Atormentada Follow einer Story

nymeria0501 Celia Cano

Ya no podía escuchar al viento rugir, no sabía si tan si quiera lo seguía haciendo, ya que dicho ruido había quedado silenciado por otro aún mayor. Quise taparme los oídos pero supongo que lo que debería haber hecho era haberme protegido los órganos. Aunque habría tenido el mismo efecto, no tenía manera de escapar y él lo sabía.


Jugendliteratur Nicht für Kinder unter 13 Jahren.

#instituto #chica #autosuperación
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Capítulo 1

Miré por la ventana mientras escuchaba como rugía con furia el viento, parecía que las ramas de los árboles tenían vida propia, imaginaba que querían volar libres y no estar ancladas al suelo, veía la libertad en ellas y como al no poder conseguirlo las ramas liberaban a sus pobres retoños, sus lindas hojas tendrían un mejor final. Eso mismo era lo que yo deseaba, la libertad más absoluta, poder ser yo. Desde la ventana también veía a los niños jugar en la calle, siempre me los encontraba riendo y disfrutando como cualquier niño debería hacer durante por lo menos toda una vida. Inconscientemente sonreí, mis problemas se me olvidaban cuando los observaba, se hacían tan pequeños que incluso dudaba que fueran reales, aunque fuese tan solo unos pocos segundos, pero...

Ya no podía escuchar al viento rugir, no sabía si tan si quiera lo seguía haciendo, ya que dicho ruido había quedado silenciado por otro aún mayor. Quise taparme los oídos pero supongo que lo que debería haber hecho era haberme protegido los órganos. Aunque habría tenido el mismo efecto, no tenía manera de escapar y él lo sabía. La puerta se abrió de golpe y yo no pude hacer nada para detenerlo, además él no iba a acordarse de casi nada a la mañana siguiente debido a su estado de embriaguez, quien le iba a culpar por lastimar a la chica que fue responsable de la muerte de su mujer, de la persona que más había amado en esta vida. Incluso tenía que dar gracias por haberme acogido y no haberme dejado abandona, como al parecer tanto quería hacer. Día tras día tengo que agradecerle mi propia vida aunque en estos instantes fuese a arrebatármela...

El miedo me inundó, esa pequeña sonrisa que tenía hace unos pocos segundos desapareció como la nada, sabía perfectamente lo que me iba a pasar y el dolor en el pecho volvió a aparecer. Cerró la puerta con una llave que solamente la tenía él y luego cerró delicadamente la ventana, estaba recreándose con cada movimiento. La habitación se quedó en silencio, tan solo podía oír mi propio corazón latiendo con fuerza, volviendo a caer en mi dura realidad, nada podría salvarme. Puede que hoy muera, puede que no llegue a mañana.

Mi cuerpo siempre se queda sin vida después de los golpes, el dolor inunda mi alma y los moratones mi piel. Me grita día tras día que es culpa mía, que estoy maldita, que maté a mi propia madre, que fui la única culpable de su muerte. Yo no quería matarla. ¿A caso la maté? La muerte, la muerte, la muerte de mi madre. Pero él no me dejaba llamarla así, decía que ninguna hija haría lo que yo le hice a mi madre, eso me lo había dejado ya muy claro. Pero yo la quería...era mi madre. Mi verdadero padre me rechazó. No. No. No. Él no es mi padre, perdió ese derecho hace años. ¿Por qué me rechazó? ¿Tanto me odiaba...? Tan solo era una niña que tenía miedo de sí misma, de lastimar a alguien más. Maldita sea, no llores, ni se te ocurra llorar, eres fuerte, ¿me oyes?

Siento otro golpe en las costillas, escupo la sangre que se amontona en mi boca, ese sabor metálico que tanto odio, pero del que me estaba acostumbrando. Ahora se dirige a mi rostro, me levanta el mentón con la mano izquierda y con la derecha deja un recuerdo en mi pómulo, un moratón más que tendré por la mañana... No sé cuánto tiempo duró la paliza pero ya he dejado de sentir sus golpes, tan solo soy consciente del dolor de mis propias entrañas, esas que posiblemente estén desgarradas. Abro mis ojos lentamente, no recuerdo cuando los cerré, la puerta y la ventana vuelven a estar abiertas. Intento incorporarme, pero soy incapaz, mi cuerpo se opone a moverse, supongo que hoy también dormiré tendida en el suelo, junto al olor de mi propia sangre.

La luz que entra por la ventana de la habitación me despierta poco a poco, no quiero hacer ningún movimiento pero al volver a escuchar la risa de los niños del vecindario busco una fuerza en mi interior y me obligo a incorporarme ya que tengo que sanar mis heridas y sí, el dolor me está matando. Estando aún sentada apoyo mi espalda en la dura y fría pared, me levanto con cuidado la camiseta. Primero miro al frente, no quiero ver como estoy pero al cabo de pocos segundos bajo mi mirada hacia la zona que he destapado, paso las yemas de mis dedos por mi propia piel con cuidado y delicadeza, aunque eso no impide que solloce de puro dolor.

Me arrastro hacia la cama y de debajo de ella saco unos ungüentos. No parece que tenga ningún hueso roto, así que me curaré más rápido que la última vez, es una buena noticia al fin y al cabo. Con un paño mojado humedezco mi piel y lo paso lentamente por todo mi cuerpo, debo quitarme esta sangre seca. Miré las heridas de mi cuerpo, estaban infectadas, tenían un color verdoso y supuraban un líquido extraño, sin pensármelo mucho apreté con fuerza mis uñas alrededor de las heridas para que saliese todo el pus posible, cada vez hacía más fuerza y empezó a salir gran cantidad de esa sustancia verdosa mezclándose con gotas de sangre. ¡Mierda! ¡Duele! Mordí con fuerza un paño para no gritar y luego me apliqué unos antisépticos. ¡Escuece!Recuerda que no le debes molestar, así que no grites, no le des razones para que suba y vuelva a terminar lo que empezó ayer.

Después de aplicarme las curas, me vendé las heridas con unas gasas, que estaban empapadas en yodo. Camino hacia el lavado contiguo a la habitación y me observo en el espejo que hay de cuerpo completo. Me desnudo, dejando ver aquello que mi ropa intenta tapar desesperadamente, cada una de mis marcas. No le doy importancia a la celulitis y a las estrías, sino que veo cada una de mis heridas, las de hoy, las de hace unas semanas, las de hace unos meses y las que me causé yo misma. Me acerco aún más para observar mi cara, los cortes en el labio, la nariz hinchada y los moratones en mi rostro. Me miro y no me reconozco, no quiero ni parpadear, tan solo deseo absorber cada fisura que tengo, cada herida... Lloro, ¡no lo aguanto más! Pero no lloro por el dolor, sino por la impotencia. Cristina. Cristina. Cojo aire. Cristina. Lo suelto muy lentamente. Cristina. ¿Dónde estás Cristina? ¿Por qué no puedo verte?

9. Mai 2019 15:51:01 0 Bericht Einbetten 0
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