En Aguas Mansas Follow einer Story

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Un viaje a un apacible río de la infancia, se transforma en una batalla contra la muerte


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Peligro a raudales

I


Mi madre es hondureña, nació en un pueblo llamado Lomitas y durante nuestra infancia fue el destino predilecto para las vacaciones de agostinas. El viaje era largo y tedioso, desde El Salvador, lugar donde residíamos (específicamente en la capital) eran casi catorce horas de viaje, por todos los climas posibles. Desde el calor de San Pedro Sula, la briza marina de Puerto Cortés, las interminables fincas de banana de Colón y las lluvias de Yoro. Para un adolescente como lo era en ese entonces, viajar hasta esos lares era poco atractivo.

Lomitas era más bien un pueblo pequeño. Había viajado desde mi país natal hasta el de mi madre a pasar unas cortas vacaciones. Era lo que recordaba de cuando vine a los cuatro años, la casa de mi abuela quedaba en una elevación donde el camino se dividía en dos, cada uno llevaba a un río diferente, el más grande, coincidentemente, llevaba al río más grande de la zona, el Aguán, y el más pequeño llevaba al río Monga. En la capital de donde venía, los ríos son pocos y los que hay están contaminados o peor, así que la idea de nadar en agua cristalinas era una idea que me alentaba a salir todos los días a jugar en el agua, no sé nadar, aún al día de hoy.

El Aguán no era una opción para un inexperto como yo, aún mi madre quien creció rodeada de afluentes y manantiales, le tenía respeto a su cause violento e impredecible. El Monga, por el contrario, era tranquilo, así que se transformaba en mi destino predilecto.

La corriente no era un problema y las zonas más profundas podían evitarse con facilidad, un lugar ideal para alguien que además de no saber nadar, temía sumergirse.

Ese día había llovido desde la mañana, una precipitación moderada, al menos sobre Lomitas. Mamá deseaba lavar la ropa en el río ya que era algo que no hacía desde hace varios años y era en sí una actividad recreativa interesante. Mientras ella lavaba, mi hermana y yo, la tenderíamos sobre las rocas. A pesar del poco sol que iluminaba, el viento era el suficiente para que la mayoría secara antes de terminar.

—¡Adonis! —gritó mi hermana desde la otra orilla del río.

—¿Qué quieres? Estoy buscando cangrejos.

—Vamos abajo, hay una poza y podemos lanzarnos desde las rocas, ¡vamos!

—No gracias, estoy bien aquí, además no sabemos que tan profunda en la poza y es peligroso, si sigues insistiendo le diré a mamá para que te saque ella misma.

Mi hermana había fruncido el ceño como acostumbraba hacer cuando algo la molestaba. Sin embargo dejó de insistir y se acercó a donde me encontraba. Levantaba las rocas más grandes, según me había enseñado mi tío el día anterior, así podría encontrar cangrejos u otros animales acuáticos. La vida silvestre me fascinaba de tal manera que podía pasar todo el día absorto en ello y era una de las cosas que más me gustaban del campo.

—¡Hey, vengan! —era mi mamá a lo lejos, ambos nos acercamos de inmediato, las nubes se habían puesto oscuras, y eso que era ya el mediodía— iré a hacer almuerzo, ¿quieren venir o se quedarán?

—Yo me quedaré —respondí.

—Yo también —agregó mi hermana.

—Quédense aquí —refiriéndose a la parte cercana al camino que llevaba al río, era la parte menos profunda del lugar y por ende un cruce hacia el otro lado— no vayan a la poza y no vayan al otro lado que no conocen y se pueden perder.

—Si, tendremos cuidado...

Mamá nos dejó, minutos después empezó a llover.


II


La lluvia era fría, y el río no tardó en bajar su temperatura también. Mi hermana y yo temblábamos de frío, pero eso no nos detenía a seguir jugando. Hacíamos de todo, lanzarnos agua y empujarnos o intentar correr entre las lisas ricas que yacían a nuestros pies. Eramos dos muchachos capitalinos que apenas si habían ido al mar un par de veces y el ambiente del campo era todo un mundo nuevo. Luego de casi media hora, la lluvia había arreciado y el viento traía un olor húmedo desde la montaña.

—Niños, salgan del río, puede venirse una creciente —nos alertó una señora desde la orilla.

—¿Una creciente? —pregunté.

—La corriente del río crece cuando llueve en la montaña, ¡ahorita debe llover horrible allá arriba! Tengan cuidado.

—Ya oíste a la señora, vamos.

—No quiero, quedémonos un ratito más, ¿si?

—Puede ser peligroso, no sabemos nadar, andando.

—Eres un aguafiestas —masculló mientras salía del agua— espera, se me cayó la cadena.

—¿La que te regaló la abuela?

—¡Sí!

—Espera, iré a ver.

Sumergí mi cabeza varias veces, no podía ver gran cosa, pero el brillo metálico de la cadena, pensé, sería fácil de ver.

—¡No veo nada!

—Quizás más abajo.

—Vale...

Más abajo significaba más profundo. Unos intentos después, logré identificar la cadena, cerca de una roca grande. En mi afán, no me percaté que el río se había puesto aún más frío y que habían crecido también. Al estirar la mano para alcanzar la cadena, la corriente creció de golpe y la roca que estaba cerca calló sobre mi mano.

—¡Ah! —grité.

—¿Qué pasó?

—Una piedra me aplasta la mano, no la puedo mover.

—¡Sal de ahí ya!

—¡No puedo!

—¡Mira allá! ¡debes salir de inmediato!

Mi hermana señalaba río arriba, a lo lejos, podía verse que lo que la señora nos había advertido, una creciente. Era una ola de agua turbia que venía a una velocidad sorprendente. Tenía unos pocos segundos para salir del río antes de ser arrastrado.

—Te ayudaré...

—No —interrumpí— no vengas, ve por ayuda, yo sacaré la mano como pueda.

—Pero...

—¡Vete!

La pequeña salió corriendo a casa, no deseaba que viera lo que estaba por ocurrir. Con todas mis fuerzas afirme mis pies como un último intento para liberarme. Al hacerlo, la roca cedió, liberándome, sin embargo era demasiado tarde. Justo en ese momento, la creciente estaba a escasos metros de mí, lo único que pude hacer fue cerrar los ojos y respirar lo profundamente.

El golpe del agua fue tremendo, me arrastró de inmediato sin que pudiera evitarlo de alguna manera, giro tras giro, el río y la inclemencia de sus aguas me llevó sumergido quien sabe cuantos metros. Sin respirar, sin saber hacia donde me dirigía, lo único que podía hacer era aferrarme a mi mismo e intentar de alguna manera mantener la cabeza fuera del agua.

Con todos mis esfuerzos para que mi cabeza estuviera a fuera del agua todo el tiempo posible, perdí la noción del tiempo y del espacio, ya no atinaba cuanto llevaba arrastrado por la corriente del río ni en que dirección me dirigía. No tenía oportunidad alguna en pensar en nada que no fuera el no ahogarme, sin embargo no podía hacer mayor cosa. Quizás una persona experimentada en natación hubiera pasado por aquello sin tantos problemas, pero para mí era sin duda alguna, la experiencia más cercana a la muerte que había tenido jamás. En cierto momento, la oscuridad se apoderó de mí, estuve demasiado tiempo sumergido, lo cual hizo que perdiera el conocimiento.


III


Lo que me despertó fue la enorme cantidad de agua que había en mis pulmones. Empecé a toses de forma desesperada hasta el punto en el que me causó un dolor muy agudo en el abdomen. Estaba sobre una roca de considerable tamaño justo en medio del río. De alguna manera había parado ahí, deteniendo mi avance desenfrenado. A esas alturas ya no me encontraba en el río Monga, sino que en el Aguán, que era por mucho más caudaloso, pero eso no lo sabía, no conocía esa área como para distinguir entre uno y otro.

La roca donde desperté tenía el tamaño ideal para sostener a una persona, y era, hasta donde podía observar, lo suficientemente firme para no rodar y terminar aplastándome. Decidí entonces quedarme ahí, recuperar aliento y pensar en como llegar a tierra firme sano y salvo, pero mi intento de recuperar fuerza duró poco.

Los primeros indicios de que algo malo iba a suceder, eran unas ramas que empezaron a llegar una tras otra, debía apartarlas con las manos para que no se acumularan en mi roca, en ese momento comprendí que eran ramas que el río arrastraba por la creciente. Unos minutos después, el color del agua cambio, volviéndose turbia, así como la que me había arrastrado hasta ahí. Las ramas de poco en poco se transformaron en troncos de gran tamaño, llegando a lo inaudito: un árbol entero.

Tuve tiempo de ver lo que sucedería y tomé una de las ramas que pasaron a mi lado y me lancé al agua, lo hice justo a tiempo, ya que el árbol impactó con la roca y de haber estado ahí sin duda alguna no hubiera salio ileso. A medida que avanzaba, me daba cuenta de lo lejos que era arrastrado, sabía que esos ríos iban al mar, ya que mi madre así lo había mencionado, pero desconocía en que momento el río iba a desembocar o donde lo haría.

Me vi obligado a esquivar varias rocas más y otras ramas que se acercaban a mí de forma peligrosa. Pensé que de esa manera en algún momento el río perdería fuerza, no obstante, mis esperanzas se vinieron abajo cuando, llegado a una zona de rápidos, pude divisar que la corriente no solo era más violenta, sino que las rocas de esta habían detenido las ramas de hace un rato. No pude hacer mucho, más que aferrarme a la rama que mantenía a flote y esperar no ser golpeado por las rocas. Estaba cansado, mis brazos y piernas estaban magullados por los golpes que recibía constantemente y apenas podía asirme de lo único que me mantenía a flote, todo estaba en mi contra.

Cerré los ojos, quizás en un intento vano para desear que todo aquello fuera una pesadilla y despertar en casa de la abuela, sin embargo un dolor pulsante en mi mano me llevó de vuelta a la realidad. Mi mano derecha había quedado atorada de nuevo, esa vez, en entre unas ramas y las rocas del rápido. Me había atorado de tal forma que el río me hacía chocar contra las rocas de forma violenta, hasta que una corriente, aún más fuerte de la que ya me estaba arrastrando, me liberó de golpe.

Al hacerlo, tuve un momento de lucidez. Mientras sostenía mi muñeca, la cual sangraba profusamente, pensé que dejarme llevar era una opción y que podía poco a poco acercarme a la orilla. De alguna manera había entendido como mantenerme a flote por mi cuenta y después de unos interminables minutos, pude hacerme a la orilla y salir por fin del río.

El frío era tal que todo mi cuerpo temblaba, mi ropa se había rasgado y eran pocas las áreas de mi piel que no estuvieran laceradas o con hematomas. Mi condición era deplorable, el dolor era intenso y el llanto no tardó en hacerse presente. Lloré tanto por mis heridas y los golpes, ya que era como si varios tipos me hubieran asestado una paliza, como por la experiencia traumática que significa para una persona que no sabe nadar, sino que además le temía a las profundidades. Quedé dormido del cansancio, entre las ramas de un viejo sauce llorón.


IV


La sensación de frío me calaba hasta los huesos y eso me hizo despertar. Era ya tarde, quedaban, a lo mucho, un par de horas de luz. La herida de la muñeca era grande, pero la hemorragia ya había cedido, sin embargo el corte de la piel era profundo y podía ver con claridad mis venas, arterias y tendones. Al principio aquello que causó cierto pánico, pero supe reponerme y tomar el control de mis emociones. Rompí mi camisa, cosa que no me resultó para nada difícil, y realicé con el jirón de tela un torniquete improvisado. No me ayudaba en nada con el dolor, pero no deseaba ver aquella herida.

Ya que había sido arrastrado río abajo, empecé a caminar hacia arriba. Pensaba que de esa manera llegaría hasta donde se encontraban mis seres queridos o con suerte, ellos me encontrarían a mí. El camino era accidentado, procuraba ir cerca de la orilla, pero con espacio suficiente entre ella y yo para evitar caer al agua de nuevo. Apenas si podía mantenerme despierto, mi cuerpo exigía que me tirase al suelo y despertar solo después de una semana de sueño, pero un lujo que no podía darme todavía. Caminaba dando tumbos, a veces me detenía a descansar, tomar aire o simplemente no era capaz de continuar debido a mi maltrecho cuerpo. Además del río, lo único que observaba eran los campos de palma y de banana, incluso tomé unas maduras que encontré de paso, pensé que quizás adentrarme en esos sembradíos me haría regresar a casa más rápido, aunque abandoné la idea de inmediato, no sabía con qué tipo de personas me toparía si acaso lo hacía.

Por falta de conocimiento, llevaba la mano herida colgando sin cuidado alguno, cosa que provocó que el sangrado comenzara de nuevo. Era una hemorragia tal que el jirón de tela que había colocado a manera de torniquete quedó empapado de sangre en segundos. Volví a amarrar otro trozo de camisa, un poco más apretado que lo anterior y empecé a andar con mano arriba, pegada a mi pecho. Lo inevitable por fin sucedió, la sangre corría por mi abdomen y me sentí pálido. El frío era cada vez peor y me sentía mareado por momentos, la idea de perder el conocimiento y morir desangrado me aterraba, más con eso no me detuve, seguí caminando hasta que oscureció.

Llevada la noche, la hierva que crecía a la orilla de río, el cual ya había calmado su corriente, se llenó con luciérnagas que parpadeaban en sincronía, espectáculo que no presenciaba desde que estuve de visita la primera vez en esas tierras cuando tenía unos cinco años. Era una belleza inigualable, y yo, habiéndome quedado sin fuerza alguna, solo pude recostar la espalda a un árbol y contemplar la noche. El ruido de los insectos y el agua que fluía, la luces de las luciérnagas y de la luna misma allá arriba en el cielo, me causaba una extraña alegría dentro del corazón. Decidí entonces, cerrar los ojos y dormir lo que mi cuerpo pensara conveniente, aún si eso significaba no despertar nunca.


V


El café que prepara mi abuela lo hace ella misma. Paso a paso, desde tostar los granos acompañados de arroz y algunas semillas de cacao, haciendo una mezcla difícil de olvidar. Y precisamente, fue lo primero que llegó a mis sentidos, el olor intenso a café hirviendo en la cocina. Abrí mis ojos despacio, la luz de la mañana me era molesta. A mi lado se encontraba mi hermana, había posado su mano sobre la mía, la cual estaba vendada. Dormía, quien sabe desde cuando estaba ahí vigilando mi sueño, tomé su mano y la apreté con fuerza, lo que provocó que despertara y empezara a llorar.

—Perdóname, hermanito...

Repetía una y otra vez.

—Ya, no te preocupes, estoy bien, ¿si?

—¡Mamá! ¡Adonis ya despertó!

Un barullo sustituyó la calma de la mañana, toda la familia que estaba en casa corrió a verme, entre sollozos y risa de alegría.

—¡Hijo, casi te pierdo!

—Mamá... ¿Cómo me encontraron?

—Salimos todos a buscarte río abajo, pensamos que si era necesario llegaríamos al mar... Te encontramos lleno de sangre, has dormido tres días seguidos.

—¿Tres días?

—¿Como te sientes? —preguntó mi hermana.

—Me duele todo, como si un auto me hubiera arrollado.

—Fuiste arrollado por la creciente, es casi lo mismo —agregó mi hermana.

—¿Tienes hambre?

—Esperen, ¿como está mi mano? No puedo moverla.

—Está bien, la doctora dijo que estarás así mientras no te baje la inflamación.

—Entiendo...

Entre todos me ayudaron a ponerme en pie para ir a la cocina. La abuela me esperaba con una tasa de café y tortillas de harina. Mi hermana me asistió en la alimentación y todos comenzaron a narrar desde que el río me llevó hasta cuando me encontraron y como fue de complicado traerme de regreso.

Por mi parte intenté narrar mi odisea, pero todo lo que contaba parecía una fantasía, si no hubiera sido por el estado en el cual me encontraron, supongo que nadie me hubiera creído. Les conté de como fui arrastrado y como fui a parar sobre una roca enorme en medio de las turbulentas aguas del Aguán, también sobre la manera en como me había herido la mano. Todos me escuchaban con especial atención y mi madre en muchos pasajes de mi historia no pudo contener las lágrimas. Mi hermana también lamentaba que de no ser por haber perdido la cadena, quizás nada de eso hubiera pasado.

—No existen los hubiera, me alegro haber sido yo y no tú.

—Pero casi te mueres.

—Casi, esa es la clave.

—¿Qué puedo hacer para pagártelo?

—Harás mis labores en casa por dos meses.

—¡Hecho!

—No tiene gracia si lo aceptas tan fácil.

La risa de todos se hizo presente alegrando el lugar, otros familiares empezaron a llegar al escuchar lo sucedido, llevaban fruta y demás regalos, me trataban como a un verdadero sobreviviente y pues creo que de alguna manera lo era.

Las vacaciones terminaron unos días después, justo cuando me retiraron los puntos de la herida. Me despedí de mi familia materna y partimos de ahí en el primer autobús de la mañana. Llegamos al día siguiente a la capital.

Recuperé la movilidad de mi mano y solo me quedó una cicatriz, la cual se nota mucho. Desde ese incidente, las veces que visité a la abuela fueron pocas y visitar el río suponía un choque se sentimientos. Había ganado respeto hacia sus aguas, y muy a menudo, mientras me sumergía, recordaba aquella sensación desesperada de antaño.

Han pasado ya quince años de aquello y los recuerdos aún permanecen frescos. Debido a lo ajetreado de mi día a día, aún no he aprendido a nadar, es una deuda que tengo conmigo mismo y con los ríos Aguán y Monga.

Espero viajar de nuevo pronto y poder nadar en ellos sin miedo, ya sobreviví a sus peores embates, creo que ya nada podría detenerme, mi meta es algún día recorrer a nado el tramo donde fui llevado por la creciente y salir ileso, no sé cuanto tarde en lograrlo, pero es una meta de vida para reconciliarme con esas bellas aguas de mi segunda patria.

18. Mai 2019 23:21:52 8 Bericht Einbetten 10
Das Ende

Über den Autor

Baltazar Ruiz ¡Hola! Soy Baltazar y este es mi espacio, acá encontrarán desde terror hasta ciencia ficción. Trato de dar lo mejor de mí en mis historia y me gusta ayudar a los demás, si puedo servirte en algo lo haré gustoso.

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Post!
Flor Aquileia Flor Aquileia
O sea, que sobreviviste a semejante cosa y estas acá ahora relatándonos esa terrible experiencia. Sin dudas un afortunado. Excelente amigo!!
21. Mai 2019 12:21:59

  • Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
    Lo que no te mata te hace más fuerte! 21. Mai 2019 12:25:51
F. Ciamar F. Ciamar
Muy buen relato... vaya "aventura" por la que pasó.. eso si, me sorpende que lo hayan dejado jugar en el rio si no sabia nadar. . Me encanta tu forma de escribir, me hizo imaginarme todo muy vividamente sin entrar en detalles innecesarios.
20. Mai 2019 09:48:31

  • Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
    Es algo que aún le sigo preguntando a mi mamá 😅 creo que al haber estado viviendo tanto tiempo lejos de ese río se confío demasiado 20. Mai 2019 10:03:07
Michelle  Camacho Michelle Camacho
Me gustó mucho, interesante y con mensaje. También me gustó mucho la personalidad del protagonista, no debemos rendimos jamás!
18. Mai 2019 20:21:15

  • Raül Gay Pau Raül Gay Pau
    Aunque caigas una y otra vez hay que levantarse con más ahínco. Sin olvidar que todos los sentimientos son naturales, el problema es cuando te obsesionas. 20. Mai 2019 04:12:12
~