El doblón de oro Follow einer Story

faustoc Fausto Contero

Una familia hereda una propiedad en la sierra andina, sin imaginar la maldición ancestral que pesa sobre su estirpe, y que su presencia podría reanudar.


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#Andes #maldición #fantasma #terror #horror
Kurzgeschichte
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El doblón de oro

Una hermosa vista del paisaje andino se extendía hasta donde alcanzaba la vista de Alicia. De pie sobre un leve montículo cubierto de hierba, respiraba profundamente para llenar sus pulmones del aire limpio del campo, con la vívida sensación de que el frío abandonaba su pecho y se extendía a través de sus venas hacia cada rincón de su cuerpo, como un bálsamo que aliviaba todas sus preocupaciones. No podía imaginar una dicha mayor a la que sentía en aquellos momentos. Fue una gran fortuna que su tío abuelo Jacinto la hubiese hecho heredera de esa inmensa extensión de terreno encaramada en la cordillera de los Andes. A diferencia de su esposo, no era de su interés si aquellas tierras eran productivas o no. Lo importante para ella era tener al fin un sitio a donde escapar de la agobiante vida de la ciudad, para estar más en contacto con un ambiente natural, y que sus pequeñas hijas Clara y Gloria, pudieran disfrutar de todo aquello, creando recuerdos felices que conservarían de por vida. 


Obligándose a salir de aquel breve éxtasis, avanzó a buen paso hacia una rústica casa campestre que era parte de la herencia. Tenía un estilo antiguo típico de la zona, con gruesas paredes de arcilla y piedra, cubiertas de cal. El área social y los dormitorios se disponían en forma de ele hacia el sur y el oeste, rodeando un gran patio central. Al norte, un largo pasillo cubierto y enmarcado por amplias ventanas comunicaba los dormitorios con el área de la cocina, baño y lavadero, que se alineaban en la zona este. A pesar de que no estaba en excelentes condiciones, la vivienda era habitable, solo necesitaría unas cuantas adecuaciones para ser totalmente cómoda, aunque Alicia no pensaba en modernizarla demasiado, se había empecinado en mantener su toque arcaico, como para sentir que vivía en una época diferente, más simple en todo sentido, al menos durante los fines de semana y días de vacaciones.


Cruzando todo aquel espacio hasta alcanzar la puerta posterior de la cocina, salió a una amplia extensión de terreno rodeada por un bajo muro de piedra. Si bien para ella la casa tenía un encanto innegable, era hacia aquel lugar a donde se sentía más atraída, debido al halo de misterio que imperaba. Ruinas de antiguas construcciones se hallaban desperdigadas por toda la zona, formando lo que se adivinaba como la base en que se había asentado una casa hace muchísimo tiempo. Hileras de piedras, adoquines cuya forma se había perdido en el transcurso de los años, y una pequeña fuente de agua muy erosionada, cuya única función actual era recoger la lluvia y servir de baño para aves, complementaban el complejo que, según le habían contado, correspondía a la primera casa construida allí en tiempos de la colonia española por el primero de sus antepasados que se asentó en tierras americanas. 


Cruzando entre los restos y tratando de imaginar cómo se vería aquella construcción en sus mejores días, llegó hasta una amplia explanada donde casi podía asegurar que se había asentado un jardín en tiempos pretéritos, pero que en aquel momento solo estaba lleno de malezas, a excepción de unos pocos sectores cubiertos de un fino pasto rígido. Fue allí donde encontró a las niñas, ocupadas en explorar aquellos sitios desconocidos con la curiosidad propia de su edad. Cada lagartija era correteada, cada piedra era levantada, cada flor silvestre era recogida por las pequeñas manos infantiles entre risas y expresiones de alegría. Alicia cruzó los brazos disfrutando de los juegos de sus inquietas hijas. Mientras Gloria inspeccionaba las semillas que caían de un matorral, Clara escarbaba en la tierra con obstinación. Cuando Alicia decidió acercarse para advertir a la niña que tuviera cuidado con los pequeños alacranes negros que solían deambular por la zona, Clara se incorporó sosteniendo un objeto entre sus dedos, que inspeccionaba con asombro. Girando sobre si misma, corrió al encuentro de su madre. 


—¡Un tesoro! ¡Mamá, he encontrado un tesoro!


Respondiendo a aquellos gritos, Gloria también corrió al encuentro de su hermana, exigiendo ver lo que había encontrado. Alicia tomó el objeto de las manos de su hija, observándolo con sorpresa. Se trataba de una moneda dorada, de tamaño considerable y que se sentía algo pesada. A pesar de estar cubierta de tierra, se podían observar grabados en forma de cruz en su superficie. ¿Podría tratarse de un doblón, la moneda española usada hace siglos? Más que por el valor monetario del descubrimiento, Alicia estaba sobrecogida por su antigüedad. Si aquellas tierras fueron ocupadas al inicio de la conquista española, tenía mucha lógica encontrar algo así, aunque intuía que no era un objeto demasiado común. Clara esperaba ansiosa una respuesta de su madre, mientras que Gloria corría hacia el lugar donde su hermana había excavado la tierra, con el deseo de encontrar algo también para ella. 


—¡Es cierto, Clarita! —exclamó Alicia tratando de expresar emoción en su voz —Eres muy hábil, has encontrado una moneda muy antigua. Vamos a guardarla para que nos dé buena suerte, ¿de acuerdo?.


***


A pesar del silencio y la quietud que reinaba en el lugar, o justamente debido a ello, Alicia no podía conciliar el sueño en aquella primera noche que la familia pernoctaba en la casa de campo. Daba vueltas en la cama, tratando de no despertar a su esposo, aunque toda precaución era demasiada: él tenía un sueño muy pesado. Resignada a sufrir por el insomnio, decidió levantarse para preparar una infusión de hierbas que la ayudase a relajar. Al pasar por el pasillo que conducía a la cocina, notó que la luz de la luna llena entraba a raudales por los ventanales, por cuanto no era necesario encender ningún foco. 


Mirando hacia el patio posterior, pudo observar como una delgada niebla se había apoderado del lugar, formando jirones que se retorcían despacio especialmente cuando se encontraban con objetos sólidos, como las ruinas y la fuente de piedra. El efecto era acentuado por el resplandor lunar, que lograba perfilar aún más a los objetos, logrando un ambiente casi místico, como perteneciente a un mundo alterno. Sin saber exactamente por qué, su mirada se clavó en el lugar donde sus hijas habían jugado hace solamente unas horas, y donde había sido descubierta la moneda de oro. Sintió un leve mareo, que la obligó a detenerse y que sus manos buscaran apoyo en el vidrio, al mismo tiempo que entre la niebla se materializaba una figura en el sitio que observaba. 


Tuvo un sobresalto que la hizo apartar las manos de la ventana y parpadear con fuerza repetidas veces como para convencerse que lo que veían sus ojos era algo real. Se trataba de una figura humanoide, muy alta, que estaba cubierta por un amplio poncho como el que usaban los indígenas de la región, con la diferencia de que este era tan largo que llegaba hasta el suelo, ocultando los pies. Sobre la cabeza, llevaba una especie de gorra o capucha, cuyo borde frontal caía sobre el rostro, dejándolo sumido en las sombras sin que se pudiera distinguir ninguna facción. Aquella figura tenía solidez, podría decirse que era de carne y hueso, pero a la vez daba la sensación de que no pertenecía a este mundo, puesto que la niebla extrañamente no se deslizaba frente al ser, solo lo rodeaba por sus costados, como si quisiera permitir que el hombre fuera visto con total claridad. 


Alicia se quedó paralizada por el temor, sin poder parpadear, negándose a retirar la vista de la aparición, mientras que una helada rigidez invadía sus piernas paralizándolas. Tenía un grito contenido en la garganta, y luchaba por mantenerlo así mientras que usaba toda su voluntad para hacer que sus piernas le respondieran. Cuando al fin pudo mover pesadamente los pies y decidió desandar sus pasos en busca de ayuda, la figura del hombre desapareció, y la niebla con lentitud empezó a ocupar el lugar que había dejado en el espacio, de tal manera que por unos segundos se pudo observar la silueta vacía que se deformaba a medida que la niebla se movía. 


Sin pensarlo más, Alicia corrió en busca de su esposo, pero tratando de no hacer demasiado ruido como para despertar a las niñas. 


—¡Roberto, levántate! ¡Hay alguien en el patio trasero! 


Roberto se despertó en un instante y se incorporó con rapidez, buscando el interruptor para encender las luces. Sin decir palabra, salió con prisa al pasillo mirando con avidez por las ventanas. Tardó varios minutos en darse cuenta de que no había nadie allí, por cuanto su exaltación inicial bajó. 


—No veo nada… ¿dónde estaba?

—Allí, en la esquina derecha…

—¿Se movió, quiso ocultarse o saltar al muro?

—No… solamente estaba ahí parado… era un hombre alto con poncho… y simplemente desapareció…


Roberto miró a su esposa con suspicacia


—¿Desapareció?

—Sí, solamente, dejó de estar ahí…


Alicia bajó la voz al darse cuenta de lo absurdas que sus palabras sonaban. Sus ojos miraron hacia el piso, un tanto avergonzada. Con el fin de que ella estuviera más tranquila, Roberto salió al patio con una linterna y peinó durante casi una hora toda su extensión, buscando alguna huella u otra señal que delatara la presencia reciente de alguien. Finalmente, cansado, regresó a la habitación con Alicia, tratando de tranquilizarla. 


—Amor, no hay nadie allí, y dudo que alguien estuviera, y mucho menos que hubiera desaparecido tal como dices. Mira, entiendo que la antigüedad de la casa y el terreno te impresiona, y es normal que esto… estimule un poco tu imaginación, ¿me entiendes? A veces la niebla, las sombras y la luna forman figuras que parecen otras cosas, es algo normal en el campo. O tal vez estuviste soñando, y tu mente aún se hallaba un poco en el sueño después de levantarte. Pero no pasa nada. Te aseguro que reforzaré la seguridad de la casa, para estar todos más tranquilos, ¿estás de acuerdo?.


Alicia solo asintió con la cabeza, mientras volvía a acostarse en la cama. No tenía ganas de discutir con su esposo, especialmente cuando él podría tener razón y aquella figura de hombre solo sería producto de su imaginación. Tardó mucho en volver a conciliar el sueño, puesto que algo muy en el fondo de su mente seguía diciéndole que no era así.


*** 


Estaba furiosa. En su vida no había sentido ira tan grande como la que la invadía en aquellos momentos.  ¿Qué se creía Andrés como para hacerse esperar de esa manera? Solo por decencia, había decidido hacer una visita formal y educada, puesto que no le faltaban las ganas de ponerse a lanzar piedras a todas las ventanas. El sirviente indígena que la recibió, la condujo hasta el salón de visitas, indicándole que el patrón estaba ocupado, pero que en poco tiempo la recibiría. Y desde ese momento había pasado más de una hora. Con impaciencia, se dedicó a asentar las arrugas de su falda con la mano, y mirar distraídamente los tapices que cubrían las paredes, mientras en su mente repasaba todo lo que le diría a ese canalla. No se perdonaba por haber sido tan tonta como para caer en los encantos de Andrés, a pesar de todas las advertencias de sus primas. 


¿Es que acaso no era verdad que mantenía a su mujer e hijos en la capital, mientras él vivía como un libertino en esa casa de campo? ¿No sabía todo el mundo por esos lares que escogía a las indígenas más bonitas para que lo sirvieran en la casa, no necesariamente para las tareas domésticas? ¿No tenía la fama de haber engatusado a muchas damas de sociedad haciendo uso de su porte galante y expresión como de un poeta, haciéndolas de lado cuando se aburría? Y ella había sido una de aquellas tontas que se dejaron embrujar por sus palabras, siendo abandonada cuando el caballero obtuvo lo que quería de ella. 


Más que ira, sentía vergüenza, puesto que siempre se había jactado de ser una mujer de carácter fuerte que no se dejaba llevar por frivolidades, tal como muchas señoritas de ese tiempo. El momento de llorar como una doncella desflorada por un villano había pasado, y lo que necesitaba era hacerse escuchar, exigir que cumpliera todas las promesas que le había hecho, demostrar que no era como las demás, y que no permitiría que la humillara de esa manera. La puerta del salón se abrió, para dejar entrar al mismo sirviente que la había recibido. 


—El patrón no puede recibirla, porque salió de urgencia en su caballo. Dijo que regrese otro día.

 

Ella se levantó furiosa y dio un empujón al sirviente para abrirse paso hacia el interior de la casa. 


—Por supuesto que no. ¡Andrés me va a escuchar en este momento, si es que es tan hombre!


Sin embargo, su ímpetu fue cortado por dos esclavos de piel oscura que le cortaron el paso, mirándola con seriedad. Ella los fulminó con la mirada, sopesando las opciones que tenía. Y en lugar de luchar y ser sacada de allí a rastras por la servidumbre como si de una loca se tratase, decidió conservar su dignidad y, con gesto de profundo desprecio, se dirigió a la puerta haciendo sonar con fuerza sus zapatos de tacón en el piso de piedra, donde la esperaba su propia dama de compañía, una mulata que se apresuró a seguir los pasos iracundos de su señora. 


Alicia se despertó con el pecho inflamado de rabia, incluso notó que tenía los dientes apretados, tanto que le dolía la mandíbula. Durante unos segundos, no supo ni quien era ni dónde estaba, tampoco tuvo conciencia del tiempo de manera inmediata. Giró su cabeza hacia la ventana, adivinando por el resplandor que se escurría entre los gruesos tablones que la cubrían a manera de persianas, que estaba apenas amaneciendo. 


Se quedó inmóvil, mirando al techo, aún confusa por el extraño sueño que había tenido, tan vívido, tan diferente de su manera habitual de soñar. Era como si se hubiese apropiado de los recuerdos y emociones de otra persona que, al juzgar por las imágenes que aun flotaban en su mente, había vivido hace mucho tiempo, quizás en la época de la colonia. Con un suspiro, concluyó que aquella casa, a la que había regresado con su familia una semana después de la primera visita, tenía algo que estaba afectando su manera de ver el mundo. 


En alguna parte había leído que en las construcciones antiguas se conservan las sensaciones y recuerdos de la gente que había vivido en ellas por mucho tiempo, de tal manera que personas sensibles podían percibirlas, como imágenes, voces, o sueños. Aunque este no sería el caso… la casa colonial había sido destruida, y aquellas paredes, si bien no modernas, eran mucho más recientes. Finalmente, decidió quitar todas esas ideas de su cabeza: fue un sueño y nada más. Incluso, iba a ignorar que el nombre del primer dueño de aquellos terrenos, y quien fuera su antepasado, era Andrés. 


***

 

Sostenía una taza de té entre las manos, tan absorta en sus pensamientos que el líquido se había enfriado hace mucho tiempo. Se encontraba en su habitación de costura, aunque durante meses la estancia no había sido usada para esos fines, y ella solo la ocupaba cuando deseaba estar sola. Se oyeron unos golpes en la puerta, ante lo que dejó la taza a un lado y se levantó para abrir. Se trataba de un sirviente del campo, quien sostenía su sombrero entre las manos. 


—Buenas tardes, patroncita…


Ella salió de la habitación, puesto que no quería que el indígena entrara y dejara el mal olor de su sudor en los muebles. Casi sin mirarlo, caminó hacia una silla del pasillo, sentándose mientras hablaba.

 

—Y bien… ¿pudiste hablar con la vieja?


El indígena no respondió de inmediato, parecía como si le hubiera molestado aquella forma de referirse a una persona, sin embargo, eso a ella era algo que no le preocupaba. 


—Sí, patroncita… dijo que, si usted era buena con ella y su familia, le enseñaría como encontrar al Guardián…

—¿Y me aseguras que esa brujería funcionará?

—Puede que sí…  Y no es una brujería, patroncita… es pedir un favor a un espíritu protector…


Ella lo miró con su habitual gesto de superioridad. 


—Pues parece que esos protectores no hicieron mucho por tu raza…

—Hay cosas que no pueden cambiarse, patroncita… y precios tan altos que no vale la pena pagarlos…

—Bueno, basta. ¿Cuándo me llevarás con la mujer?

—Esta misma noche, patroncita, si usted desea…

—Mamá…. Mamá….



—¡Mamá!!!!!!


Alicia se despertó de golpe ante el grito, con aquella sensación de no ubicarse en tiempo y espacio que se estaba haciendo habitual en ella. Solo le bastó un momento para percatarse que se había quedado dormida en una silla del patio, mientras observaba a sus hijas. Mirando al cielo, calculó que el crepúsculo estaba cercano. Gloria halaba de la manga derecha de su madre con gesto de preocupación. 


—¡Mamá! ¡A Clara la picó un saltamontes!


Clara se acercaba a paso lento y con mirada malhumorado sosteniendo su dedo índice derecho. Alicia le hizo un gesto para que se acercara. 


—Los saltamontes no pican, mis amores, seguramente te picó un mosquito o algo así. Déjame ver… ¡aquí está! Es una espinita ¿la ves? Quédate muy quietecita y la sacaré… ¡listo! No ha pasado nada. Ahora, solo tengan cuidado cuando jueguen entre las plantas, ¿sí?.


Dio un beso en la frente a cada niña y, mientras se alejaban a continuar con su juego, Alicia se levantó tratando de pensar en algo que alejara de su cabeza aquellas sensaciones que le provocaban los extraños sueños que continuaban acosándola. 


***

 

Roberto se despertó en mitad de la noche, algo que era muy poco habitual en él. La causa era Alicia, quien se contorsionaba con agitación a su lado, con la respiración muy acelerada y exhalando gemidos de angustia. Suavemente la tomó por los hombros y la sacudió despacio para despertarla.


—¡Alicia! ¡Despierta, por favor! ¡Tranquila!


Su esposa abrió los ojos de par en par súbitamente y un grito de espanto emergió de su garganta. Se sentó de golpe, buscando con la mirada algo que no estaba ahí. 


—¡Aléjate, aléjate de allí!


Unos segundos después, tuvo plena conciencia de donde estaba. Secándose el sudor que perlaba su frente, giró su cabeza para no mirar a su esposo. Roberto tocó su espalda, preocupado. 


—Ha sido una pesadilla, amor. Tranquila…

—Sí, solo una pesadilla


El tono de voz de Alicia estaba cargado de ironía y resentimiento, algo que Roberto simuló no haber captado. 


—Amor… dicen que cuando tienes sueños malos, debes contarlos a alguien, para desahogarte y que no te afecten demasiado. ¿Quisieras contarme qué soñabas?

—No… no tiene importancia. No quiero revivir el sueño…

—Está bien…


Alicia tomó un sorbo de agua del vaso que había dejado en su mesa de noche, a la vez que su agitación disminuía. No se decidía si intentar volver a dormir o seguir el consejo de su esposo. Después de un largo suspiro, se acercó a él.


—De acuerdo… pero no vayas a pensar que soy una tonta.

—Por supuesto que no… Ven, cuéntame. 


La abrazó, aunque ella puso un poco de resistencia. 


—De nuevo, soñé que era aquella mujer, la de los sueños anteriores. Era de noche, y me encontraba en un campo, junto con dos personas. A mi derecha, había un ojo de agua o manantial, y a mi izquierda una pequeña fogata, sobre la cual se encontraba una olla de barro, en cuyo interior humeaba un líquido. Sabía que aquello era un cocimiento de hierbas que sería usado en alguna especie de ceremonia, o ritual… Una de las personas era un hombre joven con rasgos indígenas, quien con cuidado retiró la olla del fuego, tomándola con una gruesa tela roja, y se la mostró a una mujer anciana, también indígena. Intercambiaron palabras en quichua, y luego el hombre me dijo que debía dar un sorbo a aquella poción. Así lo hice y, te lo juro, aun tengo su sabor en la boca. No puedo identificar que hierbas contenía, pero tenía un gusto picante y amargo. Después, la mujer empezó a cantar algo en su lengua, con un ritmo monótono y lúgubre. Entonces me indicó por señas lo que debía hacer yo, y derramé el resto del brebaje en el agua que salía de la tierra. El canto se hizo cada vez más rápido, y no sé si duró mucho o poco. Al final, el hombre habló de nuevo con la anciana en quichua, y luego se acercó a mí. Me dijo que debía contarle al manantial cuales eran mis peticiones para el Guardián, que debían ser tres ni más ni menos, manteniendo en la mente la imagen de la persona a afectar. No fue nada difícil para mí evocar la imagen de un hombre, aunque me es imposible describirlo ahora, solo recuerdo que me provocaba una sensación de odio profundo. Me acerqué al ojo de agua y agachándome hasta casi rozarlo con mi rostro, dije con una voz cargada de emoción: “Que pierda todas sus posesiones. Que sea deshonrado y mal visto por todos. Que muera junto con toda su familia…”


En este punto, Alicia se agitó nuevamente, y tragó saliva repetidas veces. Roberto hizo ademán de decirle algo, pero ella lo calló con un gesto de la mano. 


—No pasa nada, es solo que… el recuerdo es tan vívido… Después, la anciana inició nuevamente con una serie de letanías que no entendí, mientras que el hombre me indicaba que, en tres lunas llenas de tres ciclos lunares consecutivos, debía dar la ofrenda al Guardián en el sitio que me habían indicado, y así cada una de mis peticiones sería cumplida. Pero, desde que diera la primera ofrenda, la muerte me rondaría… Y luego… no, no puedo más….


—No te preocupes, amor, podemos intentar dormir y calmarnos…


Alicia se incorporó con violencia y encendió la luz de la habitación. Su faz estaba pálida, sus ojos hundidos y con una expresión de desconcierto, como si no estuviera segura de a dónde debía mirar. 


—¡Es absurdo, es… tan enfermo! Después me veía saltar una cerca pequeña en una noche iluminada por la luna llena, y adentrarme en un jardín en dirección a una figura… alta, que vestía un poncho largo… era el mismo espectro que vi la primera noche aquí… ¡no era producto de mi imaginación! ¡Era el Guardián, y estaba allí, esperando a aquella mujer que ha invadido mi mente! ¡Ella se acercó en silencio y le ofreció una moneda dorada! Y aquella figura… sacó una mano seca, como la de un muerto, de entre los pliegues del poncho, y la tomó, cerrando esos espantosos dedos…


Se quedó callada al fin, mirando al vacío con gesto ausente. Temiendo que sus nervios se vieran afectados, Roberto se levantó queriendo dirigirse a ella, pero Alicia lo esquivó como si le molestara su presencia, mientras parecía hablar consigo misma.


—¿Dónde guardé la moneda que encontró Clara?

—Yo la llevé con un anticuario, quería saber cuál es su valor…

—Está bien, muy bien… esa cosa no debe estar en casa, cerca de nosotros… no la vuelvas a traer aquí. 


Seguidamente, se sentó en la silla que había frente a una peinadora, y cayó en un estado de aislamiento del que su esposo no pudo sacarla en toda la noche. 


***


Roberto las había dejado solas, no se lo iba a perdonar. Ninguna urgencia del trabajo justificaba que hiciera de menos el estado nervioso en que ella se encontraba y decidiera sin más que Alicia y sus hijas debían esperarlo en la casa de campo, en aquella noche cuando soplaba un fuerte viento que arrancaba crujidos de los árboles cercanos.


 Había llevado a las niñas a que descansaran con ella en el dormitorio matrimonial, para protegerlas y a la vez, sentirse acompañada. Aunque Clara y Gloria dormían profundamente a su lado, Alicia se negaba a conciliar el sueño, así que se entretuvo leyendo algún libro que encontró, sin concentrarse verdaderamente. Sin embargo, cerca de la medianoche, más pudo el cansancio mental que sentía y no pudo evitar cerrar los ojos y sumirse en un inquieto sopor.


Al momento, se vio en una noche lluviosa, caminando penosamente a través del campo, toda empapada y con un rústico vestido enlodado. Relamía sus labios resecos y agrietados, percibiendo sabor a sangre, murmurando una y otra vez “que muera junto con toda su familia…” Alcanzó una cerca de piedra y trepó por ella para cruzarla, llegando a un jardín que ya conocía. A pesar de que la lluvia reducía la visibilidad, podía distinguir a lo lejos la figura del espectro que la esperaba. Quiso correr hacia él, tenía una urgencia que en ese momento no comprendía, pero nada más dar unos pasos, alguien gritó a sus espaldas: “¡Bruja!”, escuchándose al momento una explosión sorda, un disparo, que le provocó un dolor insoportable en la cabeza.


Se despertó dando un fuerte alarido de dolor, que despertó también a Gloria a su lado, quien de inmediato se echó a llorar asustada. Con desesperación tocaba su cabeza buscando alguna herida, cuando notó la ausencia de su hija pequeña. 


—¿Y Clara? ¡Clara!


Gloria la miró aún sollozante, confusa, sin saber qué responder. Una mirada hacia la puerta le reveló que esta se encontraba entreabierta, así que se abalanzó hacia ella, después de ordenar a su asustada hija que no se moviera de allí.


Corrió a través del pasillo muy cerca de las ventanas, odiando el horrible ulular del viento que parecía aumentar a cada instante. Casi por instinto, su mirada encontró la figura de Clara, caminando como sonámbula a través del patio trasero, en los límites de donde antaño se encontraba el jardín. Y más allá, la tétrica figura encapotada, inmóvil, oscura, como un heraldo de la muerte, como una representación de un mundo sombrío que debería permanecer vedado a los ojos humanos. Casi enloquecida, Alicia salió al patio gritando, ajena al dolor que le producía cada una de las largas zancadas que daba en dirección a su hija. 


—¡Clara! ¡No!


Como si el tiempo se hubiese ralentizado, miró con horror como la niña alcanzaba a llegar a los pies del Guardián, y mecánicamente, como si estuviera poseída por alguien más, extendía su pequeña y blanca mano hacia el infernal espectro, en la que relucía una moneda dorada. Como cortando el espacio, una mano cadavérica emergió de la penumbra y entre sus dedos, el brillo del oro se apagó. 


Alicia lanzó un largo quejido cuando su hija se desplomó inerte en el áspero pasto, al mismo tiempo que una sensación caliente estallaba en su propio pecho, sumergiéndola en la oscuridad.

13. Oktober 2018 02:23:49 4 Bericht Einbetten 7
Das Ende

Über den Autor

Fausto Contero Ecuatoriano, bioquímico farmacéutico y terapeuta alternativo. Aficionado a la lectura y la escritura, especialmente del género narrativo de fantasía, ciencia ficción y terror, especialmente el cósmico, como el de H. P. Lovecraft.

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Ragnvald Amadeus Ragnvald Amadeus
muy bueno me gusto felicidades
Silvana Ramirez Silvana Ramirez
Fantastico relato un placer leer tus obras tienes un gran talento
MariaL Pardos MariaL Pardos
Magnífico relatalo escrito con ingenio y sensibilidad. Un placer leer tus obras, como siempre. Tienes un gran talento 😊
2. April 2019 02:30:38
Mauricio Orta Mauricio Orta
Una narración cuidada y bien desarrollada que atrapa desde el comienzo, invitando a continuar hasta el final para averiguar el misterio detrás de su historia. Me ha gustado sobre todo la mezcla de elementos históricos y sobrenaturales del folclore latinoamericano, la cual le dan un aire bastante fresco. Estaré atento a tus otras obras. Se nota que tienes experiencia y que te tomas la escritura en serio.
13. Oktober 2018 06:47:25
~