El emigrante Follow einer Story

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Víctor es un joven integrado en el sistema socialista que gobierna su país, sin embargo, a raíz de acontecimientos acaecidos en la década de los años ochenta, se plantea la posibilidad de estar equivocado en sus creencias y decide cambiar el rumbo de su vida. El cambio puede ser muy radical e irreversible. Novela de ficción donde se relatan algunos hechos reales, que se mezclan con drama, historia, política, amor, sexo, engaños e intriga y en la que cualquier semejanza con la realidad es sólo fruto del azar, o tal vez... no.


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1980

1980


El aroma dulce e intenso del follaje tropical que se abrió más adelante y la putrefacción, flotaron en el aire mientras el zumbido de los insectos llenó la noche.

Estaban agotados, sudorosos y los cuerpos y las ropas apestaban a maleza.

Llevaban todo el día rastreando la sierra en busca de alzados, sin el apoyo del refuerzo prometido que no llegó.

Eddy se detuvo por un momento.

Estaba hambriento y su estómago rugió como si tuviera un león dentro, pero ocultarse de los insurrectos que merodeaban por la cordillera era la principal necesidad.

Formaba parte del juego. Una exhibición más de la habilidad para permanecer vivo, en un lugar donde la probabilidad era bastante reducida.

Notaba mucho cansancio.

Desde la llegada al infierno –así prefirió llamar a aquel lugar–, apenas había descansado; dormir podía llegar a costar la vida.

Vivía en constante tensión, la ansiedad, se convirtió en su mejor compañera –aunque difícil de soportar– y su cuerpo, de cinco pies y siete pulgadas de estatura, perdía peso.

No podía precisar la pérdida, pero fue consciente de la disminución de la masa corporal, porque las costillas comenzaban a ser visibles.

Continuó descendiendo por la peligrosa pendiente y llegó al meandro de un río, donde un árbol caído se adentraba en el agua.

Se percató que llevaba un largo tiempo sin ver a su amigo.

Giró y buscó a Julio.

Estaba sentado en el tronco del árbol caído.

Lo acechó mientras se distraía encendiendo su último Vegueros.

Estaba demacrado, barbudo, flaco; como él.

Aguardó hasta que concluyó. Le hizo un ademán para que lo siguiera y continuó andando, sin prestar atención a la tenue luz del pitillo que podía delatarlos.

—Qué carajo. –Se sobresaltó, al pensar si había llegado el momento en el que, después de todo lo visto y sufrido en el horripilante paraje, las cosas daban igual y se retaba impunemente a la muerte.

Dejó a un lado las cavilaciones y continuó la marcha concentrado.

Precisaba llegar lo antes posible al campamento construido en lo intrínseco de la sierra, antes de batir la zona repartidos en seis patrullas.

Tenía que ultimar, aunque fuera durante unas pocas horas, la espeluznante y real pesadilla que comenzó cuando la patrulla en la que estaban integrados, resultó aniquilada en su totalidad.

Sólo ellos sobrevivieron al enfrentamiento con los denominados alzados y aún podía visualizar la encarnizada lucha.

El desconcierto fue enorme.

La metralla, las granadas arrojadas, las balas disparadas por los rifles y ametralladoras de ambos frentes, esparcidas por la zona, espantaron la fauna y abatieron a unos y otros contendientes.

Tras dos horas de duro y encarnizado combate –que dejó sobre la tierra húmeda más de dos docenas de cadáveres mutilados, ramas de árboles fracturadas, animales muertos, olor a pólvora y restos de metralla por doquier–, los disparos se extinguieron junto con las vidas de los enfrentados.

Fueron los únicos capaces de salvar sus vidas y escapar de la carnicería.

Prosiguieron el descenso por la ladera escarpada de la cumbre de la montaña carente de vegetación, donde los escasos árboles no formaban impenetrables masas y donde en algunos sitios, voluminosos troncos yacían en el suelo.

Secó el sudor de la frente con la palma de la mano derecha.

El calor resultaba asfixiante a pesar de los nubarrones que anunciaban la inminente tormenta, ya muy cerca y de la oscura noche que se cernía sobre ellos.

Aceleraron el paso sin dejar de ser cautelosos.

En ocasiones descubrieron huellas de pisadas de personas y como si no fuera suficiente para intranquilizarlos, el terreno por donde transitaban era poco firme, resbaladizo y muy peligroso.

—No me explico que carajo hago aquí jugándome la vida. –articuló sin poder contenerse por más tiempo, sin detenerse, pero frenando el impulso adquirido en el descenso.

—Deja las majaderías coño. Sabes que hay que acabar con todos los gusanos que quieren joder la Revolución.

—No jeringues chico, deja la charla ideológica. –Giró con rapidez encarando a su amigo–. Mucha de esta gente era fiel a Castro y a Huber Matos.

Calló un momento, chasqueó la lengua y continuó.

—Habría que pensar, que provocó que esta gente cambiara de bando.

—No hay nada que pensar. Traicionaron a la Revolución. –chilló Julio–. Por eso muchos están en la cárcel como Huber y otros muertos.

—Revolución… La palabrita se hará famosa junto con todos los que estamos aquí si nos mantenemos con vida. No estoy muy seguro de que Matos sea un traidor.

Como siempre, existían dos versiones; la de Castro, quien aseguró que Matos organizó una sublevación en Camagüey, que estuvo a punto de provocar un combate sangriento, que según el comandante, detuvo por teléfono.

Fidel, declaró que se trasladó con Camilo Cienfuegos, a Camagüey y que fue al regimiento con el pueblo sin armas.

Mantuvo que sabía que las tropas de Huber no dispararían por el efecto del impacto moral, aunque tampoco ocultó que Camilo se adelantó y desarmó a Huber antes que él, llegara en compañía del pueblo, sin embargo, la otra versión era muy distinta.

Según el propio Huber, en octubre de 1959 escribió a Fidel: «Quiero regresar a casa, abandonar toda actividad pública, porque no comparto lo que está ocurriendo. Muchos grandes hombres, han caído en desgracia cuando sus hechos se han visto enfrentados a sus declaraciones. Creo en la democracia y creo que lo que se está construyendo es otra cosa. Te deseo Fidel, toda la suerte del mundo y los mayores éxitos».

Este respondió tratando de hablar por teléfono con Huber, pero rehusó.

Fue entonces, cuando recurrió a Camilo, quien guardaba excelente relación con Matos.

Antes de partir, Fidel le advirtió: «Dile que dentro de la Revolución todo, pero fuera, nada».

Camilo, viajó a Camagüey y de regreso a La Habana, informó que Matos estaba convertido en una persona muy popular en la provincia y rodeado de tropas fieles, comandadas por oficiales con experiencia en la Sierra Maestra.

Casi de forma simultánea, Fidel, recibió un nuevo mensaje de Huber. «He ordenado a mis hombres, que bajo ningún concepto disparen contra nadie, ni siquiera, contra los sicarios que enviarás para que me degüellen. No quiero derramar ni una sola gota de sangre cubana».

Fidel, decidió que tenía que actuar rápido y varios mítines más tarde, en los que dejó entrever lo que ocurría, después de intentar abrir un proceso judicial a Matos, por conspiración contra el estado, en el cual no obtuvo lo que pretendía –solo consiguió un voto–, protagonizó la manifestación que lo detuvo sin oponer resistencia y fue encarcelado con los presos comunes.

Camilo, antes de la detención, recriminó a Fidel lo que estaba ocurriendo. Le dijo que usaba el prestigio de la Revolución y de los revolucionarios, para asentar una dictadura personal. Fidel no replicó.

Pocos días después del encarcelamiento de Matos, Camilo desapareció en un accidente de avioneta inexplicable y por aclarar; según el gobierno, en las poco profundas y cristalinas aguas del Mar Caribe.

—Calla carajo y no digas más pendejadas. –vociferó.

Eddy calló.

La montaña constituía un territorio diferente y con muchas peculiaridades; una de ellas, lo lejos que se propaga el sonido. En la sierra silenciosa, una plática entre dos personas, en tono normal, se puede escuchar a trescientos metros.

Más tarde, en silencio, irrumpieron en el bosque tropical mixto, dominado por arbustos y hierbas altas, donde destaca por su altura y abundancia, la palma real, que se mezcla con los ceibos, caobos, cedros y jiquís de madera dura y negra.

El calor, más soportable, comenzaba a aplacarse a causa de la ligera brisa, que soplaba secando los uniformes de color verde olivo, que cubrían sus cuerpos y que adquirieron tonalidad oscura empapados por el sudor.

Las espesas nubes impidieron el paso de la claridad de la luna y la total oscuridad dificultó mucho la visibilidad.

Julio se detuvo.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te paras?

—Calla. –Levantó la mano frente a su pecho y se concentró en los ruidos de la noche–. Me pareció escuchar pisadas. –añadió en un susurro.

—Venga, tira para delante. Salgamos de aquí de una puñetera vez. –gruñó Eddy a su oído sujetando el fusil con excesiva fuerza.

—Calla carajo.

Se adelantó tres, o cuatro metros y escrutó en la oscuridad procurando evitar pisar con fuerza, en caso de hollar de manera fortuita, alguna rama seca que se interpusiera en su camino.

Se giró para indicar a Julio que podían continuar y fue en ese momento, al virar hacia la derecha, cuando captó el movimiento de una sombra desplazándose a pocas decenas de metros, en un lugar más alto que el que ocupaban y que apareció en su campo visual.

Corrió hacia él sin saber si les habían descubierto y lanzándose al suelo, lo arrastró en su caída.

—Mierda. –Escupió la tierra adherida a los labios cuando su boca chocó contra la húmeda tierra–. ¿Qué cojones pasa ahora?

—Una sombra... humana. Eso creo. –Su voz era casi un silbido.

—¿Seguro? –Dudó a pesar de creer escuchar pisadas. La oscuridad era total–. ¿No lo habrás imaginado?

—Imbécil. –Lo agarró por la pechera y tiró de él hasta poder sentir su aliento–. Vi una figura y creo que era humana.

—Está bien. –Se soltó dando un tirón–. Larguémonos. Con cuidado. Si nos escuchó puede que esté ahí. –Señaló hacia la maleza–. Tenemos que partirle el culo antes que nos joda.

Reiniciaron el descenso con lentitud volviendo sobre sus pasos, en zigzag, efectuando un rodeo para peinar la zona y poder tender una emboscada. No querían sorpresas.

Eddy, notó como la respiración se agitó y la tensión apareció.

Experimentó la presencia furtiva de la muerte y se sintió tan cerca de ella, que no pudo evitar pensar en Nélida.

Luchó con tenacidad para eludir los pensamientos y logró dominar la mente y concentrarse en la bajada.

No sabía a quién se enfrentaba.

Si la sombra se correspondía con un alzado sobreviviente al enfrentamiento anterior, todas las previsiones resultaban insuficientes. Existía la probabilidad de que aquel hombre, al llevar más tiempo que ellos en aquel paraje, conociera mejor la cordillera y los emboscara.

Apretó el fusil entre las sudorosas manos como si temiera perderlo.

Lo levantó cuando secó la frente con el antebrazo izquierdo.

Estaba empapado en sudor y a pesar del calor, percibió el frío que lo penetraba.

Fue consciente que tiritaba de miedo.

Quiso alejarse lo antes posible del terrorífico escenario, pero la necesidad de correr despareció cuando se percató que no existía lugar seguro hacia donde hacerlo y que representaba una forma segura de perder la vida.

Procuró relajarse, pero no lo logró y dibujó de nuevo en su mente la imagen de su esposa. Quiso estar a su lado, sobre todo, en aquel momento y eligió pensar, que, aunque no fuera posible aquella noche, al menos sería muy pronto, cuando diera a luz, si no lo abandonaba la suerte.

No eligió aquel destino, ni quiso estar en aquel lugar, en aquella estúpida lucha. No se presentó voluntario y jamás lo habría hecho, pero fue llamado a filas y en los tiempos que corrían, la única opción posible con un llamamiento a las armas era presentarse y procurar seguir con vida hasta la finalización del servicio.

A pesar de sus cortos veintitrés años estaba muy cansado, con demasiadas vivencias desagradables sobre la espalda. Cualquier joven a su edad, en una vida normal, disfrutaba de las vivencias con sus amigos en compañía de chicas hermosas, bailando en una discoteca, bebiendo ron y no como él, luchando por mantenerse vivo.

Sintió asco de aquella situación. Notó como la frustración se apoderó de su ser. Fue consciente una vez más, desde el día que llegó a aquel inhóspito y peligroso lugar, que de no ser por la esposa que le aguardaba en la ciudad, habría desertado y mandado todo al carajo, pero no podía hacerlo, la única opción que quedaba era seguir hacia delante.

Quiso gritar, llorar, aún a sabiendas de que no encontraría, ni el consuelo, ni una cálida mano femenina que secara sus lágrimas, pero logró sobreponerse, aún sin poder evitar que un par de sollozos se le escaparan.

La distracción estuvo a punto de acabar con su vida.

Su momentánea fuga anuló sus defensas naturales, que le impidieron advertir la presencia del hombre, que a escasos metros apuntaba apoyado contra un árbol.

El rostro palideció y el pánico le apresó, paralizándolo, inhabilitándolo para llevar a cabo cualquier tipo de acción.

Retrocedió un paso.

Una rama sobresaliente del irregular terreno provocó que perdiera el equilibrio al tropezar y cayó sobre la húmeda tierra.

La bala pasó silbando a la altura de su oreja.

Pensó en Julio. No sabía dónde estaba.

Logró sobreponerse y acopiando todas sus fuerzas, con celeridad, con el rifle montado, se incorporó en el instante que volvía a ser encañonado.

Elevó el arma y un nuevo disparo rompió el silencio de la sierra, terminando de ahuyentar a las pocas aves cercanas que rondaban por la zona, que principiaron el vuelo espantadas por la fuerte detonación.

Julio llegó corriendo y chocó con el cadáver.

Eddy examinaba al hombre que yacía a sus pies con un orificio en el centro del pecho. La sangre oscura que brotaba manchaba la camisa de caqui de mangas largas.

Lo miró.

Era de proporciones similares a las de su amigo y no debía superar los setenta kilogramos.

—Joder, por un momento temí por tu vida. –Resopló.

—Casi lo logra. Tropecé. Caí. –balbució sintiendo su corazón agitado, pero quieto, arrodillado junto a la víctima.

—Cabrón. –Empezó a escupirlo y patearlo en las costillas.

—Basta. Déjalo. Está muerto. –Empujó la pierna de su amigo impidiendo que continuara el castigo sobre el cuerpo inerte.

—Mierda. Que se joda. –Echó el rifle sobre el hombro–. Vamos, salgamos de aquí.

—Espera. –Lo obligó a detenerse–. Quiero saber quién era.

Abrió la boca para protestar, pero eligió no hacerlo y esperó.

Minutos más tarde, concluyó el registro sin poder palpar ningún documento, o chapa, que pudiera identificar el cadáver.

—Vamos.

—Espera un segundo. –En esa ocasión, fue él quien frenó el avance.

Se agachó y recogió el sombrero del difunto. Le dio unas vueltas entre sus manos y sacó un envoltorio de papel de un pequeño bolsillo interior, cosido de manera improvisada.

Lo deshizo y aprovechando que una masa nubosa al desplazarse, impulsada por el viento, permitió que la claridad reflejada por la luna, iluminara la sierra y ayudado por la fosforera, lo leyó antes de entregarlo a Eddy, junto con las chapas protegidas por el papel.

Este sostuvo el pliego con el nombre y la dirección escritos, en una mano y las chapas en la otra, sin saber qué hacer con todo aquello.

Por fin lo decidió y guardó todo en el bolsillo de su camisa en el momento que cayeron las primeras gotas de lluvia.

Se volvió para mirar por última vez a la víctima y emitió un desgarrador grito cuando la claridad se posó sobre el rostro. Eddy se incorporó con rapidez en la cama, en la penumbra de la habitación.

El pulso estaba acelerado y no conseguía respirar con normalidad.

Desde la llamada de Víctor comunicando su intención de pedir una visa de turismo para ir a visitarlo, no podía conciliar el sueño, lo peor era que aquella pesadilla sobre una realidad pasada, en la que al final veía el rostro de su hijo, se reproducía desde hacía una semana.

Permaneció sentado en la cama un breve espacio de tiempo, durante el cual comprobó que su mujer dormía y que no había alterado su sueño y minutos después, se arropó con la manta.

El día siguiente sería largo.

Ordenando las gestiones a realizar, se durmió.

10. Mai 2019 11:03:29 3 Bericht Einbetten 2
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LO Loreto Orihuela
me ah encantado tu prologo, pero añadiendo una critica constructiva que me hubiera encantado ver aquí, es que al hablar de la revolución cubana, me gustaría que usaras las expresiones que corresponden al sitio, a no ser que todos fueran extranjeros, seguiré leyendo.
23. Juni 2019 08:44:58

  • Steven Terrors Steven Terrors
    Hola Loreto. Estoy de acuerdo en que lo suyo sería usar las expresiones típicas de Cuba y usarlas además en los personajes, pero si quieres escribir de manera más internacional y que se entienda los extranjerismos se deben reducir al máximo posible. 24. Juni 2019 02:30:56
Mauricio Orta Mauricio Orta
Un prólogo bien narrado, que te sumerge en la tensión de la escena y cierra con un final sepulcral. La temática de la historia me ha llamado en especial la atención, y seguramente el enfoque sobre la misma levantará polémica entre algunos lectores, que por desgracia tienden a idealizar esa clase de procesos políticos "Revolucionarios". Estaré atento al resto de capítulos.
10. Mai 2019 13:58:11
~

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