El vago de los libros Follow einer Story

caelgitanoblanco Carlos Alberto (ElGitanoBlanco)

Dos integrantes de clases sociales diferentes se encuentran un día, dando comienzo a una curiosa amistad.


Lebensgeschichten Alles öffentlich.

#amigo #pobre #limosna
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El vago de los libros

La alarma suena en un departamento, despertando al dueño de la vivienda.

Ramiro toma su café y se prepara un desayuno de huevos revueltos. Vive solo en un departamento y ese es su rutina diaria, y a veces, no hay nada para comer, solamente sobrantes de comida chatarra, como hot dogs y sopas instantáneas.

Sale de su casa, asegurando la puerta con llave. Se encuentra con sus vecinos del edificio, saludando a una que otra persona.

Camina apurado un par de calles, hasta llegar a la esquina donde se detiene el bus, el cual lo lleva al metro y lo más cerca a su trabajo.

Mientras espera el transporte, un hombre mugroso, con ropa y tenis sucios se le acerca. Tiene el cabello muy corto y no tiene barba.

No es un vagabundo, como aquel hombre que camina solitariamente por las calles circundantes, con una gruesa capa de suciedad y mugre, descalzo, barba y cabellos enmarañados, sumando las ropas rotas y descosidas.

—Oiga, disculpe, ¿no me compra éste libro? —dice el hombre, ofreciéndole un libro grueso.

Apenas voltea a verlo, Ramiro se incomoda.

Él tiene un trabajo estable, en una oficina en las cercanías del centro. Gana lo necesario, siendo uno de los tantos que conforman la clase media.

Desde hace tiempo, siente una ligera repulsión a esas pobres personas de la clase baja, creyendo que él es más “importante” o “mejor”.

—No —responde Ramiro, al mismo tiempo que niega con la cabeza.

Desvía su mirada, esperando que el bus llegue pronto.

Hay un grupo que se ha formado, el cual también se dirige a sus respectivos lugares laborales; pero el hombre de bajos recursos, insiste en llamar la atención de Ramiro.

—Anímese, solo estoy pidiendo veinte pesos —insiste el tipo.

Por suerte el bus ya se aproxima y se detiene en la esquina.

—No. Lo siento —responde Ramiro por última vez, abordando el transporte público.

Al tanto que el bus avanza, el hombre de clase media piensa en el suceso reciente.

«Un pobre molestándome en la mañana. De seguro va a ser otro día aburrido en el trabajo», es lo que piensa él.

La jornada laboral transcurre igual de monótona para Ramiro. Los mismos problemas, las mismas pláticas y las mismas juntas.

Exhausto, Ramiro regresa a su casa en la noche. Se queda despierto unos minutos, viendo la televisión.

Con mucho sueño, ajusta el despertador barato que compró hace años y se acuesta.

Al día siguiente se repite la rutina, y se repite el encuentro con el tipo sin bañarse. Se ha cambiado de ropa, pero eso no ha disminuido el mal olor que emana de él.

—Quiobolas amigo —saluda el hombre, estirando la mano.

—Hola —responde Ramiro con frialdad, evitándolo con la mirada.

—¿Ahora si me va a comprar el libro? —inquiere el tipo con una sonrisa.

—No, gracias —dice Ramiro.

—Ándele, no sea malo —insiste el tipo.

Ramiro espera pacientemente, pero el bus está retrasado.

Por varios minutos, el sujeto pobre trata y trata de vender su libro.

»Por ser usted, le rebajo cinco pesos. Deme quince pesos y es suyo.

—No lo quiero —dice Ramiro, guardando la compostura y no explotar; experimenta demasiada incomodidad y enojo por dentro.

—Quince pesos nomas. Anímese. —Es lo que dice el vendedor, renuente a marcharse.

Ya exasperado, Ramiro saca el poco cambio de su bolsillo derecho, sacando el dinero exacto y dándoselo al desconocido, mientras toma el dichoso objeto ofrecido.

»Gracias. Muchas gracias —responde el tipo, marchándose muy feliz.

Ramiro maldice su suerte, contando el poco cambio que le queda, suficiente para el pasaje completo y le sobran diez pesos. Va a tener que cambiar uno de los billetes de doscientos en la tarde.

Durante la hora de descanso y comida, se dirige a un restaurante cercano. Siempre lo acompañan el mismo par de amigos; otras veces son una o dos personas más.

Una vez ordenados los platillos, Ramiro acomoda su morral pequeño, descubriendo el libro que acaba de comprar en la mañana.

Por simple curiosidad, lo saca y lo revisa mejor.

Las tapas blandas están muy deterioradas: arrugadas y muy dobladas. Los tres cantos son de color negro, en lugar del blanco de las hojas; inclusive, tienen manchas cafés. Tal parece que se ha mojado en una esquina, ya que las hojas están muy arrugadas en esa zona.

Los amigos se burlan un poco, preguntándole a Ramiro sí estuvo hurgando entre la basura antes de ir al trabajo.

Sin encontrarle lo gracioso a las bromas, él narra su compra forzada antes de subirse al bus.

Pasadas las bromas, uno de sus compañeros le comenta que es un buen libro. Ha visto reseñas por internet y es lo que dicen; no es un ávido lector, pero sabe de todo un poco.

En la noche, de regreso a su hogar, Ramiro decide dejar la televisión apagada y empezar a leer el libro. Habito que no ha practicado en bastantes años.

Prontamente es cautivado por el mundo de las letras, quedándose más tiempo despierto que de costumbre. A pesar del mal estado exterior, las hojas están en óptimas condiciones; las palabras pueden leerse sin problemas.

Se embarca mentalmente en un viaje de España al África, encontrándose con una variedad de personajes y paisajes pintorescos en medio del desierto.

Encontrando un nuevo pasatiempo, Ramiro ya no se quiere despegar del libro.

Días después, cuando ha terminado de leer un tercio del libro, el pobre vuelve a aparecer; diferentes ropas y tenis, misma falta de higiene. Los ojos siguen con su tenue coloración rojiza y continúan vidriosos.

Otra vez en el mismo lugar de siempre: en la esquina de la calle, mientras Ramiro espera el bus.

―Qué onda carnal ―saluda el hombre, nuevamente invitando un apretón de manos.

―Hola ―saluda Ramiro todavía incómodo, pero se anima a estrecharle la mano.

―Tengo otro libro. Ya sabes, quince varitos ―dice el pobre, enseñándole una bolsa transparente al posible comprador, imposibilitando ver el dichoso objeto; la bolsa está sucia y no permite ver la portada.

―No, no gracias. ―Es lo que responde Ramiro por simple costumbre.

―Échame la mano, por fa.

El sujeto ya sabe la débil fuerza de voluntad del hombre de veintiocho años, por lo que sabe los trucos necesarios para convencerlo.

Otra vez, para quitarse al extraño de encima, Ramiro paga quince pesos por un libro desconocido, alegrándole el día al hombre desaseado, quien se aleja con una sonrisa.

Mientras viaja en el bus, le da un vistazo al libro usado, en el mismo estado que el anterior.

«Debe ser una historia triste», es lo que piensa el oficinista al leer el título en la portada: “Cien años de soledad”.

«Extraño que un tipejo de esos ande ofreciendo libros por dinero. Siempre ofrecen dulces, o piden limosnas sin ofrecer nada a cambio».

Es el último pensamiento que tiene, antes de sacar el otro libro del morral y empezar a leerlo.

Llega la mañana de los tradicionales fines de semana y días libres.

Ramiro ha decidido visitar el centro de la ciudad, solo por salir a pasear; y de paso, terminar de leer el primer libro. Solo le faltan dos hojas para acabarlo.

Siempre hay un mar de personas los fines de semana, pero el hombre es indiferente hacia los demás. Otros amigos le han invitado a comer, y se reunirá con ellos más tarde.

Mientras camina por la acera, Ramiro voltea hacia un lado, encontrando una de las grandes librerías que hay.

Ahora que su interés en la lectura se ha reforzado, se detiene unos momentos a ver las tantas novelas disponibles, expuestas ordenadamente en el aparador.

Al escudriñar entre los diferentes libros, encuentra el mismo que tiene en su morral, con la misma tapa blanda, la misma imagen en la portada y mismo título, escrito por un tal Paulo.

{El alquimista}

Fijándose en el precio, Ramiro descubre que cuesta diecisiete veces más, en comparación del precio en que consiguió su libro sucio; inclusive, su libro está completo, no le hace falta ninguna hoja; ya se aseguró de eso, revisando en línea la editorial que lo imprimió.

Por simple curiosidad, Ramiro visita un par de tiendas de libros usados, buscando el libro del “alquimista”. El precio más bajo que encuentra es de sesenta pesos; cuatro veces más que los quince pesos que desembolso ese día, solo por coraje. El libro usado de esa tienda, es idéntico al que posee; salvo que los cantos tienen menos coloración negra. Nada más.

Ramiro se queda muy pensativo, y decide terminar de leer su libro mugriento en la mesa de un puesto de comida rápida.

Al final de disfrutar su comida chatarra, Ramiro se siente muy afortunado.

Así empieza otra faceta en la vida de Ramiro, que empieza a reflejarse en el trabajo.

Más feliz y más amigable con los demás.

Desde ese día, su proveedor de literatura siempre lo encuentra en el mismo lugar y en el mismo horario, cada par de días. Se saludan alegremente, algunas veces solo se saludan y platican unos segundos; otras veces, el tipo pide limosna y Ramiro le da unos cuantos pesos; y otros días, el oficinista hace negocios, comprando libros de quince o diez pesos.

Ramiro no es un ignorante. Sabe para qué quiere dinero el pobre.

Poco a poco, Ramiro colecciona ocho libros diferentes, todos usados y sucios; le reclama un par de veces al pobre, por novelas que les falta una página o que varias están rotas. Con bromas el tipo se disculpa y ambos se despiden. No importa, hay otros medios para rellenar esas historias incompletas; la imaginación es una de ellas.

Pasan las semanas y Ramiro ha terminado de leer el último de sus ocho libros especiales.

Ya está deseoso por comprar un ejemplar más.

Espera en la esquina de la calle más de lo normal, dejando pasar uno o dos buses, buscando a su amigo de siempre. Ya tiene tiempo que no lo ha visto.

Así lo hace por dos semanas enteras, pero el vago de los libros ya no aparece.

Ramiro espera cuatro días más por su compañero oloroso, mas se lo ha tragado la tierra.

Un poco triste, Ramiro sube al bus en la quinta mañana.

Sabe que tendrá que conseguir obras de literatura por los métodos convencionales. Hay otros escasos lugares donde conseguir los libros igual de baratos, y prácticamente en las mismas condiciones; desafortunadamente, se ubican lejos del departamento donde vive.

También acaba de perder a un amigo.

Por lo menos, tiene a sus compañeros de trabajo y puede hacer nuevos amigos…

¿Podrá encontrar a otro que le alegre totalmente el día, antes de subirse al bus de las mañanas?

Solo el destino lo sabrá.

10. Februar 2019 12:01:23 1 Bericht Einbetten 4
Das Ende

Über den Autor

Carlos Alberto (ElGitanoBlanco) He vivido en la Ciudad de México prácticamente toda mi vida. Estudié lo básico y ahora trato de esforzarme para ser un buen escritor. Descubrí mi vocación varios años atrás, encontrando un vasto universo en mi imaginación. Ya he escrito un tanto de esos mundos, y seguiré compartiendo mis novelas con ustedes.

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Felipe de Jesús Ochoa Salas Felipe de Jesús Ochoa Salas
Excelente historia. Muchas Felicidades Carlos.
10. Februar 2019 12:49:19
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