Bajo la lluvia Follow einer Story

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Un corazón roto lleva a Nerea a tomar la precipitada decisión de abandonar su vida en España para pasar el verano en Escocia en casa de su hermano. El tiempo atmosférico no le es favorable, pero pronto descubrirá que los escoceses no son tan fríos como los pintan, ni los zorros tan salvajes como nos han hecho creer...


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Un largo viaje


Odio los aviones. De verdad, de verdad que los odio. Bueno, quizá no se trate tanto del viaje en avión sino de toda la preparación previa al viaje en avión.

Seamos sinceros: cuando una quiere hacer un viaje en coche, elige el destino, reserva una habitación en un hotel, hace sus planes, llena su maleta de vanidades y suposiciones aleatorias («Esto me hace falta... esto lo necesito... cogeré también la pamela y doce pares más de calcetines... ¿cómo no voy a llevarme estos taconazos de doce centímetros que solo me puse el día de mi graduación?»), coge su coche, le pone gasolina, le revisa los neumáticos y se va con viento fresco a la aventura.

En cambio, una quiere viajar en avión y ¿qué tiene que hacer? Pues todo lo de antes, más comprar los billetes con un montón de antelación y comprobando en repetidas ocasiones las mejores fechas en distintos comparadores de vuelos para ver cuál te sale más barato, renovar (posiblemente) el pasaporte, vigilar los líquidos que transporte en la maleta, olvidar la idea de cortarse las uñas durante todo el viaje (los cortauñas no están permitidos en los aviones tampoco), ponerse histérica porque necesita estar en el aeropuerto con dos horas de antelación para hacer las colas de seguridad y ya va tarde, pirarse en un taxi que costará un riñón, llegar, correr hasta seguridad, quitarse todos los metales y aparatos electrónicos de encima, quitarse los zapatos de debajo, sacar los aparatos electrónicos de la maleta, pasar el arquito, esperar a la maleta y a los cachivaches varios con los pies descalzos y el tiempo corriendo, ponerse los zapatos, coger la maleta, procurar no perder el pasaporte, ponerse el reloj, pendientes, colgantes y cinturón de nuevo, recuperar el móvil y salir pitando hacia la puerta de embarque, la cual aún no ha sido abierta con el objetivo de que puedas respirar de nuevo tranquilamente durante los siguiente cuarenta minutos (si tu vuelo no se retrasa). Luego otra cola, otro chequeo de billetes, otra cola esperando para entrar en el avión, encontrar tu asiento, sentarte, odiar por defecto al individuo/a que se sentará a tu lado durante las siguientes horas...

Y la historia continúa. Así que no, no creo que podáis negarme que viajar en avión es una tortura. Sí, es cierto, ahorras mucho tiempo y llegas a lugares anteriormente insospechados, pero la incomodidad del proceso... No estoy muy segura de que ver mundo compense todo ese estrés.

Por suerte para mí, el avión acababa de aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Glasgow y el viaje no había sido tan terrible – apenas unas tres horas y media que había pasado amodorrada gracias al efecto de la pastilla contra el mareo y el diazepam. Esperé a que la gente que ya se había puesto en pie empezase a moverse antes de levantarme yo también, intentando estirar al máximo la poca paciencia que me quedaba ya. Eran las siete de la tarde y llovía a cántaros. En Málaga debían ser las ocho y posiblemente el sol todavía calentaba con ganas. Suspiré mientras observaba por la ventanilla cómo los operarios del aeropuerto movían una escalera hasta la puerta del avión sin importunarse en absoluto por la lluvia. Debían de estar realmente acostumbrados a ella, me dije, lamentándome por no tener unas botas de lluvia en condiciones (viviendo en Málaga, lo raro habría sido tenerlas). Saqué mi agendita del bolso, la abrí por el día en el que vivíamos, el 5 de julio, y escribí «Comprar botas de agua».

Cuando los escoceses empezaron a moverse, con la apariencia triste y callada de quien se ha despedido ya de las vacaciones en el mar, fue cuando me puse en pie. No me había dado cuenta hasta ese momento, pero me había estado doliendo el culo durante todo el viaje gracias a la comodidad innegable de los asientos de las compañías aéreas de bajo costo. Tras haber pagado un billete de avión con cuarenta euros no se podía esperar más, supuse con resignación. Otro punto negativo para los viajes en avión: incómodos si baratos, carísimos si decentes.

Bajé del avión por aquella ridícula escalerilla agradeciendo a la Divina Providencia el haberme bendecido con la lucidez necesaria para decidir facturar mi maleta en lugar de llevarla en cabina. No es que se tratase de una maleta mastodóntica, pero la idea de hacerla descender tirando de ella por esos estrechos y bamboleantes escalones no me seducía demasiado.

No quiero aburriros con más detalles acerca de cómo esperé en otra cola durante quince minutos hasta que me tocó enseñar mi carnet de identidad español a un señor muy amable, cuyas palabras, lamentablemente, apenas entendí debido a su acento. Aquello me preocupó un poco, puesto que siempre había creído ser bastante buena en inglés. Aquel caballero era escocés, desde luego, pero no había imaginado que la diferencia fuese tan grande (más tarde descubriría que la raíz del problema se encontraba en la técnica con la que había aprendido el idioma, no en el idioma en sí). Cuestiones lingüísticas aparte, digamos tan solo que me hice con mi maleta facturada y me dirigí al exterior del edificio, en busca de una parada de autobús.

Nunca antes había estado en Glasgow. Ni en Escocia. Ni en Reino Unido. Apenas sí había cogido aviones para viajar, la verdad, quizá precisamente debido a mi gran rechazo por los monstruos metálicos con alas. El simple hecho de haber decidido tan solo un par de días atrás que tenía que salir de España era una absoluta locura y una conclusión a la que no sabía cómo había llegado. Me imaginé que se trataba de uno de los efectos de la ruptura del corazón, posiblemente; lo de hacer mamarrachadas de ese tipo y esas cosas...

Tal había sido la improvisación del viaje que ni siquiera había comunicado a mi pobre hermano que viajaba para reunirme con él y hospedarme en su buen hogar. Pretendía darle lo que esperaba fuera una grata sorpresa y que, de este modo, no pudiera negarse a que me quedase allí con él un par de semanas, mientras conseguía centrarme.

De haberle dicho que mi plan era ese, quedarme allí dos semanas hasta centrarme, me habría dicho algo así como:

––¿Centrarte? ¿Tú? O sea que tendré aquí los próximos cinco años... ¡Mónica, ve haciendo hueco para una más en la mesa! ––habría pedido a su esposa después, a voces para entenderse mejor entre el recibidor y el comedor.

Y no, eso no era necesario. Yo tenía claro que no pensaba quedarme allí para siempre, esas cosas no van conmigo, pero el hecho de que él lo dijese me haría sentir mal y eso no sería un buen comienzo.

Así que no le había dicho nada. Ni a él, ni a nuestra hermana ni a mis padres. Tan solo mi mejor amiga, Canela, sabía que me había comprado el billete y que me iba a la aventura.

Y no, Canela no es ningún perro, ni un gato ni una yegua ni un hámster. Canela es una mujer hecha y derecha que se ríe sin ningún pudor del hecho de que su padre (un hippie todavía a sus 58 años) y su madre (una pastelera abnegada de 49) tengan un gusto pésimo para los nombres; su hermana melliza Cielo, por ejemplo, no lo lleva tan bien.

El mayor problema de no haberle comunicado a mi santo hermano que pretendía alojarme en una de las alcobas de sus dominios era, obviamente, que no había venido a recogerme. Mi estúpido teléfono, además, parecía no estar muy conforme con permitirme acceder al roaming así como así y preveía que daría problemas como aquel durante algunos días más... Para mi desgracia no soy muy buena con la tecnología, pero, para mi fortuna, Ricardo sí que lo es (Ricardo no es bueno con la tecnología, eso es mentir descaradamente: tiene una carrera en ingeniería de software y un máster de creación de videojuegos, y además trabaja en una empresa de telecomunicaciones de Glasgow. ¿Bueno con la tecnología? Más bien un sabelotodo), así que mi solución era darle el móvil nada más llegar a su puerta.

No obstante, ya me había olido yo que aquella circunstancia iba a darse en mi aventura por las tierras escocesas, de manera que había tenido la prudencia de apuntar en la agenda las direcciones que tenía que seguir para llegar al domicilio de mi hermano y cuñada sin la ayuda del aparato de telecomunicaciones. Así que me acerqué a la parada del autobús, me cercioré de que cogía el autobús número 500 e incluso confirmé con el conductor que el autobús que estaba a punto de coger era el que se detendría cerca de Queen Station, la segunda estación de trenes más grande de Glasgow, desde donde saldría mi tren hasta Stirling.

––Oh, lo siento, querida, no entregamos cambio ––me dijo el conductor del autobús con mucha amabilidad. He de reconocer que se me quedó la boca abierta.

––¿Perdón?

––Tienes que cambiar ese billete de diez libras para poder subir, porque no tengo cambio. Lo siento.

Me bajé del autobús presa de una gran confusión y lo observé cerrar las puertas y marcharse sin mí, como si se tratase de un espejismo. ¿Que no entregaban cambio? ¿Cómo era eso siquiera posible? ¿Iba a necesitar llevar un montón de monedas en mi cartera todo el tiempo para coger un autobús? ¿Cada vez? Me quedé allí como un pasmarote hasta que me di cuenta de que simplemente tenía que darme la vuelta por donde había venido y comprar una chocolatina o una botella de agua en la tienda que había visto en el interior del aeropuerto. Entré en WHSmith, me sorprendí y escandalicé por el precio de las diminutas tabletas de chocolate y me sorprendí y maravillé por el amplio número y gran variedad de revistas. Me hice con una botella de agua (la más barata, solo 90p – que esperaba fuera menos en un supermercado) y regresé a la parada del autobús.

Por suerte, diez o doce minutos más tarde llegó otro autobús. Pagué mi billete de siete libras y pude, por fin, montar en él en dirección a la gran ciudad escocesa.

Desde luego había oído hablar de la belleza de este país del norte, pero nunca habría imaginado tanto verdor en un único lugar. El color grisáceo del cielo desmerecía el brillante esmeralda de los campos y altos árboles, el cual, a mí parecer, habría lucido incluso más impresionante de haber sido iluminado por un radiante sol de verano, aunque, imaginé, no iba a verlo mucho durante los próximos días...

Pero no estaba mi mente preparada para aceptar lo que veían mis ojos. Más bien no podía dejar de dar vueltas a la misma idea, una y otra y otra y otra vez, hasta tal punto que estaba consiguiendo hastiarme a mí misma. Es decir, había cruzado la Península y el mar y media isla de Gran Bretaña y no podía pensar en otra cosa que no fuera volver a España porque aquel no era mi lugar. Como si pudiese haber un lugar para mí en el mundo en aquellos momentos...

Me sorprendió la vitalidad que emanaba Glasgow pese a ser más de la ocho de la tarde cuando bajé del autobús. No solo la estación estaba llena de gente (muchísima gente) sino que las calles estaban abarrotadas. Sí, es verdad, era viernes por la noche en julio, pero llovía y yo creía que la vida en los países del norte se acababa a las seis de la tarde. ¿Quién me iba a decir a mí que, en realidad, no hacía más que empezar? Mi hermano desde luego nunca me lo había hecho saber.

Claro que Glasgow es una ciudad cosmopolita que recibe miles de estudiantes de intercambio y de países de todo el mundo cada año gracias a la popularidad de sus universidades. Sin embargo, por aquel entonces yo todavía no era demasiado consciente del amor de los escoceses por la juerga y el alboroto. No tardaría en descubrirlo y unirme a su pasión por los buenos ratos, pero en aquel momento me encontraba a medio camino entre la perplejidad más absoluta ante los tacones de vértigo y diminutas faldas de unas muchachas a las que yo podía fácilmente sacar diez años, que parecían diez años mayores que yo gracias al maquillaje en escopeta de Homer Simpson (y si no habéis visto ese capítulo, vergüenza sobre vuestras cabezas), y la dificultad imprevista que constituía el manejo de una maleta de semejante tamaño entre tanto escocés e inmigrante divertido.

Una vez en Queen Station no fue difícil conseguir un billete en una máquina expendedora automática (no me veía lo suficientemente segura como para entablar conversación con nadie) y encontrar el andén correcto. La última parada de mi tren era Stirling y tardaría unos cuarenta minutos en llegar. Me felicité a mí misma por mi buena suerte y, casi de inmediato, me quedé dormida.

Ya he mencionado anteriormente mi talento natural para dormir en el medio de transporte más insospechado (una vez no pude evitar entrar en un sueño profundo en un minibus de escolares que, aunque no se aprovecharon de mi inconsciencia, hacían más ruido que una familia de macacos enrabietados), pero no había dicho nada aún sobre mi capacidad para despertar siempre en el momento preciso. Fue este instinto, quizá primario, el que consiguió que abriese los ojos justo cuando el revisor estaba a punto de llegar a mí para pedirme el billete. Parpadeé un par de veces y le tendí el billete blanco con franjas naranjas en el que se señalaba la estación a la que me dirigía. Suspiré con alivio al no escucharle contradecir mi decisión de montar en ese tren (nunca había tomado ningún avión, tren o siquiera un autobús equivocado, pero siempre existía ese miedo en mi corazón) y me sorprendí al oírle dar las gracias a todos y cada uno de los pasajeros del vagón. Cuánta amabilidad, me dije, ¿era realmente necesaria?

Giré la cabeza hacia la ventana y sentí cómo mi boca se abría y las cejas se alzaban por sí mismas hasta la raíz de mi cabello. La tormenta que se cernía sobre nosotros y presumiblemente también sobre Stirling, del que nos separaban tan solo diez minutos, parecía demoledora. Me hizo apreciar aún más la simpatía escocesa. Apenas había estado en su país un par de horas pero parecían más amables que los malagueños... ¿Cómo podía ser? ¿Se habían dulcificado para compensar el mal tiempo que cubría sus cabezas?

Al llegar al pueblo no pude sino resoplar. Qué mala idea no haber avisado a Ricardo de que pensaba ir a visitarlo. ¿Cómo se suponía que iba a encontrar su casa? Desde la estación y bajo la imparable lluvia veraniega solo veía cuestas. Ya estaba prácticamente empapada y ni siquiera me había movido del andén donde el tren me había dejado (quizá precisamente por eso estaba empapada, por no haberme puesto a cubierto). Abandoné la estación con la esperanza de encontrar un taxi en la puerta puesto que mi móvil tampoco funcionaba y estaba muy segura de que el papel con las direcciones dejaría de serme útil en cuanto lo sacase del bolsillo y acabase completamente diluido por la acción de la lluvia.

Por suerte para mí, sí que había taxis en la puerta de la estación. ¡JA JA! Nerea 1, tiempo atmosférico 0.

9. September 2018 17:06:43 0 Bericht Einbetten 1
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