Para Seguirnos Amando (2016) Follow einer Story

danubiodecampos1 Danubio De Campos

Libro de historias románticas. Una serie de seis historias, unas más cortas que otras. Lidian con diferentes temáticas relacionadas al amor, muchas de las cuales, pudieron, pueden o podrán sucederle a cualquier persona, aun en el momento más inesperado. Reencuentros, soledad y muerte son solo unos de los tantos estadios emocionales que mueven estas paginas sensibles pero sentidas. Este libro se escribió de Enero de 2016 a Febrero de 2017 Danubio De Campos 2017®


Romantik Alles öffentlich.

#romance #amor #para-seguirnos-amando #danubio-de-campos
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Dejame Decir Que Te Amo

Nuevamente observo las fotografías de nuestro último encuentro y no he podido evitar derramar una lágrima que se ha deslizado silente a través de mis mejillas. La fecha de las mismas delata que hace más de un año tus ojos no pueden entregar su luz a los míos. Continuamente me pregunto cómo soslayar esta espera que a ratos parece eterna. Estoy hambriento. Hambriento de tus besos, hambriento de tus caricias y tu voz, hambriento de esas palabras de amor y de esa historia que forjamos juntos desde el primer día que nos vimos, desde el primer día en que me regalaste aquella sonrisa que se prendió para siempre en mi corazón.

Miro la ventana mientras escucho el sonido sordo de la aspa del ventilador que cada día amenaza con cortar mi cabeza. Este verano ha sido inmisericorde. Siento frío cada día, a cada hora, sin embargo intento convencerme a mí mismo que todo está bien como está. Que nada habría de cambiar.

En el librero están esperándome aquellos amigos que nunca me abandonaron, que nunca me juzgaron ni me pidieron pruebas para extenderme sus palabras. En aquellos libros he tratado de buscar refugio, de implorar una palabra que pueda servir de ayuda para el atribulado o que consuele mi corazón.

Me he dormido otra vez mientras luchaba por contener alguna frase o alguna idea. Despierto asustado pero lentamente, como si esperara ver algo a mi lado o a mis costados al abrir mis ojos. A tientas he podido llegar a la cocina para observar el reloj que anuncia que apenas son las ocho de la mañana mientras el calendario que cuelga en la pared me hiere de muerte con una estocada tan breve como profunda. Era el día de su cumpleaños. Solo fui capaz de reparar en aquello, no tuve la dicha del que sonríe por un domingo, un descanso mal habido en mi caso pues la tarde anterior había llamado a mi jefe para, con un pésimo argumento lleno de falacias emocionales, tratar de convencerlo de que no estaba en condiciones de cumplir aquel turno que debía hacer el dia de hoy y el… el lo creyó todo.

Me senté en la silla a un lado de aquella mesa de plástico circular blanca que fungía como ese comedor que tanto avergonzaba a mi madre y, en ella tomé el que debía ser mi primer desayuno en quince o dieciséis años. Ella siempre decía que era la comida más importante del día y que habría de terminar con una diabetes eventualmente. Pero, si me lo preguntan, yo les diría que no, que no fue esa la razón que me empujó a llevarme una taza de café a mis labios esa mañana. En realidad creo que fue una combinación de incertidumbre y nervio. Demoré alrededor de quince a veinte minutos en acabarlo todo: el café, las tostadas con mermelada de albaricoque y ese vaso de jugo de naranja que había comprado en la tienda hacía algunos días. Hubiera preferido que fuese natural, pero hace mucho había aceptado y comprendido que no poseía la fuerza necesaria ni suficiente para exprimir de manera correcta una jugosa, dulce y tierna fruta como la naranja.

Recogí los trastos, los llevé a la cocina y los lavé con agua fría. No estoy seguro si quedaron limpios, pero tenía la esperanza de haberlo hecho bien esta vez. Me dirigí a mi habitación y encendí el televisor con la intención de olvidar, con la intención de sentir un algo o un alguien cerca de mí pero, sin embargo, no había nada de nada. No tardé más de cinco minutos en volverlo a apagar. Observé la fotografía que estaba encima del velador que había ubicado a un costado de mi cama. Ahí estábamos, sonriendo ella y yo,

sonriendo como un par de niños inocentes que solo recién se entregaban a la vorágine del amor, esos niños para los cuales no existía más mundo que ellos dos, él en ella y ella en él.

Me quedé un poco en silencio, víctima de mis propios miedos e incapacidades. Se me había olvidado sonreír hacía ya un tanto. No había sido capaz de encontrar esa razón valedera para volver a sentir como antaño.

Me dirigí de nuevo a la cocina y me senté en el suelo a un lado del lavaplatos. Nunca había sentido tan fuerte el abrazo del frío. Me cuestioné muchas cosas mientras pensaba en ella. Quizá no fui capaz de darle todo lo que ella necesitaba, quizá ella deseaba algo de mi que no fue capaz de hallar o quizá lo que pudo ser peor: no pude lograr que se sintiera plena y completamente amada.

Tengo miedo, y este está plenamente justificado toda vez que siento que di todo de mi para ella. Ella era mi mundo, mi razón de ser y de vivir. Ahora después de tantos suspiros y tantas lágrimas maldigo el día en que permití que el fuego se convirtiera en una leve flama que ni siquiera el viento pudo avivar.

Levanto la bocina del teléfono mientras sostengo aquel papel ya arrugado en el que algún día olvidado garabatee su número de aquellos días. Una vuelta a la rueda y dudé, otra vuelta a la rueda y sentí pánico, una tercera vuelta a la rueda y colgué el teléfono violentamente, casi como si tratara de arrojarlo lejos de mí, sin embargo no se movió un centímetro de su lugar

¿Qué podría decirle? ¿Que sería digno de mencionar? no podía precisar si me sentía culpable de todo lo que sucedía entre nosotros en algún grado. Me encantaría que alguien me dijera que hacer, pero tristemente nadie aprobó mi amor por ella en su momento y, obviamente tampoco esperaría que lo hicieran ahora, aunque ese predicamento nunca le importó a ella ni mucho menos a mí. Entendí que estaba solo en esto.

Me serví un vaso corto de whisky como tratando de conseguir esa dosis de valentía que me faltaba, aquella que no sabía dónde encontrar. Desde que ya no nos vemos no sé cómo sentir ni cómo reaccionar ante ninguna situación, es como si hubiese una pieza de un rompecabezas que no encaja, es como aquello que le hace falta a mi vida para volver a ser feliz, para sentirme completo, para sentir que vuelvo a ser yo mismo nuevamente pues, ahora, pareciera que ni siquiera yo puedo reconocerme. Siento que he cambiado mucho más de lo que nunca imaginé.

Las once y media de la mañana y el tiempo estaba contra mí, uno de los tantos enemigos del día. Decidí que ya no volvería a llorar una lágrima, decidí que no volvería a esperar una noche más, decidí que no volvería a suspirar, decidí que, a partir de este día mi vida no volvería a ser la misma.

Sentado en el sillón trato de encontrar una manera, una forma de empezar el día. Consciente estaba que si cometía un solo error, cualquier esfuerzo que pudiera realizar habría sido en vano.

Busqué la guía telefónica por entre las cosas que tenía en el librero, pero solo encontré la guía comercial. Fue en ese momento en que recordé una fuerte discusión que sostuve con el repartidor el mes pasado. No recuerdo realmente que me había hecho enojar, solo que el chico me había lanzado la guía por la cabeza y se había marchado maldiciendo entre dientes.

No sabía qué hacer. ¿de qué me servía la guía? ella no tenía empresa alguna, al menos que yo supiera. Después de todo muchas cosas podrían haber cambiado en todo este tiempo que se ha ido tan cruelmente como arena entre mis manos. Abajo del librero están

todas las cartas que le he escrito, era casi una carta por día por los últimos siete meses. Era curioso cómo le contaba todo lo que me sucedía, lo que sentía, lo que pensaba, sin realmente saber si a ella algo le importara de mi después de tantas lunas y tantas alboradas en las que la soledad no ha sido la respuesta.

He pensado que quizá es de todo esto de lo que se trata el amor y que a veces existen estas pruebas que son las que ponen a prueba nuestra sinceridad. Es en estos tiempos en los que podemos entender si nuestro sentimiento es tan real como siempre queremos creer que lo es.

No he sido capaz de mirar a otra mujer, no he sido capaz de sentir atracción alguna por ninguna otra, siento que, sin ella, ya nada sería igual porque, de hecho, nada ha sido igual desde que ella no está a mi lado. De una taza de café a una simple llamada de algún familiar.

Busque dinero y encontré una moneda de 50 banis entre mis bolsillos, lástima que no me sirviera en este país. De nuevo volví a sentir como si una espada me atravesara, era el embate de la soledad que deseaba colocarme de rodillas nuevamente, tal como lo había hecho tantas veces con mi resignación en todo este tiempo. Maldije el momento en que resigné este amor, ese momento en que hubo algo en mí que bajó los brazos y agitando lágrimas se rindió.

Me observe en el espejo y por el rabillo que mis ojos pude verla parada en el dintel de la puerta. Apreté mis manos rogando que esto no fuese solo más que una coincidencia. Por un segundo pude ver su sonrisa, esa sonrisa que tranquila me esperaba y esos ojos claros que un día me hicieron soñar. Susurré su nombre en voz baja y me di vuelta sin pensarlo dos veces y, como lo había avizorado segundo atrás, su reflejo se perdió lentamente en las ondas del aire, como el menos compasivo de los espejismos que me volvía a arrebatar ese calor y esas manos que ahora tanto añoraba.

Tomé las llaves y decidido salí por la puerta cerrándola tras de mí. Sentí que había olvidado algo, como un sentimiento urgente de intranquilidad, pero trate de restarle importancia en ese minuto. Estaba decidido, pero curiosamente no estaba seguro de que. No tenía nada en mente, solo el hecho de que había estado durmiendo mal los últimos tres o cuatro días, no recuerdo bien.

Me sentí un tarado, no sé si era la falta de sueño o la cafeína haciendo algún efecto pero no creía poder pensar de manera correcta. Me quedé ahí, de pie frente a la puerta bastante tiempo, unos quince minutos quizá, con los ojos tristes, en silencio, mirando el reloj, sin quitarle los ojos de encima.

De nuevo me quedaba absorto en la incertidumbre. ¿Sería mejor encontrarla o debería acabar con todo esto y olvidarla de una vez? me pregunte nuevamente porque era tan fácil abandonar en vez de seguir en pos de un sueño. Ella era mi sueño, mucho más ahora que la veo relucir en esas ya olvidadas horas de cada día. La busco por la calle como tratando de creer que el destino, apiadándose de mi me volverá a colocar a su lado de nuevo por un azar casi mágico que yo no terminaría de agradecer.

Cerré los ojos y volví a sentir su aroma, pude sentirme completamente bañado por ella, en esa simpleza tan compleja de los sentidos que aún me cuesta comprender.

Decidí seguir adelante, decidí dejar de odiar el reloj y el calendario que marcaba los días que no deseaba ver pasar frente a mis ojos impasibles. Mientras, a cada segundo me parecía escuchar su voz que llamaba mi nombre y su angelical risa resonar como manantial en lo más profundo de mí ser, ahí en mi corazón. Ese que se negaba a olvidar ese amor, ese amor que no quería morir.

Comprendí entonces que esto era más que lujuria, era más que la pasión incontrolable de una noche oscura, más que un simple te amo. Era todo, absolutamente todo lo que me mantenía vivo y que hacía que cada día valiera la pena de ser vivido. Fue en ese momento y, frente a esa misma puerta derruida por los años, en que finalmente sonreí para luego entender a fuerza de golpe y llanto la única verdad que llena la vida: es desde el corazón de donde brota lo mejor. No importa si se trata de amor o de cualquier otra cosa. Comprendí que en este día era el corazón quien quería guiarme a mi destino. Comprendí que solo debía cerrar mis ojos, entregando mi cuerpo y mente a ese sentimiento que era más grande y mucho más fuerte que yo.

Así fue que comencé a caminar, dando un paso a la vez y muy lentamente mientras sentía que mi cuerpo comenzaba a sufrir los embates del nerviosismo. Me costaba respirar, ya no era capaz de razonar, tan solo la quería a ella, solo quería abrazarla y estrecharla entre mis brazos con todo el amor del mundo y con ese cariño que solo a ella era capaz de entregarle a cada hora, cada minuto y a cada segundo de esta vida tan convulsionada que había estado llevando este último tiempo sin parecer darme cuenta de aquello.

Mientras caminaba sin rumbo fijo llegue frente a un aparador en el cual refulgía la luz de una televisión inerte que mostraba un lanzacohetes disparar fieros misiles desde las afueras de una ciudad para caer en una escuela en la que los niños parecían jugar los unos con los otros. De un momento a otro toda la luz se extinguió y solo quedó el rumor de unos gritos apagados por entre medio del firmamento. Habría nuevas estrellas en el cielo esta noche. Sentí que estos eran los peores tiempos que nos habían tocado vivir y creí por un segundo que todos estarían de acuerdo conmigo en esa apreciación y, es que, eran tantas las cosas que no era capaz de comprender. No era capaz de concebir los saltos de alegría de los soldados que celebraban haber dado muerte a aquellos que solo hacia momentos estaban comenzando a aprender a vivir. Parecía que todo, vida y muerte se reducía a un show mas donde hombres en un bar podían apostar todo lo que llevaban en el bolsillo para acertar en su pálpito estúpido de quién ganaría esta guerra que parecía partir por la mitad el corazón del mundo, ese mundo que vivía cerca del borde del abismo al que siempre parecíamos acercarnos y quién sabe, quizá esta vez alguien apriete ese botón que de una vez y por todas acabará con la agonía, acabará con la espera y barrerá de la faz de esta tierra tanto como a los que esperan como a los que, como yo, aún se aferran a la esperanza de un mundo mejor.

toque el aparador y mágicamente el televisor cambiar de canal y ahí estaban todos, riendo a carcajadas mientras dos tipos se arrastraban por el plató en busca de algo que no parecían encontrar pasado treinta segundos, un minuto, un minuto y medio. En eso estaba cuando el dependiente de la tienda salió para encararme de una extraña manera:

• ¡Eh!

• ¿qué paso? - dije con total naturalidad

• ¿qué estás haciendo ahí? - su tono pareció desafiante - ¿no vas a entrar a comprar algo? deberías.

• me estoy deprimiendo bastante si te soy sincero - dije encogiéndome de hombros - y no, no voy a entrar. No creo tener dinero

Metí mis manos a los bolsillos como tratando de demostrarle al tipo de que no tenía un solo centavo en los bolsillos. Y el, al darse cuenta de que yo tenía razón solo me observo de arriba abajo y entre dientes solo dijo:

• ¡vete de aquí!

no dije nada, solo camine en silencio y me aleje casi tan lentamente como había llegado. De pronto me asaltó una idea y decidí caminar hasta la biblioteca pública, la cual estaba a unas seis o siete cuadras desde donde me encontraba. De nuevo el sol y de nuevo el frío. No me pregunte porque sentía tanto frío, ya me había acostumbrado mientras, en la otra esquina un hombre vestido con una particular guayabera naranja y celeste me saludaba con un ademán, al que yo respondí sin muchas ganas pero de la manera más cortés posible. Él me sonrió antes de proseguir su camino y yo hice lo mismo.

Hace mucho que deseaba no pensar, no sentir, inclusive no vivir. Pero no era capaz de resignar las últimas posibilidades que me quedaban. Y esta era una de esas situaciones, estaba frente a mi última oportunidad, tanto de mí hacia ella como de mí hacia mí mismo. No podía soslayar todo lo que ella me había enseñado ni todos aquellos momentos que viví a su lado, en esos momentos en los cuales no podía ver nada más que a ella, esos momentos que, como un niño, ilusoriamente creí, jamás acabarían.

Iba en silencio, platicando conmigo mismo sin hablar. Hable sobre mi vida, sobre Dios, sobre la vida y la muerte, sobre el vacío sin alma que era capaz de ver en cada persona que observaba, sobre el pánico que me producía pensar que podría eventualmente llegar un día en que el sol no volviera a despertar y sobre los niños que había visto morir ahí, frente a ese aparador sin vida que sin quererlo fue testigo del final y del comienzo de un nuevo mundo que quería despertar de esta pesadilla más pronto que tarde.

Tres y cuarto de la tarde cuando me encontré frente a las escaleras que conducían a la entrada de la biblioteca que estaba promocionando con un gigante lienzo púrpura y verde en la parte superior del edificio una exposición filatélica para el día de mañana con énfasis en los países de Oceanía. Recordé mi juventud como filatélico empedernido y sonreí. Jamás conseguí una estampilla de las islas, no tenía mucho dinero en ese entonces ( no es que ahora sí lo tenga) decidí que visitaría la exposición antes que finalizara. Estaría un mes exhibiéndose antes de cambiar de ciudad.

Al entrar al salón principal de la biblioteca fui recibido por el fragante aroma de los libros antiguos, los que siempre estaban llenos de marcas, correcciones y dibujos obscenos a los cuales la mayoría de la gente había aprendido a no tomar atención.

Llegué al mostrador que era atendido por una mujer de estatura baja y ojos rápidos que ya no se molestaba en sonreír o prestar interés siquiera al oficio que había llevado a cabo desganada durante tantos años.

• buenas tardes - dijo con voz monótona

• buenas - dije

Un silencio incómodo y nuestras miradas se cruzaron por primera y única vez. Pude notar que ella me observó con un dejo de angustia, como si hubiera detectado esa tristeza que tan asiduamente trataba de esconder pero que mis ojos delataban sin pudor alguno y, completamente, fuera de mi voluntad

• ¿qué necesita?

Mire al suelo y me di la media vuelta, listo para rendirme, para volver a casa. Pero, al dar el primer paso me voltee y dije casi en un grito

• ¡necesito la guía telefónica de la ciudad!

Ella no dijo nada, ni siquiera me miró solo se volteo para buscarla y, en efecto, luego de unos tres minutos la colocó encima del mostrador

• ¿algo más? - inquirió

Yo me quedé en silencio por espacio de un minuto, mirando al suelo

• no lo sé - dije algo asustado

acto seguido, aun mirando al suelo, tome la guía y comencé a caminar hasta sentarme en una de las sillas de la cual alguien parecía haberse levantado hacia no mucho tiempo atrás. Pude ver que ese alguien había olvidado su libro. La portada del mismo estaba gastada, los bordes de las hojas eran amarillos. Solo supe que era un libro viejo de Gustave Flaubert, no supe el título, pues este estaba borrado y yo, francamente, no estaba de ánimos como para abrirlo y desentrañar esa pequeña gran historia que debería contener. Lo deje a un lado, aun con un poco de tristeza.

Mire fijamente la guía de teléfonos y sentí un pavor, creo que era el pavor clásico de la disyuntiva del hacer o dejar, disyuntiva que había sentido y conocía de sobra y muy, quizá demasiado bien.

Le susurre a mi corazón que por esta vez guardara una compostura que me permitiera sobrevivir, supe en ese instante que no podría morir tranquilo si es que no volvía a verla otra vez. No quiero ser víctima, no quiero quedarme en la incertidumbre de preguntarme a mí mismo el resto de mi existencia aquello de “... ¿qué hubiera sucedido si?...” realmente prefería saberlo. Prefería llorar el resto de mi vida sabiendo que la perdí que quedarme sin palabras sabiendo de mi cobardía.

Observe la portada de la guía telefónica, la cual mostraba el edificio más alto de la ciudad y, en la parte superior el lema “Trabajo, Libertad, Hermandad y Amor”

Comencé a buscar el número correcto, comencé a buscar su nombre de manera casi desesperada ni siquiera tomando en consideración que cabía la posibilidad

de que su número ni su nombre estuviera en la guía. Llegue hasta la letra correcta y tomé un profundo respiro, como encomendándome a lo más alto para que no me dejara perder esta vez. No me importaba perder el resto de mi vida si era capaz de ganar esta vez, solo esta vez y una sola vez.

Encontré al fin su nombre y su número telefónico y mi corazón se estremeció a mil revoluciones por segundo. Volví a garabatear el nombre en un papel arrugado tal y como lo había hecho hacía tanto tiempo atrás y corrí al mostrador. Trate de hablar, pero solo era capaz de articular balbuceos

• tranquilícese - dijo seria la mujer

Yo tomaba aire desesperado, me costaba respirar otra vez

• ¿se siente bien? - pregunto

Yo asentí con la cabeza mientras trataba de volver en mí

• ¿necesita algo ahora?

• ¿tiene teléfono? - dije aun jadeando

• ¿es llamada local?

• si

• ¿cuánto demorara?

• no lo sé - dije - … cinco minutos quizá

• ¿si tuviera que….

la interrumpí ya cansado y con rabia:

• ¿tiene el puto teléfono o solo quiere joderme?

me dedico una mirada funesta

• ahí tiene - dijo colocando violentamente el teléfono sobre el mostrador - vaya a hablar por allá - dijo señalando unas mesas - el cable es lo suficientemente largo. Le doy cinco minutos para hablar y, si no sale de aquí al cabo de diez lo denunciare con la policía por hostigamiento

para mis adentros no dude en la locura de aquella enigmática pero decidida mujer, pero, como tantas otras veces, no le dije nada. Solo tome el teléfono y me dirigí a una de las mesas que se encontraban en la periferia de la biblioteca. Y si, el cable era lo suficientemente largo.

No dude en marcar su número. Al colocar la bocina en mi oído me invadió el pánico. Pasaban tres, diez, quince segundos: nadie contestaba. Mi ansiedad iba en aumento hasta que de pronto ella contestó. Voceaba saludos algo confundida y si, por fin era ella, su voz alucinante nuevamente se dejaba oír para mí. Pero yo… yo no hablaba.

Fueron tres intentos fallidos sin poder decir palabra, mientras la mujer del mostrador me observaba con ansiedad y ojos rutilantemente tajantes. La cuarta, me dije, sería la vencida esta vez.

La bocina en mí oído nuevamente, no pasó más de tres segundos cuando contestó nuevamente, aunque visiblemente molesta:

• ¿quién llama? es la cuarta vez. ¡habla ya! - dijo

• hola…. - dije tímido - soy yo

Ella se quedó en silencio

• ¿alo? ¿alo? - vocee - … ¡maldita sea! - dije en voz baja - colgó

• no… estoy aquí - dijo ella - ¿cómo diste con mi numero?

• es una historia muy larga - dije como tratando de restarle importancia a ese hecho

• ha pasado mucho tiempo

• nunca te he olvidado - le dije - ¿cómo crees que olvidaría este día especial? Feliz cumpleaños

• muchas gracias - dijo ella - ¿eras tú quien llamaba las veces anteriores?

• si… yo… era yo - dije balbuceando - si… yo

• sigues siendo tan tímido como siempre - dijo dejando escapar una solapada risa

• si… supongo. ¿que ha sido de ti? ¿ya te has casado?

• esas no son cosas que deberían hablarse por teléfono ¿no crees?

• sí. Realmente lo creo. Pero también realmente lamento si alguna vez te dije algo que luego debió lamentar. Verte llorar aquella última vez rompió mi corazón. No sé si realmente quisieras hablar conmigo o más aun verme. Realmente no lo creo

Nuevamente el silencio, pareciera como si se hubiera quedado pensando alguna respuesta, aunque yo hubiese jurado que había dicho algo mal

• ¿porque no habría de querer? ha pasado mucho tiempo y, espero tengas muchas más cosas para decir. Recuerdo aquellas últimas veces que hablamos. Te costaba mucho decir alguna palabra, aunque aún no me explico él porque

• eso es porque solo quería oír tu voz - dije con una sonrisa que ella tristemente no pudo advertir - … ¿aun vives en la ciudad? - le dije con la esperanza de un sí, sabiendo que un no sería una sentencia de muerte

• sí. aún vivo aquí. Había pensado en cambiarme de ciudad hacía algún tiempo, pero al fin y al cabo todo quedó en nada

Pensé en la suerte que tenía. Pensé en cómo me habría matado el vacío sabiendo tan lejos de mí, en mi ingenuidad pensé tantas cosas como palabras venían a mi cabeza. Ella sabía, ella me conocía mejor que yo. No necesitaba mirarme directo a las ojos para conocer las verdades o las mentiras en mis palabras, ella sabía que su sola presencia era suficiente para hacer renacer los más nobles sentimientos que vez con vez se escondían en lo más profundo mi alma, temerosos y compungidos.

• sabiendo que hoy es tu cumpleaños - dije con una voz más decidida pero aún temblorosa - me gustaría verte, para decirte…. - guarde silencio

• ...¿para decirme?... - inquirió ella

Tome aire

• … no sé exactamente lo que te diría - dije con un nudo en la garganta que ella noto perfectamente

• está bien. Veámonos hoy - dijo - pero debes prometerme que estarás tranquilo y guardarás la calma.

Yo asentí y anote la dirección. Debía tomar el autobús 477. Desde la parada el destino estaba, según ella me dijo, a unos cuarenta y cinco minutos de camino. No recordaba haber andado una distancia similar dentro de la ciudad. Pero lo cierto era que el destino me estaba tendiendo una oportunidad que no podía darme el lujo de despreciar ahora ni nunca. Después de unos minutos colgué y me dirigí al mostrador con el teléfono en una mano y el cable enrollado en la otra. Lo deje ahí violentamente, de la misma manera en que ella lo había hecho

• ahí tiene oficial - dije despectivamente - … pido permiso para retirarme

• vete ya de aquí… solo vete ya e intenta no volver mientras esté yo aquí, en la medida de lo posible - dijo con una sonrisa cínica

no entiendo porque ahora tenía una nueva enemiga si lo único que había hecho era pedir un teléfono. Los odios se consiguen tan fácilmente mientras el amor…. tenemos suerte si lo encontramos una vez durante toda nuestra vida.

La cita estaba pactada para las diez de la noche y ya eran las cinco de la tarde. ¿Dónde es que se fue todo el tiempo? no tenía una bendita idea. De pronto el estómago me dio un revolcón y las tripas ofrecieron una sinfonía digna de Mozart. No sabía si era indigestión o Liszt queriendo musicalizar un momento tan esperado como controvertido. Pero esto no me venía para nada bien.

Anduve un par de cuadras hasta la casa de un amigo, esperaba que pudiese prestarme un poco de dinero y de paso un baño, que de bien que lo necesitaba ahora más que nunca… aunque, siendo realistas, necesitaba más el dinero. No sabía como controlar la ansiedad y, una vez frente a la puerta, la toque con el desespero propio del apurado.

El tipo me abrió la puerta y no di tiempo a un saludo ni menos a un apretón de manos que pudiera iniciar un diálogo.

• ¿cómo vas? ¡eh!

• aún no lo sé - vocifere

Salí del baño al cabo de unos cinco minutos, ya visiblemente más relajado, pero no menos nervioso.

• ¿quieres un vaso de cerveza?

• no - dije - bueno… si quiero, pero no puedo. ¿recuerdas a la que fue mi novia hasta hace no mucho?

• ¿no mucho? ¡hombre! ¡eso fue casi hace más de un año!

• ¿pero la recuerdas?

• obvio que sí. La querías mucho

• aun la quiero

• si pero… ¿qué hay con eso?

• hoy era su cumpleaños y nos veremos. Yo el llame. Siento que el destino me está dando una nueva oportunidad. Sé que ella es esa

• ¿esa qué?

• mi alma gemela

• quizá… quién sabe - dijo mientras tomaba un sorbo de cerveza

• lástima que no me puedo quedar contigo a beber esta vez. Necesito que… a … ¿tienes algo de dinero que me prestes? siempre te devuelvo el dinero. No seas maldito

• ¿y para qué lo quieres?

• no lo sé… es para tenerlo ahí, en caso de que lo necesite

el chico sacó un billete de veinte mil de una botella rota

• ¿porqué de una botella rota? - pregunte

No dijo nada. Le di las gracias y marche lo más rápido posible y ya, a las siete y cuarto de la tarde, estaba sentado en la parada de autobús con las cartas que había escrito en la mano las que había rescatado de casa y, vestido casi de etiqueta para verla a ella, para estar con ella, para amarla a ella y para hablarle a ella.

Mire el reloj y calcule el tiempo de llegada, lo hice unas seis veces, pero finalmente decidí quitármelo. Recordé cuanto ella detestaba esa compulsión de mirar la hora cada tres o cinco minutos.

Pasaron tres autobuses y cuando ya eran las ocho de la noche subí al siguiente que se detuvo. Me pareció extraño que su interior estaba prácticamente vacío. Me senté en una esquina mientras rogaba que nadie se sentara a mi lado, no quería seguir tan nervioso como lo estaba.

Cuando las ruedas se comenzaron a mover, me vi atrapado por el destino, recordé una canción pero no podía sonreír. Había un embotellamiento unas calles más allá, me sentí aliviado. Pensaba si es que ella pensaba en mi tanto como yo en ella, algo en mi corazón me dijo que si, de otra forma, no estaría donde estaba en este momento.

Pensaba en mi oportunidad, pero también en mi afán de intentar decir muchas cosas de una sola vez, cosa que prácticamente nunca podía lograr. ¿Que pasaría si ya no podía hablar? ¿Que pasaría si ella piensa que cambie demasiado? ¿Que pasaría si en mi ausencia obligada ella había encontrado un nuevo amor que realmente la amara y la hiciera sentir completa? no quería pensar que algo podría salir mal. No quería volver a perderla, ya había aprendido mi lección y había entendido que es solo a ella a quien yo puedo amar. Amar es un arte que se aprende con los golpes de la vida, con la sinceridad del corazón y con la necesidad de ese sentimiento que te hace sentir único para esa persona tan especial. Yo sentía que por ella daría todo lo que tengo y aun mucho más, ella era lo único que tenía para perder. ¿Qué podía importarme lo que otros dijeran si es que ella no estaba a mi lado? ¿de qué había de servirme vivir el resto de mi vida si es que no volvía a oír su voz? Tenía mucho miedo, aunque no quería admitirlo. La necesitaba más de lo que podría mencionar o escribir. No quería seguir viviendo de los recuerdos que había construido en mi cabeza, esos recuerdos que se convierten en placeres tan idílicos que un día vivimos juntos ella y yo y que ahora no eran más que momentos que no podía sino añorar. Solo quería volver a amarla, solo quería intentar que todo volviera a ser lo que fue, sabía bien que si me daba una nueva oportunidad nunca la volvería a dejar ir. La amaría, la protegería, la arrullaría con palabras de amor cada día y cada noche haciendo de su vida ese sueño que pensaba desde su niñez.

Pensaba en que sería nuestra vida volviendo a encontrarnos como ayer, en que sería mi sonrisa en ese mar tan convulso, en que serían mis pasos en las calles, en que no quería que, al final de este camino breve pero sentido, nos convertiramos en no más que simples extraños en la noche.

Nada peor para mí que el recuerdo de un amor imposible de olvidar. Cada palabra, cada beso, cada aroma, cada sueño a su lado abrigados en el fragor de la noche, cada latido y cada sonrisa que podía ver aún en la completa oscuridad.

Me pregunte si aún podría besarla. Había parecido tanto este tiempo sin poder posar mis labios en los suyos que dude de esa capacidad que aprendí y cultive junto a ella. Sonreí al recordar cuánto le gustaban.

Por la ventana vi al sol despedirse más tarde que nunca hoy, mientras, su hermana luna, comenzaba a derramar su fría luz por sobre la ciudad, sobre todos, sobre cada uno de nosotros.

Ver la oscuridad no me venía bien. No me agradaba salir de noche además del inherente miedo que sentía en lo más profundo de cada hebra de mí ser.

Las paradas se suceden una tras otra, siempre así y muy, pero muy lentamente. Por primera vez me plantee seriamente si debería sonreír o temer. Elegí sonreír pues, de temer, ya podría hacerlo el resto de mi vida.

En menos de cinco minutos el bus arribo a la parada. Una vez abajo vi al bus alejarse rápidamente. Me senté en la parada mientras los otros allí me observaba con desconfianza y resquemor. Me sentí extrañamente fuera de lugar, ellos me lo hacían sentir, no sé por qué razón y, esta vez, no quise meditar sobre nada en particular.

Saqué mi reloj y lo observé, estaba a cuarenta y cinco minutos de distancia, no solo de una simple cita, sino también de la sonrisa, beso y abrazo de mi amada. Movía las manos, golpeaba mis pies contra el pavimento y, mientras el viento frío comenzaba a arreciar, pensaba en ella. En su rostro, en su nombre, y en su voz. No tenía la capacidad de pensar en otra cosa. Vi las luces de la ciudad sucederse una tras otra mientras hombres cansados caminaban de un lado a otro por la calle. Eran de esos hombres que no podían sonreír, de esos hombres que habían soportado penuria tras penuria, de esos hombres que llevaban el peso de su vida y del mundo sobre sus hombros. Curiosamente, al observarlos detenidamente, me sentí ciertamente afortunado porque, después y sobre todo, aún tenía la voluntad de seguir amando. Era una voluntad que muchos habían perdido, esos que piensan que de amor ya tienen suficiente, sin embargo lo cierto es que de amar nunca se tiene suficiente. ¿Qué mayor alegría que abrazar a aquella musa inspiradora de nuestros sueños más salvajes? ¿Qué mayor sueño que el de compartir el resto de nuestras vidas con aquella que nos hace desconocer la miseria y el dolor? ¿qué mayor felicidad que la de saber que aun puedes hacerla sonreír? Eran felicidades que muchos considerarían pasajeras y quizá, hay algo de cierto en aquello. Pero, también cierto es que la vida inevitablemente traerá a nuestra alma gemela, aquella que nos hará desconocer el tiempo y el espacio, aquella por la que estaremos dispuestos a morir, aquella cuya sola presencia será suficiente para que salga a relucir lo mejor de cada uno de nosotros.

Amar es difícil pero es la esperanza para cada hombre, para cada mujer. Amar es compromiso e incondicionalidad pero también felicidad y suerte. Medite por un momento en que sería un hombre sin una mujer. Sin una mujer no existiría un balance, el mundo podría marchitarse y quienes aún ven el machismo como una esperanza y razón de vida llorarían cayendo en cuenta de aquel gran error. La mujer no es solo esa irrefrenable fuerza creadora, sino también los ojos de la esperanza del mundo, pues de sus entrañas pueden nacer las más puras criaturas de Dios: los niños.

Pensé en mis sueños, pensé en sus anhelos y quise creer por un breve momento, que nada había cambiado, que al vernos nos habríamos de enamorar como lo hicimos aquella lejana vez, que yo quedaría anonadado con la melodía de su voz, que la dulzura de sus besos aún seguía viva, que de mis ojos aún pudiera brotar siquiera una lágrima de emoción, que volvería a hablarle y ella volvería a sonreír como lo había hecho tantas veces. Lo cierto era que sin ella yo no era más que un pobre y triste hombrecito, un hombre tan pequeño como el mundo que nos rodea y tan frágil como esa pluma que arrastra la brisa y que pudiera terminar en cualquier lugar.

Cuando no faltaban más de cinco minutos me levanté y comencé a dar pasos tímidos mientras, en lo más profundo de mí ser, la incertidumbre me hacía sonreír. En menos de tres minutos observe de nuevo el reloj, tan solo ciento veinte segundos más. Me coloqué frente a la puerta de entrada de su hogar mientras mi corazón latía fuerte y sostenidamente, como si en algún minuto fuese a salir despedido de mi cuerpo.

Pensé en tocar la puerta, como tantas veces había pensado en ella y ahí, solo, recordé tantas cosas. Tantas palabras, tantos momentos, tantas sonrisas y tantos besos interminables que ahora parecían no sé nada más que eso, recuerdos.

Al cumplirse la hora exacta la puerta se abrió, anticipándose a mi intención. No lo podía creer, ahí estaba ella: siempre hermosa, siempre sonriente. Su cabello negro brillaba con la luz que la luna derramaba. Mientras, su mirada me escrutaba con un cierto dejo de sorpresa. Esperaba no haber cambiado lo suficiente como para que ella no me recordara. La primera vez que nuestras miradas se encontraron surgió un silencio breve, como si hubiéramos, en un segundo, aprendido a conocernos nuevamente una segunda vez, esa vez que quizá fuera la última.

Entre a su hogar y sentí el calor de una chimenea a la par con el sonido de la televisión que contaba historias que no era capaz de escuchar. Sentía sus pasos venir, sentía su voz envolverme y su carácter predisponerme. Con alivio pude darme cuenta que no estábamos lo suficientemente alejados como para que yo sintiera era sensación de novedad que hubiese sido lapidaria.

Ella me invitó, con un ademán, a sentarme en un sillón negro que no reconocí. Ella se quedó de pie y me observo en silencio nuevamente, como esperando que fuese el primero en hablar. Mientras, a su lado un perro de mirada rotunda me dirigía miradas cada tres o cuatro segundos

• estas hermosa - dije con voz trémula

• gracias - dijo ella - no quería creer que hubieras cambiado y, en efecto no lo haz hecho

• ¿por qué ha pasado esto? - pregunté casi con desespero

Se quedó pensativa por un par de segundos, como buscando una frase que fuese exacta

• yo cambié

• ¿qué tal yo? … ¿fui yo el culpable?

• no. yo cambié. Toda la gente cambia

• ¿y porque yo no lo he hecho?

• porque te has perdido en tu soledad. Pero tuviste la valentía de estar frente a mí esta noche

• nunca quise dejarte, nunca he podido dejarte. El tiempo no ha pasado por ti

• supongo que tu tiempo se detuvo hace mucho

Sus palabras tocaron mi corazón

• desde que te deje aquella tarde de enero ya no ha existido el tiempo para mi

Eso era algo que ella si había notado

• no te esperaba aquí - dijo

• el miedo refrenó durante mucho tiempo que este día llegara

le entregue aquellas cartas

• ¿porque tantas cartas?

• supongo que me era más fácil fingir que aun estabas conmigo, que aun te importaba lo que tenía para decir. Soy mejor escribiendo que hablando, eso tú lo sabes. De cierta manera desde la última vez que nos vimos decidí pretender que aún estamos juntos, alivia mi alma y mantiene a raya mi salud mental

• ¿porque pensaste que ya no me importaba lo que te sucediera? siempre dije que te cuidaría

• lo sé. Pero en ciertas ocasiones el miedo ha superado mi voluntad - dije bajando la cabeza, como resignado

• ¿has venido a decirme algo?

• solo vine a decir… a que me dejes decir que te amo. Que el tiempo no ha soslayado el sentimiento que guardo como un tesoro en lo más profundo de mi corazón, que no podría dejar que el tiempo borrara por tu ausencia todo lo bueno que compartimos juntos

Ella sonrió pero no dijo nada

• no esperaba que dijeras nada - dije con tono calmo - no vine aquí a buscar una respuesta. vine aquí a sincerar mi corazón

Ella seguía sonriendo

• entiendo lo que dices y, si estas aquí es porque has escuchado esa voz que subyace en el interior de todos nosotros - dijo de manera muy tranquila

Me levante y camine unos breves pasos hasta sentirme a su lado. Sonreí de manera inevitable y acaricie su cabello, que parecía envolverla con una fragancia que no había sentido antes en mujer alguna. Ella solo estaba ahí. La abrace de manera súbita y sentí mi cuerpo estremecerse al saberla tan cerca de mí, todos mis sentidos se agudizaron, pude ver en sus ojos incertidumbre pero jamás indecisión. Me sentía supeditado a su voluntad y yo no podría concebir mi vida de otra forma. Hablar de amor no siempre es fácil, pero no fue sino hasta este momento en que conocí la verdadera felicidad. Si, era ese momento tan esperado, ese momento tan frágil, ese momento en el que solo éramos ella y yo.

Me decidí firmemente a robarle un beso, no importa lo fugaz que fuese, sería mi único recuerdo en caso de que en esta noche me tocara perderla, mis labios se posaron en los suyos y no sentí más tiempo, ni más frío, ni más miedo, solo la calidez propia de un momento único. Estaba dispuesto a dejarlo todo por ella, arriesgarme siempre con ella, morir por ella tan solo por verla un segundo más…

De pronto desperté, el reloj del velador caoba marcaba las seis de la mañana. Pude sentirla a mi lado, su calor, su aroma, su susurro. Lágrimas de felicidad inundaron mi vida al darme cuenta de la bendición de una pesadilla inmisericorde, la que me hizo comprender cuánto la amaba. La abracé, no me importaba si ella lo notaba o no. Sentí que jamás la dejaría, que si nunca la había perdido, la vida me había dado una segunda oportunidad, esa oportunidad que jamás había pedido, pero que se ha posado, cuan paloma blanca, bajo nuestros destinos que hoy, mañana y siempre se volverían a encontrar.

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4. Juni 2018 22:57:15 0 Bericht Einbetten 1
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