Ángeles Guerreros Follow einer Story

leonore-usher1540131713 Leonore Usher

Los nefilim son ángeles creados por la humanidad para su conquista de la galaxia. Estos seres viajan en inmensas naves ayudando a los hombres a dominar otros mundos y a establecer su imperio en todos los rincones habitables del espacio. Son leales, poderosos y tienen la convicción de que no hay nadie que pueda derrotarlos. Eso cambia un día. Kendra Kein, una científica y psíquica del imperio se entera de que una amenaza está a punto de barrer con el imperio del hombre. Desesperada, intenta viajar hasta un sitio muy lejano en compañía de uno de estos hermosos ángeles: Alaric. Pero su partida sólo trae más consecuencias. Un poder siniestro ataca una base espacial. Las fuerzas de los ceph, una raza de alienígenas muy numerosa, ha llegado a invadir el planeta Sarentis, que oculta un secreto clave para la victoria de los nefilim. Corresponde a un grupo de ángeles bajar a ese desolado mundo para encontrar las respuestas antes de que el tiempo se termine. Mientras tanto, los sirvientes de los demonios se preparan para dar su golpe


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Los ángeles

Estamos cinco mil años en el futuro. La humanidad ha salido del Sistema Solar llevando su luz a toda la galaxia. Para defenderse de los terribles alienígenas que la habitan, los hombres han creado a los nefilim: criaturas magníficas y poderosas bendecidas por el poder de la Reina de la Humanidad, elegida por Dios como la suprema líder del imperio. 

Todo marchó bien durante los primeros siglos. Cientos de mundos celebran la victoria del ser humano. Se han hecho alianzas y también, juramentos de fidelidad. El imperio trabaja con otras especies por el bien común.

Pero un día, los ceph aparecieron. Una raza de alienígenas tocados por la fuerza de los demonios. Han estado luchando contra el imperio durante décadas y sus invocaciones son capaces de pelear al mismo nivel que los sagrados ángeles. 

Esta es la historia de un grupo de nefilims que lucha por la supervivencia en un planeta atestado de malicia y secretos. 

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La granada explotó y arrojó terrones de tierra por todos lados. El estruendo inundó los oídos de Alaric con un zumbido y le hizo perder el equilibrio. Cayó desorientado y cubrió su cráneo con las manos como primer instinto de supervivencia. El tiempo pareció detenerse y con él, la adrenalina se hizo con su organismo, obligándolo a ponerse de pie y a correr en dirección contraria a la muerte.

Sobre el cielo, un enjambre de demonios derramaba caos y sufrimiento sobre la colmena Safiris. La gigantesca ciudad, con sus millones de habitantes, había visto días mejores. La invasión de la oscuridad había borrado por completo el rastro de humanidad que quedaba allí, transmutándolo en algo repugnante. Alaric se había dado cuenta de ello antes que nadie, pero sus advertencias no habían sido escuchadas lo suficiente, y ahora se enfrentaba, junto con los supervivientes, al exterminio sistemático de los ceph.

Corrió en línea recta hacia el fuego aliado que provenía de los esqueletos de los rascacielos. Eran los últimos bastiones que le quedaban al Ejército Federal antes de entregar Safiris a las manos de los demonios, y los defendían con fuego y sangre. Los disparos levantaban géiseres de cemento cuando chocaban contra la calzada. Algunas de las personas que huían al lado de Álaric eran alcanzadas en el fuego cruzado y morían antes de caer.

 El éxodo de humanos había comenzado en el centro de la colmena cuando una de las naves de evacuación fue atacada antes de alzarse, y miles habían quedado desamparados y a merced de la oscuridad.

En algún punto de esa temible confusión, María se había perdido y ahora Álaric temía no volver a verla. Se negaba a creer en la muerte de su prometida, pero la poca cordura que le quedaba se iba con el resuello de correr hacia la salvación. Su instinto humano para preservar la vida se sobreponía a todo lo demás, y confiaba en que su novia haría lo mismo.

Álaric tropezó sobre uno de los cadáveres de la guardia que habían caído allí mismo. El guerrero no tenía cabeza y su tórax era una masa de tejido sanguinolento. Despedía un aroma pútrido. El chico no estaba acostumbrado a enfrentar a la muerte cara a cara, ni mucho menos ver cómo otros sucumbían ante ella. Vomitó bilis antes de levantarse.

Los altos rascacielos de aguja se alzaban como un gran bosque a su alrededor. Algunas personas que corrían con él, entraban a estos sitios esperando salvar la vida, o al menos prolongarla unos pocos minutos más. Álaric sabía que eso sería inútil, pues los ceph ya estaba sobre ellos, presionándolos y atosigándolos como una jauría de lobos haría con un rebaño de ganado.

Miró hacia arriba y vio las criaturas aladas que volaban en una formación que vagamente recordaba a un enjambre de langostas. Sus cuerpos quitinosos transpiraban una sustancia nauseabunda que caía como una fina llovizna y producía comezón sobre la piel. Volvió la vista por encima de su hombro y se dio cuenta de que los cientos de supervivientes ahora eran sólo unas pocas docenas que continuaban en un mortal maratón, donde el premio era la salvación o la muerte piadosa a manos de los Federales.

Se prometió que no moriría hasta encontrar a María. Necesitaba decirle lo mucho que la amaba y cuánto esperaba sobrevivir para casarse con ella. María merecía el amor.

Entre sus pensamientos fatídicos, Álaric no se dio cuenta de que la tierra había comenzado a temblar. Los vapores tóxicos que flotaban por encima de la ciudad se habían vuelto más densos a medida que la atmósfera cambiaba para hacer que los ceph respirasen con mayor facilidad y adquirieran una fuerza feroz y capacidades reproductivas. Dentro de poco, toda la colmena se transformaría en un gigantesco nido y los pocos humanos restantes serían el alimento.

La descomposición del planeta estaba en su fase final. Pronto, la Federación lo daría por perdido, pues la campaña para salvarlo costaría demasiadas vidas y no valía la pena perder recursos valiosos que podrían servir para proteger otros mundos. El planeta creiro no era más que uno de refugiados. El mundo ya había sido explotado al máximo y todos sus bienes ya habían sido enviados para mantener otros teatros de guerra por toda la galaxia.

Dos mil millones de vidas a punto de ser consumidas por los alienígenas.

El terremoto se hizo más poderoso, como si Creiro se retorciera cual bestia a punto de morir. Fuentes de vapor surgieron del suelo, acompañados de sustancias malditas que se volvieron venenosas para los humanos que las respiraron. Álaric vio cómo un anciano se asfixiaba con el gas verdoso, y también a una niña estallar en mil pedazos cuando sus células no aguantaron su integridad física y convirtieron sus tejidos internos en vapores pútridos.

—¡Dios! —gritó el muchacho, cubriéndose la nariz con un pañuelo.

Correr ya era inútil. Tenía que salir de la calle cuanto antes. Los sobrevivientes morían a su alrededor y pronto la avenida se llenó de cuerpos que ya no eran más que sopas orgánicas.

El cielo disparó violentas descargas de estática contra los edificios de acero. Las ventanas estallaron igual que lágrimas afiladas contra la tierra, matando a muchos más todavía. Familias enteras convertidas en tajos de carne y gritos repletos de dolor y miedo. Algunos más se habían arrodillado para esperar la muerte e implorar a Dios la salvación de sus almas.

Si esperaban recibir una respuesta milagrosa, quedaron decepcionados. Álaric sabía que Dios los había dejado de lado. Puede que incluso nunca hubiera existido. Esa clase de pensamientos le hicieron sentirse culpable y hereje. Los borró de inmediato y comenzó a correr hacia una de las ruinas derruidas mientras recitaba uno de los Himnos de la Salvación. Las palabras le daban fuerzas. Álaric era un fiel creyente, y en esos momentos, no le quedó más remedio que encomendar su alma a quien quiera que estuviera allí.

El sismo partía la ciudad en dos. Grandiosos rascacielos se hundían en medio de gritos metálicos y estruendos que sepultaban otras construcciones más cercanas. Tupidas nubes de polvo y escombros cubrieron las avenidas y los callejones. Bifurcaciones eléctricas nacidas desde el mórbido cielo se dejaron sentir sobre los árboles de los viveros y los incendiaron, esparciendo las llamas hacia los depósitos de combustible y las autovías repletas de coches abandonados.

Una casa antigua había sido derrumbada hacía poco, pero quedaba una ventana abierta. Álaric se lanzó hacia el interior y rodó para ponerse a salvo. Flotaba una neblina fría y con olor a combustible. Palpó las paredes hasta encontrar una puerta y la abrió. Llevaba al sótano. Cerró con llave y tropezó con el primer escalón. Mientras rodaba, sus huesos crujían sobre la madera. Se detuvo al llegar al suelo, y permaneció consciente unos pocos segundos antes de caer en un sueño inducido por el cansancio.

 

Fuera, la nube de maldad se había aposentado y los demonios descendieron en grandes bandadas. Eran criaturas deformadas por los perniciosos poderes de la ingeniería genética alienígena. Seres que en su tiempo habían sido inteligentes.

El paso de los siglos los alejó de la pureza y ahora seducían al terror y viajaban a través de las estrellas sembrando, cosechando y comiendo. Obedecían a seres cuyo intelecto estaba más allá de la comprensión humana.

 

Álaric se despertó con la cabeza a punto de explotar. Sus músculos resentían el cansancio de la veloz carrera por salvar su vida. Jadeó mientras se ponía de pie y sus sentidos se acomodaban como las piezas de un puzle. Tosió al expulsar el polvo de sus pulmones y luego palpó su cuerpo, buscando alguna anomalía física con la que el gas venenoso lo hubiera maldecido. Hasta donde pudo comprobar, seguía siendo humano, y eso ya era una victoria.

Volvió sobre sus pasos. El sótano estaba muy oscuro, pero Álaric podía ver bien gracias al implante ocular que le habían puesto a los cinco años, luego de que una infección destruyó su ojo derecho. Logró llegar hasta el final de la escalera y pegó el oído a la puerta.

Los disparos habían cesado. Eso significaba que los Federales, o habían corrido, o estaban siendo devorados por los ceph. Fuese cual fuera el motivo, él había sobrevivido.

Se relamió la boca y abrió lentamente. Los goznes chillaron con una intensidad que a Álaric le pareció que todos en la ciudad podrían escucharlo. Se asomó y lo primero que percibió fue un hedor que le recordó a la herrumbre. Era agrio y punzaba la garganta. Lentamente se arrastró sobre el suelo hasta la ventana por la que había entrado y salió por el borde.

La casa en sí chirriaba con el sonido de la roca desprendiéndose de las paredes. El muchacho tragó saliva y se relamió la boca por tercera ocasión. Era imposible decir si era de noche o de día. El tiempo ya no tenía importancia. Todo el planeta estaba envuelto en la nube que los ceph habían traído consigo, y ahora que era más espesa, parecía brillar con luz propia. Era un color enfermizo entre el rojo y el violeta, como si de repente se encontraran dentro del estómago de un devorador interestelar.

El viento silbaba. La calle estaba repleta de cadáveres a medio devorar por los ceph, y también había algunos cuerpos de estos que, por alguna razón, no habían sobrevivido. A veces morían sin más. Alguna clase de falla en el proceso de su creación los condenaba nada más salir del vientre de sus criadoras.

Álaric se sintió el único humano con vida de Creiro. Ansió gritar el nombre de María, pero supo que eso simbolizaría revelar su posición, y en consecuencia, un suicidio inmediato.

De momento, la luz roja que lo envolvía todo podría darle cierta cobertura. De más estaba decir que tenía terror de encontrarse con uno de los demonios y ser devorado hasta la médula por el mismo. Intentó no ver los restos de las personas que habían huido con él, pero le fue imposible no prestar atención a la locura que se extendía ante sus ojos.

—María… —su voz salió como un susurro apagado. Apenas tenía fuerzas. La falta de alimento estaba pasándole factura y sus huesos doloridos por las caídas se quejaban.

Anduvo a solas en medio del reinante caos. Ni una sola alma se dignó a aparecer frente a él. Estaba envuelto en una apestosa nube de sangre pulverizada y olor a carne e intestinos. Si no vomitó, fue porque ya no tenía nada en el estómago.

El viento soplaba frío, casi invernal. Su aliento comenzó a condensarse fuera de su boca. Se abrazó a sí mismo y siguió andando a la deriva, igual que un alma en pena. Pronto se dio cuenta de que quizá sería mejor pegarse un tiro y librarse de esa peste para siempre. Por muy fuertes y horribles que fueran los ceph, no podrían hacerle daño si estaba muerto.

Miró por si buscaba el arma de algún guardia. No tuvo éxito y simplemente no tenía fuerzas para seguir con esa idea. Algún instinto básico cerró esos pensamientos y lo obligó a concentrarse en sobrevivir. Siguió marchando sin saber a dónde se dirigía.

Un hotel estaba recargado como un borracho contra otro. Un enorme edificio de departamentos con forma de aguja se había inclinado peligrosamente hacia el frente, y los novecientos metros de altura de semejante mole sólo estaban siendo sostenidos por otro de igual tamaño, al lado opuesto de la calle. El metal de ambos titanes crujía.

El polvo que flotaba lo ensuciaba todo. Álaric tosió copiosamente y al escupir, notó perdigones de sangre que salían de sus pulmones. Se tocó los labios y vio sus propios fluidos salir de su boca. Apestaban.

—La infección —susurró y de repente se sintió muy débil y triste.

Cayó de rodillas, pero no porque su corazón se hubiera quebrado, sino porque sus músculos se negaban a responderle. Todas y cada una de las enfermas células de su cuerpo le gritaba que cerrara los ojos. Le prometían descanso eterno y un mundo sin dolor. Un mundo donde quizá estuviera María.

De repente oyó un golpeteo sordo. Álaric se levantó y continuó andando. Tenía la mirada perdida y el implante ocular derecho comenzaba a presentar interferencias. Debía darse prisa y encontrar un médico antes de que los nervios de su corteza visual terminaran destrozados y perdiera la vista en el segundo ojo.

Los impactos se hicieron más fuertes. A medida que el sonido penetraba en sus oídos, fue devolviéndolo a la vida. Ese ruido le indicaba que no estaba del todo solo; que su mundo no había llegado a su fin. Álaric sintió la imponente necesidad de seguir y escalar la montaña de escombros que tenía delante de él, porque al otro lado, alguien seguía peleando.

¡Explosiones! Eran explosiones que llegaban apagadas por la lejanía, pero definitivamente había sobrevivientes en la ciudad. Comenzó a ascender, clavando sus manos y sus pies entre los huesos de un habitáculo cuyos cimientos no habían soportado la invasión.

Se dio cuenta de que, a medida que se acercaba a la cima, el traqueteo de las armas se intensificaba. Distinguió aullidos. Esos probablemente surgían de las gargantas de los ceph. Destellos de luz se expandían por doquier y las cenizas flotaban semejantes a pétalos asesinos de fuego.

 Un cántico religioso lo llenó de energía. Alguien había puesto esa épica música en unos altavoces y ahora sonaba por todos lados. La bendición y la fuerza en esas palabras, en esos coros que hablaban sobre la fe y la entrega, hicieron que Álaric siguiera ascendiendo con fuerzas renovadas.

Cuando llegó a la cima y se paró sobre los despojos, se volvió el testigo de una lucha majestuosa.

Cinco ángeles estaban allí, entre una multitud de soldados. Eran criaturas ostentosas, con las grandes alas extendidas en arcos brillantes y repletos de plumas blancas. Fulguraban con la fuerza de su voluntad de hierro y sus espadas estaban inflamadas con resoles de energía divina. Todos ellos tenían el cabello largo y blanco, que se mecía como un fantasma contra las corrientes de aire venenoso que soplaban inútiles contra sus rostros. El cuerpo de los ángeles estaba cubierto con una armadura de oro, llena de decorados angulosos e intrincados y que además, estaban ornamentadas con toda clase de piedras preciosas y símbolos extraños que renovaban la fe nada más mirarlos.

 Eran gigantescos también. Los soldados a su alrededor parecían niños que les llegaban hasta el abdomen.

Lo más extraordinario era que los ángeles estaban cantando como si de una misa se tratara. Eran palabras que  hablaban sobre milagros hechos por Gracia Divina y de la fuerza que gobernaba más allá de las estrellas. Cantaban al unísono, y sus voces fuertes parecían dañar los oídos de los ceph. Eran armas sónicas que arrancaban la maldad del planeta y la convertían en un renovado espíritu guerrero.

Álaric comenzó a vocalizar sin darse cuenta. La luz de los ángeles le dio algo en qué creer y de pronto sintió que su alma y cuerpo se avivaban.

La tierra tembló con una violenta convulsión y explotó hacia afuera. Grandes trozos de piedra y cemento aplastaron a los guardias que seguían peleando. Estaban tan poseídos por la fe que no les importó acercarse más a la criatura inverosímil que había nacido desde el interior de la ciudad.

Era un demonio mayor. Cinco metros de altura repletos de músculos y llagas supurantes. Los cuernos de carnero que surgían de su cráneo lanzaban cenizas que creaban pequeños incendios allá donde tocaban. Expulsó un grito aterrador, y al abrir la boca, los guardias abrieron fuego contra él. Los destellos del láser empezaron a quemar al demonio. Allí donde los disparos de los humanos impactaban, surgían espasmos fosforescentes y la piel carnosa de la bestia caía incinerada.

Álaric contempló los cien ojos de la criatura. Eran pequeños, como los de los insectos. Vio la maldad reflejada en cada una de esas células y comenzó a sentir verdadero terror.

El demonio atacó con la furia de un toro. Diez soldados fueron destrozados con el primer mandoble de sus garras. Un ángel salió despedido hacia uno de los edificios cuando intentó acercarse por detrás y fue recibido por una cola prensil.

—¡No! —gritó Álaric al ver cómo el ángel se despedazaba antes de llegar al interior del edificio que sería su tumba.

—¡No hay que temer, hermanos! —gritó uno de los ángeles. Su voz se hizo presente tanto de forma física como psíquica—. ¡Los demonios no son más que mentira, no son más que oscuridad! ¡Nosotros somos la luz que guiará a la humanidad hacia su grandiosa victoria! ¡Viviremos hasta el final de los días, incluso si nuestros cuerpos son aniquilados!

Sus palabras fueron respondidas con gritos de euforia. Los guardias ya no sentían miedo. Atacaban y morían por decenas.

Álaric vio al ángel mayor levantar su espada de fuego y correr directamente hacia la criatura maligna. Abrió sus alas y voló antes de que un zarpazo lo destrozara. Las plumas que le permitían volar irradiaban un rastro de luz espectral que lo envolvió como un meteoro.

Incluso desde la distancia, Álaric vio claramente cómo el ángel penetraba por el vientre de la criatura y surgía al otro lado, envuelto en desechos viscerales y sangre contaminada.

Los otros ángeles también levantaron el vuelo y sus espadas magníficas crearon cortes en la anatomía del ser. Uno de ellos cercenó un codo, mientras que otro se encargó de desprenderle la cola. Uno más destruyó uno de los cuernos.

 La canción de alabanza a la guerra comenzó a sonar en las gargantas de todos y el volumen de sus voces se sobrepuso a todo lo demás.

El ángel que había perforado al monstruo volvió al ataque. Embistió al enemigo con un tremendo golpe de su cuerpo y lo derribó sobre su espalda. Luego, parándose victorioso sobre su pecho, clavó su espada y mató el corazón del mal.

Los pocos demonios que quedaban con vida cayeron de rodillas, aterrados al ver el destino de su líder. No tardaron en ser erradicados.

—Son… ángeles. Son dioses —dijo Álaric, cayendo de rodillas y riendo frenéticamente por la victoria.

—No somos ángeles.

La voz era femenina. Álaric se giró y vio que otro ángel estaba tras él. Sus ojos se abrieron de par en par al contemplar al ser más hermoso que había visto en toda su vida. Esta, a diferencia de sus compañeros, tenía el pelo negro y ondulado. Emanaba la misma aura  divina que sus hermanos, y sus alas estaban levemente extendidas hacia los costados.

—¿Qué… son?

El ángel sonrió.

—Somos nefilim.

13. Januar 2019 01:33:22 1 Bericht Einbetten 8
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Post!
Yonathan Cortes Yonathan Cortes
Espectacular capítulo, me gustó mucho. Sigo atento a la historia.
17. Januar 2019 22:17:10
~

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