El rompecabezas de los gatos blancos Follow einer Story

vladstrange01 Vlad Strange

Después de dos años, Arturo regresa a México para asistir al funeral de Andrea, una compañera de preparatoria. Ahí se reencuentra con Blanca, su exnovia y hermana gemela de su mejor amigo. Ella, totalmente destrozada, le comenta a Arturo sus sospechas sobre el supuesto suicidio de Andrea. Llevado por los sentimientos que Arturo aun tiene por Blanca, él accede a ayudarla a resolver el misterio tras la muerte de Andrea, sin prever que en su investigación no solo descubrirán las incógnitas de un posible crimen, sino que también se destaparán los secretos de todos los que los rodean.


Lebensgeschichten Nur für über 18-Jährige.

#misterio #drama #asesinato #tragedia #suicidio #humor-negro #méxico #humor
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Capítulo 1


Vaya mierda.

Quince minutos de silencio pasaron dentro de esa pequeña oficina de la delegación municipal. Yo estaba sentado frente al escritorio, con las manos esposadas al respaldo de la silla, un vaso de agua frente a mí, lo suficientemente cerca para pensar que podía tomarlo y lo bastantemente lejos para que me diera cuenta de que era imposible.

Me dolía el cuerpo como si me hubiesen dado la madrina de mi vida (y no al revés). Me sangraba el labio, tenía hinchado el ojo izquierdo y sentía una opresión en las costillas. Y no solo eso, también mi consciencia estaba molida, me tenía atormentado, empeoraba a cada minuto que pasaba encerrado en esta maldita oficina.

Después de unos minutos entró el agente; un sujeto bajito y gordo, de piel morena, una prominente calva y una pistola sujeta a su cinturón Armani.

—Arturo Montes de Oca Buñuel… —leyó mi expediente sin decir nada más y luego me preguntó—. ¿Sabes por qué estás aquí?

Este gordito pendejo…

¿Era una pregunta retórica?

¡Era obvio que sabía por qué estaba ahí!

No contesté de todos modos.

—Estás metido en un lío gordo, carnal —me dijo burlándose—. ¿Qué se siente haberle partido su madre al riquillo ese, el niño Robles, ¿eh? Aquí entre nos... —Bajó la voz como para que no lo escuchara nadie—, ese niñato ya me tenía hasta la verga. Siempre manejando su BMW del año, volado por la calle ésta de Galerías: Pino Suarez; pero eso sí, hasta las chanclas, el condenado. Y luego, cuando lo agarramos, con una llamadita a su tía se resuelve todo. —Resopló con desprecio—. Y bueno, hijo, ¿Qué te hizo ese mentecato como para que lo dejaras… pues como lo dejaste?

—No es lo que me hizo a mí, sino lo que nos hizo a todos nosotros —dije tan bajo que el agente tuvo que acercarse más para escuchar.

—Está bueno, pues. ¿Qué es lo que hizo?

 

Hace una semana regresé a México. Desde hace dos años he estado viviendo en España; me fui después de la graduación de preparatoria a pasar el verano con la hermana de mi papá y ahí encontré universidad. Se me hizo fácil quedarme, al fin y al cabo, yo ya no tenía nada aquí, nada que me hiciera querer regresar.

Pero regresé porque Alfredo, al que tienen también en los separos, me dijo que Andrea Moreno, una compañera de la preparatoria, se había tirado de la torre de la Facultad de Humanidades. Mi mamá, que es muy cercana a la señora Moreno, me pidió que viniera al funeral. «Después de todo, también fue amiga tuya, ¿No?» Me dijo. Aunque, la verdad, no éramos muy cercanos. Quizá lo fuimos cuando éramos pequeños, cuando mamá invitaba a Doña Ivette a tomar un café a la casa y traía a Andrea, y ambos jugábamos con Firulais, mi maltés.

Por eso fue que vine a su funeral.

Llegué el sábado en la mañana al aeropuerto de la Ciudad de México. Es increíble cómo ha cambiado en tan solo dos años la ciudad. Todo se veía más gris, el aire se respiraba pesado, la contaminación de los autos se te mete por los poros de la piel y la gente es cada vez más… chilanga. Sabe a lo que me refiero, ¿no?

Freddy y Charlie, Carlos Carso Lara… Si, ese Carlos Carso, el hijo de Don Sebastián Carso, el de los transportes Carso-Michigan. Bueno, él y Alfredo fueron a recogerme. No sabe el gusto que me dio verlos. Nos dimos un abrazo de los buenos, así como de película, ¿ya sabe cómo? Fuerte, duradero, como dos enamorados. Solo que nosotros éramos tres y no estamos precisamente enamorados. Freddy seguía siendo el mismo; chaparrito, medio ñango y con su expresión de Rocky Balboa, así medio tarada de tantos madrazos. Y Charlie, digo, Carlos, porque le caga la madre que le digamos Charlie, también se veía igual, o casi igual. Ya lo ha visto usted, es como Superman en Metepec, hasta con el cairelito en el copete y el brillo en los músculos. Pero esta vez se veía medio demacrado, como si no hubiese comido sus platillos gourmet y dormido en su Spring Air por varios meses.

Y estuvo super raro, como que se sentía la tensión de la muerte en el aire. Y es que está feo. Digo, todos nos vamos a morir, pero estirar la pata tan joven es… está cañón, ¿no? Y pues, Andrea Moreno era nuestra compañera, con la que pasamos la mitad de cada uno de los cinco días de la semana durante dos o tres años. Si se sentía gacho. Quizá por eso duró tanto el abrazo, como que nos saludamos, nos reencontramos y nos reconfortamos al mismo tiempo. Y luego, el puro silencio. Íbamos calladitos como en monasterio. Nadie decía nada.

Así nos pasamos por todo Viaducto, Circuito, Constituyentes y Santa Fe, como si nos hubieran comido la lengua los ratones.

—Qué onda, güey, ¿ya le avisaste a tu mamá que ya llegaste? —me preguntó Freddy cuando ya habíamos pasado la caseta de la México-Toluca.

—Sí, güey, le mandé un mensaje cuando aterrizó el avión —le contesté.

—Fred, mándale un whats a Blanca y dile que ya vamos para allá, porfa —Charlie dijo—. Y dile que te mande su ubicación, no seas malo.

—¿Contraseña?

—Pónmelo en el dedo —pidió… ¡y cómo que se arrepintió, pero no se rajó!

—¡Ah, ¿Qué pasó, mi Cha?! ¡Así no me llevo!

—Ya quisieras, reina. —Se rio—. ¡Ya! Ándale. Creo que me tengo que ir por la salida de Ocoyoacac y no me quiero pasar.

El funeral y el velatorio fue en la casa de los Moreno. Yo había estado ahí muchas veces en mi niñez, pero ya tenía más de cinco años de no pararme por ahí. La casa estaba más grande de cómo la recordaba. Tiene un jardín grande lleno de pasto y árboles, con unos jueguitos infantiles medio macabros, de esos columpios de metal que chillan cuando se balancean y aparecen tanto en las pelis de terror. Y la casa, en sí, está dentro de un terreno grande dónde hay dos casas más, la de la hermana viuda de Doña Ivette y la antigua casa de los abuelos. Las construcciones, menos la de la hermana viuda, son rústicas, y luego estaban adornadas con un chingo de flores blancas, de coronas y adornos, y el imponente moño negro en el pórtico.

¿Por qué pinches el olor de la muerte resulta tan floral?

—Eso solo lo piensas tú, carnal —me dice el agente—. ¿Qué no has olido a un muerto? ¡A madres, carnal! ¡Huele a madres!

Ahí había gente que yo no conocía, todos vestidos de negro y llorando. No puedo asegurar que todas las lágrimas fuesen sinceras, como las de Josefina Carso, la hermanita de Charlie, quien en su vida a derramado una lágrima honesta y misericordiosa. En un rincón, platicando en voz baja, estaban los que habían estado con Andrea en la preparatoria, entre ellos Jose (como le decimos), que contaban sobre lo buena y amable que había sido Andy durante su vida. Parecía que todos tenían una buena anécdota qué contar sobre ella.

¡Hipócritas! ¡Eso es lo que son!

Y al fondo de la sala, a un lado del ataúd, los señores Moreno y mi madre, quien los consolaba mientras ella misma intentaba controlar su pesar. Me acerqué sin perder más tiempo y la abracé. Ella me devolvió el abrazo fuertemente, soltándose a llorar de nuevo sobre mi camisa. Luego le di el pésame a Doña Ivette y al señor Moreno, y ellos mismos me invitaron a ver el cuerpo inerte de Andrea.

El corazón se me hizo añicos de verla así, con la cara pálida, los brazos tiesos, la sonrisa falsa que habían sujetado con pinzas y los ojos cerrados, como si estuviese durmiendo. Y aun muerta, habían logrado que se viera guapa, como siempre lo fue, aunque nunca se diera cuenta.

Quería llorar. No sé si era parte de la tristeza colectiva o si de verdad me sentía de la fregada por su fallecimiento, pero quería soltarme a llorar, arrodillarme ante en ataúd y no parar de llorar hasta que me sangraran los ojos. Algo en la muerte de Andrea me causaba una gran incomodidad… como impotencia.

Quien lloró fue Carlos, pero no lo hizo como todos esos hinchas que no tenían nada que ver con ella y aun así andaban de lloricas, no lo hizo frente a la audiencia, cómo diciendo «¡Mírenme! ¡Soy Carlos Carso y me preocupo por otra gente, estoy llorando por una joven cualquiera que trágicamente se ha suicidado!». Él fue respetuoso, como el jodido buen hombre que es. Se acercó al ataúd en silencio, intentando contener sus lágrimas, acarició su mejilla suavemente, les dio el pésame a los padres de Andrea y luego se fue al coche a llorar a moco tendido dónde nadie lo viera.

¿Y sabe quién más estaba ahí?

El agente me mira como diciendo «¿Quién?»

Blanca Robles Xalostoc.

La mismísima Blanquita, mi güerita, el pedazo de cielo que una vez fue mío para disfrutar. Y la veo… sin vida, con esos bellos ojos de gato clavados en el piso, vidriosos, rojos, hinchados. Es obvio que ha estado llorando mi hermosa Blanca Robles. Y también la veo más delgada, medio escuálida y enferma. Entonces suspira temblorosa, al borde del llanto, y alza la vista. Por un segundo se le iluminó la cara. Y yo, como el maldito egoísta que soy, pienso que es por verme después de tanto tiempo. Que pendejada. ¿Por qué mi Blanquita adorada iba alegrarse de verme si yo la había dejado quién sabe cómo dos años atrás?

 Aun así se levanta de su silla de al fondo, detrás del ataúd, de un rinconcito dónde no llamaba la atención, y camina hacia mí. Mi corazón se para y luego comienza a latir tan fuerte y tan rápido como cuando te chingas un Redbull con chela (pinche muerte rápida y angustiosa que es esa), solo que con Blanquita la muerte es lenta y placentera. Ella no me dice nada, solo se queda mirándome, plantada a unos treinta centímetros de mí. Y es que no le salen las palabras a mi pobre Blanquita. Luego se da la media vuelta, indicándome casi telepáticamente que la siga y me lleva a la cocina, dónde no hay nadie más que los chavos del servicio de catering.

Ella, con su rubio cabello amarrado en una coleta despeinada y su vestido negro, me mira unos segundos más, y luego me dice entre llanto «¡Ayúdame, Arturo, tienes que ayudarme!». ¡No manches! Cuando alguien te dice algo así en un funeral, lo primero que haces es pensar lo peor.

—¿Qué hiciste, Blanca? —le pregunté alarmado—. ¿Tú…?

La neta no fue mi culpa pensar de ese modo, fue algo natural.

Ella no me dijo más, las lágrimas no se lo permitían, solo me abrazó y ahí se quedó llorando hasta que pudo calmarse. Y yo estaba asustado, tan asustado que no tenía ganas de saber qué es lo que pasaba con mi Blanquita.

—Andrea no se suicidó, Art —me dijo, secándose la cara con las mangas del vestido—. Yo la conocía, ella no… Sé que ella no se suicidó.

—Pero el MP ya dio los resultados, fue un suicidio —le dije—. Yo sé que es difícil de aceptar, Blanca, pero a veces… a veces la gente…

—¡Arturo! Por favor, cree en mí. Andy no se suicidó.

—¿Por qué estás tan segura? ¿Tú sabes algo?

Ella me miró fijamente, frunciendo el ceño y mordiéndose el interior del cachete. Blanquita sabía algo y no me lo quería decir, la condenada.

—No sé nada, solo sé que no fue suicidio —contesta, bajando la voz porque alguien acaba de entrar a la cocina. Pero el sujeto solo iba a buscar un vaso, y cuando lo encuentra, se vuelve a ir —. Ayúdame a investigar.

¡Qué estupidez! ¿Neta quería que jugara con ella al detective, al policías y ladrones?

—¡Ándale, Art!

—¿Y si descubres que sí se suicidó, ¿qué? ¿Vas a aceptarlo nomás?

Blanca asintió. Si esta hubiese sido la misma Blanquita de hace tiempo, me hubiera dedicado una sonrisa tierna y coqueta de esas que dejan pendejo a cualquiera, pero era claro que esta no era la misma. Ella solo asintió, no sonrió ni nada.

Debí haber imaginado desde ahí que las cosas estaban mal, pero lo único que podía ver era a una compañera de la prepa dentro de un ataúd, un supuesto misterio tras su muerte y… y la belleza de Blanquita, o el simple recuerdo de lo bella que ella era cuando salíamos.

17. September 2018 21:01:34 4 Bericht Einbetten 13
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Post!
Ludwing Balderas Ludwing Balderas
Personalmente, creo que está algo mexicanizado, las expresiones pueden cambiar un poco, aún así, buena introducción
29. April 2019 20:41:29
Frank Boz Frank Boz
Me había de lo directa que eres en este relato. Digo, de lo simple que lo haces para presentar el relato con este primer episodio.
4. November 2018 18:06:34
Tengo que leer está historia!!!
19. September 2018 19:13:50
Michelle  Camacho Michelle Camacho
Muy bueno tu libro quería!!
17. September 2018 16:33:51
~

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