incorporó buscando su presa, retrocedió un poco al ver los bucles de fuego que dibujaba Lienard al girar su bastón. También se apagó.

—Sabía que usar alcohol no era buena idea. —pensó Lienard mientras soltaba un grito ahogado de terror al ver la figura del monstruo acercándose en la oscuridad.

La araña saltó súbitamente sobre Lienard. Levantó los brazos para interponer su bastón entre los dos, éste salió disparado de las manos de Lienard varios metros al impactar contra el pecho del gigante insecto. Cayó de espaldas en el polvoriento suelo con su atacante encima. Las patas se le clavaron en el hombro y las costillas. Se sacudió en un inútil intento por escaparse de los fuertes y peludos miembros que lo retenían. La araña lanzó una dentellada a la cabeza de su presa, Lienard aterrorizado golpeó varias veces con su puño izquierdo el rostro del monstruo. Los dientes de la araña se clavaron en su hombro derecho. Soltó un grito de dolor, tanteó el suelo buscando algo duro con lo que golpear, cogió la primera roca que encontró y la estampó contra varios ojos de la araña que estallaron en el impacto dejando un fluido viscoso por el cuerpo de Lienard. La araña le soltó brevemente, el joven comenzó a forcejear como un loco, en cuanto sintió que la presión del monstruo bajó, empezó a lanzar patadas contra su vientre que le ayudaron a salir de debajo suya deslizándose por el suelo con la inercia de sus golpes. Lienard se incorporó como pudo lanzando las piedras que encontraba contra su agresora. Retrocedió de espaldas con la poca fortuna de tropezar con una rama para caer de nuevo. Lienard intentó quitarse el anillo sin éxito. La araña se dispuso a atacar levantando las patas pero antes de que pudiera alcanzarle algo grande la arrolló violentamente. Lienard tardó un poco en comprender que se trataba de un satitya. Tenía unos enormes cuernos que rozaban el suelo, donde el arácnido se había quedado enganchado. El satitya no se detuvo, la arrastró con una fuerza brutal hasta la pared y con un golpe ensordecedor quedó aplastada. El muro tembló, varias piedras cayeron desde diferentes puntos. El satitya estaba lleno del potingue de fluidos que emanaban del cadáver. Se sacudió quitándose la mayoría.

—¡Bien hecho, Grou! —gritó de alegría Sunna que había llegado hasta Lienard a pie.

—¿Ese es Grou?—dijo sorprendido—¿Cómo le han crecido los cuernos tanto?

Grou se revolcó por el suelo para limpiarse mejor. Lienard se fijó en que sus cuernos, antes enormes, habían vuelto a la normalidad. Se quedó un momento pensando— ¿Será posible que...?

—¿Estás bien Lienard? Lo he pasado fatal —le dijo Sunna mientras le ayudaba a incorporarse.

—Creo que si, Grou me ha salvado. ¡Gracias! —dijo Lienard dirigiendole una pequeña reverencia a la bestia que yacía echado en el suelo.

—Parece que le has caído bien, los satityas no suelen involucrarse de ésta manera con desconocidos —dijo Sunna mientras Lienard recogía su bastón y lo plegaba.

—Pues estoy en deuda con él, podría haber muerto —contestó Lienard, sacudiéndose la camisa para quitarse los restos de mucosidad que se había quedado pegada en sus prendas—. Ésto no sale —dijo frustrado.

El satitya se levantó curioso, aproximándose a Lienard. Este le observó sin moverse, intimidado por la bestia. Grou dio una serie de tiernos cabezazos contra el hombro derecho de Lienard, que le hicieron soltar un quejido. La herida de la dentellada le dolía.

—¡Lienard! ¿Estás sangrando? —dijo Sunna preocupada, le separó el cuello de la camisa lentamente para ver mejor.

—No te preocupes, creo que es superficial —dijo Lienard, que aún estaba invadido por la adrenalina derivada del desafortunado acontecimiento.

—¿Seguro? Parece feo —dijo Sunna arrugando la cara de preocupación—. Montemos en el carro. Empieza a oscurecer y no quiero arriesgarme a encontrarme otro de esos bichos —soltó con cuidado el cuello de la camisa—. ¡Vamos!

Lienard recogió la caja con los cristales rotos y se echó a andar detrás de Sunna y Grou.

—El carro está cerca, cuando escuchamos tu grito, Grou quiso venir de inmediato —explicaba Sunna moviendo los brazos—. ¿Seguro que estás bien?

Lienard asintió dos veces. El satitya levantó la cabeza con las orejas en alto, le llamó la atención un sonido que los chicos aún no podían oír, luego emitió un gutural grave acabado en un sonido ahogado y agudo. Lienard se sobresaltó.

—¿Qué pasa? —preguntó alterado mirando a todos lados— ¿Más arañas? —le pareció ver las patas de una entre la maleza del bosque. Se fijó mejor, solo era el viento que mecía las zarzas.

El sonido se hizo evidente para los jóvenes, un grupo se acercaba.

—Les está llamando —respondió Sunna— señalando a las luces en el cruce que se aproximaban.

Cuatro guardias montando a caballo llegaron hasta ellos.

—Hemos visto el carro desde las torres, ¿va todo bien? —preguntó el primero.

—Yarnes, ¡ha sido horrible! —exclamó Sunna— Una araña enorme nos ha perseguido medio kilómetro, su cadáver está un poco más adelante.

—¿Una araña gigante? —dijo riendo uno— ¿Qué pasa Sunna? ¿Este tío te ha drogado?

—Cierra el pico Oto— le replicó Yarnes. Oto bajó la cabeza como un niño que había hecho algo mal—. ¿Ustedes están bien?

—Yo estoy bien, él se bajó del carro para enfrentarse a ella. Está sangrando por el hombro izquierdo. —respondió Sunna.

—Behel, échale un vistazo a su herida. —ordenó Yarnes, el segundo guardia se bajó del caballo al escucharle.

—Veamos, ¿qué pasó? —preguntó Behel observando la zona afectada.

—Me tiró al suelo, inmovilizó y mordió. Pero Grou me salvó. La aplastó contra el muro, a unos treinta pasos por allí —respondió Lienard. Behel sacó un bote transparente y un pequeño trapo limpio, vertió parte del líquido sobre el. Luego limpió la herida con cuidado.

—Parece que no es grave, te ha mordido bien pero no fue capaz de atravesar tus músculos—dijo Behel mientras le ponía un vendaje.

—¿Puede ser venenosa? —preguntó Lienard con la paranoia rondándole la cabeza.

—No suele haber arañas venenosas en Nighar. —contestó Behel.

—Tampoco arañas gigantes. —repuso Oto, Behel asintió.

—Aquí no tengo el equipo ni las condiciones son las idóneas —dijo Behel. Y, al ver los nervios del joven, agregó—: Pero si te hubiera inyectado algún veneno, a estas alturas lo notarías con un fuerte dolor por todo tu cuerpo.

—Disculpen las prisas, pero debemos echar un vistazo a la araña —dijo Yarnes—. Sunna, ¿podrías avisar del incidente?

—Por supuesto. —respondió ella.

—Bien, hablaremos en otro momento, váyanse antes de que oscurezca completamente. —acabó Yarnes con un ademán, se fue en la dirección de la araña, los otros tres le siguieron.

Se despidieron de los guardias y continuaron caminando hacia el carro. Cuando llegaron, los chicos escucharon a lo lejos las exclamaciones de los guardias, probablemente al ver el tamaño del bicho aplastado en la pared. Lienard dejó la caja en la parte trasera y observó atónito como Grou se colocaba en el sistema de correas sin ayuda. Pensó que eran unas criaturas verdaderamente extraordinarias y listas. Cuando Grou acabó de ajustarse las correas reanudaron el viaje.

La luz del sol ya agonizaba en el horizonte cuando pasaron por debajo de un arco de piedra, con un cartel en lo alto que mostraba el mensaje “Bienvenidos a Nighar”. Era en realidad un puente que conectaba los primeros edificios; dos torres grises de piedra en cada extremo del arco se alzaban por encima de las copas de los pinos. Sunna detuvo el carro.

—Espera un momento, voy a notificar a la guardia de la incidencia, no tardaré. —dijo bajándose del carro con un hábil salto.

Lienard asintió y se acomodó en el asiento. Se fijó mejor dónde se encontraba. Nighar era un pueblo pequeño pero bien cuidado, los pueblerinos vivían en armonía con el entorno. Vegetación de todo tipo se dispersaba por todas las zonas. La arquitectura de alguna de las casas le pareció de lo más curiosa, unas de roca y cemento, otras de madera, pero lo que más le llamó la atención eran las cabañas colgadas de los árboles. Estas parecían estar moldeadas a conciencia para formar la estructura de las viviendas.

Aún alterado por el encuentro con la araña, Lienard intentaba relajarse. Soltó un gran suspiro y alzó la vista hacia el cielo. Las estrellas comenzaban a brillar con fuerza. Algunas luces tenues aparecieron en las casas y cabañas. Lienard se preguntó qué tipo de tecnología usarían aquí para obtener energía. El cielo se llenaba de más y más estrellas, un espectáculo que en la mayoría de zona pobladas no se podía percibir a causa de la contaminación lumínica.

La puerta del edificio se abrió de golpe, lo que sobresaltó a Lienard. Un hombre vestido completamente de negro salió de la torre, con una capa que rozaba el suelo y un sombrero de ala ancha. Su rostro se ocultaba bajo una escafandra. Pasó al lado del carro sin detenerse. Lienard se preguntó quién podía ser el extraño individuo, que se alejaba calle abajo a toda prisa. Le observó curioso hasta que su silueta desapareció entre los edificios y los árboles. Poco después salió Sunna.

—Disculpa la demora, había un hombre muy raro que tenía a toda la guardia alterada, no sé qué pasa últimamente. —le explicó Sunna.

—No te preocupes. —dijo Lienard sonriendo.

Sunna se montó en el carro y arrancaron la marcha.

—¿A qué parte del pueblo tienes que ir?— preguntó.

—A la calle del sauce quemado —respondió Lienard.

—¡Ah! Está cerca de aquí, llegaremos enseguida.

—Por curiosidad, ¿ese hombre que mencionaste era el que salió antes de ti? ¿Iba de negro? —preguntó Lienard.

—Si, con capa y sombrero. Estaba montado un alboroto cuando entré. —contestó Sunna.

—¿Qué decía? —preguntó de nuevo, arrugando la frente.

—No lo sé, no me enteré muy bien, algo sobre un robo o saqueo —se quedó pensando un momento—. También escuché algo de una masacre, que tendrían que responder con violencia si lo querían detener o algo así.

Lienard se movió inquieto en el asiento.

—¿Pero quién es? ¿Es un delincuente? — exclamó confundido Lienard que no había entendido bien la historia.

—Tampoco lo sé, no es de este pueblo —respondió Sunna poniendo morros—. De todas formas me pareció que estaba alertando, no amenazando. Pero no entendí bien lo que contaba y los guardias no quisieron dar explicaciones. Al menos, hasta asegurarse.

—¿Asegurarse de qué? —preguntó Lienard, Sunna se encogió de hombros con cara de no saber más.

—No te preocupes, podemos fiarnos de la guardia. Si averiguan algo que el pueblo deba saber, lo sabremos. —dijo Sunna dulcemente, eso le tranquilizó.

Los chicos disfrutaron del camino en silencio, ver pasar las casas y cabañas era un espectáculo. En la calle no quedaba nadie.

Pasaron al lado de una enorme estructura arbórea que recordaba a un castillo medieval.

—¿Qué es eso? —preguntó Lienard señalándola.

—Es la escuela del pueblo. Aquí acuden personas de todas las edades para aprender y enseñar. Son pioneros en bioarquitectura, todos sus estudios intentan buscar soluciones para vivir en armonía con el entorno que nos rodea. Éste mes han escogido la temática medieval, por eso tiene forma de castillo. —acabó Sunna orgullosa de ello.

—¡Increible! Es una pasada, ¿cómo lo hacen? —preguntó Lienard curioso.

—Bueno, tendrás que ir algún día para descubrirlo —dijo Sunna guiñándole un ojo—. Es gratis, puede entrar todo el mundo. Siempre y cuando no causen problemas, claro.

Lienard asintió con la cabeza mientras fantaseaba con la idea de aprender los conceptos que podría brindarle la escuela.

—¡Hemos llegado! —Los satityas se detuvieron al oír la voz de Sunna— Ésta es la calle del sauce quemado, yo cogeré este desvío. La calle no es muy grande así que llegarás pronto a tu destino.

Lienard se bajó del carro con la mochila colgada del hombro sano.

—Gracias Sunna, Grou, Nina. Han sido muy amables conmigo —hizo una pausa tratando de recordar algo importante—. ¿Cuánto te debo por la caja de alcohol?

—¡No seas tonto! De no ser por ti quizás ahora estaría muerta, o peor, Nina y Grou. No te preocupes por la caja, mi padre lo entenderá. Por cierto, yo vivo un poco más abajo siguiendo este desvío. En un gran molino. Espero que vengas a visitarnos algún día, ¡mi padre hace el mejor pan de Nighar!

Lienard volvió a darle las gracias y se despidió de Sunna y los satityas que partieron de inmediato. Continuó caminando por la calle un par de minutos.

Se detuvo delante de una gran casa de piedra y cemento de varios pisos. La fachada de la vivienda estaba descuidada. Hacía tiempo que nadie vivía aquí. Sacó una llave de uno de los bolsillos de la mochila y abrió el portón de la casa. Entró y mientras arrastraba el portón para cerrar le pareció ver al hombre de negro plantado en frente de la casa, observándole. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No estaba seguro de si se lo había imaginado. El portón ya estaba cerrado, y no quería abrir de nuevo para comprobarlo. Pensó que ya había tenido suficientes aventuras por hoy. Estaba cansado y ahora solo quería dormir.

2. Juni 2019 01:34:59 0 Bericht Einbetten 0
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