Amarme, Amarte Follow einer Story

nina-godoy Ninoshka Godoy

Sol veía su vida como una tortura diaria atada a una cama, veía los días pasar presa de un cuerpo que no le respondía al que odiaba porque jamás sería una chica normal ¿Por qué tenía que ser así? “Me siento un bulto. Literalmente una carga para todos los que me rodean ¿Se puede vivir así? Cuando se sienten más ganas de morir que de seguir viviendo” Héctor su fisioterapeuta será testigo de un acontecimiento que marcará un antes y después en la vida de la joven quien siente que jamás podrá amar y ser amada. Sin embargo la vida tiene muchas formas de demostrar que nada es tan certero como pensamos y que antes de amar tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos.


Romantik Junge Erwachsene Romantik Alles öffentlich.

#afectividad- #discapacidad
8
5.5k ABRUFE
Im Fortschritt - Neues Kapitel Alle 10 Tage
Lesezeit
AA Teilen

Capítulo 1: otro día más ¿Cuándo acabará esta pesadilla?


Los rayos del sol se cuelan por las ventanas y sé que otro día de mi monótona “vida” comienza otra vez “— ¡Qué fastidio!” — pienso— empiezo a contar “1, 2,3.4, 5, 6, 7, 8,9...” La puerta se abre y una voz chillona anuncia que esto recién comienza

— Buen día mi Solecito ¿Cómo amaneciste hoy? — Mi enfermera me da los buenos días alegremente

— Como todos los días. Ninguna novedad, como puedes ver, — mi voz se escucha demasiado amarga hasta para mí.

— No digas eso Sol. Estás viva y eso tienes que agradecerlo, — afirma Nacha con una sonrisa en su rostro.

— ¿Otra vez con el discurso hippie-pacifista Nacha? Deja de ser tan ingenua y cíñete a los hechos: Estoy condenada a esta cama y a esa silla para siempre. Eso no es vivir¬¬— escupo las palabras con rabia cansada ya de 21 años de amarga existencia.

Nacha aparenta no haberme oído y sigue paso a paso los hábitos que conforman mi vida diaria: Abre las cortinas dejando que la luz inunde la habitación, se acerca a la cama y opera los botones para levantar la cabecera. Todo esto con una sonrisa en su rostro.

— Hoy hay sesión de fisioterapia. Sol, tienes que prepararte— me cuenta mientras prepara todo para el baño.

— ¿Para qué tanto esfuerzo? Eso es gastar recursos a lo tonto. — respondo

— Sabes mejor que yo que es por tu bien Solcito, pon de tu parte aunque sea un poquito. — pide mientras me ayuda a pasar a la silla para dirigirme al baño.

— ¡Ay, Nacha! Ya han sido tantos años de poner de mi parte que me cansé. Cuando era una niña era más fácil manipularme, en cambio ahora, que ya estoy grande y me doy cuenta de cómo son las cosas en realidad. — le recuerdo.

— Lo sé, te he acompañado desde que tenías 5 años. Me gustaba esa niña esforzada y valiente que le ganaba al dolor todos los días ¿Qué pasó con ella, Sol?

— No está más. Se murió. — contesto categórica

— ¡Cómo puedes decir algo así! — reacciona molesta.

— Es cierto. Mírame solo te basta con eso— argullo señalándome

Nacha me devuelve una mirada triste y llena de compasión, me ayuda a llegar a la silla para así, poder llegar al baño. — “Me siento un bulto. Literalmente una carga para todos los que me rodean ¿Se puede vivir así? Cuando se sienten más ganas de morir que de seguir viviendo”— pienso. Mientras me desabotono el camisón y hago lo posible por quitármelo por mis propios medios. Al verme complicada con la tarea Nacha me ayuda.

— Ya está— me dice mirándome con dulzura como si me hubiese leído el pensamiento. Me toma en brazos con sumo cuidado y me sumerge en el agua apoyando mi cabeza en mullidas toallas enrolladas en un costado de bañera.

El ritual del baño para mí es otra tortura, mirar mis piernas sabiendo que no sirven para nada. Nunca seré una joven normal, jamás iré a bailar o a la playa a tomar el sol, ni hablar de salir con alguien y andar de la mano ¿Quién va a querer estar con una inválida? No atraigo a nadie atada a esa silla. Si me miran es con lástima que es lo único que puedo inspirar.

— Sol, estás demasiado tensa ¿Qué pasa? — pregunta Nacha preocupada.

— Pasa que me odio. Eso pasa. ¿Por qué me tenía que pasar esto a mí? Vivo en un infierno, Nacha. — las lágrimas comienzan a correr e intento secarlas con rabia. Dejo las manos caer al agua dirigiendo mi mirada hacia mis piernas y basta un segundo para comenzar a agredirme rasguñándolas con tanta fuerza que las hago sangrar.

Nacha al darse cuenta me toma las manos y me hace reaccionar a fuerza de un grito:

— ¡Sol ¿Qué haces?! — me interpela mirando las heridas que dejé en mis muslos.

— Nacha… yo — las palabras se quedan atoradas en la garganta y el llanto se desata sin control.

Mi enfermera reacciona tan rápido como le es posible me saca de la bañera y me posiciona en el asiento a un costado del baño, luego me envuelve en una toalla para evitar que me enfríe. Mientras ella me seca lo más rápido que puede, entra alguien al cuarto de baño, no logro darme cuenta de quién es porque Nacha obstaculiza mi campo visual.

— Ignacia, déjame ayudarte— Le pide el hombre acercándose Reconozco la voz de Héctor mi fisioterapeuta desde hace ya 6 años.

— No, Héctor, déjame que yo me ocupe si quieres ve a la habitación y prepara el botiquín — le contesta cubriéndome

— Bien, iré a prepararlo todo— Sale del cuarto de baño mirándome preocupado.

Nacha termina de secarme y me viste con cuidado de no rozar las heridas de mis muslos. Me quedo en ropa interior y camiseta.

— Héctor— Nacha llama a mi fisioterapeuta

Héctor entra al cuarto y se da cuenta de lo que Nacha requiere me toma en brazos y yo comienzo a sentir vergüenza de mí, pero, no puedo ocultarme solo miro a Nacha que viene tras nosotros.

— Ay, Solecito. Esto pasó de castaño a oscuro, necesitas ayuda. — asevera mi enfermera mientras Héctor me deja en la cama y acerca la bandeja para realizar la limpieza y curación de las heridas. Solo se limita a ayudar a Nacha sin decir palabra, hasta que ve el daño causado con claridad.

— Ignacia, ¿Me dejas solo un momento con Sol por favor? — pide.

— Pero, tengo que curarla— intenta evitar salir porque sospecha lo que va a pasar.

— No te preocupes, yo me encargo, ve tranquila. Si quieres prepara el gimnasio para la sesión— tercia.

Nacha sale de la habitación entregándome una mirada de esas que dicen: “lo siento, hice todo lo que pude”. Cierra la puerta tras de sí mientras Héctor me devuelve una mirada decepcionada.

— No me mires así— le digo

— Y ¿Cómo te miro? — pregunta seco.

— Así como lo estás haciendo. — arguyo

— Si esperas que te compadezca y te acaricie la espalda para que puedas acomodarte en “tu dolor” estás equivocada— sostiene.

— No te he pedido que opines sobre mí. Si te molesta la puerta es ancha y ya sabes qué hacer. — le respondo.

— Te escondes tras la máscara de joven rebelde que tiene todo el derecho a enojarse con el mundo por la vida de mierda que te tocó ¿Me equivoco?

— ¡¿Qué sabrás tú?! — Le escupo con rabia

— En el fondo sigues siendo la adolescente que conocí hace 6 años atrás. En el fondo de tu corazón sabes que esto que tienes puede cambiar, pero, prefieres seguir siendo víctima de tus circunstancias. — sostiene, mientras prepara los apósitos y el yodo.

— ¿Crees que no me gustaría vivir como una mujer normal? — Rebato hastiada,

— Yo te veo normal. ¿Cuál es el problema? — pregunta mientras comienza a aplicar la solución yodada.

— ¡Ay! Cuidado no seas bruto— reclamo.

— No haber jugado a la gatita furiosa, Solcito— su tono de reproche se tiñe de una risa contagiosa. Ambos terminamos riendo a carcajadas aliviando la tensión vivida hace unos instantes.

— Hablando en serio. Sol, tú eres una chica normal: Puedes sentir, amar, desear, anhelar, soñar. Tu vida no está limitada a esa silla, y lo más importante: Tú no eres la silla, ni mucho menos tu enfermedad— afirma mirándome a los ojos con un brillo que no había visto antes.

— Eso no es verdad y lo sabes. Para el mundo estoy incompleta, no soy perfecta— le cuento con pena.

— Me imagino el porqué de tus palabras. Hace meses que rehúyes de mí, cuando te toco te siento rígida como si me temieras. — reflexiona. — Las últimas sesiones han sido para el olvido y lo sabes. — me regaña.

— Héctor, es que… — las palabras se niegan a salir.

— Le pediré a una colega que me acompañe la próxima sesión hay cosas que debemos tratar que van más allá de tu rehabilitación física hay que rehabilitar tu alma, chiquita. — afirma

— ¿Me vas a dejar? — pregunto temiendo a la afirmación que puede traer la respuesta.

— Yo no dije eso. Hay cosas que como hombre me es difícil tratar contigo no por el hecho de no estar capacitado para hacerlo, sino porque estos temas se tienen que hablar en un ambiente de confianza y seguridad— apunta.

— Ya veo. — respondo entendiendo a lo que se refiere.

— ¿Qué pasó? — pregunta queriendo indagar

— ¿Qué pasó con qué? — rehúyo

— Ya sabes, con el chico con el que conversabas en la facultad. — responde despreocupado.

— Qué va a pasar Héctor. Que le da vergüenza estar conmigo, que le vean conmigo— confieso apenada.

— Imbécil, eso es lo que es— reacciona.

— No lo culpo ¿Quién quisiera cargar conmigo? Soy un bulto.

— A ver Sol. Para ahí, ya mismo ¿Me oyes? — su voz se tiñe de algo entre el enojo y la frustración.

— Es cierto— rebato.

— Sol, que te quede claro: No eres una carga para nadie, no vuelvas a repetir que eres un bulto. Eres una jovencita preciosa, inteligente. — me consuela.

— Eso lo dices porque eres mi médico— discuto.

— Esto te lo digo porque soy hombre y aprecio lo que veo y lo que conozco, chiquita. — Responde dejándome de una pieza.

Dejamos la charla y Héctor continúa con las curas, siento escocer mi piel al contacto con el yodo, prefiero no decir nada y deja que continúe con su labor. Coloca los parches para sostener apósitos que protejan las heridas, y me ayuda a terminar de vestirme.

— Ya estás lista para bajar al gimnasio— me dice mirando su obra terminada.

— Si no hay más remedio… — contesto resignada.

|— Hoy sudarás mucho, nena— bromea.

— ¿Cuál es el afán de los hombres de llamar “nena” a las mujeres? ¡Qué daño han hecho Christian Grey y sus sucesores, Dios, mío!— Declaro mirando al techo.

Héctor ríe tras mi reacción contagiándome, entre risas nos dirigimos al montacargas que me llevará al cobertizo en el que está el gimnasio, un lugar completamente adaptado y equipado para mi rehabilitación, un lugar que cualquier fisioterapeuta soñaría para trabajar. Fue la condición de mis padres para dejarme vivir sola hace un año atrás se los propuse y tras negociar muchos meses dieron su brazo a torcer.

— ¿Qué tendrán los ascensores? — sigue en tono de broma.

— Señor Grey puede limitarse a realizar su trabajo— sigo la corriente.

— Ya verás nena. Lo bien que hago mi trabajo— sugiere con voz ronca.

— Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces— contesto mordaz.

Las puertas se abren ante nosotros y nos dirigimos al gimnasio, La habitación está iluminada por el sol de la mañana y la temperatura es perfecta para comenzar la sesión. Hay toallas dispuestas a un costado de la estancia, botellas de agua y bebidas isotónicas para hidratarnos.

— Al fin llegan parejita— Nacha nos mira con brazos cruzados.

— Hubiésemos tardado más si en lugar de presionar el botón del cobertizo hubiera presionado el de stop — suelta Héctor.

Yo miro al cielo suplicando paciencia y me dirijo hacia las colchonetas, dejando atrás al par de alcahuetes que tengo por asistencia.

— ¿No querías hacerme sudar, nene? — Le pregunto provocando a Héctor— Dejen de cuchichiar y comencemos la sesión, por favor— pido.

— Bien, si la señorita quiere sudar sudará— profesa él. Mientras se acerca a ayudarme a bajar a las colchonetas.

— Iré a dejar los exámenes al médico— anuncia Nacha: — Nos vemos más tarde, parejita. — se despide saliendo de la habitación.

— Pon tus brazos alrededor de mi cuello— me pide poniéndose a mi altura.

Con facilidad me toma y me desciende hacia las colchonetas. Me hace sentir una pluma en lugar de un costal de huesos.

— Comencemos con ejercicios de respiración y esta vez me aseguraré de que los hagas bien— declara posando su mano en mi torso

Comienzo a respirar lentamente intentando alejar mi mente del estado de inconformismo en el que suele estar. Lo intento con todas mis fuerzas olvidando todo a mí alrededor escuchando a mi cuerpo.

— Bien, sigue así— me felicita— cinco repeticiones más y comenzamos con la serie de pesas que quedó pendiente. — declara.

Intento no pensar en el dolor que provocan las pesas en mi tobillo. Sé que cada cosa que hago es para mí bienestar, pero, es frustrante no ver resultados.

— Vuelve de donde estés, chiquita…— me regaña

— Ahrg— reclamo y me detengo.

— Sol, no estás poniendo de tu parte. Si sigues así no llegarás ni a la puerta— asevera.

— No quiero sesión hoy— declaro.

— ¿Cómo dices? — pregunta.

— Lo que oíste no quiero trabajar hoy. — sentencio.

— Perfecto, entonces — reacciona levantándose y alejándose de mí.

— ¿No piensas ayudarme a llegar a la silla? — reclamo

— No, no pienso. Si no quieres sesión ya no me necesitas para nada., no te preocupes la silla está asegurada. Podrás llegar a ella sin problema. — arguye.

— ¡No puedo subir sola y lo sabes! — grito.

— ¿Lo has intentado siquiera? Ese es tu problema Sol, ni siquiera lo intentas y cuando lo haces quisieras que todo fuera tan fácil como usar una varita mágica y que caminaras, pero la vida no es así. Todo requiere de tu esfuerzo y perseverancia porque lo que vives es un proceso, no un suceso ¿Entiendes? — dice con voz calmada.

— Está bien, ándate y déjame sola de una puta vez— escupo.

Héctor sale de la habitación dando un portazo que retumba en todo el gimnasio. Allá él con su rabia suficiente tengo con la mía.

Me apoyo en mis antebrazos y comienzo a arrastrarme hacia la silla, no es tan fácil pero de a poco avanzo, quizás la rabia es lo que me mueve o mi terquedad, al menos sirve de algo. Cuando tengo la silla tras de mí me enfrento al verdadero obstáculo ¿Cómo carajo voy a subir? Respiro profundo y pienso una estrategia, quizás si me quedo de frente a la silla pueda apoyarme e impulsarme. Lo intento, pero al darme cuenta que mis piernas no responden desisto.

Ideo otra manera de subir, me vuelvo de espaldas a la silla e intento sujetarme de los costados, al menos puedo valerme de mi fuerza en los brazos y el torso, me está costando un mundo lograrlo. Mis manos están húmedas tras los intentos, las seco en mis pantalones y recuerdo las heridas de esta mañana ¿Por qué reaccioné así? ¿Por qué llegué al punto de hacerme daño? Me quedo quieta unos minutos, necesito recuperar el aliento, respiro lentamente y cierro los ojos.

Comienzo a tranquilizarme, mi enojo se disipa y vuelvo a intentarlo esta vez me impulso en dos tiempos primero para tomar las agarraderas y luego levantarme para llegar al asiento de la silla. Tras dos intentos lo logro, siento la satisfacción de haberlo logrado ¡Lo hice, me subí a la silla! Le quito el seguro y me vuelvo hacía los espejos.

Por primera vez me miro de forma distinta, una sonrisa tímida aparece en mí cara, mi mirada brilla por el logro alcanzado y mi corazón late a un ritmo distinto, uno que a partir de ahora llevará mi vida. Me quedo unos minutos mirándome en ese espejo que tanto evitaba a diario.

Siento la puerta abrirse Héctor vuelve a entrar al gimnasio se da cuenta de lo que ha pasado en su ausencia, se acerca a mí y queda a se queda a mi derecha.

— Sol, lo lograste, sabía que lo harías— asevera contento tras ver mi proeza.

— Me costó sangre, sudor y lágrimas, pero, lo hice. — confieso.

— ¿Qué se siente alcanzar un logro? — me pregunta.

— Ahora mismo, adrenalina. No sé, es raro. Es como pelear con un luchador de sumo de trecientos kilos, cuando tú solo alcanzas los sesenta con suerte. Y ganar.

— Me devuelve una sonrisa teñida de orgullo que me reconforta y me da confianza para poder intentar otras cosas.

— Héctor ¿Alguna vez te has mirado el espejo y por primera vez te has visto? — pregunto.

— Sí, me pasó una vez después del accidente en moto— cuenta.

— ¿Tuviste un accidente en moto? — pregunto asombrada.

— Sí cuando tenía dieciocho. Me encantaba correr por carretera camino a la playa, y un día de llovizna perdí el control de la moto en una curva, de ahí en adelante pase 2 años enteros en un hospital— relata.

— Pero, tú no tienes secuelas— cuestiono.

De repente se quita la camiseta y me doy cuenta de la cicatriz que cruza su abdomen por el costado llegando a su espalda. Me sorprende, sin dudas. — ¿Te gusta lo que ves, chiquita? — me pregunta en tono de broma.

— Eres un tonto. Sólo a ti se te ocurre bromear con esto— le señalo la cicatriz. — , mientras reclamo

— Chiquita, prefiero tomarme las cosas con humor, es más fácil. No te niego que también tuve una etapa negra, la misma que llevas tú— recuerda.

— ¿Acaso no tengo derecho a enojarme y revelarme? — expongo.

— Todos tenemos derecho a detenernos un momento, el problema es quedarse en el papel de víctima. — arguye.

— Me estás atacando— le advierto.

— Sol, reconócelo. Lo de la gatita furiosa no tiene otra explicación. — insiste.

— Sé que me he pasado un poco y ahora me doy cuenta— reconozco— pero es que no es fácil. Sobre todo después de lo de Joaquín. — la tristeza tiñe mi tono de voz.

— ¿Me lo quieres contar? — pregunta con delicadeza.

— Ya que estamos en plan confesiones ¿Qué más da? Llévame cerca de la ventana, por favor— pido. — Ah y ponte la camiseta — apunto

— Sus deseos son órdenes, majestad. — Se vuelve a poner la camiseta, toma la silla y me lleva al ventanal dejando la silla de costado para quedar frente a la silla que ocupará él.

— ¿Recuerdas que te dije hace unos días que Emma me había invitado a su fiesta de cumpleaños? — Él asiente, dejándome continuar— Ese día en la fiesta estábamos casi todos los del grupo, lo pasamos muy bien charlando y riendo— recuerdo.

— Me imagino— apostilla.

— Bueno en medio de la fiesta Joaquín y un par de amigos suyos se apartaron y se fueron al segundo piso. Nadie le dio importancia hasta que llegó la hora de comer y fue allí donde Emma me sugirió que fuésemos a buscarlo. — me detengo para aclararme la voz. Héctor sostiene mi mano dándome ánimos para continuar, yo le sonrío en respuesta.

— Apenas subimos nos dimos cuenta de la razón por la que se habían apartado, querían fumar hierba, tenían un subidón tal que no se percataron de que a pesar de tener la puerta cerrada podíamos oír lo que decían: “— ¿Pero tú qué haces con Sol si es una tullida?— decía uno— Sólo somos amigos — se defendía Joaquín— ¿Cómo puedes ser amigo de esa si no es más que un bulto en una silla de ruedas? — le recriminaban” En ese momento las lágrimas volvían a hacer acto de presencia, me las sequé con el dorso de la mano y continué.

“— Todo tiene una explicación, necesito de la única parte buena de su cuerpo: su cerebro— admite. — Ya sabía yo que tenía que haber una razón— comenta otro de sus amigos— Tuve que ganármela con la farsa del amigo comprensivo para lograr mi objetivo pero ni loco me involucraría con ella. Me da vergüenza que me vean con ella. Si no es nada más que una invalida. ¿Qué puedes hacer con ella? Nada. — declara.”

En ese momento solo quería que me tragase la tierra Emma iba a entrar a reclamarles y ponerlos en su sitio. Le pedí que no lo hiciera, en lugar de eso me llevó a su habitación y me consoló.

Le pedí que me dejara sola y que ella bajase e hiciese como si nada hubiese pasado. Me costó convencerla pero lo hice. Me quedé en ese cuarto y lloré como no lo había hecho nunca, prefería mil veces el dolor que provocan tus ejercicios al menos ese se alivia con un baño de burbujas. Este en cambio aumentaba con el pasar de los minutos y lo peor es que todo decía que tenía razón, bastaba con mirarme nada más. En ese momento decidí que ya nada merecía la pena porque los milagros no existen, no iba a caminar, jamás podría ser una chica normal. — me desahogo al fin.

— Sol…— Héctor se levanta de la silla y se acerca a mí. Se pone en cuclillas quedando a mi altura su mirada se enfrenta a la mía. Le devuelvo una sonrisa triste y en ese momento un silencio nos envuelve.

Me abraza tan fuerte que siento que cada parte de mi alma vuelve a unirse y en ese momento sé lo que debo hacer. Volver a empezar esta vez desde otra perspectiva.

— Por favor, no creas en esas palabras Sol — ruega.

— Tarde me adviertes, las creí en ese momento y me refugié en ellas hasta hace muy poco— declaro. Él se separa de mí y se da cuenta de que ya nada será igual a partir de ahora. Toma mis manos entre las suyas y en ese gesto me dice que va a estar a mi lado siempre pase lo que pase.

— Sospechabas lo que había pasado ¿Verdad? Por eso lo que sugeriste cuando estábamos en mi habitación.

— Sí, ya me lo imaginaba, aunque ya va siendo hora de que la tomes, Luján es una terapeuta estupenda van a congeniar enseguida. Vas a ver como se hacen amigas. — comenta entusiasmado.

— Tú y tus tratamientos revolucionarios. — digo mirando al techo. — Bueno, va siendo hora de que nos pongamos a trabajar ¿No? — apostillo.

— ¿Quieres sesión? — me pregunta extrañado

— Sí, me habías prometido hacerme sudar y hasta ahora he sudado yo solita— reclamo

— Si eso es lo que quieres eso es lo que tendrás— amenaza.

Volvemos al área de las colchonetas y trabajamos durante una hora sin parar. Esta vez dado mi proeza, Héctor me enseña estrategias que me faciliten llegar a la silla sin problemas y promete llevar a lo cotidiano la fisioterapia. Vaya que sí me hizo sudar.

Esa noche dormí como nunca lo había hecho con la tranquilidad de que si quiero lograr algo no importa el tiempo que me lleve lo conseguiré si pongo todo de mí en la tarea

19. April 2018 14:58:40 0 Bericht Einbetten 3
Lesen Sie das nächste Kapitel Capítulo 2: algo está cambiando y no soy solo yo

Kommentiere etwas

Post!
Bisher keine Kommentare. Sei der Erste, der etwas sagt!
~

Hast Du Spaß beim Lesen?

Hey! Es gibt noch 8 Übrige Kapitel dieser Story.
Um weiterzulesen, registriere dich bitte oder logge dich ein. Gratis!